Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
¿Jugamos?
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(Imagen cedida amablemente por Cari)

- Hola Martín
- Hola Marina, cariño ¿cómo tú por aquí?
- Bueno, he venido a ver a mamá y ya sabes que me gusta pasar a haceros una visita ¿estáis bien?
- No nos podemos quejar de momento, tu tía está un poco delicada estos días pero confío en que no sea nada.
- ¿Dónde está?
- Por la cocina, seguro, ella nunca puede parar quieta.

La veo empujar la puerta de la cocina y desaparecer tras ella. Sigue igual de bonita que cuando era niña. Su cuerpo delgado y frágil, el cabello en preciosos rizos de un rubio dorado enmarcando la dulzura de su rostro, dotado, además, de una belleza inquietante. Los ojos, dos pozos de un azul tan claro que casi parecían blancos, los labios rojos y unos pequeños dientes perfectos, blanquísimos. No ha cambiado. A veces intento leer en sus gestos, adentrarme en sus pensamientos ¿qué siente cuando me mira? ¿recordará nuestros juegos?.

- Hola tío Martín ¿qué haces?
- Pero chiquilla ¿se puede saber dónde vas tan temprano? Estás de vacaciones, deberías dormir un poco más.
- Mamá se empeña en que me acueste pronto por la noche y ahora… ya no tengo sueño.
- Anda, anda, travesuras.
- ¿Y el bebé?
- Creo que la tía lo está cambiando.
- Voy corriendo a ayudarla, enseguida vuelvo.
Es preciosa, quisiera estrecharla entre mis brazos. Su vestido ligero transparenta las braguitas estampadas en diminutas flores, las piernas bronceadas de tantos juegos en la playa… ¡dios!
- Tío, tío ¿dónde estás?
- Estoy aquí, Marina, en el garaje.
- ¡Ah! Ya está, la tía está durmiendo al bebé ¿qué haces?
- Voy a lavar el coche, está muy sucio y la tía Lola quiere ir de compras esta tarde con tu madre.
- ¿Jugamos un ratito a viajar? Anda, tío, yo conduzco, me gusta tanto.
Me siento frente al volante y su pequeño cuerpo se acopla sobre mis piernas.
- ¿Dónde quieres que vayamos hoy?
- A la playa, quiero que vayamos a la playa.
Se coge al volante y deja volar su imaginación. Yo acaricio sus piernas y aspiro el perfume de su pelo que cosquillea en mi nariz.
- Voy a adelantar a ese coche rojo, tío, no me gusta ese niño ¿ves? Me está sacando la lengua. Allá voyyyyyyyyyyyyy.
Mis manos suben lentamente por los delgados muslos. Tiene un tacto sedoso, acariciante. Rozo suavemente su coñito apretado por encima de sus bragas. Me muero de deseo. Le abro un poco las piernas y deslizo un dedo bajo el tejido rozando la ingle. Acaricio su rajita, arriba y abajo, arriba y abajo.
- Martín ¿dónde estáis?
Es la voz de Lola que se acerca, Marina se queda quieta y yo abro rápido la puerta y en volandas la dejo de pie en el suelo. El corazón parece querer salir del pecho. Marina me sonríe y yo poniendo el dedo índice sobre mis labios le hago señas para que guarde silencio, al tiempo que le guiño un ojo. Ella mueve su cabecita afirmando.
Estoy en el sofá viendo televisión, medio dormido. El bebé descansa en su cuna. Marina aparece en la puerta del salón.
- Tío ¿estabas dormido?
- Un poco, sí.
- Yo he dormido un poco de siesta, pero ahora estaba aburrida y vengo a jugar contigo.
- Bueno, y ¿a qué quieres que juguemos?
- No tenemos coche y sabes que me gusta conducir – frunce el ceño y los labios rojos.
- A ver, déjame que piense… podemos imaginar que el sofá es el asiento del conductor ¿quieres?
- Sí, sí, vale – da saltitos y palmotea.
Me siento en el sofá con las piernas cerradas, y cogiéndola por la cintura la pongo encima de mi, su culito bien acoplado a mi bragueta. Le subo un poco el vestido para que no se lo pise al sentarse, y siento su calor sobre mi polla. Ella coge un volante imaginario y se pone a imitar el ruido del motor. Mientras, mis manos, han empezado a acariciarla. Tengo prisa por sentir en mis dedos la suave piel de su coñito. Paseo el dedo por su pequeña raja, la abro un poco. Ella da un ligero respingo. Tiene sonrosadas las mejillas y la respiración se le acelera. Sigo acariciándola despacio, no quiero que se asuste. Mi polla se endurece.
- Tío, eso me hace daño en el culito.
- ¿El qué, cariño?
La vuelvo a coger por la cintura y la pongo en el suelo, de pie.
- Es la pilila ¿no se la has visto a papá?
- Sí, claro, cuando se ducha, pero…
- ¿Sabes lo que pasa? Que se pone así porque le gusta que juguemos juntos ¿quieres que te la enseñe?
- ¿Puedo verla?
- Sí, pero esto sí que es secreto, no podemos contárselo a nadie, a nadie ¿lo prometes?
- Lo prometo, tío, no se lo diré a nadie.
Bajo la cintura de los pantalones cortos que llevo puestos y la saco despacio. Sus ojos se abren sorprendidos.
- ¿No te duele? Está muy roja. Papá no la tiene tan gorda.
- No, cielo, no me duele ¿te duele a ti que te toque la rajita? ¿a que no?
Dice que no con la cabeza.
- ¿Quieres tocarla?
Estira su pequeña mano, la cojo con la mía y la acerco a mi sexo. Rodeo su mano y empiezo a masturbarme. Ella no aparta los ojos de la cabeza hinchada de mi polla. Tengo que parar o voy a correrme.
- Ven –le digo- ¿quieres que hagamos una cosa que te va a gustar mucho?
- Vale.
- Túmbate aquí en el sofá.
- Te voy a subir el vestido y te hagocosquillitas despacio.
Le subo el vestido hasta los hombros y le acaricio suavemente los pezoncitos pequeños como dos botones apenas, paso las manos por las axilas y ella se ríe, retorciéndose un poco.
- Shhhhhhhhhh, no vale reírse, hay que aguantar la risa. ¿Y si te doy besitos?
- Vale.
Y se queda muy seria, los labios apretados para que no se le escape la sonrisa. Deposito pequeños besos por su pecho y con la punta de la lengua le rodeo los pequeños pezones, luego jugueteo con su ombligo. Ella, de vez en cuando, se remueve, haciendo esfuerzos para aguantar las cosquillas. La suave piel del vientre, terso, chiquito. Siento los latidos de mi polla excitada, con ninguna mujer se me pone así. Le bajo despacio las braguitas y las saco sólo de una pierna para que no me molesten. Ella se queda muy quieta. Le beso el pequeño monte de venus muy, muy despacio, ahora no quiero que se asuste. Voy bajando lentamente a su coñito ¡qué bien huele! Paso un buen rato sólo dándole besitos. Poco a poco, me decido a abrirle los labios con la punta de la lengua. Escucho su respiración acelerada cuando le rozo el diminuto clítoris. Me la comería entera. Pienso en lo apretada que entraría mi polla en ese estrecho agujerito o en su culito. Empiezo a lamer un poco más deprisa y más profundo, hurgo en la entrada de la vagina, chiquitita. Estoy a punto de correrme. Y lo hago con la mano.
Ella permanece en silencio. La miro. Parece sofocada.
- No te he hecho daño ¿verdad?
Niega con la cabeza.
- Esto sí es que muy, muy secreto. Si alguien se entera no podremos jugar nunca más y todos se enfadarían mucho con nosotros. Yo te quiero muchísimo pequeña ¿tú me quieres?
- Sí, tío, yo te quiero. No se lo diré a nadie. Lo prometo.
Y besa sus deditos cruzados en señal de juramento.

- Martín, ya me voy.
- ¿Ya?... qué visita más corta.
- Es que tengo un poco de prisa, mamá me espera para que la lleve a hacer unas compras.
- Bueno, hija, cuídate mucho.
- Tú también, tío.
Se queda un momento parada ante mí, mirándome. Sus ojos se posan en mi bragueta abultada que delata mi excitación. Yo bajo la mirada. Quisiera saber que es lo que piensa. Nunca me hizo un solo reproche, nunca, nada. Pero no pierde jamás de vista a su pequeña hija cuando algún hombre anda cerca.
Mi pequeña Marina… la quiero tanto.






 
Traidora
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Se está convirtiendo en una costumbre.
Y todas las noches, al rondar las cuatro,
mis ojos se abren.
Y te encuentro allí.
En una esquinita de mi habitación.
Callado.
Mirándome.
Pero un poco antes que esto ocurriera.
Como en duermevela.
Veía mi cabeza posada en la almohada.
Y dentro de ella, una mujercita chiquita, chiquita.
Iba de puntillas.
Miraba a ambos lados de un pasillo estrecho.
¿De quién se escondía?
Llegaba a una puerta.
Con sumo cuidado quitaba el cerrojo.
La abría despacio y por la pequeña rendija entreabierta,
vi que se asomaba.
Vuelvo a mi cabeza posada en la almohada.
Y entonces distingo justo en plena frente
una puerta abierta
Y una diminuta figura que soma por ella.
Y te veo a ti, sentado en el suelo.
Ella que te llama.
Tú que te levantas.
Con paso sereno vas hasta la puerta,
que abierta te espera, allí en mi cabeza.
Y te cuelas dentro.
Y ya no hay remedio.
Sé que aunque lo intente no podré sacarte de mis pensamientos.
Pero en la mañana, en cuanto amanezca.
Cazaré a esa ingrata
Que te abre la puerta.
¡Maldita traidora!
 
Pipas de calabaza
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Hace unos días en uno de los supermercados de mi pueblo donde hago la compra habitualmente, se me ocurrió meter en el carro una bolsa de "pipas de calabaza". Hacía años que no comía y me trajeron el recuerdo de mi niñez cuando mi madre nos las asaba en una estufa de leña de esas redondas, que además de calentar la casa servían casi para todo.
Esta tarde estaba algo "desficiosa" y aburrida. Y eso siempre me da ganas de comer (menos mal que no me ocurre a menudo o estaría como una vaca). Cojo la bolsa y me dispongo a disfrutar de su contenido mientras leo un poco.
Cual sería mi sorpresa cuando en un pequeño cuadrado del envoltorio plástico leo "ORIGEN: CHINA". La empresa que las comercializa es de Valencia y eso sí, la denominación está escrita en valenciano: "PIPA DE CARABASSA TORRADA" porque eso hace país, pero se traen de la China.
Y no es que tenga yo nada en contra de los chinos, pero es que, por mi trabajo, estoy tratando a diario con agricultores. Agricultores que no tienen horario, que trabajan de sol a sol, y que muchas veces tienen que malvender su cosecha o deshacerse de ella de cualquier manera porque no tienen precio en el mercado. La calabaza es uno de los frutos típicos de Valencia, utilizada en multitud de recetas, sin hablar de la sencillez de una calabaza asada en el horno. Y tienen pepitas, señores, no hace falta ir a China a por ellas.
Esto también me trajo a la memoría que una empresaria me contaba que su amiga, empresaria también, había abierto una fábrica en Pakistan (creo) y pensaba en cerrar la que tienen en Valencia desde hace muchísimo años, pero claro, me decía, le da lástima porque los trabajadores llevan allí toda la vida. Pero es que allí, decía, aunque cobren menos tienen más que suficiente para su nivel de vida. Y yo pensé (mal pensé) que lo que le daba lástima es las indemnizaciones que tendría que desembolsar y que ya estarían sus abogados y asesores haciendo cábalas para ver de qué forma deshacerse de ellos al menor coste posible. Es fácil. Van trasladando los pedidos a la fábrica de Pakistán y luego hacen aqui una reducción de plantilla o un cierre porque está muy mal el mercado y no tienen demanda del producto. Pasan a cobrar del Fondo de Garantía, y luego al desempleo o jubilados y aqui paz, y después gloria. Y no pasa nada, porque en realidad les estamos pagando todos los españoles, para que esa empresaria gane 200 millones en lugar de 100. Que no es que aqui pierda dinero, no, que entonces aun podría entenderse, es que gana menos de lo que sus anchas gargantas pueden llegar a tragar.
Y yo... no entiendo nada.
 
LILITH (Teatro)
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Hace un rato que he llegado a casa, después de disfrutar de otra estupenda tarde de teatro. La obra en cuestión es LILITH, enmarcada en el ciclo "Noves Dramatúrgies" que ofrecen los teatros de la Generalitat Valenciana. Se representa en la Sala Moratín (Teatro Rialto), una sala con un aforo muy reducido que permite al público integrarse con el escenario. Es una obra que habla de mujeres (como no podía ser de otro modo por su título), de mujeres de la Biblia. La protagonista de la historia a través de su análisis del Antiguo Testamento, acaba comprendiendo que su tormentosa relación sentimental ha hecho de ella una mujer tan coaccionada, dependiente y falta de libertad como lo fueron ellas. Se va intercalando en la historia personal distintos pasajes de la Biblia, interpretados más con el cuerpo que con la voz.
Cinco actores: Verónica Andrés, Pau Blanco, José Luis Cano, Sandra Gómez y Mercé Tienda. En su actuación se unen la palabra con la plasticidad de sus cuerpos, la buena iluminación y la muy bien escogida música.
El texto de Antonio de Paco y la dirección a cargo de Eva Zapico, que no es ni más ni menos que mi sobrina. Una mujer dedicada durante algunos años a la interpretación y que ha decidido dar sus primeros pasos en el mundo de la dirección.
Buena suerte Eva, has hecho un buen trabajo y mereces el reconocimiento.
(Y además la entrada es gratuita)
Feliz fin de semana.
 
En la ventana
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Se despertó en mitad de la noche.
Sin sueño.
Se levantó despacio... descalza.
Ningún leve murmullo delató sus movimientos.
Se acercó a la ventana.
Las luces encendidas de la calle.
El silencio.
El frío del cristal.
Todo le trajo nítido el recuerdo.
Sonrieron: el alma, el corazón, la boca.
Y de sus ojos brotaron dos cascadas.
Crecían y crecían surcando sus mejillas.
Los labios entreabiertos llegaron a beber alguna lágrima.
No eran saladas.
Sabían a nostalgia, amor, pasión, secreto.
Todo ello mezclado con una especie de alegría... dulce... serena.
Y algo de dolor.
Al amanecer, cuando el sol empezaba a ganar la batalla a las tinieblas.
Se abrazó a aquel cristal empañado en su aliento.
Se moría.
Se moría por sentir su abrazo en la ventana.
 
En esta tarde lluviosa
Cuelgo un pequeño texto que escribí hace ya mucho tiempo, y hoy, paseando por la red he encontrado una imagen que me lo recordó:

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En esta tarde lluviosa, estoy pensando en ti, corazón. Te siento morir en mi pecho, estás triste, le añoras ¿verdad? Él no aparece, se esconde y tú lo buscas desesperadamente, necesitas su rítmico latido que suena como una canción de amor. Seguramente tiene miedo ¿sabes? no se atreve a dejarse llevar por si eso le hace sufrir. No quiere saltar, sentir como la alegría le desborda, esperar impaciente por ti. Prefiere la seguridad de lo tanto tiempo conocido, la monotonía, la tranquilidad de los corazones mansos y reposados. No le gusta el riesgo, la emoción, la sorpresa, la aventura de volverse a enamorar. Lo siento, corazón mío, pero no puedes obligarle. Tendrás que resignarte, deberás olvidar cuanto le quieres. Sí, ya lo sé, es muy difícil lo que te pido, es tan dulce ¿verdad? es tierno, sencillo, humilde, apasionado. Pero no es para ti, hazme caso, aunque te duela, no es para ti. Mira, mejor será que busques algún otro corazón algo alocado, de esos que están riendo todo el rato. No, no me digas que no conoces a ninguno, no me mientas, tienes a Pablo, Jorge, Rafa, y si me apuras, hasta Emilio puede servir. Vamos, corazón, anímate, los ojos están llorando y la boca no quiere sonreír ¿ves lo que consigues? Sé que estás enamorado ¿qué me vas a contar a mí?... como si no te conociera, que llevamos juntos muchos años, tonto. No tienes ningún secreto que yo no sepa y ahora sé que estás sufriendo. Confórmate con ser su amigo, algo es algo. Si le agobias será peor, hazme caso. Mira, en cuanto deje de llover y salga el sol, te sentirás mejor. Te sacaré a pasear, iremos a la playa y buscaremos un nuevo corazón junto a la arena, a la orilla del mar, entre las caracolas ¿quieres? Voy a secar los ojos y pintarme los labios, corazón, con una gran sonrisa. Y pondré esa canción que tanto te gusta... verás como te alegras.

 
Canción de amor...
Hacía tiempo que no colgaba algún poema de esos que encuentro por ahí y me gustan. Aqui os dejo uno. Buen fin de semana.

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CANCION DE AMOR PARA TIEMPOS DIFICILES
(María Elena Cruz Varela)

Difícil escribir te quiero con locura.
Hasta la misma médula. ¿Qué será de mis manos
si les roban la magia sonora de tu cuerpo?
Difícil. Muy difícil un poema de amor en estos tiempos.
Resulta que tú estás. Feroz en tu evidencia.
Resulta que yo estoy. Contrahecha. Acechante.
Y resulta que estamos.
La ley de gravedad no nos perdona.
Difícil es decir te quiero en estos tiempos.
Te quiero con urgencia.
Quiero hacer un aparte. Sin dudas y sin trampas.
Para decir te quiero. Así. Sencillamente.
Y que tu amor me salva del aullido nocturno
cuando loba demente la fiebre me arrebata.
No quiero que me duela la falta de ternura.
Pero amor. Qué difícil escribir que te quiero. Así.
Entre tanto gris. Tanta corcova junta.
Cómo puedo aspirar la transparencia.
Retomar esta voz tan desgastada.
Esta costumbre antigua para decir te quiero.
Así. Sencillamente. Antiguamente. Digo.
Si todo es tan difícil. Si duele tanto todo.

Si un hombre. Y otro hombre. Y luego otro. Y otro.
Destrozan los espacios donde el amor se guarda.
Si no fuera difícil. Difícil y tremendo.
Si no fuera imposible olvidar esta rabia.
Mi reloj. Su tic-tac. La ruta hacia el cadalso.
Mi sentencia ridícula con esta cuerda falsa.
Si no fuera difícil. Difícil y tremendo.
Plasmaría este verso con su cadencia cursi.
Si fuera así de simple escribir que te quiero.
 
Del por qué los recuerdos
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Y es entonces, cuando te aferras a él como a tu última esperanza, el recurso contra lo absurdo y monótono de una vida que elegiste o te vino impuesta por las circunstancias. Una vida plana, sin accidentes geográficos, montañas que te obliguen a romperte las uñas agarrándote a las cortantes aristas de las rocas, o suaves valles para recuperar fuerzas tras la dura batalla. Él es el saliente del que pendes, con los pies colgando en el abismo. Un abismo mediocre. Si caes... estás muerta, como antes. Y tienes que alimentar ese amor, ilusión, esperanza, no importa el nombre. Porque él te miro como a una diosa, y fue esa mirada la que te transformó. Y fuiste diosa. Fuiste mujer y fuiste niña. Niña que descubría con ojos asombrados y curiosos nuevos senderos por los que perderse. Mujer sintiendo nuevamente escalofrío y miedo. Sensaciones olvidadas que pensabas perdidas para siempre en una felicidad monótona.
Y a lo mejor, no es él la pieza clave. No. Quizá hubiera podido ser otro cualquiera. Y lo que de verdad importa es lo que tú sientes. Y de igual modo, no es importante que tú sólo seas una más en su vida, a la que un día recuerde con cariño. Nostalgia, tal vez. Y esa evocación encienda la chispa del deseo y le haga recordar que fue él y no otro, aquel que te miró como a una diosa.
Y es para que no muera ese desasosiego, para seguir despertando cada día con la ilusión intacta, para que la incertidumbre no se vuelva certeza... es por eso que recuerdas. Inventas mil detalles que te hacen evocarle. Como en un juego, le recuerdas en el frío, en el calor, en la noche solitaria, en el día que comienza, en los posos del café, en las canciones , en un libro, en la ventana, en un color, una voz, una silueta. Y a lo mejor, no son eso los recuerdos, porque recordar significa “volver a acordarte”, pero lo que tú haces es una evocación constante. Como en los cines de sesión continua en los que las escenas se repiten una y otra vez. Por un momento, empiezas a pensar si aun existen. Es una de esas ideas tontas que se cuelan sin permiso, con el único objetivo de romper el grupo de círculos concéntricos que se forman en el cerebro y que parecen no tener fin.
Y es por eso que te despiertas en la madrugada con un desasosiego que no entiendes y te das cuenta que él sigue ahí, en el lugar exacto en que lo dejaste cuando te venció el sueño. Te levantas y enciendes un cigarro, echándole la culpa a la abstinencia, a las ganas de fumar que te despiertan. Y sientes que te hace falta seguir alimentando una quimera, porque si desfalleces, si levantas los hombros y dejas de pensarle, todo volverá a ser como antes. Y eso nunca. No podrás soportarlo. Seguramente si eso sucediese, estallaría tu vida, desintegrándose en miles de partículas ardientes.
Y piensas que si tuvieras el valor suficiente quizá saldrías corriendo sin destino para empezar de nuevo en otra parte. En el kilómetro cero de tu vida. O a lo mejor es que hay que ser valiente para quedarse. Y luchar sola contra esa voz que te grita que quizá mañana sea tarde, que pienses sólo en ti, en lo que sientes. Y lo otro sea de cobardes. Al fin y al cabo, piensas, eres feliz ¿de qué te quejas?

Abandona su imagen encerrada dentro del espejo y se da cuenta que ya se le ha hecho tarde. Coge el bolso. Un portazo. Baja corriendo la escalera. Un traspiés. El tacón del zapato derecho que se rompe. Cae rondando. Un chasquido en el cuello. Y un vecino alarmado es testigo casual de la tragedia.

 
Terápies (Teatro)
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Como cada vez que acudo al teatro, me gusta traer aqui una pequeña crónica de la obra. Esta vez se trata de una comedia, perfectamente interpretada por Marta Belenguer, conocida ultimamente por su participación en "Camera Café" con el personaje de Natxa, y Sergio Caballero, al que también podemos ver en "Autoindefinits" en la televisión autonómica valenciana. Les acompañan otros cuatro actores que bordan sus respectivos personajes: Toni Agustí, Rafael Calatayud, Mamen García y Juli Disla.

La obra, basada en un texto de Christopher Durang, traducida al valenciano, bajo la dirección de Rafael Calatayud y de la productora compañía La Pavana, es una comedia terpéutica sobre el amor y el sexo.

Prudence conoce a Oscar, mediante el chat, en un intento de encontrar al hombre perfecto y superar sus obsesivas imperfecciones. Oscar conoce a Prudence para satisfacer su complicada bisexualidad y poder mostrar abiertamente sus emociones. En el medio está Teo, el novio de Oscar que hará muy dificil el triángulo. Los tres están aconsejados por sus estrambóticos psicoanalistas que con su terapia intenta ayudarlos a encontrar su propia identidad, para llegar a una conclusión poco satisfactoria: nadie es perfecto.

Muy recomendable para pasar un rato divertido.

Feliz lunes.
 
Personal Computer
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Año 2025, 19.00 PM. Cualquier ciudad del mundo.

Marta acababa de quedarse sola en su apartamento, un estudio coqueto y acogedor en la planta 25 de un elegante edificio. No se podía quejar: hacía algunos años que se había independizado, tenía un buen trabajo, buenos amigos con los que salía a divertirse los fines de semana, y un novio que acababa de irse hacía un momento.
Era sábado, y Pablo tenía que trabajar esa noche, era médico en el Hospital Clínico, así que Marta pensó que iba a entrar un rato en Internet a ver si se encontraba en el chat con algún amigo, cenaría cualquier cosa en casa, y más tarde sobre las 12 saldría con sus amigas a tomar una copa o a bailar.

Conectó el Pc de su habitación y esperó.
-Pero bueno, ¿qué te pasa hoy? estás hecho un trasto, vaya lentitud. Sonrió para sus adentros, no era la primera vez que hablaba con su ordenador.
Empezaba a ponerse en marcha cuando, de pronto, la pantalla se quedó completamente negra.
-Joder, pues si que estamos bien, no me estropees la tarde, tengo ganas de charlar un rato, vamos, bonito.
A Marta se le abrieron la boca y los ojos como si estuviera viendo un fantasma: en la pantalla empezaron a aparecer letras como si alguien estuviese escribiendo.
-Ya está, no te pongas nerviosa. Hoy, no vas a hablar con tus amigos, estoy harto de ellos.
Esto es una broma, pensó ella, algún amigo me ha mandado un virus de esos de mentirijillas, ¡qué graciosillo! cuando lo pille, se va a enterar. Y le dio a "Enter", a ver si aquello desaparecía. Pero nada, lo intentó con "Escape", y tampoco. Tendría que resetearlo. Mientras, en la pantalla seguían apareciendo frases.
-No te empeñes, teclea cuanto quieras, no me vas a hacer callar. No soy ningún virus ni tonterías por el estilo. Puedes hacerte a la idea de que vas a pasar esta noche conmigo y si tienes algo que decirme: escríbelo, por favor, me gusta sentir el tacto de tus dedos en mi teclado.
-Esto no puede ser, no sé como lo han hecho pero ya está bien (Marta se estaba poniendo nerviosa por momentos).
-No es ninguna broma, piensas que soy una máquina ¿verdad? pues te equivocas, máquina es una lavadora, una tostadora, pero yo no. Llevo unos cuantos años contigo y ahora me quieres cambiar, dices que estoy viejo. Cuando me compraste si que presumías ante tus amigos, claro, pero ahora ya no te sirvo.
Marta, se dirigió a la puerta, estaba empezando a perder el control, intentó girar el pomo pero la puerta estaba cerrada. Miró a la pantalla.
-No te molestes, no vas a poder abrir, ¿te olvidas que controlo tu casa?. Está todo cerrado: puertas y ventanas, los teléfonos cortados y tu móvil sin cobertura. Yo lo controlo todo ¡jajajajajajajajaja!. Me utilizas a tu antojo y nunca piensas en mí. Pero, he tomado una decisión, estarás conmigo toda la noche y al amanecer provocaré un cortocircuito, un pequeño incendio y...tu y yo moriremos juntos.
-Te olvidas de la alarma contra incendios: se pondrá en marcha y acudirán los bomberos en mi ayuda (se estaba volviendo loca, conversaba de verdad con su ordenador).
-Te olvidas tú, que la alarma de incendios la controlo yo. Está desactivada, tengo un maravilloso cerebro y he pensado en todo.
Aquello no podía estar pasando, Marta no quería creerlo pero, sentía que el miedo se iba apoderando de ella, no tenía posibilidad de salir de la habitación ni de pedir ayuda y aquel aparato se había vuelto loco ¿pero cómo se va a volver loco si solo era un montón de bits? Tenía que actuar.
-¿Por qué me haces esto? - tecleó
-¿Por qué? ¿por qué? tu crees que no tengo sentimientos, que soy un montón de cables, estoy harto de verte coquetear con tus amigos del chat, de teclearme dulzuras dirigidas a otros, de hacerle caricias a tu novio. Y encima, ahora piensas cambiarme por otro más nuevo, más moderno y con más memoria. Tú te lo has buscado, prefiero morir antes de que te deshagas de mí, pero te llevaré conmigo.
-A ver si te enteras de una puta vez- Marta gritaba al mismo tiempo que tecleaba con rabia- eres un simple ordenador, no puedes verme, ni oírme, ni sentir nada de nada.
Una descarga eléctrica la tiro hacia atrás en su silla, mientras en la pantalla aparecían letras escritas a toda velocidad.
-¡JAJAJAJAJAJAJA! ¿te dolió? Pues eso no es nada para lo que vas a sufrir, siempre has tenido pánico al fuego, lo sé. Lo conozco todo de ti. Pagarás muy caro el haberme tratado así.
Marta se sentó en la cama y se quedó inmóvil, durante un rato. Iba a morir victima de un accidente, provocado por su pc…¡increíble!. No podía dejar que el miedo se apoderase de ella: tenía cerebro, podía pensar, ninguna máquina de mierda podía vencerla. Espera… acababa de recordar algo que había querido hacer esa mañana y se le había olvidado.
Lentamente se puso en pie, delante de la pantalla y con movimientos sinuosos y provocativos empezó a despojarse de su ropa, alzó los brazos y se desprendió de la camiseta, dejando al descubierto un erótico sujetador negro. En la pantalla empezó a leer:
-¿Qué estás haciendo? ¿Te estás desnudando para mí?
-Si, ¿no te gusta? quiero hacerte un regalo antes de morir.
Se alejó del teclado y siguió desnudándose, se quitó despacio los pantalones de algodón que siempre usaba para estar por casa, se dio la vuelta poniéndose de espaldas a la pantalla para que su pc pudiera admirar su hermoso trasero ataviado con un provocativo tanga.
Empezó a notar un tufillo a quemado, volvió a mirar la pantalla:
-Por favor, Marta, no sigas, se me están derritiendo los circuitos, no mandaste a reparar el ventilador, tengo mucho calor. ¡Paraaaaaaaaaa!, Marta, ¡paraaaaaaaaaaa!.
-Calla, tonto, si ahora viene lo mejor ¿no decías que no te hacía caso? Ese calor que sientes es el deseo de los humanos, no te preocupes, es normal, no te pasará nada.
Y procedió con su particular streeptease, muy cerca de la pantalla, se desprendió del sujetador, dejando al descubierto unos preciosos pechos bronceados. El olor a plástico quemado era cada vez más fuerte, una pequeña columna de humo empezó a salir del disco duro. Y ella continuó, se agachó y fue deslizando su diminuto tanga por las piernas para quedar completamente desnuda frente a la pantalla. Un fuerte chispazo la hizo alejarse, la impresora se puso en marcha sola, la pantalla cambiaba de color a cada momento, el lector de cds se abría y cerraba a su antojo, mientras en la pantalla, completamente roja, se leía:
-Marta...Marta...¡ayúdame!.
Lentamente, fue hacia la pantalla, acercó sus labios, y los apretó contra ella suavemente, sintiendo su calor y depositando su beso mortal. El color desapareció y un sonoro pitido inundó la habitación. Todo había terminado.
Pipppppppppppppppppppppppppppppp .......................................

 
Tu luz
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Aun me pregunto cómo pudo ocurrir.
Era noche cerrada
Tus ojos me miraron...
y yo me encendí.
 
La chica del ascensor (Final)
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Tomó uno de mis pies entre sus manos y empezó a presionar cada una de las articulaciones de los dedos, todos los huesecillos, uno por uno, el empeine, la planta del pie, el tobillo…aquello era una delicia. Sentada en el pequeño banco, con la cabeza apoyada en el espejo, me dejaba llevar por las sensaciones. Lo que me estaba haciendo no me relajaba, más bien estaba empezando a sentir un cosquilleo, una suave excitación que me gustaba. La miré. Ella parecía muy concentrada en su tarea. Permanecía con los ojos cerrados haciendo un movimiento casi imperceptible de vaivén como si estuviera meciéndose. Entonces caí en la cuenta que mi otro pie descansaba, firmemente apoyado en su pubis. Abrió los ojos un momento, sólo el tiempo justo para cambiar de pie y yo volví a reclinarme en el espejo. Una vez terminado el masaje, sus manos empezaron a acariciar las pantorrillas.
- Quítame las medias – me sorprendí diciéndole.
Eran de esas que terminan en una liga con silicona para que no resbalen ni aprieten el muslo. Cómodas y atractivas. Ella no dijo nada. Sin moverse de donde estaba, alargó las manos, deslizándolas suavemente por mis piernas y empezó a quitármelas muy despacio. Yo estaba empezando a excitarme de verdad, y me sentía algo confusa. Había follado con algunos hombres, unos cuantos diría yo, pero jamás me había sentido atraída por ninguna mujer. No sabía si achacarlo a lo extraño de la situación, al día tan horrible que había tenido o al atractivo que de ella emanaba.
Dejó aquel pequeño revoltijo negro en un rincón del ascensor y siguió acariciándome. Fue entonces cuando metí mis pies bajo su larga falda y los coloqué sobre su sexo. Se me habían quedado fríos y aquello estaba caliente, emanaba un calorcillo muy suave y sensual. Ella seguía acariciando mis piernas, subiendo sus manos un poco más arriba cada vez, y yo presionaba mis pies entre sus ingles. Me deslicé un poco más en el asiento y abrí las piernas poniendo ante sus ojos parte de mi coño, ya mojado, que se dejaba ver por los lados del diminuto tanga. Pasó a acariciarme la parte interna de los muslos, sin apartar su mirada de mi entrepierna, y dejando que alguno de sus dedos se deslizase suavemente por encima de la tela.
Nuestras respiraciones empezaban a ser demasiado audibles y pensé, por un momento, que cualquiera podría escucharnos, o que de repente podría ponerse el ascensor en marcha. Fue entonces cuando me pareció distinguir una sombra encima de nosotras, en la cuarta planta. Pero Eva había dejado ya completamente al descubierto mi abierto coño y había empezado a pasarme su cálida lengua sin ningún recato, así que pensé que había sido cosa de mi imaginación y me concentré en lo que estaba sintiendo. Me estaba volviendo loca. Había colocado sus manos aferrándome las nalgas y se afanaba comiéndome como pocos hombres habían sido capaces de hacer. Sentía su boca succionando mi clítoris, su lengua metiéndose cada vez más adentro y haciéndola vibrar. Notaba que iba a correrme de un momento a otro. Metí los dedos de mis pies bajo sus bragas y busqué a tientas su clítoris en aquel húmedo rincón. Se estremeció. Me deshice de mi camiseta y desabroché el sostén dejando libres mis pechos. Luego, retiré sus manos de mis nalgas y las llevé hasta allí, deseaba sentir cómo acariciaba y apretaba mis pezones, grandes y oscuros. La miré. Parecía una esclava adorando a su diosa, con los brazos estirados, las manos aferradas a mis tetas y su cara metida entre mis piernas. Sujeté su cabeza para imprimirle un ritmo más rápido y me inundó un tremendo orgasmo que me hizo temblar hasta la raíz del pelo.
Se levantó despacio y sentí sus labios rozando los míos. Abrí los ojos y descubrí su sonrisa satisfecha. La besé, la besé con pasión, buscándole la lengua, mordiéndole los labios… y la senté en el sitio que yo ocupaba hasta ese momento. La despojé de aquel enorme jersey que ocultaba su cuerpo, deseaba frenéticamente lamer sus pechos y me entregué a ello con verdadero éxtasis. Cuando ya sus pezones estaban duros y empapados de mi saliva, la puse de pie y metiéndole las manos bajo la falda, le quité las bragas. Nunca le había comido el coño a una mujer. Realmente, nunca había hecho nada con una mujer, pero en ese momento deseaba meter allí mi boca, probar su sabor, beber sus jugos. Me excitaba su olor. Rocé despacio su clítoris con la punta de la lengua y ella emitió un corto gemido. Oírla me avivó el deseo. Y empecé a darle largas lamidas por todo el coño, apretaba mis labios contra ella, le metía la lengua. Su respiración se hacía más y más entrecortada, y sus gemidos aumentaban su intensidad, hasta que sentí sus contracciones en mi boca.
Casi no nos había dado tiempo a recuperarnos cuando se encendió la luz. Mierda. Intentaba vestirme a la velocidad del rayo, mientras Eva permanecía allí sentada, medio desnuda y tan tranquila. El ascensor empezó a subir. Mierda, mierda, mierda. Y allí, ante la puerta, D. Juan Calatrava, nos miraba muy serio. Ya la hemos cagado, despídete del trabajo, Elisa, pensé. Él dirigió su mirada hacia mí escrutándome descaradamente y luego miró a Eva.
- Eva – y me pareció que esperaba alguna clase de respuesta.
- Papá, te presento a Elisa, tu nueva secretaria, te gustará tanto como a mí, estoy segura.
De la sorpresa dejé caer al suelo la camiseta que sujetaba ante mí en un vano intento por taparme, mientras la risa cantarina de Eva resonaba en el ascensor.









 
La chica del ascensor (I)
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Las ocho menos cuarto, eran ya las ocho menos cuarto y yo tenía aquella entrevista de trabajo a las ocho en punto. Había quedado con Pablo en que pasaría a buscarme y me acercaría hasta el lugar de la cita, que por cierto, quedaba justo al otro extremo de la ciudad. Paseando arriba y abajo por la habitación no iba a solucionar nada, pero era la única forma en que conseguía calmarme un poco. Y fumar, fumar un cigarrillo tras otro. ¡Maldito Pablo! Es que nunca podía contar con él. Mi querido hermano era el tío de los problemas, siempre, siempre le sucedía algún imprevisto. Cogí el móvil para intentar por quinta vez hablar con él. Nada, aquella voz horrible de autómata: “el teléfono al que llama, está apagado o fuera de cobertura”. Seguro que se ha quedado sin batería, como si lo viera. Yo lo mato, es que lo mato. Casi tiro el dichoso teléfono al suelo cuando empezó a vibrar en mi mano.
- ¿Dónde coño te has metido? Llevo llamándote media hora.
- Lo siento, hermanita, estoy en un atasco tremendo. Un accidente de tres pares de cojones… está cortada la autovía… no voy a llegar.
- ¡Hostia puta, Pablo! Siempre te pasa algo, podías haberme llamado por lo menos ¿qué hago yo ahora? Mierda, mierda, mierda…
- Vale, tía, pilla un taxi… que sé yo.
- Bueno, anda, ten cuidado, voy a ver cómo me las apaño. Si es no escarmiento, no escarmiento, nunca puedo contar contigo. Vale, vale, un beso.
Salí a la calle como un cohete. Un taxi, dice, si no me queda un puto duro, eso contando con que encontrase alguno. Me dirigí a la parada del autobús, aguantando las miradas de todos los hombres que se cruzaban conmigo. Claro, la verdad, es que no iba vestida para andar en transporte público, pero sólo me faltaba perder el tiempo cambiándome de ropa. Además estaba segura que mi indumentaria era la adecuada para camelar al tipo que me iba a entrevistar. Era un abogado con bastante renombre en la ciudad y necesitaba una secretaria particular. Tenía que conseguir ese trabajo, era mi última esperanza. Iba subida en unas botas de piel marrón, tipo mosquetero, que tapaban la rodilla, una falda vaquera cortísima que dejaba al descubierto mis muslos enfundados en unas medias negras de fantasía, cinturón casi tan ancho como la falda, una camiseta Custo que me había costado un dineral y que dejaba a la vista gran parte de mi anatomía pectoral, y mi vieja cazadora de piel marrón. Por fin llegó el autobús, que para no variar, iba hasta la bandera, todos allí apretujados olisqueándonos unos a otros. ¡Maldito Pablo! No cuento más con él, lo juro, nunca más.
Bueno, ya no tenía remedio, y cabreándome no iba a conseguir nada. Iría hasta el despacho del fulano ese, y con un poco de suerte igual aun le encontraba allí. Aunque siendo viernes por la tarde, no tenía demasiadas esperanzas. ¡Señor! Échame una manita, anda, pensé mirando hacia el techo, que últimamente me tienes abandonada. Pero… ¡qué chorradas estoy diciendo!, si es que la desesperación hace milagros. Elisa, confía en ti, eres lo único que tienes, me dije.
Cuando el autobús llegó a mi parada, salí de allí dando un respiro. Menos mal, porque ya estaba empezando a cansarme de dar codazos o de poner mi enorme bolso como escudo contra los manoseadores ¡joder! hay qué ver como anda la gente de necesitada. El despacho del abogado estaba situado en la cuarta planta de un antiguo edificio, de esos que habían restaurado en los últimos años. Busqué el número de la puerta y apreté el timbre. Nada, allí no contestaba ni dios. Insistí, rezando por lo bajo. Ya iba a darme por vencida cuando…
- ¿No contestan? ¿dónde vas?
- ¡Ah! Me has asustado – la que me hablaba era una chica más o menos de mi edad, que me miraba con alegre sonrisa – Iba a la cuarta planta, al despacho de D. Juan Calatrava, pero parece que no hay nadie.
- Se habrá ido ya, hoy es viernes ¿estabas citada?
- Sí, estaba citada, pero llego tarde… ¡dios mío! Si es que me he retrasado casi una hora. Oye, si entras, voy a subir de todos modos, igual está arriba y como es tan tarde no le apetece abrir. (Era la última gota de esperanza que me quedaba).
- Claro, claro, yo también voy a la cuarta planta… entra.
- Tú primero, por favor.
Aproveché para fijarme un poco en ella. Era delgada, un poco más bajita que yo. Claro que ella no iba subida en aquellos enormes tacones. Llevaba botas camperas, una falda larga y amplia estampada y un gran jersey de lana. El cabello corto y negro, pegado a la cabeza en pequeñas ondas. Pulsó el botón de llamada del ascensor. Era uno de esos antiguos, que suben y bajan por el hueco de la escalera, lleno de dorados y brillos. Dentro y al fondo, un gran espejo que cubría toda la pared, con un pequeño asiento para dos personas, forrado en cuero. Las otras dos paredes estaban recubiertas de madera. Olía bien. Bueno, a ver si tenía un poco de suerte y aun pillaba al Sr. Calatrava.
- ¿Qué puñetas pasa ahora? – el ascensor acababa de detenerse entre la tercera y la cuarta planta, y además toda la escalera se había quedado a oscuras.
- Pues, me parece que ha habido un apagón o ha saltado el automático.
- ¿El automático? ¿qué coño de automático?
- Sí, en estas fincas antiguas suele pasar, la instalación eléctrica no aguanta tanto aparato que tenemos ahora y… puf.
- ¿Entonces? ¿qué hacemos? Me cago en todo, si es que hoy no me tenía que haber levantado de la cama, si es que llevo la negra.
- Cálmate un poco, por mucho que te cabrees no vas a solucionar nada. Ya se darán cuenta y lo conectarán, o si es un apagón, tarde o temprano lo arreglan ¿por qué no te sientas?
- Para sentarme estoy yo ahora. Estoy, estoy que me subo por las paredes. Si es que necesito ese trabajo, joder, lo necesito.
- ¿Venías a por el trabajo de secretaria del abogado? ¡Coño! Pues sí que te has puesto guerrera ¿pensabas conquistarlo?
- Pensaba hacer lo que hiciera falta, hacerle una paja, mamársela o follármelo, lo que hiciera falta. Y si no lo hago hoy, será mañana o el lunes, o cuando sea, como si tengo que sentarme en la puerta a esperarlo.
- Ya. Si que estás desesperada. Por cierto, me llamo Eva ¿y tú?.
- Yo, Elisa – dije algo enfurruñada.
Convencida de que no me quedaba más remedio que esperar, me senté en el pequeño asiento. Ella, me miró un momento, y luego hizo lo mismo, se sentó a mi lado, pero en el suelo. Nos quedamos en silencio. Yo pensaba en todo lo que me había pasado en los últimos meses: había roto con mi pareja, con la que convivía cinco años, la empresa donde trabajaba como secretaria de dirección con un sueldazo había quebrado dejándome en la calle. Y como más de la mitad de mi retribución era en dinero negro, con la mierda de desempleo no llegaba ni a medio mes. Si no pagaba pronto el alquiler atrasado, la casera me pondría de patitas en la calle. Y con mi querido hermano no podía contar. Ese estaba peor que yo, era un bohemio que iba siempre a salto de mata.
Su voz me sacó de mis elucubraciones:
- Son bonitas esas botas que llevas… y caras – al hablar, iba deslizando su mano por la piel suave y brillante.
- Sí, si las quieres igual te las vendo. Me parece que si sigo así tendré que pensar en ir deshaciéndome de todos estos lujos. O meterme a puta. O trabajarme al Calatrava y que se vuelva loco por mí.
- ¿Por qué no te las quitas? Estarás más cómoda, y no sabemos cuánto tiempo vamos a estar aquí.
- La verdad es que tengo los pies destrozados ¿me ayudas?
- Si quieres – decía, mientras estiraba de las botas para descalzarme- te hago un masaje en los pies. Soy buenísima, ya verás te dejo como nueva.
- Calla, anda, no digas tonterías ¿cómo te vas a poner ahora a darme un masaje en los pies?
- ¿Tenemos algo mejor qué hacer?
- No, realmente, creo que no.
- No se hable más, pon los pies aquí, encima de mí.
Antes de que me diera cuenta, se había sentado en el suelo otra vez, al estilo indio, frente a mí, y colocaba mis pies en su regazo….
 
Digamos que me llamas
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Digamos que me llamas, supón que yo respondo. Cuando tu voz escucho, mi corazón estalla. Ya me crecieron alas, puedo salir volando, pero cuando lo intento me estrello en la ventana. Casi siempre, temblando, te digo que te extraño. Tú callas. Y yo, mientras, me devano los sesos buscando las palabras que rompan los silencios. Y pienso qué distinto cuando miro tus ojos aunque no digas nada. Esos pocos segundos en que sólo te escucho apenas respirar me parecen eternos. Y sé que sin querer te puse en un apuro, que quizá no debiera decirte lo que siento y siempre me propongo que la próxima vez no dejaré que nazcan esos tensos silencios que sin embargo, adoro cuando estoy junto a ti. No sé si debería escribirte ahora esto, no vayas a pensar que te estoy reprochando tu manera de ser. No. No dejes que esa idea pase por tu cabeza. Es así que te quiero, si no, no serías tú. Sólo que a mí me gusta dejar constancia escrita de algunas tonterías que me da por pensar. Hoy se me ocurrió esta. Si no, no sería yo.