AZUL

Fotografía: Christopher Gilbert
Voy a pintarme de azul por si quisieras un día alzar el vuelo. Y planear sereno hasta mis pechos que se elevan como pequeñas cumbres en el cielo.
Voy a pintarme de azul por si quisieras andar por mis caderas. Y deslizarte suave hasta mi centro para acabar dormido en el cálido hueco de mi ombligo.
Voy a pintarme de azul por si quisieras sumergirte en el mar profundo de mis piernas. Y dejarte llevar por las tranquilas aguas hasta la oscura gruta de mi sexo.
Voy a pintarme de azul por si quisieras perderte en una noche oscura. Y mi cuerpo será ese faro que guiará tus pasos hasta mi piel teñida de deseo.
Porque el deseo es azul, azul brillante.
Porque azul es tu voz y tu sonrisa.
Y azul es tu olor y hasta tu nombre.
Porque me muero azul y resucito con tu sabor azul cuando me besas.
Hasta en el lado más oscuro...
La mesa camilla

Si alguien la viese pensaría que se trata de una estatua, lleva horas inmóvil, los ojos cerrados, sentada en la mecedora regalo de su tata negra, ante la pequeña mesa camilla, con faldas plagadas de hojas marrones, rojas, oro viejo, como un paisaje de otoño. Esta mañana se levantó y después del aseo cotidiano y un frugal desayuno, se dispuso a esperar. Ya falta poco.
Dos meses le ha llevado preparar ese momento de forma metódica, paso a paso, siguiendo al pie de la letra las enseñanzas recibidas en su infancia. Permanece tranquila y segura de sí misma.
Abre los ojos y mira hacia las ventanas que tiene enfrente de la suya, separadas tan sólo por unos pocos metros. Está a punto de llegar, piensa. Y en ese momento, en una de ellas se enciende una luz. Una sonrisa se dibuja en su rostro al constatar que le conoce bien, él es siempre puntual.
Ahora estará dejando las llaves en la entrada, cogerá una cerveza fría en la nevera al pasar por la cocina y se dirigirá a su habitación. Y no se equivoca, al momento, otra ventana se ilumina y una figura de hombre se hace visible. Es un hombre joven de complexión fuerte, que deja sobre la mesilla un bote de cerveza y el teléfono móvil, y empieza a desnudarse. Lo hace frente al espejo. Se desprende de la camiseta con un gesto que parece estudiado y baja la cremallera de su pantalón.
Ella permanece en la oscuridad, inmóvil. No pierde detalle de los movimientos del hombre, aunque podría perfectamente cerrar los ojos y adivinarlos, de tantas veces como lo ha observado. Él sigue desnudándose. Ya se ha quitado el pantalón y el pequeño slip ajustado. Luego, se toca la entrepierna, abarcando con la palma hueca de su mano los genitales, como si estuviese sopesándolos. ¡Qué cabrón! Sabe que estoy aquí mirándole. Y el hombre desaparece de su vista.
Sabe que ahora mismo está en la ducha, la misma en la que follaron tantas veces, de pie, enjabonándose mutuamente, bajo el agua caliente. Y no puede reprimir el deseo humedeciendo su sexo. ¿Por qué tuvo que dejarla? ¿Qué había hecho ella mal? Le amaba, él era toda su vida. Y luego… fue tan cruel diciéndole que no sentía nada por ella, que ya se había cansado de su cuerpo, que ya no la deseaba. Ella… ella… habría sido capaz de compartir su amor con aquella golfa con la que ahora se acostaba. Y el muy hijo de puta siempre deja la ventana abierta para que ella les oiga, para que vea como se la folla, como se la chupa… la muy cerda. Ella… ella… se arrodilló a su pies, le rogó, le suplicó, pero él la tiró a patadas de su casa… y de su vida.
El hombre ha vuelto a la habitación. El cuerpo aun húmedo y brillante, con la toalla enrollada en la cintura. Se demora en el armario sacando algo de ropa. Luego, otra vez frente al espejo, deja caer la toalla que le cubre. Ella sonríe.
Es entonces cuando él siente un horrible pinchazo en el lado izquierdo de la espalda. Se lleva allí la mano con una horrible mueca de dolor. Se dobla hacia el lado derecho donde ahora acaba de sentir lo mismo. Se tira sobre la cama, retorciéndose, cuando cientos de agujas se clavan en su pecho. Grita. No puede soportarlo y se enrosca como un feto. El dolor desaparece poco a poco, pero él no se atreve a moverse. No sabe lo que le pasa y está asustado. Lentamente se estira y alarga su brazo para alcanzar el teléfono móvil que está sobre la mesilla, cuando siente que el pie le está abrasando como si alguien le hubiera acercado una tea ardiendo. Se está volviendo loco de dolor. Y otra vez las alfileres en el pecho, en la espalda, en el estómago. Grita desesperado. Aúlla de dolor.
Ella le mira absorta desde la oscuridad. Tiene que terminar, pronto los vecinos aporrearan la puerta y llamarán a la policía. El hombre sigue retorciéndose sobre la cama, la cara enrojecida, los ojos anegados por las lágrimas que no puede reprimir. De pronto, un dolor imposible en la columna vertebral le deja sin respiración y cae desmadejado sobre las sábanas como un muñeco roto, sin sentido.
La mujer se levanta lentamente de la vieja mecedora y baja la persiana. De un suave soplido apaga la vela encendida sobre la mesa y en su boca se dibuja una cruel sonrisa al mirar el muñeco roto, acribillado de alfileres y con un pie quemado que yace como un despojo sobre el dibujo de una hoja de otoño. Le arranca la cabeza y extrae de ella un pequeño pendiente que ella regaló al hombre que amaba y que llevó por mucho tiempo adornando su oreja. Ahora ya ha cumplido su cometido. Su tata estaría orgullosa de ella.
Con pasos tranquilos se dirige a la cocina, mientras la sirena de una ambulancia rompe el silencio de la noche que empieza.
Está hambrienta.
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Felicidades, Juan

No sé cuánto tiempo he pasado buscando qué regalarte, pero ninguna canción, poema o video (ahora que aprendí a subirlos aqui) me parecía regalo suficiente para tí.
Así que aqui me tienes, con las manos vacías.
Sólo puedo darte las gracias una y mil veces por todo lo que me das, aun sin que te des cuenta, por ayudarme, por disipar mis dudas, por todo lo que aprendí (y espero seguir aprendiendo) contigo, por animarme a seguir escribiendo cada día, por hacerme reír y sonreír muchas veces, por todo eso y mucho más.
Sabes también que tienes todo mi cariño, hoy y siempre.
Fíjate que hoy que quisiera escribir las palabras más hermosas del mundo, como Sabina en su canción, la inspiración me abandonó. Así es ella de caprichosa.
Brindo por tí, Juan. Por el día en que un tal Glú dejó un hermoso comentario a uno de mis primeros relatos y yo me dije a mí misma que merecía la pena conocerte... hace tanto ya de eso... todo el tiempo que hace que formas parte de mi vida.
Felicidades.
Des.
La vendedora de baratijas (Final)

Fotografía: Philippe Pache
Un movimiento demasiado brusco ha puesto nervioso a Jordán que repentinamente le ha clavado sus colmillos en la mano. Ella reacciona con rapidez y le grita. El perro, obediente, suelta su presa. Unas gotas de sangre manchan su falda y ella se queda mirándolas fijamente. No puede apartar los ojos de esos lunares rojos que se extienden rápidamente. Él ha sacado un pañuelo del bolsillo del pantalón y se lo pone en la mano a modo de venda. No ha sido nada grave. Por primera vez se fija en la mujer que se sienta a su lado, pero ella está como ausente y en su rostro puede ver reflejado el miedo a algo que sólo ella parece estar viendo.
Esas gotas de sangre han abierto la puerta de sus recuerdos. Miles de imágenes que permanecían ocultas en el lugar más recóndito de su mente han empezado a surgir atropelladamente, como fogonazos, que ahora sí puede ver con claridad.
El jardín con ese aroma inconfundible, él y ella abrazados, nerviosos… ella estirando de su mano para hacerle entrar en casa, él resistiéndose, el rumor de las conversaciones de los invitados a la fiesta. Y de pronto el miedo, su padrastro furioso y descontrolado, la bofetada en el rostro que hace que se le salten las lágrimas, el sabor de la sangre que mana de sus labios, él en el suelo y una pistola apuntándole en la sien.
Las lágrimas en la oscuridad de su habitación, la casa silenciosa, pasos en la escalera, la sombra de un hombre borracho en medio de la puerta, el olor a alcohol, la boca apestosa que aplasta la suya, “mamá, mamá” sus gritos hacen eco en el silencio de la casa, un golpe en la cara, y otro… el cuerpo sudoroso sobre ella que no la deja respirar, aquel dolor intenso entre las piernas que la hace chillar de miedo y de asco, los jadeos que aquel cerdo empujando y empujando… la oscuridad, el silencio.
Él no puede dejar de mirarla, por un momento… por un momento algo le ha traído olores antiguos. Piensa que se está volviendo loco, que son demasiadas emociones en pocos días. Tiene que marcharse lejos, a cualquier parte y empezar de nuevo. Se levanta del banco y se aleja despacio mientras siente el palpitar de su mano herida.
Ella le ve marcharse, pero tiene la cabeza llena de recuerdos, esos recuerdos que se había negado a sí misma, y no puede concentrarse en otra cosa.
Piensa en su madre, en su silencio imperdonable. Vuelve otra vez a sentir el terror de aquella noche, y luego el vacío, las ganas de morir, no podría mirar a su madre a los ojos, ni a aquel hijo de puta sin clavarle un cuchillo en el corazón. Y utilizó el cuchillo, pero contra sí misma. Sólo dolió un poco, luego la vida se le fue escapando poco a poco, suavemente, sin ruido.
Pero alguien la encontró cuando aun había tiempo ¿de qué?, y se despertó en un hospital con las muñecas vendadas. Nadie fue a visitarla, nadie avisó a la policía, seguramente su padrastro se cuidó de llevarla al sitio adecuado en donde él tuviese el poder suficiente para acallar cualquier rumor. Y ella no recordaba ni cómo se llamaba. Luego, se marchó, y encontró a Goliat.
Quizá ahora debería enfrentarse al pasado, saber el por qué de tanto odio, de tanto dolor. Pero no, esa no es su vida, ese es un pasado que no ha existido jamás. Irá a casa a quitarse esa falda manchada de sangre y luego extenderá su paño azul con baratijas en la esquina de siempre.
Ella es la pequeña “Baratija” de Goliat, como a él le gustaba llamarle.
Se levanta y antes de marcharse, acaricia brevemente el lugar donde estuvo sentado aquel hombre.
Luego se aleja despacio.
La vendedora de baratijas (II)

No puede más, está fuera de sí y parece que la cabeza le va a estallar. Sólo tiene un deseo, una obsesión: acabar con todo de una vez y para siempre. Tiene la certeza de que su vida es una mierda y él un pobre desgraciado que se la ha pasado luchando como un capullo para nada. No tiene buenos recuerdos de su infancia, viviendo siempre con estrecheces, su padre matándose a trabajar en aquellas tierras de las que nunca sacó nada de provecho, su madre ahorrando con avidez cada peseta, él aprovechando los fines de semana en que no iba a clase para ganar cuatro perras en lo que fuera.
Luego ella, la muchacha más hermosa que jamás había visto, la señorita de la hermosa casa a la que él acudía cada sábado para ocuparse del inmenso jardín. Fueron los únicos tiempos felices de toda su vida. Recuerda cómo esperaba ansioso toda la semana esperando verla, y la primera vez que ella le habló mientras le regalaba la más bella de las sonrisas. Las tardes que pasaron luego a escondidas, mudos de timidez al principio, para vaciar luego el alma en un torrente inacabable de palabras.
Se mesa los cabellos y las lágrimas resbalan por su rostro ¿Por qué le trata así la vida? ¿Quién juega con su destino con tanta crueldad? El día de la fiesta… ese día fue el inicio de su particular infierno. Tenían puestas todas sus esperanzas en ese día fatal, estaban juntos y se sentían fuertes para luchar contra todos. Pero no estaban preparados para enfrentarse a toda esa barbarie. No sabe por qué ahora precisamente, a cuatro días de la muerte de su único hijo, está recordando todo lo que permanecía enterrado en su memoria. Aquel hombre le echó a patadas, insultándole, empuñando con rabia una pistola… pensó que iba a matarle allí mismo. Tuvo que marcharse y siempre se arrepentirá de haberlo hecho. No supo defenderla, no fue capaz de luchar por ellos. Quizá toda su vida ha sido un castigo por su inmensa cobardía.
Después el silencio, la ausencia, no volvió a saber de ella, ni a verla jamás. Fue como si se hubiese esfumado como un sueño.
Se dedicó entonces a subir, peldaño a peldaño, en el escalafón de la sociedad. No le importó a quien tuviera que pisotear, no le importaba nada que no fuese conseguir su objetivo: hundir en la miseria a aquel cabrón que le destrozó la vida. Cuando consideró que su posición social era más o menos aceptable, buscó una esposa, alguien con las relaciones adecuadas para ayudarle a seguir escalando puestos. Y había acertado en su elección. No la amaba, y estaba seguro que ella tampoco a él, pero tenían una vida cómoda y guardaban las formas como una pareja bien avenida.
Hace tres meses que logró el objetivo por el que luchó sin descanso: comprar la empresa del hombre que un día quiso matarle. Disfrutó haciéndolo, viendo a aquel hijo de puta arrastrarse babeando como un caracol. Se dio el lujo de humillarle con una crueldad y un desprecio que nadie le conocía. Luego se dio cuenta que eso no le había hecho feliz, sólo calmó su sed de venganza. Y, después se encontró vacío perdiendo todo su interés hacía el trabajo y los negocios.
Y ahora, el golpe definitivo, la puntilla que le faltaba para desear la muerte. Su hijo, el único ser que le había proporcionado los más maravillosos momentos, le había sido arrebatado por una muerte tonta y sin sentido, en un accidente de moto.
Estos últimos días ha acudido a su despacho como siempre, ha escuchado a todo el mundo diciéndole que tiene que ser fuerte, que la vida sigue, que no puede rendirse. Pero está cansado, muy cansado, y hoy ya no ha podido aguantar más. Salió corriendo de aquel enorme edificio sin saber adonde iba. Sus pasos le llevaron hasta aquel banco en el que está ahora sentado. Hasta él llega un aroma con sabor a antiguo, mientras siente que la cabeza está a punto de estallarle.
Un dolor agudo en la mano le saca bruscamente de la espiral en que está cayendo: ¡maldito perro!...
(sigue... mañana)
La vendedora de baratijas

Fotografía: Philippe Pache
Le gusta sentir la caricia del sol en el rostro sentada en la quietud del pequeño parque. Cierra los ojos y se concentra en los sonidos que le llegan a los oídos formando una masa compacta que ella intenta reconocer. A esas horas de la mañana no se escucha el bullicioso griterío de los niños jugando y corriendo, de la animada charla de las madres que parlotean mientras no apartan la mirada de los pequeños. A esas horas sólo los que no tienen nada que hacer, como ella, permanecen tranquilos sentados en los bancos o deambulan lentamente por entre los setos. Ancianos solitarios, en su mayoría. O en pequeños grupos callados a veces, y otras contándose viejas historias. Otros, pasean algún cochecito de bebé, de algún nieto que han dejado a su cuidado. Éstos se ven ufanos, orgullosos de tener una ocupación, felices por sentirse útiles. Se agarran a esa tabla de salvación que quizá sea la última que les quede para no sentirse relegados a la soledad.
Dentro de un rato se acercará a su esquina de una calle peatonal del centro de la ciudad, y en el suelo extenderá un paño azul, donde irá colocando con sumo cuidado los collares, pulseras, sortijas y medallones que fabrica con toda clase de materiales. Quizá con un poco de suerte pueda vender alguna pieza. Luego, cuando el hambre empiece a hacerse presente, se acercará a la Beneficencia a por un plato de caliente. Y por la tarde, cuando a las gentes les gusta pasear, volverá a sentarse en el suelo a esperar que alguien se interese por cualquiera de sus mercancías, mientras observa los rostros de los transeúntes.
Desde dónde está sentada le llega el aroma de un arbusto que crece en el parque. Un olor penetrante mezcla de jazmín e incienso que le trae recuerdos lejanos. Recuerdos de un jardín, una verja… pero son tan borrosos que no sabe lo que significan. Le ocurre a veces con ciertos aromas, como el de las magdalenas que le regala el panadero todas las mañanas. Lo primero que hace cuando abre el pequeño envoltorio es acercarlas a la nariz y aspirar su olor. Entonces por su mente empiezan a desfilar imágenes que no logra reconocer… pasan tan rápidas, como el flash de un fotógrafo. También le sucede cuando alguna mañana se acerca paseando hasta el puerto y llega hasta ella el olor salino del mar. Cierra los ojos e intenta concentrarse, pero jamás consigue que alguna de esas imágenes se fije durante un momento en su cabeza. Le gusta el mar. Allí encontró a Jordán, un pastor belga negro que andaba perdido, tan perdido como ella, y que desde entonces la acompaña a todas partes.
Se dice que no importa, que así está bien. Pero sólo intenta engañarse porque cuando observa a las niñas en sus juegos, o a las adolescentes riendo entre bromas, no puede dejar de pensar que ella también debió ser niña, y luego se convertiría en una muchachita. Quizá hasta estuvo enamorada de algún chico de su edad por el que se dejaría besar en una noche de verano. Entonces, invariablemente, empiezan a picarle las suaves líneas que adornan sus muñecas. Es como un aviso. Y ella intenta distraerse y olvidarse de todas esas tonterías.
Su recuerdo más antiguo es el de un día de invierno, vagando por las calles, asustada y aterida de frío, sin saber a dónde ir. Un callejón oscuro donde se metió huyendo de las avenidas repletas de gente que iban y venían de un lado a otro, empujándola y apartándola de su camino. Una sombra gigante que salió de pronto de un portal y que hizo que se mease de miedo… Goliat… cuánto le echa de menos. Un corpachón enorme con alma de niño. Él la cuidó, se hizo cargo de ella, la enseñó a utilizar sus manos y su imaginación para elaborar las baratijas que vendía. Cuando se acurrucaba entre sus brazos sabía que nada malo podía pasarle porque él era el hombre más fuerte del mundo.
Otra vez se engañaba, porque Goliat no pudo luchar contra el sida, no pudo. Una simple neumonía le ganó la batalla a aquel gigante bonachón, que se fue apagando lentamente, y la abandonó. Se pasó días enteros llorando, perdida otra vez, huyendo de la gente, temiendo a todo lo que la rodeaba. Hasta que dieron con ella unos okupas amigos de Goliat, a los que había encargado que la cuidasen. Viven en una vieja casa declarada en ruinas hasta que las autoridades les obliguen a abandonarla. Ella sólo va allí a dormir, o a resguardarse en los días fríos de invierno en que las calles se quedan vacías como si la gente temiese salir de la calidez de sus hogares.
Permanece con los ojos cerrados, sonriendo sin darse cuenta mientras piensa en su amigo y juega con la medalla que lleva colgada al cuello con una fina cadena. Fue un regalo de Goliat antes de morir, era el único objeto de valor que poseía. Una extraña imagen de una hermosa mujer tallada en azabache sobre un óvalo de plata. Él le dijo que era María Magdalena y ella no supo si creerle.
Abre los ojos alertada por un gruñido de Jordán que ha estado todo el tiempo tendido a sus pies, y se da cuenta que un hombre acaba de sentarse a su lado, en el banco. No es propio del perro gruñir a nadie y eso la confunde. El hombre parece no haberse percatado de la mirada que el perro le dirige. Se ha cogido la cabeza entre las manos con los codos apoyados en las rodillas, como si quisiera calmar un dolor intenso. Ella le mira sin saber qué hacer. El corazón ha empezado a latirle muy fuerte, y las marcas blancas de las muñecas le pican más que nunca…
(Mañana sigue)
La tentación es grande...
... y yo soy débil
No he desitjat mai....

Imagen: Zara
NO HE DESITJAT MAI CAP COS COM EL TEU .
VICENT ANDRÉS ESTELLÉS .
No he desitjat mai cap cos com el teu.
Mai no he sentit un desig com aquest.
Mai no el podré satisfer -és ben cert.
Però no en puc desistir, oblidar-te.
És el desig de la teua nuesa.
És el desig del teu cos vora el meu.
Un fosc desig, vagament, de fer dany.
O bé el desig simplement impossible.
Torne al començ, ple de pena i de fúria:
no he desitjat mai cap cos com el teu.
L’odi, també; perquè és odi, també.
No vull seguir. A mamar, tots els versos!
Nada

Fotografía: Philippe Pache
Desde que me levanto, al despuntar el alba, empiezo a rebuscar por los rincones.
Debajo de la cama, en el cajón de cosas olvidadas, en el millón de bolsos que guardo en el armario, en los bolsillos de todos lo abrigos.
Nada.
Busco en el calendario de los días felices, aquel que guardo por si la memoria un mal día quisiera abandonarme.
Nada.
Me asomo a la ventana, por ver si entre la bruma gris de la mañana, distingo tu silueta.
Nada.
Y así paso mis días, aguardándote.
Al filo de la medianoche, cuando antes de acostarme, me miro en el espejo de mi alcoba, compruebo que mi imagen se va difuminando, poco a poco.
Me estoy tornando gris, casi invisible, y sé que si no vuelves, me desvaneceré como los sueños y no seré más que un vago recuerdo en tu memoria. Con suerte, seré eso.
O sólo Nada.
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Ya de madrugada... un poema

Imagen: Oscar Alitta
Aqui está el poema y más abajo podéis escucharlo en la voz de Des, que no tiene sentido del ridículo y se atreve a todo... será la edad.
HIMNO AL DESACATO (Viviane Nathan)
Pienso violar todas las leyes,
las órdenes, los ritos, los sistemas.
Voy a treparme a un árbol
y a patear cientos de piedras,
y caminando boca abajo
quizá le vea el trasero
a este mundo embalsamado
donde todo lo que brilla apesta...
Quiero robarme un manojo de estrellas,
pintar la luna de verde
y al sol ponerle una careta.
Así, cuando me tomen de la mano
y me lleven a una celda,
cantaré un himno al desacato,
me pondré las rejas en los ojos
y entonces quedarán encerrados los de afuera...
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Vidas (una más)

Imagen: La coctelera (José Davor)
Camina con la cabeza erguida, segura de sí misma, subida en zapatos de tacón alto, que hacen que al andar, sus caderas se muevan de modo muy sensual. Los hombres se vuelven a mirarla, algunos con disimulo y otros con descaro.
Ella parece no darse cuenta y sigue su camino sin reparar en la expectación que levanta a su paso. Su pensamiento sigue otra ruta muy distinta.
Siempre que algo le preocupa… camina. Se pierde por la ciudad andando y andando sin parar. El ritmo de sus pasos es la música que le acompaña y le ayuda a ordenar sus ideas.
Hace días que algo en su interior le alertaba del peligro, pero prefirió escuchar las voces que le decían que estuviese tranquila, que seguro que no era nada y todo se quedaba en un susto. Ya.
Esta mañana se levantó temprano y se arregló con especial cuidado. No quiso decirle a nadie donde iba. Lo que tuviese que pasar sólo a ella le concernía. Aprendió hace tiempo que aunque estés rodeada de gente que te quiere y se preocupa por ti, hay ciertas cosas que son sólo para una. Y esta era una de ellas.
Cuando se sentó en la consulta del médico y él la miró a los ojos, ya sabía lo que iba a decirle. Y lo dijo sin rodeos. Ya se conocían hacía mucho tiempo y el buen doctor sabía que a ella no podía irle con medias verdades. Ella quería saber la verdad completa por muy amarga que ésta fuese. Quería conocerlo todo sobre aquel maldito cáncer y la mejor forma de combatirlo. Quería estar segura de qué valía la pena luchar contra él. Quería, en el peor de los casos, saber de cuánto tiempo disponía para no dejar asuntos pendientes.
Con voz serena él le contó todos los detalles. Debería someterse a una intervención para extirparle el pecho izquierdo y luego sesiones de quimioterapia. No ahorró detalles. Tenía muchas posibilidades de curación, pero no podían asegurar nada. Por las pruebas que le habían realizado pensaban que el cáncer no estaba extendido. Ya habían acordado que la operación se realizaría la próxima semana si ella daba su consentimiento.
Sigue caminando y casi sin darse cuenta, lleva su mano hacia el pecho enfermo. Sabe que será una dura batalla y tiene miedo. Mucho miedo. Miedo de verse mutilada. Miedo de tener pánico a mirarse desnuda en el espejo. Miedo.
De pronto, como si volviese de algún lugar lejano, mira a su alrededor intentando saber dónde se encuentra. No encuentra ninguna referencia que le ayude a orientarse. El anuncio de un pequeño establecimiento le llama la atención y esboza una sonrisa mientras se dirige hacia el lugar.
Cuando sale de allí, se siente mejor. Empieza a andar en dirección contraria y ahora sí, se fija en que la gente la mira. Camina sonriente, con pasos seguros, rítmicos. Se para delante de un gran escaparate de una tienda de ropa y contempla su imagen reflejada. Por un momento no se reconoce, su larga melena ha desaparecido y hora luce un nuevo look. Una cabeza totalmente rapada.
No puede evitar reírse a carcajadas. La primera batalla está ganada. Se ha adelantado a lo que sabe que pasará tarde o temprano. Y quiere acostumbrarse a verse así. No habrá pelucas, ni pañuelos, ni gorros que intenten disimular la verdad. Ahora se siente con fuerzas para luchar hasta el final. Y sabe que la victoria será suya.
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Su mano derecha

Imagen: Ronaldo Santana
Cuando me llamó a su despacho, no podía creerlo ¿cómo es posible que se hubiese fijado en mí?, total hacía poco tiempo que estaba allí, seguramente se habría equivocado de persona. Aunque, por otra parte, me parecía raro: Él jamás se equivoca.
No, no era un error, me quería a mí. Deseaba que fuese su ayudante, su mano derecha. Yo, no cabía en mí de gozo e inmediatamente, me puse manos a la obra.
Mi trabajo consistía en recibir y clasificar las demandas que le llegaban de todas partes. Cuando entré en lo que sería mi despacho, casi me da un ataque. Era una sala enorme con descomunales pantallas en las que iban apareciendo mensajes a una velocidad de vértigo, llegaban cientos, miles a la hora.
Tranquila –me dije- estoy hay que tomárselo con calma. Todo se manejaba mediante monstruosos ordenadores que iban separando los pedidos según la materia que trataban y luego se volvían a clasificar según su urgencia, después por el origen de los mismos.
Un tanto por cien muy elevado demandaba salud; otros muchos, trabajo; había los que solicitaban que el amor llegase a su vida; o que se les concediera ser padres. Y de dinero, me sorprendió la cantidad de gente que quería ser millonaria. Claro –pensé- es que la gente no es tonta ¡no te jode! Luego estaban los de los niños y los cándidos de corazón que se conformaban con muy poquito, incluso les importaba la felicidad de los demás.
Me extrañó, me extrañó mucho qué poca gente pedía por la paz en el mundo, porque se acabase con la miseria, el terrorismo, la barbarie. Casi nadie pedía que la Tierra fuese un planeta donde vivir en armonía. Y pensé que yo también era así de egoísta. Sólo nos duele lo que nos toca cerca.
Sí, ante los demás, decimos que nos preocupan todos esos problemas mundiales, pero luego, ahí estaba la verdad. Cuando nos encontrábamos a solas, cuando pensábamos que nadie nos escuchaba... éste era el resultado.
Como soy algo cotilla, me puse a rebuscar los mensajes que llegaban de mi pueblo. Ya, ya sé que eso no está bien, pero nadie se iba a enterar. Mi vecina, una beata de misa diaria, pedía que el ayuntamiento no le expropiase su campito de naranjas y si eso no era posible que le diesen un buen fajo de billetes ¡hipócrita!, luego dice que el dinero no es importante. ¡Joder! Mi amiga Alicia solicitaba que a Carmen, otra de la pandilla, se le cayese el pelo. Pero esta gente ¿qué pensará? ¿Que aquí no hay otra cosa que hacer?. Anda, ahora sí que me muero del susto: mi marido ruega porque la muy golfa de Paqui se vaya con él a la cama ¡será cabrón! Cuatro días hace que me fui (a la fuerza) y míralo. Y luego le dice a la gente que cuánto me echa de menos, que está hecho polvo, el pobrecito, que no puede vivir sin mí. ¡Qué capullo!.
Aguanté una semana en ese trabajo, y ya no pude más. Prefería mil veces hacer cualquier otra cosa, de portera si era preciso, esto me estaba deprimiendo.
Decidida, hablé con Dios y le presenté mi dimisión y de paso le di un consejo: “Pasa de ellos, tío, y no te comas el “tarro”, este mundo no tiene remedio”.
Creo que me hizo caso.
La danza

Fotografía Philippe Pache
Acaba de tomar su tazón de café con leche. Es su cena de cada día. Siempre fue mujer de poco comer y con los años se acentúa su desgana. Se levanta con dificultad de la vieja mecedora que ya perteneció a su madre, y a su abuela. Cuando ella muera seguramente acabará en el basurero o quizá la recoja alguna familia necesitada y sirva para que alguna madre acune a su hijo mientras le canta una nana con su suave vaivén.
En realidad aun no debería pensar en morirse, no es ninguna vieja, pero hace tiempo que la vida le importa muy poco, casi nada. Ya casi van a dar las once, es el momento que espera con ansia, por el que vive cada día. Se dirige a su habitación.
Cuando sale de ella es otra mujer. Es la Juliette de hace diez años. Ataviada con un precioso vestido negro, medias de fantasía y zapatos de tacón alto… como aquella noche.
Al momento, una melodía inunda la habitación en penumbra. Y ella abrazada a una pareja imaginaria empieza su baile en soledad. Da vueltas y más vueltas con los ojos cerrados, mientras siente su brazo fuerte rodeándole la cintura, el calor que desprende su pecho al atraerla hacia él, su aroma de hombre. La música termina y vuelve a empezar, siempre la misma. Y ella sigue danzando hasta caer rendida, con los pies doloridos y el corazón sangrando.
Mientras, unos pasos resuenan en el silencio de la noche. La silueta de un hombre se pierde calle arriba. Los hombros caídos, la cabeza gacha… y en sus pupilas se lleva grabada la imagen de una hermosa mujer danzando sola.
Mañana volverá a la misma hora, como aquella noche, hace ahora diez años.
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Quiza... mañana

Fotografía Philippe Pache (una vez más)
Algunos días algo extraño se me mete en el alma. Lo comparo con un ser monstruoso de esos que aparecen en las películas de ciencia ficción y que acaban con todos, menos con el chico y la chica, claro. Siento que se nutre de mi energía y según él va creciendo y creciendo, yo me voy quedando chiquitita, diminuta... como un liliputiense al lado de Gulliver. Todo me cuesta un gran esfuerzo, hasta lo que habitualmente me hace disfrutar. Quisiera dormir y dormir y dormir, pero sin esos sueños tristes que vienen a importunarme cada noche.
Alguien muy querido, expresó hoy en pocas palabras lo que siento:
"Tengo la sensación de que lo que tengo cansados no son los ojos, sino la mirada. No son las manos, sino el gesto. No es el cuerpo, sino que una emoción cualquiera, aqui adentro, se derrumbó de tan fatigada..." Es como un poema.
Quizá mañana todo cambie, es martes, y es trece.
Y con un poco de suerte puede que un gato negro como la noche se cruce en mi camino...
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TENEMOS UNA CITA... ¿RECUERDAS?
No, si ya sabía yo que la ibais a olvidar… me lo temía.
Y es que una no tiene carisma para esto de las convocatorias.
Pero… me he buscado una aliada. Y a ella, a ella no le vais a dar plantón, estoy segura. Ella es perfecta. La mejor y más bella modelo de todos los tiempos. Y la más sexy. Un cuerpo natural, sin retoques ni silicona, con las curvas justas repartidas en los lugares adecuados.
¿No me creéis?... hombres y mujeres de poca fe. Pues aquí está, en todo su esplendor. Con todos vosotros y con la Ciclonudista de Madrid 2006…
BETTY PAGE.

Vamos, dejad ya esa cara de bobo que se os ha quedado. Poned la bici a punto, dadle un último vistazo a los consejos de Glú… y todos a la calle el próximo sábado… en bolas.
Y que no me entere yo que las mujeres nos quedamos atrás ¿o acaso no nos gusta ir en bici como al que más? Hay algunas ideas equivocadas que debemos desterrar de nuestra mente, a saber:
. La bicicleta no es cosa de hombres. Las mujeres estamos imponentes subidas en ellas y además es un estupendo remedio para combatir la temida celulitis y mostrar unas piernas y un culo… envidiables.
. La bicicleta no sólo sirve para hacer deporte. Es un medio de transporte barato, ecológico, sano y divertido. Y con las bicis plegables, que están entrando de lleno en el mercado, nos resulta mucho más fácil su uso cuando tenemos que combinarla con cualquier transporte público.
. Las bicicletas no son para el verano. O para sacarlas del trastero una vez al año cuando vamos al pueblo de vacaciones. ¿Hay mejor forma de entrar en calor una mañana fría de invierno que dándole a los pedales? Y seguro que llegamos al trabajo o a la universidad o a dónde quiera que vayamos, con una actitud mucho más positiva y de mejor humor que si hemos tenido que soportar una hora de atasco, encerrados en el coche con la calefacción a toda caña.
Vale, ya no os doy más la vara, si queréis disfrutar de un delicioso y divertido paseo por las calles de Madrid, el sábado 10 de Junio, a las 12 de la mañana en la Plaza de Cibeles (Correos) dará comienzo la Ciclonudista… ¡a los pedales!.
Y es que una no tiene carisma para esto de las convocatorias.
Pero… me he buscado una aliada. Y a ella, a ella no le vais a dar plantón, estoy segura. Ella es perfecta. La mejor y más bella modelo de todos los tiempos. Y la más sexy. Un cuerpo natural, sin retoques ni silicona, con las curvas justas repartidas en los lugares adecuados.
¿No me creéis?... hombres y mujeres de poca fe. Pues aquí está, en todo su esplendor. Con todos vosotros y con la Ciclonudista de Madrid 2006…
BETTY PAGE.

Vamos, dejad ya esa cara de bobo que se os ha quedado. Poned la bici a punto, dadle un último vistazo a los consejos de Glú… y todos a la calle el próximo sábado… en bolas.
Y que no me entere yo que las mujeres nos quedamos atrás ¿o acaso no nos gusta ir en bici como al que más? Hay algunas ideas equivocadas que debemos desterrar de nuestra mente, a saber:
. La bicicleta no es cosa de hombres. Las mujeres estamos imponentes subidas en ellas y además es un estupendo remedio para combatir la temida celulitis y mostrar unas piernas y un culo… envidiables.
. La bicicleta no sólo sirve para hacer deporte. Es un medio de transporte barato, ecológico, sano y divertido. Y con las bicis plegables, que están entrando de lleno en el mercado, nos resulta mucho más fácil su uso cuando tenemos que combinarla con cualquier transporte público.
. Las bicicletas no son para el verano. O para sacarlas del trastero una vez al año cuando vamos al pueblo de vacaciones. ¿Hay mejor forma de entrar en calor una mañana fría de invierno que dándole a los pedales? Y seguro que llegamos al trabajo o a la universidad o a dónde quiera que vayamos, con una actitud mucho más positiva y de mejor humor que si hemos tenido que soportar una hora de atasco, encerrados en el coche con la calefacción a toda caña.
Vale, ya no os doy más la vara, si queréis disfrutar de un delicioso y divertido paseo por las calles de Madrid, el sábado 10 de Junio, a las 12 de la mañana en la Plaza de Cibeles (Correos) dará comienzo la Ciclonudista… ¡a los pedales!.
Vidas (otra)

Fotografía de Philippe Pache.
La mira entrar en casa, sentado en el sofá. Parece concentrado en la televisión pero la observa. Ella tiene los ojos brillantes, las mejillas sonrosadas, y una media sonrisa dibujada en el rostro. Otra vez estuvo con otro hombre. Ahora ya no duda, está completamente seguro. Lo adivina en el mismo momento en que ella inventa una excusa, una reunión de última hora, una cena de trabajo… se lo nota en el timbre tembloroso de su voz, en la excitación que intenta ocultar. Se da cuenta incluso antes, en como se arregla al salir hacia el trabajo.
Y luego, cuando llega a casa, en la forma salvaje de follar con él. Se muestra apasionadamente arrolladora. Y él casi puede sentir la huella aun caliente de otras manos en su cuerpo, y el sabor de otros labios en su boca, de otro sexo endurecido de deseo. Al principio intentó no pensar en ello, con el tiempo incluso empezó a excitarse imaginándola cabalgando otro cuerpo. La cabeza hacia atrás, el cuello estirado, los pezones erguidos, sus pechos apresados por otras manos. El vaivén de sus caderas… sus gemidos.
Recuerda la primera vez que se dio cuenta… cómo le dolió. Y la bronca tremenda que tuvieron. Ella no lo negó, asintió cabizbaja y aceptó todas sus acusaciones y su culpa. No intentó defenderse. Le dijo que le amaba, que él la hacía gozar en la cama, que no había nada fuera que él no le proporcionase. Pero, no podía evitarlo. Era el olor de una piel nueva, el roce de otras manos, el sentirse deseada, lo que la atrapaba y era incapaz de resistir.
Ella prometió cambiar. Y lo intentó. Él sabe que lo intentó con todas sus fuerzas. Y la vió marchitarse, languidecer… perdió esa chispa que a él tanto le atraía de ella. Estaba triste y sus sonrisas eran sólo una mueca obligada.
Y lo hizo otra vez. No tuvo ningún cuidado porque él no la descubriese. Era como si deseara que eso ocurriera y así liberarse de esa cadena que la oprimía. Lo hizo con descaro, como una provocación. Él supo entonces que sólo tenía dos opciones: echarla de su vida para siempre o aceptarla así con todas sus consecuencias.
Y decidió que prefería compartir su cuerpo antes que perderla. Decidió que el cuerpo no era importante. Que lo que de verdad importaba era que la amaba por encima de todo. Que la vida sin ella no valía la pena.
Ahora ella intenta ser discreta, aunque sabe que no puede engañarle. Sentado en el sofá la contempla mientras ella se desnuda despacio y se acerca sigilosamente. Él sabe que se sentará sobre sus piernas y se dejará abrazar cobijada en su pecho, mientras él acaricia su pelo y la cubre de besos.
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Vidas

Imagen:Javier Azurdia
No puede soportarle. Sabe que no podrá soportarle por mucho tiempo. Ella le quiere, tiene que quererle, llevan toda una vida juntos. Y es bueno. Y la cuida, la mima, incluso le deja su trocito de libertad. No, no se entienden. En realidad nunca se entendieron, siempre miraron la vida con distintos ojos. Sólo comparten los hijos, la casa, los gastos y las cosas que lleva consigo la convivencia. Pero jamás se contaron esos íntimos pensamientos que hacen que dos almas se encuentren, se conozcan. Ni los sueños, los anhelos, los deseos secretos.
Desde hace algún tiempo, él se muestra a veces irascible, grita sin motivo, hace un desierto de un grano de arena. Ella sabe el motivo, esas rayas de coca que se mete por la nariz de vez en cuando, están haciendo de él otro hombre. No quiere hablar de ello, incluso niega hacerlo, pero ella se lo nota en la cara nada más verle. No la engaña. Lo huele. No sabe si ese polvo blanco huele a algo, pero cambia el olor de su piel y de su aliento. Y se niega a besarle, esconde su boca cuando él lo intenta. Le dan arcadas. Él siempre tiene ganas de follar, pero a veces no consigue que se le ponga dura. Y otras, tarda tanto en correrse que ella se cansa de aguantar sus embestidas. Y tiene miedo que un día se le pare el corazón mientras la folla. Así que le rechaza y se inventa excusas, y entonces él la acusa de que ya no le quiere. Y ella está empezando a odiarle.
A veces, cuando surge una disputa, ella calla, no tiene ganas de pelear, y además sabe que no es él, es esa mierda que hace que pierda los estribos. Pero hoy cuando él se puso a gritar por una tontería, ella gritó más fuerte y después se largó dando un portazo.
No sabe ya qué hacer para acabar con esa situación, no puede convencerle de que es un enfermo. No puede. No entiende qué placer puede sacarle a eso. Y aunque sabe que lo hace de tarde en tarde, tiene miedo que empiece a depender de ello y su vida se convierta en un infierno.
Y no, aunque le quiera, no va a arder con él en esa hoguera.
Nunca deseó ser una mártir, ni va a ofrecer su vida a ese dios al que llaman amor. Da igual lo que digan de ella, no le importa. Ya no le importa nada.
Está llegando al límite. Falta apenas algún pequeño roce para que se le haga insoportable, como cuando un dolor que padecemos va aumentando en intensidad tan débilmente que no nos damos cuenta y de pronto un horrible pinchazo nos lo hace notar. Falta sólo una fina raya para que ella se marche. Y será para siempre.
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Juegos de sexo (Final)

Hice que se pusiera de pie nuevamente y me coloqué tras él. Esto pareció desconcertarle, hasta que sintió mi cuerpo pegado al suyo y mis manos que empezaban a desabrochar los botones de su camisa. Cuando estuvo totalmente desabrochada la deslicé suavemente por sus hombros y dejé su torso desnudo. Comencé a besar y lamer su espalda, al tiempo que mis manos acariciaban sus pezones, apretándome de vez en cuando contra él y haciéndole sentir el calor que emanaba de mi sexo. Poco a poco, fui rodeándole hasta quedar frente a él otra vez.
Me entretuve lamiendo sus pezones. Cuando mi mano se posó y acarició suavemente su miembro por encima del pantalón entreabrió la boca en un gesto de placer. Momento que aproveché para besarle largamente, mientras iba bajando la cremallera de su bragueta. Volví a apartarme y le desnudé rápidamente. Me había dado cuenta que esos cambios de ritmo repentinos lo sumían por un momento en el desconcierto y cada vez me gustaba más la sensación que eso suponía para mí.
Puse mis manos en sus caderas y fui bajándolas lentamente a lo largo de las piernas mientras me iba agachando hasta tener frente a mi boca su sexo palpitante. Miré hacia arriba y vi que él estaba expectante… esperando. Debía imaginar dónde estaba yo y estaba impaciente por que le hiciera lo que sabía que me disponía a hacer. Aun aguardé un momento, quieta, dejando que sintiera mi cercanía, mi aliento caliente. Luego rodeé su miembro con una mano, mientras que con la otra masajeaba sus testículos. Lo acerqué a mi boca, y empecé a pasarle la lengua despacio, por la punta, por todo su contorno, hasta dejarlo totalmente mojado con mi saliva. Cuando lo metí por completo en mi boca, lanzó un brutal gemido que casi me asusta. No podía estarse quieto y movía sus caderas con un ritmo que iba ganando intensidad. Me separé de él y me incorporé, dejándole otra vez completamente desconcertado.
Yo seguía totalmente vestida y calzada lo que me daba todavía más ventaja. Desnuda, aunque él no pudiese verme, me hacía sentir más vulnerable. Me acerqué a él de nuevo, le guié a un lado de la cama, y pronuncié una sola palabra: “arrodíllate”. Lo hizo de inmediato y yo me senté frente a él. Abrí las piernas y coloqué los pies, con las sandalias aun puestas, sobre sus muslos, muy cerca de las ingles, rozando su miembro hinchado. Luego cogí su cabeza con las manos y lo fui acercando lentamente hacía mi sexo. Sacó la lengua y empezó a pasarla arriba y abajo, entre los labios, rozando el clítoris. Yo, a veces, lo apartaba un instante, al tiempo que apretaba la suela de mis sandalias en sus muslos, y él se quedaba allí con la lengua asomando, hasta que volvía a atraer su cabeza de nuevo a mí, o a apretarla de tal forma que parecía querer hacerla penetrar entera en mi vagina. Eran mis gemidos los que ahora se escuchaban, él estaba demasiado ocupado para que ningún sonido saliera de su garganta.
El orgasmo estaba a punto de llegar… y le saqué de allí. Le dejé arrodillado mientras yo me desprendía de la blusa y la falda que tenía enrollada en la cintura. Le cogí de las manos para que se levantara y le ayude a echarse sobre la cama. Me subí a horcajadas sobre él y cogí sus manos apoyándolas en la almohada con las mías sobre ellas. No quería que en el último momento se intentase quitar la venda de los ojos. Su miembro se deslizo fácilmente en mi interior y le cabalgué con furia buscando su orgasmo y el mío. No quería perderme su expresión cuando eyaculase. No fue fácil pero conseguí que él lo hiciese un poco antes de que llegase ese momento en que una pierde casi la consciencia y no puede evitar cerrar los ojos durante unos segundos.
Nos quedamos los dos quietos y relajados, mi cuerpo sobre el suyo. Me acerqué a su oído y le dije muy bajito: “quédate quieto, espera un poco más”.
Me levanté y serví dos copas del vino blanco que teníamos enfriando. Fui hasta mi bolso, saqué un par de fuertes somníferos que siempre llevo conmigo y los dejé caer en su copa. Esperé a que se diluyeran en el líquido dorado y me acerqué a la cama. Elevé un poco su cabeza y acerqué la copa a sus labios. Estaba sediento y el vino muy apetecible. Luego me encerré en el cuarto de baño y me di una ducha.
Cuando salí de allí, me acerqué despacio hasta la cama y pude oír su respiración acompasada. Me vestí con cautela, cogí mi bolso y salí de allí cerrando la puerta tras de mí.
Cada día recibo tres o cuatro correos suyos pidiéndome otra cita. Se muere de ganas por saber cómo soy. Dice que está obsesionado y que busca desesperado algún detalle, cualquier cosa, que le ayude a encontrarme entre las mujeres con las que se cruza cada día. Y yo los tiro a la papelera. He ido perfeccionando mi juego de la “gallinita ciega” con otros como él, hombres aburridos en busca de nuevas sensaciones, hombres que nunca me olvidarán porque represento para ellos lo desconocido, el enigma que no pueden resolver.
Y nunca sabrán que no puedo dejar que vean mi rostro. No puedo.
Juegos de sexo (II)

Suavemente roce mis labios con los suyos, con pequeños besos continuados, apartándome de su boca en el momento en que veía que quería que esos besos fugaces fuesen más profundos, y entonces en su rostro se dibujaba un mohín que me recordaba a los peces que se quedan con la boca medio abierta frente al cristal de la pecera. Era un juego excitante, aunque yo tenía ventaja, claro. Cuando el deseo me acuciaba a mí también, dejé que atrapase mi boca con la suya y que su lengua jugase al escondite enredándose con la mía. No besaba mal, aunque otros lo habían hecho más a mi gusto hasta el momento, pero… pensé, siempre podía enseñarle.
Me separé un poco de él y cogiéndole de la mano le llevé hasta un pequeño sillón al lado de la cama, luego puse las mías sobre sus hombros para indicarle que se sentase. Al hacerlo separó un poco las piernas y yo me quedé allí de pie entre ellas. Volví a coger sus manos y las guié hasta mi pecho donde los pezones ya apuntaban descarados por debajo de la blusa. Las dejó allí quietas un momento, quizá reconociendo por el tacto lo que estaba palpando. Entonces empezó a acariciarlos suavemente y a buscar luego la forma de llegar hasta ellos por debajo de la tela. Cuando lo hizo se demoró un buen rato haciendo rodar los duros pezones, luego acercó su boca y empezó a lamerlos y chuparlos mientras yo me retorcía de placer.
Ninguno de los dos había pronunciado una sola palabra, sólo los gemidos y las respiraciones entrecortadas rompían el silencio de la habitación. Alcé la pierna que asomaba por la larga abertura de la falda y apoyé el pie en el sillón, al mismo tiempo que cogía una de sus manos y la colocaba allí, sobre el muslo desnudo. Volvió a quedarse inmóvil un instante. Yo no dejaba de observar sus expresiones que iban variando del deseo a la sorpresa, del desconcierto a la certeza. Es increíble lo que podemos leer en el rostro en esas condiciones.
Empezó poco a poco a subir la mano por el muslo, a rodearlo buscando la suavidad de su parte interna hasta llegar a rozar con la yema de los dedos mi sexo entreabierto. Otra vez la sorpresa se dibujó en su rostro al constatar que yo no llevaba ropa interior. Sin yo quererlo hice un movimiento de acercamiento hasta su mano, al tiempo que, ahora sí, era yo quien le besaba con ansia. Sabiendo ya lo que tocaba, sus dedos se deslizaban con facilidad por entre los pliegues resbaladizos y se introducían con fuerza en mi vagina, impulsados también por el movimiento de mis caderas.
Me obligué a parar y bruscamente me separé de él. Esta vez su expresión fue de desolación, con movimientos nerviosos de su cabeza intentando adivinar dónde estaba yo. Por un momento levantó sus manos con la intención de quitarse la venda de los ojos, pero yo no estaba dispuesta a terminar el juego, así que con rapidez aparté sus manos de la cabeza, besándole suavemente en la boca. Quería decirle que estuviese tranquilo, que no me iba a marchar, que aun quedaba mucho por hacer, pero al mismo tiempo, quería seguir con ese silencio que había sido el motor de todo aquello. Me gustaba tanto verle así. Estuve un rato junto a él, besándole la oreja, susurrando simplemente un “shhhhhh”, ese sonido que se les hace a los bebés para tranquilizarles, para que sepan que estás a su lado aunque no hables. Luego así la mano con la que antes me acariciaba y empecé a lamer uno a uno sus dedos, introduciéndolos por completo en mi boca, rodeándolos con los labios, hasta que el deseo volvió a hacerse patente en su rostro.
Entonces me dispuse a desnudarle…
(El desenlace... mañana)
Juegos de sexo (I)

Autor: JJFEZ
Apareció un día cualquiera. Eran los tiempos en que yo aún conservaba mi perfil en la red. Me mandó un mensaje que me hizo sonreír y eso ya le hizo aparecer interesante ante mis ojos. Empezamos a conectarnos en la ventanita mágica y a pasar entretenidos ratos de charla. Me parecía un hombre inteligente, buen conversador, divertido… algo más joven que yo, pero eso importa poco en este mundo virtual. Como muchos de los tipos que pululan por la red, buscaba una ilusión, la novedad, un poco de sexo en fin que hiciera más llevadero un matrimonio monótono y aburrido. Nada de enamoramiento, ni de pareja que no funciona en la cama, ni de sentirse un incomprendido. Sólo quería pasar un buen rato, sin complicaciones ni ataduras. Ya habréis supuesto que era casado. Yo… yo no voy a decir si soy casada o soltera porque al fin y al cabo, no es mi historia la que voy a contar, sólo la suya. O más bien algún apunte sobre ella.
Después de un tiempo, algo sucedió que hizo que yo dejase de conectarme y él también. Así que fueron pasando los meses (casi un año) y esa relación se quedó ahí, en nada. Hasta que hace relativamente poco tiempo, recibí un correo suyo. En cierto modo me alegró volver a saber de él y le respondí. Así, me contó que había tenido un mal rollo con una mujer que no entendió que él sólo quería pasarlo bien y que lo que ella buscaba era un amante fijo creándole casi las mismas obligaciones que se tienen con una pareja habitual. Después de eso decidió desaparecer por un tiempo. A su regreso a este mundo de la red se acordó de mí. Recomenzamos en el punto donde lo habíamos dejado.
El caso es que no nos conocíamos físicamente. Yo jamás conecté la cámara (y sigo sin hacerlo… con nadie), y nunca habíamos intercambiado fotos. Tampoco habíamos hablado por teléfono, éramos unos perfectos desconocidos. Pero hace unas semanas me propuso una cita. Le gusta el misterio y el juego. Y a mí me apetecía salir de la rutina que me agobiaba últimamente. ¿Por qué no?... me dije. Y empezamos a planear nuestro encuentro y a darle un poco de expectación a través del correo.
Así, en uno de ellos, me escribió que le gustaría probar mi boca antes de escuchar mi voz. Por cierto, me llama princesa, y es de las pocas cosas que no me gustan de él, pero es una táctica que muchos utilizan para ligar, así que se lo perdono. Pensé en su proposición, pero me pareció algo arriesgado. Me imaginaba llegando al lugar de la cita, posiblemente una cafetería o algo así y… lanzarme a la boca del hombre equivocado. No, definitivamente, ese plan no me gustaba. Pero, me apetecía jugar y eso es lo que él parecía desear. Pues bien, íbamos a jugar, ya lo creo.
Le hice saber mi proposición, si quería que le besara antes de oír mi voz, debía seguir mis reglas de juego: él reservaría una habitación en un hotel y luego el día antes de la cita me lo haría saber. Esperaría allí a que yo llegase. Yo, llamaría a la puerta con un número de golpes acordado antes entre los dos. Y él abriría la puerta, con un condicionante, debería hacerlo con los ojos vendados. Despedía mi correo con una provocación, un reto ¿te atreves? La idea le excitó sobremanera y decidimos llevarla a cabo.
El día acordado, me arreglé especialmente. Sabía por nuestras conversaciones que le gustaban las mujeres sensuales y con ropa atrevida, marcando las formas del cuerpo. Elegí una falda elástica por debajo de la rodilla, pero con una gran abertura que dejaba al descubierto parte del muslo. Una blusa semitransparente de una seda natural muy apetecible al tacto. Y unas sandalias con plataforma y tacón alto que aumentaban mi altura en unos cuantos centímetros, al mismo tiempo que revestían mis piernas de atractivo. Obvié la ropa interior. Me gustar sentir la suavidad de los tejidos sobre mi piel y además quería que al acariciarme, a ciegas, se diese cuenta que bajo la falda y la blusa sólo estaba mi cuerpo desnudo. Eso nos excitaría a los dos, estaba segura.
Llegué al hotel y subí directamente a la habitación que él me había indicado. Cuatro toques seguidos en la puerta y llegaron hasta mis oídos ruido de pasos inseguros. Al abrir me encontré de frente con un hombre alto, buena figura, el cabello corto y moreno, con un pañuelo oscuro tapándole los ojos y una expresión entre nerviosa y desvalida. Pasé por su lado y cerré la puerta, al tiempo que tiraba mi bolso encima de la cama. Él permaneció quieto sin atreverse a dar un paso. Me acerqué despacio y pasé las yemas de los dedos por su rostro: la frente, los párpados, las mejillas, la nariz… hasta llegar a unos bonitos labios que al recibir la caricia temblaron ligeramente.
No me extrañó que en el fondo estuviese asustado. Sólo una vez me vendó alguien los ojos, y nunca pude olvidar esa sensación de indefensión y de deseo y excitación a un tiempo. No sabes por dónde van a tocarte, qué es lo que el otro está haciendo, qué está mirando, su expresión, ni siquiera puedes adivinar la imagen que estás proyectando en ese momento. Pero a él le gustaba ese juego, podía verlo por el bulto que empezaba a destacar allá abajo en sus pantalones. Realmente… era guapo y parecía estar bien dotado.
(Sigue)


