Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
De nuevo... la vida (VII)
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Sábado, 8 de abril de 2006

He hablado con él. He hablado por teléfono con Paul, el pintor. Todavía estoy temblando. No puedo explicar la multitud de sensaciones que he sentido al escuchar su voz. Me defiendo bastante bien en francés, pero no podía evitar tartamudear debido al estado de nervios en que me encontraba. Hubo un momento, cuando respondió, que mi mente se quedó totalmente en blanco. Aunque creo que él también se puso algo nervioso. No sé, Enrique dice que ha cambiado mi forma de hablar, quizá le he recordado a Dolores.

Al decirle que era española ha empezado a hablar en un castellano fluido y parece que he podido relajarme un poco. Todo ha sido idea de Mari Cruz, no sé qué haría yo sin ella. Yo deseaba conocer al pintor, pero no se me ocurría de qué forma podía abordarle, entonces a ella se le ha ocurrido que podíamos hacer un reportaje para el suplemento dominical del periódico, sobre arte. Hacemos la pareja perfecta, yo la periodista y ella la fotógrafa. A Enrique no le hacía ni pizca de gracia, pero al final ha claudicado. No sé qué pretendo, sólo quiero ir allí, a su casa. Quiero dejar de tener sueños en los que aparece Dolores. A veces tengo la impresión de que ella me necesita para alguna cosa, que me tiene alguna misión encomendada.

Al principio, Paul se mostraba algo reticente, pero he desplegado todo mi encanto y al final conseguí convencerle. Ha dado su consentimiento.

Salimos el lunes. Mari Cruz ya ha reservado habitación en un pequeño hotel de la zona. Vamos sin prisas, sin planificar fecha de regreso. Yo, de momento, en el periódico aun sigo con mi recuperación, y ella ha solicitado unos días de vacaciones, aunque ha explicado la idea del reportaje y les ha parecido bien.

No paro de darle vueltas a la cabeza, pensar y pensar. Tengo miedo de hacer o decir algo que descubra mis intenciones. No, no temo hacerlo yo. Temo que sea ella la que intente alguna cosa utilizándome a mí. No, creo que no. En el fondo casi estoy segura de que ella no quiere hacer ningún daño al pintor, pero no puedo dejar de sentir algún atisbo de duda.

Últimamente también aparece en mis sueños el “hombre hermoso”. Me he acostumbrado a llamarle así. Le veo triste, muy triste, pero con una serenidad que me impresiona. Cuando sueño con él, no dejo de pensarle en todo el día. Me inspira tanta ternura. Algo así como lo que se siente cuando ves a un niño abandonado.

Enrique está preocupado, lo sé. Por más que intento convencerle de que para mí serán como unas pequeñas vacaciones, que me conviene alejarme unos días de aquí, respirar otros aires, distraerme… sé que él lo pasará mal los días que esté fuera. Pero no puede venir con nosotras, no quiero que venga. Tengo suerte, él lo comprende y siempre respeta mis decisiones. Creo que ese respeto mutuo hacia la intimidad del otro es lo que ha hecho que nuestro matrimonio funcione.

Dos días, sólo quedan dos días para llegar a Saint Cirque…


 
Llamando a la Tierra...
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...hoy no tengo ganas de bajar, me quedaré por aqui vagando entre las estrellas... os mandaré una postal.

Buen fin de semana.


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Días
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Hay días en los que se hace amable tu recuerdo. En los que pienso que todo está bien así: tu allí… yo aquí. Días en los que disfruto de mi vida, en los que casi, casi diría que me siento feliz. Charlo con los amigos, río, me pongo guapa, coqueteo. Converso con los míos, les atiendo, les mimo… les quiero. Y me quiero. Hay noches en que el sueño es reparador. Y me despierto con una sonrisa, porque los días son más largos, el sol brilla en el cielo y porque pronto, pronto, el dulce aroma de los naranjos en flor se colará por entre mi ventana.

Hay días, en los que el “tu allí… yo aquí” me martiriza, se me mete en los huesos y me araña la piel. Días en que quisiera arrancarme el corazón o dónde coño esté ese sitio en que alguien escribió que debo amarte. Hay días en que sólo quiero estar sola y pensarte. Y me encuentro deseando estar allí y no aquí. Días en los que cierro los ojos y evoco el recuerdo de tus manos, nuestras pieles fundidas, nuestras bocas… y siento que el deseo empieza a humedecer mi sexo. Y no puedo pensar en nada más, en nada más que en ti. Sé que si en ese momento aparecieses en mi puerta, todo me importaría una mierda… al diablo con mi vida. Y me odio. Me siento estúpida, egoísta, cruel, tonta del culo. Hay días, en los que me pongo la máscara de la felicidad, pegada, bien pegada a mi rostro y camino, río, sonrío, como, bebo, escucho, hablo, atiendo, saludo, escribo, mimo, acaricio, beso, follo… pero mi estúpida cabeza no está aquí. No, no está aquí. Soy una actriz perfecta, merecería un oscar, nadie se da cuenta de mi engaño, nadie imagina que bajo esa máscara perfecta y sonriente, las lágrimas están nublando mi mirada.

Y sin embargo, ya ves que incongruencia, es este amor que siento el que me hace feliz. No quiero, no quiero ni pensar en no quererte. No quiero ni pensar en no haber conocido esa inquietud que se me prende al pecho cada vez que te veo, ese deseo intenso que me recorre entera. No quiero ni pensar en no poder estar más junto a tí, en que esos recuerdos que atesora mi mente no estuviesen ahí.

No te sientas culpable, no lo eres. El amor es así, dicen los que más saben de esto. Y deben tener razón. Él, el amor, llega cuando menos lo esperas, de improviso. Y te atrapa, te envuelve, te hace suya. Te ata con lazos sutiles pero firmes, y ya no puedes escapar. Y aun si pudiera, en el hipotético caso que un mago poderoso me dijese que sólo con desearlo podría dejar de amarte así, te aseguro, mi amor, que le daría la espalda y me iría tan tranquila. Te lo puedo jurar.

Y es que yo quiero seguir queriendo así. Con días como el tiempo en primavera: “hoy luce el sol y vientos calmados llegarán a la costa suavizando las temperaturas…””mañana, un frente tormentoso se acerca amenazador y se esperan lluvias intensas con fuertes rachas de viento…”
Así, así de simple, de extraño, de variable... como mi amor por tí.



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De nuevo... la vida (VI)
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Sábado, 1 de abril de 2006

Hoy es mi cumpleaños y no podía haber deseado mejores regalos que los que he tenido. No he vuelto a sufrir ninguna otra pesadilla, sólo tengo ráfagas de imágenes de vez en cuando, mientras duermo. Pero algunas soy incapaz de recodarlas cuando me despierto, otras sí, otras las veo como si fuesen fotogramas de una película. Veo a esa mujer morena cuidando de las rosas, escuchando esa canción francesa que ya aprendí de memoria, cocinando un pastel de frambuesas… son escenas cotidianas en donde me da la impresión de que es feliz. Nada que ver con la expresión de su rostro en la huída que la llevó a la muerte. Apareció un hombre en uno de esos sueños, era realmente hermoso. Sí, hermoso, no guapo, ni atractivo. Con esa hermosura de los ángeles. No sé cómo explicarlo tenía algo extraño. Era un hombre pero tenía la expresión cándida de un niño.
Esta mañana, a primera hora, he visitado al doctor que me ha encontrado francamente bien. Dice que parece que ese corazón estaba hecho para mí. Yo he pensado que así es. Ya sé que puede parecer extraño pero tengo la sensación que ella quería que yo lo tuviese. A veces pienso que estoy loca, que voy a perder la cabeza con todo esto, pero por otro lado, me siento tan segura en mis convicciones. Bueno, no quiero perderme en hipótesis que no llevan a ningún lado.
Después Enrique y yo almorzamos en una terraza. La ciudad está preciosa con la llegada de la primavera, incluso sus gentes parecen más contentas y relajadas. Pasa un hombre silbando suavemente una canción. Y me doy cuenta que ahora me fijo en esas pequeñas cosas que antes me pasaban desapercibidas.
Hemos quedado con Mari Cruz después de almorzar, allí mismo. Venía corriendo como siempre. Esta mujer debería tomarse la vida con más calma. Se lo he dicho y me ha dado un cachete cariñoso: “hay que ver lo que ha cambiado nuestra Eugenia, ese corazón está obrando maravillosas en tu carácter”. Traigo buenas noticias, muy buenas – ha añadido a continuación. Y yo ya lo había adivinado cuando la vi llegar.
El pueblo con el que soñé es Saint-Cirq-Lapopie. Y efectivamente allí hubo un accidente mortal de coche la noche del 19 de febrero. Estuvo rebuscando en la hemeroteca y encontró la noticia en un periódico francés del lunes 20:
(traduzco)
“Lunes, 20 de febrero de 2006”

Está madrugada ha fallecido en el Hospital … Dolores Almudever Sánchez, víctima de un accidente automovilístico. Estaba casada con el famoso pintor Paul Montcour. Según fuentes de la policía, en la noche de ayer, la mujer fallecida conducía su vehículo a gran velocidad por la carretera de Saint-Cirq-Lapopie, altamente peligrosa debido al gran número de curvas y al precipicio que bordea, y en una de las citadas curvas debió perder el control y se precipitó al vacío. Al poco tiempo fue recogida por una ambulancia que la trasladó al hospital más próximo, aun con vida, donde falleció víctima de los múltiples traumatismos sufridos. Al realizar la autopsia del cadáver se hallaron restos de alcohol y somníferos que debieron ser la mezcla mortal que la llevaron a tan trágico final. Mañana se celebrará el sepelio y se dará sepultura a su cuerpo en el cementerio de la localidad.

No pude evitar sentir que el corazón se me encogía en el pecho al constatar que era exactamente como yo lo había soñado. Pero una extraña sensación en mi interior me decía que algo oscuro se escondía detrás de esa muerte, que ella quería que hiciese alguna cosa. No sabía exactamente qué, pero pronto saldría de dudas. Mari Cruz y yo nos miramos, y Enrique hizo una mueca entre disgustada y feliz a un tiempo. Los tres nos habíamos entendido perfectamente: no tardaría mucho en conocer Saint-Cirq-Lapopie y con suerte al famoso pintor, ahora viudo.

(continuará)


 
Fuego
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Con el último trueno, la mecha prende. Corre con un redoble de tambores hasta su objetivo. El fuego comienza lentamente a acariciar su presa. Con lenguas lujuriosas empieza a rodearla dispuesto a devorarla con ansía destructiva.

Quiero quemar silencios que no rompí por miedo.
Quiero quemar palabras que no debí decir.
Quiero quemar temores para que no me impidan alcanzar mis deseos.
Quiero quemar las ansias que me duelen aquí.
Quiero quemar amores que resultaron ser un tonto pasatiempo.
Quiero quemar las horas de soledad sin ti.
Quiero quemar el daño que causé sin querer.
Y el que hice sabiendo el mal que podría hacer.
Si algún rencor me queda guardado por ahí, lo quemaré también.
Quiero quemar dolores… alguno padecí.
Quiero quemar ausencias.
Quiero quemar mentiras que tuve que decir.
Quiero quemar momentos en que debí gritar.
Y gritos despreciables que al instante siguiente me hicieron sentir mal.
Quiero quemar mis dudas, mis eternas preguntas y mis vacilaciones.
Quiero quemar los días estériles, sin sueños.
Y las noches vacías.
Quiero quemar caricias que no tuvieron dueño.
Quiero quemar los besos que no te pude dar.

Después, cuando todo termine, después... iré a por ti.

Quiero que arda mi piel al calor de tus manos, que tu boca me queme. Que tu lengua abrase mi sexo que impaciente suplica su caricia. Quiero ser una pira ardiente de deseo, estrechando tu cuerpo con mis brazos de fuego. Quiero ver el vapor que emana de nosotros y empaña los espejos. Sentir tu aliento hirviendo. Que al mirarnos despierte ese inmenso volcán que palpita aquí dentro. Que a ambos nos inunde con su lava candente.
Quiero quemarme en ti y que tú en mí te quemes.





 
Esta noche...
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Plomo
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Fotografía Anita Andrzejewska

Hoy el día es de plomo - dije.
Y cientos de miradas se posaron en mí.
Mudas de asombro.
Yo, terca y desafiante, repetí:
hoy el día es de plomo.
Un sol radiante de irónica sonrisa me llamó mentirosa.
Con su luz, en silencio.
Volvieron los ojos a fijarse en mí.
Asustados.
Murmullos, cuchicheos, rumores temerosos:
está loca o enferma.
Peligro.
Una luz roja de alarma se abrió paso a empujones entre mis pensamientos.
Era una broma - dije.
Y dibujé con mis labios la sonrisa,
traicionando mi amor y tu recuerdo.
Suspiros de alivio se escucharon.
Ya era una más entre el rebaño.
Y vi mi corazón sangrante.
No era rojo, sino gris.
Y en cada contracción vertía una lágrima espesa como el plomo.

Aun no sé como fue que nació este amor,
que me duele y me calma.
Aun no sé como fue.
Pero es.
Aun no sé como fue que te tuve.
O... ¿fuiste tú que me tuviste a mí?
Pero sé.
Sé que te amo como nadie lo hará jamás.
Del mismo modo que sé que hoy el día es de plomo.
Gris.
 
A ver si me alegro el día
Todos de fiesta, estamos en Fallas, y yo... currando

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¿Es eso justo? Pues no, pa que nos vamos a engañar, pero... es lo que hay, así que intento pasar el día lo mejor posible, es decir, trabajando poco (por no decir nada).
Y para alegrarme un poco, mientras viene el siguiente capítulo de la historia anterior, voy a calgar una cancioncita con buen ritmo.


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Por cierto ¿alguien puede decirme que ha sido de Teté? no encuentro su blog.... quizá ¿ha cambiado de dirección?, la echo de menos.



 
De nuevo... la vida (V)
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Imagen de Gina Seglin

Sábado, 25 de marzo de 2006

Mi vida transcurre apaciblemente, sobre todo ahora que por fin he conseguido que mi madre no se presente aquí todos los días para cuidarme. No, no es que sea una desagradecida, aunque comprendo que pueda parecerlo, es que creo que por primera vez en mucho tiempo me encuentro con fuerzas suficientes para ser totalmente independiente. Tengo a Marga, una mujer que viene desde hace años a hacer las tareas más duras de la casa, sobre todo porque tanto Enrique como yo trabajábamos todo el día y necesitábamos alguien que mantuviese el orden y la limpieza. Espero poder reincorporarme pronto a mi trabajo en el periódico y entregarme a él como no lo he podido hacer durante los últimos tiempos. Por la tarde, salgo todos los días a caminar con Mari Cruz, por prescripción facultativa y porque me gusta que paseemos juntas. Ella me pone al día de todo lo que ocurre en la redacción y pasamos ratos divertidos chismorreando. Hoy le he contado la pesadilla que tuve anoche.
Ayer sopló el viento durante todo el día. Muy fuerte. Ya acostada escuchaba la vibración de los cristales y el golpeteo de las persianas en las ventanas, aun habiéndolas bajado todas. Pero es que aquí, en el ático, aun parece que gana velocidad y fuerza. Me encontraba nerviosa, como asustada, y no entendía el motivo. Nunca he tenido miedo al viento, la lluvia o las tormentas. Yo diría que más bien me atraen y jamás ha sido motivo suficiente para desvelarme.
Al fin después de dar muchas vueltas en la cama me dormí.
Una mujer apareció en mis sueños. Era alta, morena y muy delgada. Salía corriendo de una casa. El fuerte viento golpeaba su rostro y pegaba a su cuerpo el fino vestido blanco que la cubría.
Me sucedía algo muy extraño. Esa mujer no era yo, pero era yo quien sentía lo que a ella le ocurría. Me ha costado mucho explicarle esto a Enrique y a Mari Cruz. Sentía el viento en mi cara, y el mismo miedo que veía reflejado en el rostro de ella me atenazaba a mí el corazón. Su corazón. Porque estoy segura que este órgano que está latiendo ahora en mi pecho le pertenecía.
Corría por un sendero entre árboles y flores. Algunas ramas le arañaban los brazos desnudos. Caía y se volvía a levantar, como si sufriese una especie de mareo. Alguien gritaba desde la puerta, pero el viento se llevaba las palabras que no pude entender, era como una voz que viniese de muy lejos. Ella llegó hasta un pequeño utilitario azul, subió en él y arrancó. Salió de allí con un chirrido de ruedas. Y por un momento, mi corazón se tranquilizó. Conducía a toda velocidad por una carretera estrecha entre montañas, bordeando un precipicio. Los golpes de viento daban fuertes bandazos al coche, pero ella no aminoraba la marcha. Los ojos anegados de lágrimas, la hacían perder unos instantes la visión de la carretera y en algunos momentos las ruedas del vehículo rozaban el borde del abismo y pequeñas piedras se desprendían y caían rodando hasta perderse en la oscuridad. Ella se aferraba al volante mientras hablaba en voz baja, las palabras espesas, entrecortadas: “no... no puedo más, no Paul, no voy a volver... te odio maldito, te odio...”. El coche se acercaba peligrosamente a una curva, pero ella parecía no darse cuenta, los ojos se le cerraban y la cabeza caía una y otra vez hacia delante, como si no tuviese fuerzas suficientes para sostenerla. De pronto las ruedas delanteras perdieron contacto con el asfalto y durante unos segundos el vehículo quedó flotando en el aire, para caer rodando entre las rocas como una pequeña pelota azul.
Desperté bañada en sudor, con las últimas imágenes girando en mi cabeza, mientras Enrique me zarandeaba.
Me obligó a contárselo todo antes de que empezasen a disiparse los recuerdos del sueño. Y analizamos juntos cada uno de los detalles. Ella hablaba español, de eso estaba segura. En el jardín había rosas y jazmines porque había percibido su aroma al salir corriendo de la casa. Sabía que había un detalle que se me escapaba, algo que se había fijado en mi mente durante un instante cuando ella conducía, pero no conseguía recordarlo.
Enrique me trajo una infusión bien caliente. Luego, se sentó en la cama y yo me coloqué entre sus piernas, dándole la espalda. Empezó a hablarme suavemente abrazándome por detrás, mientras que yo iba recobrando poco a poco la tranquilidad.
Y entonces recordé. Lo vi claramente. Era una señal en la carretera, el nombre de un pueblo, eso era. Se llamaba algo así como “Saint- Cirqus”. No. No era así. Era Saint… algo y después otra palabra. Pero fue todo tan rápido. Y yo, ella, no sé, estaba tan asustada.
Luego, cuando esta tarde se lo conté a Mari Cruz, me tranquilizó. Daremos con el nombre de ese pueblo, niña – me ha dicho- déjalo en mis manos ¿te he fallado alguna vez?
No, es verdad, siempre he podido contar con ella y nunca me defraudó… en nada. Sé que acabaré descubriendo qué es lo que me ocurre a mí y qué es lo que le ocurrió a ella. Al fin y al cabo, ahora, tengo toda una vida por delante.


 
Algo de charla
He hablado algunas veces de mi gusto por las carreras de coches y motos... sí, creo que sí. Pues imaginaréis que he disfrutado como una enana de la primera carrera de Fomula I de la temporada y mucho más del triunfo de mi admirado paisano Fernando Alonso,

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tampoco ha estado nada mal el carrerón de Michael Schumacher que es todo un campeón, y si este año no tiene la mala suerte que tuvo el pasado... el duelo y la emoción están servidos.

Ahora tengo que conformarme con asistir a las carreras desde el sillón de mi casa, pero hubo un tiempo en que era una verdadera asidua de este tipo de eventos. Claro que entonces, acababa de casarme y no tenía niños. Una pareja joven, trabajando los dos y sin responsabilidades... jamás teníamos un duro (como ahora más o menos) pero es que nos los pulíamos en viajes y diversiones.
Recuerdo una vez que nos fuimos tres o cuatro días a ver un rallye en Alicante. Se trataba de ir siguiendo el itinerario de la carrera y esperar a ver pasar los coches en las mejores curvas, durante todo el día y toda la noche. Y allá que nos fuimos en un coche, mi pareja y yo, otra pareja de amigos: Julio y Merche, y Sara, mi perra doberman que nos acompañaba a todas partes. Pasamos tres días y tres noches, de acá para allá siguiendo el rallye, situándonos en las mejores curvas a cualquier hora, durante el día aguantando un sol de cojones y por la noche o de madrugada enrollados en mantas como si fuesemos fantasmas, porque fue más o menos por estas fechas. Dormíamos a ratos en el coche o bajo un árbol.
Era domingo cuando llegamos a la playa de San Juan en Alicante donde estaba la meta. Después de ver la llegada nos acercamos a los boxes que es todo un espectáculo. Y luego nos tumbamos directamente en la playa a dormir la siesta. Apestábamos. Creo que la que mejor olía de nosotros era la perra. Pero lo pasamos genial, creo que en ningún viaje me divertí tanto.

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Y otra de mis pasiones, ya harto sabida es el teatro. Hoy he vuelto a disfrutar de una buena obra.

ÁNGEL de Michel Verly, dirigida por Jaime Pujol e interpretada por LLUM BARRERA Y NACHO FRESNEDA

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Ángel arranca como una comedia amable, donde una mujer urde un inocente plan para saldar una deuda del pasado. Va a inventar una relación con un hombre al que pagará por fingir, va a idear una vida nueva para tener un lugar en la pequeña sociedad de la que fue excluida. Y va a hacer como si de un juego se tratase, con desenfado, con coraje, pero con un tono de fragilidad y amargura.
A partir de ahí, Ángel se convierte en un "viaje" de los personajes hacia ellos mismos. A medida que el tiempo avanza van aproximándose cada vez más a su pasado. A medida que su mundo se amplía van reencontrándose con lo angosto de su existencia. A medida que vuelven a tropezar con la crueldad y la desconfianza va afianzándose en ellos la complicidad y el afecto.
... hay veces que es preciso inventarse otra vida...
En los entreactos suena una preciosa canción de Leonard Cohen que os pego aqui y que hace mucho tiempo que no escuchaba.


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De nuevo... la vida (IV)
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Imagen de Raul Villalba: www.raulvillalbafotos.com.ar

Miércoles, 22 de marzo de 2006

Estoy en casa. Esta mañana, por fin, el doctor me dio la gran noticia: podía marcharme. Me alegré, claro que me alegré, pero no pude dejar de sentir al mismo tiempo, una tremenda inquietud. En casa ya no estaría rodeada de gente todo el día, entre otras cosas porque quería empezar a llevar una vida normal lo antes posible, y temía que al quedarme a solas empezase a obsesionarme aun más con todas las extrañas sensaciones que notaba iban aumentando día a día.
Recogí mis cosas, me despedí de las enfermeras que tan amablemente me habían atendido, y quedé citada con el doctor para dentro de tres semanas, en que me harán un completo reconocimiento para poder corroborar que todo funciona como está previsto. Al salir a la calle me ha invadido un sentimiento de emoción intensa y he tenido que hacer verdaderos esfuerzos para no echarme a llorar. Parecía que tenía los sentidos agudizados. El sol brillaba en el cielo, la brisa me acariciaba, los árboles del jardín del hospital lucían espléndidos. Me sentí pletórica, con una fuerza y unas ganas de vivir que no sentía desde que era adolescente. Me quedé un rato quieta con los ojos cerrados, hasta que sentí que mi marido me rodeaba la cintura para conducirme hasta el coche.
Enrique me preparó un baño caliente como sabe que a mí me gustan, y pasé la tarde acostada. Luego, nos hemos puesto los dos de acuerdo para mandar a mamá a casa. Es hora de que estemos solos. Es hora de que me ocupe un poco en él. No sé lo qué pensaba todos esos días en que estuve sedada, cuando mi vida pendía de un hilo. Es hora de que le escuche y le cuente lo que me está pasando.
Cuando al fin hemos conseguido que mi madre se marche, no sin antes prometerle que mañana a primera hora la llamaré por teléfono, él ha preparado la cena. Ha servido la mesa como en los viejos tiempos, en los que podíamos pasarnos, la noche entera, sentados, charlando. Dice que desde el primer momento el doctor tenía muchas esperanzas de que todo saliera bien, pero él muchas veces no podía dejar de pensar qué pasaría si algo fallaba. Se asustaba mucho cuando yo hablaba en sueños, porque antes nunca lo había hecho. Me he quedado sorprendida y le he pedido que me cuente lo que decía. Cosas muy extrañas, Eugenia, me asustabas – me ha dicho muy serio. Decías nombres que yo no conocía, nombrabas a un tal Paul y François, tenías miedo, a veces gritabas aterrorizada. Y yo me sentía impotente sin saber qué podía hacer para tranquilizarte. Te cogía de la mano, te acariciaba, y tú entonces me apretabas muy fuerte y parecías calmarte. No sé qué te ocurre, pero te noto extraña, ausente a veces. No hablas igual ¿te has dado cuenta?
No sabía qué decir a eso, pero por mi expresión ha adivinado que no, que yo no me había percatado de eso. Mira – siguió – no es que te haya cambiado la voz, ni nada de eso, es tu modo de hablar. Antes era nervioso, rápido, como si tu pensamiento fuese más veloz que la boca y quisieras decirlo todo en un momento. Ahora tu tono es pausado, envolvente, cálido… Vaya, eso has salido ganando – le he dicho, intentando encontrar un poco de humor a todo el asunto.
Ahora, déjame contarte, Enrique, te pido que no me interrumpas aunque lo que te diga te resulte extraño e inverosímil. Durante mucho rato le he explicado hasta el más mínimo detalle de todo lo que me ha estado pasando desde que desperté de la operación. Él ha permanecido en silencio, escuchándome. ¿Qué piensas hacer? Porque conociéndote se que no te vas a quedar así… sin saber. Y al decir esto ha bajado la mirada para que yo no pudiese leer en ella la preocupación y el desacuerdo. Le he cogido la mano por encima de la mesa. Dame un poco de tiempo, Enrique, quizá todo esto pase poco a poco. Y si no es así, algo tengo que hacer, no puedo estar así toda la vida, es como si un extraño entrase en nuestra casa y nosotros hiciésemos como si no le hubiéramos visto. Prométeme que cuando esté totalmente repuesta me dejarás hacer lo que tenga que hacer, por favor, por favor. De acuerdo, siempre consigues lo que te propones, pero quiero saberlo todo, cada una de las cosas que te ocurran, cualquier pensamiento extraño que ronde tu mente. Si hablas en sueños yo te lo contaré al día siguiente y si tienes pesadillas serás tú quien me las cuente. Intentaremos solucionar esto juntos.
Luego me ha dado un beso de esos que sólo él sabe darme. Un beso plagado de miles de ellos, que llenan mis labios de hormigas correteando juguetonas.
He querido pensar que ahora estoy en mi casa, en mi terreno, y a lo mejor “ella” ha decidido abandonarme, pero algo en mi interior me dice que no, que sólo es una tregua, que debo aprovechar para descansar y recuperarme.

(continúa)
 
¡¡¡¡¡Lo conseguí!!!! Gracias, Wolffo
Por fin. Ésta es la canción que quería poner en el post anterior y no había manera. Os juro que le dí vueltas y más vueltas, que la cargué en el castpost tropecientas mil veces... y nada. Hasta que pedí socorro a mi querido Wolffo, experto donde los haya. Y él muy amablemente me dió la solución: LOS DICHOSOS ACENTOS EN EL TÍTULO ERA LO QUE NO DEJABA QUE SE ESCUCHASE LA CANCIÓN. Por un momento pensé que estos del castpost tenían vetados a los franceses. Y no, es que el título de la canción llevaba dos apóstrofes. Solucionado. Título traducido al español, sin acentos, ni ná de ná. Gracias y mil gracias, corazón. Te debo una.


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De nuevo... la vida (III)
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Sábado, 18 de marzo de 2006

Al fin puedo salir de la cama. Hace unos días que el doctor me dio permiso para sentarme a ratos en un sillón de la habitación. Es un cambio de perspectiva de mi mirada el estar cara a cara con quien me habla. Ya sólo tengo un gotero conectado a mi brazo que pronto me quitarán. También me llevan a pasear por el pasillo en una silla de ruedas. Me gusta pararme ante los grandes ventanales desde los que se ve el jardín que rodea el hospital. Están herméticamente cerrados, pero veo los árboles mecidos por el viento, los pájaros que salen en busca de comida y vuelven a sus nidos, y las gentes que entran y salen del edificio. Y hoy he dado mis primeros pasos, lentamente. Después de tanto tiempo sin poner los pies en el suelo, no sé explicar lo que he sentido. Sí, me he visto más alta, mucho más alta.
Y ayer me miré en el espejo. Esto puede parecer una tontería, pero no lo es. No lo hacía desde que me arreglé en casa para venir hacia aquí. Lo hice con recelo, con miedo de no reconocerme en la imagen reflejada y he respirado tranquila cuando vi que seguía siendo yo, con mis rizos rojizos a los que no hay manera de meter el peine, mi rostro pecoso más delgado y pálido de lo habitual, y mis ojos grises. Eso me hizo sentir feliz.
El doctor dice que mi organismo ha aceptado perfectamente a su nuevo inquilino. Y yo no he podido evitar visualizar la imagen de mi cuerpo abrazando y haciendo suyo a un corazón extraño, un músculo que palpitaba con los últimos hálitos de vida de su antigua dueña. Pienso en femenino porque estoy convencida que era el cuerpo de una mujer la que albergaba ese corazón que ahora llevo en mi pecho. Pero callo y no digo nada de todo esto que pasa por mi cabeza.
Hace un rato que se fue Mari Cruz. Mari Cruz es mi mejor amiga, podría decir que mi única amiga cierta. Es mi otro yo. Con ella no necesitaría las palabras si no fuese porque a las dos nos gusta escucharnos mutuamente. Lo sabemos todo una de la otra. Hoy mismo había pensando en ella, en que ya era tiempo de vernos y contarle todo lo que me está ocurriendo. Iba a decirle a mi madre que la llamase después de comer, cuando se ha presentado sin previo aviso. Entró en la habitación y me abrazó. Ni ella me preguntó por qué he tardado tanto en querer ver a nadie que no fueran mi madre y Enrique, ni yo le pregunté porque vino sin haberla llamado. Yo estaba sentada en el sillón y ella acercó una silla a mi lado y empezó a contarme tonterías, como si nos hubiéramos visto ayer tomando un café. Aproveché su visita para mandar a Enrique a casa, necesita descansar y nosotras estamos mucho mejor solas. Él lo sabe, sabe que no queremos testigos de nuestras confidencias y se ha marchado sin protestar diciéndome que vendrá a la hora de la cena.
Cogidas del brazo hemos salido a pasear, y yo le he contado lo de las rosas y todas las sensaciones extrañas que tenía y a las que no era capaz de encontrar una explicación lógica y coherente. Ella asentía en silencio. De vuelta en la habitación, me tumbé un rato en la cama y ella ha cogido una revista. Pasaba las hojas distraídamente y yo sabía que estaba pensando en lo que yo le había dicho. Entonces he empezado a cantar. Lo hacía despacio pero ella ha alzado la cabeza y se ha quedado escuchándome. ¿Me habías oído cantar en francés alguna vez? – le dije cuando terminé. Ha negado con la cabeza. Yo tampoco. Pero llevo toda la mañana tarareando esta canción. Ella se ha levantado del sillón y ha venido hacia mí. Eugenia – me ha dicho – ahora concéntrate en recuperarte del todo, y luego nos encargaremos de todo lo demás.
Me ha tranquilizado ese “nos” que ella ha enfatizado para que no me pasase desapercibido, porque se que estará a mi lado en todo momento, pase lo que pase.

 
De nuevo... la vida (II)
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Pintura de Pedro Sanz González (http://pedrosanz.typepad.com/)

Viernes, 10 de marzo de 2006

Los días pasan despacio aquí dentro. Aunque estoy mucho tiempo medio adormilada, las horas en que estoy despierta se me hacen tan largas que me desespero. La única alegría es que cada día me voy desprendiendo de alguno de mis apéndices artificiales, y eso me hace sentir un poco más libre.
Pienso mucho en la persona que me dio su corazón. El doctor me dice que no debo hacerlo y que cuando me recupere y salga de aquí es necesario que visite a un psicólogo. Dice que los receptores de órganos necesitamos ayuda para no obsesionarnos. No estoy obsesionada, sólo pienso en la generosidad de la gente, no de la muerta, porque aunque supongo que ese sería su deseo en vida, en el momento crucial no pudo opinar… estaba muerta, sino de su familia, sus seres queridos. Hay que ser generoso para dejar de lado, por un momento, su propio dolor y pensar en que otra persona totalmente desconocida puede vivir. Es injusta la vida, alguien tuvo que morir para que yo tenga otra oportunidad. Quizá era una persona joven con toda la vida por delante. Y eso me duele. Al fin y al cabo, yo casi me había hecho a la idea de dejar pronto este mundo, ni siquiera me atrevía a hacer planes de futuro, de ningún tipo. A mis cuarenta años me parecía que ya había aguantado más de lo que todos esperaban. Y que no tenía ningún derecho a tenerlos a todos atados a mí.
El hecho es que no pensé nada de esto cuando aquella llamada telefónica en mitad de la noche me avisó que debía ir urgentemente al hospital, que tenían un corazón y podría ser “mi corazón”. Los nervios, las prisas, la alegría… no me dejaron pensar en nada, ni en nadie que no fuese yo misma. Pero ahora, tengo tanto tiempo para meditar… y no logro pensar en otra cosa.
No sé de qué hablar con mi madre o con Enrique, me siento extraña con ellos. Mamá me cuenta cosas de los familiares y amigos, pero yo no presto demasiada atención. Aún no he querido que vengan a visitarme, no me siento con fuerzas para recibir todas esas muestras de cariño. Y al mismo tiempo me lo reprocho. Ellos no me fuerzan pero sé que les gustaría verme más alegre y no con esta especie de rara melancolía que me envuelve.
Hoy, me ha pasado algo muy extraño. Estaba mamá al lado de mi cama, leyéndome un libro de poemas en voz alta, cuando le he preguntado cómo estaban las rosas. Ella se ha quedado un momento callada, sorprendida, ¿qué rosas? – me ha dicho. Las del jardín, mamá – le respondí tranquilamente. Hija, tú no tienes ningún jardín. Entonces permanecí en silencio sin saber qué decir, pero al ver el rostro preocupado de mi madre me he obligado a pensar rápidamente para tranquilizarla. Qué tonta soy mamá, esta noche soñé que estaba en un jardín podando unos rosales, y ya sabes, con tanta medicina, a veces confundo la realidad con los sueños. Mi madre le ha quitado tensión al momento esbozando una sonrisa, pero la preocupación no se ha borrado de sus ojos.
Y es verdad, no tengo jardín. Cuando Enrique y yo nos casamos compramos un ático. Al principio hicimos planes para comprar una casa más adelante, pensando en tener hijos. Luego, con mis problemas de salud, esos proyectos se quedaron en nada y no volvimos a hablar de ello. Seguimos viviendo en el ático. Pero juro que en el momento de formular esa pregunta yo estaba segura de que tenía un jardín lleno de rosas.
Después cerré los ojos aparentando dormir mientras intentaba buscar alguna explicación al tenue perfume que invadía mi habitación.

(continúa)

 
De nuevo... la vida (I)
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Viernes, 03 de marzo de 2006

Hoy es el primer día de mi nueva vida. En realidad podría decir que fue hace unos días, pero hasta esta mañana estaba sedada, así que para mí no cuentan esas horas. Desde el momento en que entré en el quirófano hasta que por fin abrí los ojos no estaba viviendo, era un ser inanimado. Ni siquiera soñaba.
La mañana ha empezado con murmullos, por primera vez en muchos días escuchaba voces que me llegaban lejanas, como si estuvieran rodeadas de una niebla espesa. Me tranquilizaban. También sentía que manos expertas me manipulaban, me daban la vuelta en la cama o me ponían algo frío bajo la axila. Otras manos, éstas tiernas, me acariciaban el rostro o me apartaban un mechón de cabello de la frente.
He tardado en abrir los ojos. Tenía miedo y no sé el motivo. Y cuando lo hice me quedé mirando fijamente hacia la ventana. Las hojas de las persianas dejaban entrar la luz del sol que formaba un dibujo de rayas horizontales en la habitación. Las ramas de un árbol se movían con el viento y me quedé largo rato observándolas. Mientras, las voces nerviosas y emocionadas que se alzaron en el silencio de la habitación al ver mis ojos abiertos: “se ha despertado” “cariño, cariño… estoy aquí” “hija mía, gracias Dios mío, gracias””voy a llamar al doctor” “enfermera, por favor, llame al doctor Benavent”… se fueron apagando poco a poco, expectantes.
Yo sentía una fuerte opresión en el pecho y no me atrevía a mirarlos, hasta que la voz del doctor Benavent me llegó clara y cercana: “Eugenia ¿cómo te encuentras?” Me obligué a mirarle y creo que sonreí. Era todo tan extraño, me sentía rara, como si yo no fuese la misma que había entrado hace unos días en el hospital llena de esperanza.
Entonces me fijé en las personas que acompañaban al doctor. Estaba mi madre que no podía reprimir la emoción y tenía los ojos brillantes y húmedos, y Enrique, mi marido, que se acercaba a coger mi mano. Tenía grandes ojeras oscuras alrededor de los ojos y se le veía cansado. Yo me sentía como un astronauta o un buzo, toda llena de cables y tubos por todas partes. Ellos llevaban la boca tapada con mascarillas blancas y el cuerpo cubierto con batas verdes y todo me recordaba a una película de ciencia ficción.
“Bueno, Eugenia, dijo el doctor, lo peor ya ha pasado. Ahora vamos a ver como se comporta ese nuevo corazón que te hemos puesto”.
Y yo sentí una extraña desazón.
Antes de la operación pensaba que si llegaba a superarla, si despertaba, la alegría sería inmensa. Me imaginaba embargada de una enorme felicidad y que desearía abrazar y besar a mis seres queridos. Pero por alguna razón que no alcanzaba a entender, no era así como me sentía. Estaba feliz, sí, pero al mismo tiempo esas personas: mi madre y mi marido, las sentía distintas. Les reconocía y les quería, pero no con la intensidad que yo creía quererles hasta entonces. Quizá era yo que había cambiado o posiblemente sería algo pasajero debido a la tremenda presión soportada antes de la operación.
Ahora tenía que sosegarme y hacer todo lo posible por recuperarme cuanto antes.
Apreté ligeramente la mano de Enrique y cerré los ojos. Estaba muy cansada. De momento había logrado superar lo más dificil y podía albergar esperanzas de empezar a vivir. Y esta vez, sin miedos, sin pasar por la vida de puntillas, sin tantos cuidados…
Eso era, al menos, lo que yo deseaba…

(debe continuar)
 
A ver si hay suerte
Me apetecía probar a poner un poco de música. No es que sea imprescindible, al fin y al cabo lo mío es escribir, pero no está de más adornar un poco la casa.
Para ver si esto funciona (que no se yo, porque soy un poco desastre para estas cosas) he escogido una canción que hacía mucho tiempo que no escuchaba y hace poco me la mandó un amigo con un correo: Yolanda de Pablo Milanés... a ver qué pasa.


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Buen fin de semana.
Des.