Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Ansiedad...
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Fotografía: Ricardo Montesdeoca

Ayer debía ser una tarde tranquila, y lo fue en cierto modo, aunque no de la forma que yo había imaginado. Hacía un calor pegajoso debido a la humedad, lo que me hizo sudar durante todo el día. En casa, todos tenían planes para pasar la tarde: unos durmiendo la siesta y otros habían quedado con amigos, así que me dije que iría sola a la playa a ver si, por una vez, podía relajarme.
Y allí me presenté. En el mismo momento en que bajé del coche, me felicité mentalmente por mi decisión. Frente al mar se disfrutaba de una fresca brisa algo más fuerte de lo normal, tanto que hacía que el agua no presentase el aspecto habitual de una piscina gigante, por el contrario las olas rompían en la playa con cierto ímpetu coronadas por un festival de espuma blanca. Sonreí. Es así como más disfruto del baño. Me gusta sentir la fuerza de las olas, cansarme… es la mejor forma de relajarse luego tirada en la arena.
La pequeña cala a la que suelo acudir está flanqueada por dos escolleras de grandes rocas que se adentran en el mar y hoy aparecía casi desierta. Una pareja de adolescentes se hacía arrumacos a unos 200 metros de donde yo estaba hacía mi izquierda, a la derecha un joven al que veo cada día y que resulta un tanto extraño: llega, se mete vestido en el mar donde permanece durante horas, sale… y se esfuma. Un poco más allá dos jóvenes mamás con sus pequeños.
Estaba peleándome con la sombrilla para dejarla bien clavada en la arena, cuando una voz me sorprendió:
- ¿Necesitas ayuda?
La reconocí al instante.
- Vaya, menuda sorpresa ¿qué hacéis por aquí? ¿os habéis perdido?
- Sí, hoy a J. le apetecía venir a esta playa, y de paso yo iré a visitar a una amiga que acaba de comprarse un apartamento aquí cerquita.
Era su mujer la que hablaba. Nos saludamos con dos besos y un abrazo, el de J. más estrecho.
- Estáis estupendos y me alegra mucho.
- Tú también.
J. lucía en su rostro la sonrisa de siempre, la que me hace desear morderle la boca. Durante un rato charlamos de los niños, el trabajo, y de todas esas cosas habituales cuando se encuentran los amigos. Luego, nos fuimos al agua.
La fuerza del agua hacía difícil nuestro avance. J. y yo nos zambullimos a un tiempo, entre risas, hasta pasar ese espacio en que rompen las olas y encontrarnos rodeados de pequeñas colinas verdes sinuosas. Su mujer se cansó pronto, sólo quería refrescarse un poco nos dijo, y se dirigió a la orilla. La vimos secarse y decirnos adiós con la mano indicándonos que iba a encontrarse con su amiga.
Desde la playa sólo se distinguían nuestras cabezas rodeadas de agua. J. empezó a zambullirse cogiéndome por las piernas para tirarme. Yo me defendía repartiendo patadas como un verdadero karateca. Jugábamos como cuando éramos niños. Yo nadaba y él buceaba pasando por debajo de mi cuerpo, y yo sentía su roce como si de un enorme pez se tratase. Notaba apenas sus manos en mis pechos, luego en las piernas, en mi sexo. Después emergía con su eterna sonrisa y los ojos brillantes, sacudiendo la cabeza mojada… como un perro.
- ¿Vamos a la escollera?
Asentí, y nos lanzamos a nadar, retándonos a ver quien llegaba antes.
Una vez allí, nos apoyamos en una roca un poco escondida a salvo de miradas, con el agua a la altura de las caderas. Permanecimos en silencio mientras tratábamos de recobrar el aliento.
- ¿Te acuerdas del verano en Gijón?
- ¿Qué verano? Pasé muchos allí.
- No te hagas la tonta, sabes muy bien de qué verano hablo, el de tus quince años, el único en que pasamos juntos toda una semana.
- Sí, me acuerdo.
- Me viene a la memoria, aquel rubiales que parecía alemán y te miraba embobado en la playa. Todos los días, invariablemente, estaba en la escalera 11, esperándonos. Y luego colocaba su toalla muy cerca de las nuestras. Se le caía la baba al pobre cuando me observaba extender la crema por tu espalda.
- Sí, y tú te demorabas a propósito. Te pasabas media hora dándome masajes.
- Me gustaba, me gustaba mucho. Acariciar tu espalda, tus piernas, y medio culo que te asomaba por aquel biquini tan pequeño, todo de colorines.
- Me lo hizo mi madre, de ganchillo, me encantaba. No sé qué ha sido de él. También yo te extendía a ti la crema.
- Sí, pero tú lo hacías rapidito… parecía que mi piel te quemaba.
- Y me quemaba.
- Y las fiestas de Begoña ¿te acuerdas?... la verbena.
- Cómo no me voy a acordar, creo que era mi primer baile por la noche.
- Estabas preciosa, espera, espera, que aun recuerdo cómo ibas vestida.
- Pues a mí se me ha olvidado.
- ¡Mentirosa!
- Bueno, vale, a ver si tienes tanta memoria.
- Llevabas un vestido blanco estampado de grandes flores con los colores del otoño: rojas, amarillas, ocres… era ajustado y corto, y ataba en el cuello dejando tu espalda descubierta. Parecías mayor con él porque marcaba tus curvas incipientes. Y dejaba a la vista lo que más me gusta de ti: las piernas, la espalda recta, los hombros bien marcados, y ese inmenso hueco que forman las clavículas.
Mientras hablaba, J. iba rozando con la yema de un dedo las distintas zonas de mi piel que enumeraba. Se me eriza la piel y siento, al mismo tiempo, calor entre mis piernas.
- ¿Tienes frío?
- Sí, un poco, debe ser porque aquí estamos en la sombra.
- ¡Mentirosa!
- ¿Qué llevaba en los pies? Seguro que de eso no te acuerdas.
- Pues sí, lista, me acuerdo. Llevabas unas sandalias de esas… creo que se llamaban “topolino” o algo así. Eran blancas.
- ¡Ah! Pues sí que tienes buena memoria. Bailamos. Era la primera vez que bailaba “agarrao” con un chico. Sólo lo había hecho a veces con mi padre, en bodas y esas cosas. Era un buen bailarín, él me enseñó.
- Era increíble tenerte allí, en mis brazos. El calor de tu cuerpo, el ligero temblor que percibía mientras te estrechaba un poco más, el olor que desprendías…Nunca olvidaré la primera canción… “ansiedad, de tenerte en mis brazos…”
- “…musitando palabras de amor…”
- “… ansiedad, de tener tus encantos…”
- “… y en la boca, volverte a besar…”
- Aquella noche quería hacerte el amor, lo deseaba con todas mis fuerzas. Pero no podía, eras una niña y tus padres te habían confiado a mi cuidado. No podía.
- Aquella noche deseaba que hicieras algo más que susurrarme al oído aquella canción, algo más que estrecharme en tus brazos, algo más que aquel beso en la boca, pero era una niña y estaba asustada.
Nos hemos quedado en silencio sin atrevernos a mirarnos.
- ¿Vamos? Tu mujer estará a punto de llegar.
- Espera, espera un poco, no puedo salir así. Y sus ojos se desvían hacía el bulto que el bañador no puede disimular. Aun quiero decirte algo.
- Te escucho.
- Cuando te dejé en casa de tu abuela aquella noche, me fui de putas. No lo había hecho nunca, bueno, a veces con los amigos nos habíamos dado una vuelta por el barrio chino, ya sabes, esas noches de farra. Pero aquel día me metí sólo en la zona en la que había oído decir que estaban las fulanas. Busqué una con un cuerpo parecido al tuyo, y le puse tu nombre mientras la follaba. Luego me fui a la playa, ya sabes lo bonita que está por la noche, y me quedé allí durante horas llorando de rabia.
- Yo no podía dormir y me asomé a la ventana de aquel quinto piso. Gijón se veía precioso con montones de luces encendidas. Quería grabar en la memoria cada uno de los instantes que habíamos pasado juntos, no quería olvidar aquella noche, ni todas las sensaciones que en mí despertabas. Deseé con todas mis fuerzas que no fuéramos casi hermanos, deseé crecer deprisa para poder alcanzarte. Y lloré, lloré porque sabía que la vida iba a llevarnos por caminos distintos, separados.
Lentamente salimos del agua. Ya se ve venir a la mujer de J. charlando con su amiga. Me tumbo en la arena, al sol, y me enfrasco en la lectura de un libro intentando olvidarme de que J. está allí a mi lado. En cuanto tengo el bikini seco me levanto, empiezo a recoger mis cosas y me despido inventando una excusa. Su mujer me dice que vendrán más a menudo por aquí y J. me dice adiós con un “hasta mañana”.
Hoy, no he ido a la playa.


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Bajo mis pies
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Es una habitación cutre, fea, pequeña… en un hotel cualquiera. El aire acondicionado emite un zumbido insoportable, por lo que lo apagamos de vez en cuando. Sudamos, pero no importa. Como tampoco importa el horrible cobertor de la cama. Preferimos el suelo, en el que yaces de lado, en posición fetal… a mis pies. Mis pies calzados sólo para ti, con cintas que salen del empeine y cruzan mis piernas. Me gusta verte allí tendido. Me excita que introduzcas la lengua por el pequeño espacio que queda entre la planta del pie y el calzado, mientras acaricias mi sexo que se moja sólo con mirarte.

De pie, me apoyo en la pequeña mesa que hay junto a la ventana con las piernas ligeramente entreabiertas. Noto tu presencia detrás de mí, arrodillado, acariciándome despacio. Entreabres mis nalgas y tu lengua dibuja filigranas por la fina raya que las separa. Se acerca poco a poco a su oscuro centro. Me quema tu aliento. Me abro un poco más al tiempo que me inclino ligeramente. Su extremo puntiagudo, húmedo y caliente se abre paso, me penetra… y yo me siento morir de placer. Me tiemblan las piernas mientras ella hurga y se retuerce en mi interior. Tu mano se ha colado entre mis piernas y acaricia mi sexo mojado. Un dedo se hunde con fuerza, dos, tres… me penetran. Yo me doblo, me ensarto en tu mano entera, mientras tu boca sigue entre mis glúteos, tu lengua incansable… no puedo… no puedo aguantar más el orgasmo que siento ahí mismo. Está a punto de estallar, se me doblan las piernas mientras siento que voy a desmayarme, que este placer inmenso no es de este mundo. Pronuncio tu nombre con voz ronca, entrecortada… y caigo al suelo, a tu lado.

Me aprieto contra ti. Es tan tibia tu piel. Nos besamos una, y otra, y otra vez… sé que cuando nos separemos tendré los labios doloridos, sensibles… tengo ganas de morder los tuyos, sentir su carne entre mis dientes… Me levanto despacio, mirándote, mientras tú permaneces desnudo en el suelo. Sabes lo que voy a hacer y en tus ojos veo reflejado el deseo… ¿y tú? ¿qué lees en los míos?

Pongo un pie sobre ti, luego otro y los muevo despacio. Camino por tu estómago, tu pecho, tus muslos… y tu sexo crece mientras el mío vuelve a desearte. Te observo. Y veo como tus ojos se cierran de placer. El calzado que llevo puesto deja marcas en tu cuerpo. Son las huellas del placer compartido. Acerco uno a tu boca, quiero que lo beses… me excita tanto. Y lo haces… adorándolo. ¿Sabes? Estando así, sobre ti, pisándote, sé que sólo a ti te pertenezco y te siento mío… soy tu dueña, mi amor, y tu mi dueño.

Nos vestimos despacio y en silencio. No sé qué piensas tú pero en mí hay una mezcla de sentimientos difícil de explicar. Tristeza y alegría a un tiempo. Amor y deseo. Mis zapatos yacen en el suelo y me siento en la cama para ponérmelos. Tú sales en ese momento del baño y te arrodillas ante mí. Los colocas despacio, besando cada pie… y por el modo en que lo haces, siento que tienes un tesoro en tus manos. Te acuestas nuevamente y volvemos a empezar, esta vez yo, sentada, con mis pies sobre ti como sobre una alfombra. El bulto de tu sexo empieza a hacerse visible bajo los pantalones y yo estoy mojando mis bragas. Seguimos, seguimos nuestro juego, olvidándonos ya del tiempo… ¿qué coño nos importa ese tirano? Que espere… que se joda.

Una mancha húmeda de semen se extiende por tus pantalones, sobre las ingles. Y yo caigo de espaldas sobre la cama mientras mi sexo se contrae con los espasmos de ese orgasmo que hace que mi corazón se haga agua, me inunde y como un manantial corra por mis piernas.

No me importa morir así contigo, lo juro, no me importa mi amor, porque sé que esas horas que me escapo y te encuentro, son para mí la vida.


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Hablando al silencio (INTERIORISMO)
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INTERIORISMO III

Dije “te necesito” y no es del todo cierto. No, yo no te necesito. Esta mujer de diario que va y viene siempre corriendo, con mil cosas que hacer, rodeada de gente, que a veces parece una autómata programada por algún experto informático. Esta mujer que ríe y llora, que quiere a su manera y se deja querer. Esta mujer que escribe, no te necesita. Es la otra, mi otro yo, la que anda siempre escondida en los adentros. Esa que sólo se hace visible en tu presencia. Y aparece entonces sin yelmos ni corazas, a pecho descubierto. No le importa caer herida en la batalla, ni morir siquiera. Nada le importa que no sea su necesidad de ti y por ende… la mía. Porque somos dos distintas y complementarias, pero no podemos vivir juntas la vida, mi vida, la de ella. Cuando se desnuda contigo, no lo hace sólo de cuerpo, que también, pero sobre todo se desnuda por dentro. Por eso yo, sin ella, no puedo hallar caricias comparables a las tuyas, ni tactos parecidos, porque cuando la tocas es como si estuviera en carne viva. Es algo así como si se diera la vuelta, igual que un calcetín, y lo que estaba fuera queda dentro, y lo de dentro, fuera.
¿Por qué soy yo quien maneja esta vida? ¿Por qué ella está ahí quieta, esperando en silencio? Tampoco sé si siempre estuvo aquí conmigo, desde niña, y fuiste tú quien la encontró y la sacó de su escondite con tu varita mágica. O la creaste. O se inventó a su misma por pura necesidad, no sé si suya o mía. Porque la realidad es que ya no podría vivir sin ella.
Me gustaría saber cómo sería la vida si yo la dejase a ella decidir. A veces pienso, aunque sean tonterías, que sería bueno tener la oportunidad de cambiar nuestra vida. Por ejemplo, que a cierta edad en que quizá nos damos cuenta que no hemos conseguido la felicidad que ansiábamos, y que podríamos conseguirla, tuviéramos la opción de empezar de nuevo, como recién nacidos. Sí, ya lo sé, siempre se puede hacer eso que digo, pero suele ser a costa de otras felicidades, de otras vidas. No digo que esa segunda vez lográsemos lo que buscamos, pero al menos sería algo distinto que vendría como todo lo nuevo, cargado de ilusiones y de sueños.
También es verdad que la vida nos trae y nos lleva siempre a su antojo. Es caprichosa y nada predecible. Que la desgracia o la felicidad nos esperan siempre a la vuelta de la esquina. Que todo esto que digo es “hablar por no callar”. Se que nadie alcanza la felicidad completa, que debe ser algo inherente al ser humano pasar la vida en pos de una quimera. Pero, claro, tendemos a creer que somos los únicos que estamos llenos de contradicciones, de dudas, de pensamientos sin sentido.
No sé por qué me vino ahora a la mente algo que me ocurrió cuando era jovencita. No tiene mucho que ver con lo que estaba hablando. O sí, no sé. Un día, no sé qué fui a buscar a la habitación de mis padres y me llamó la atención un periódico enrollado que supuse había comprado mi padre esa mañana. La curiosidad me hizo abrirlo y dentro me encontré una revista con una chica desnuda. No sé cuánto tiempo me quedé paralizada mirándola, en aquellos tiempos no era nada habitual y en mi casa nunca había visto ninguna. Entonces, de pronto comprendí, que mi padre también tenía sexo y que posiblemente se excitaba con una foto como aquella. Mi padre, además de ser mi padre, era un hombre. Creo que sentí un gran alivio al darme cuenta que también tenía sus debilidades, y me parece que si no le quise más, sí de otra forma. Enrollé el periódico como lo había encontrado y ésta es la primera vez que lo cuento. Seguramente lo enterré en mi memoria como un secreto entre él y yo, aunque él no lo supiera.
Y ahora tampoco sé si escribo yo o es ella. Quizá las dos a un tiempo, encajando las piezas de este puzzle que es mi vida, al que hace tiempo le faltaba, una pieza importante. Fue ella y no yo quien la encontró un buen día. Se lo debo.
 
Hablando al silencio (INTERIORISMO)
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Fotografía Philippe Pache

INTERIORISMO II

¿Sabes? Lo he pensado mejor y voy a seguir escribiendo ahora. Me siento bien aquí. Me lo he repetido miles de veces, debo comprar una grabadora. El método consistiría en decir en voz alta lo que me viene al pensamiento. Mi cabeza no descansa jamás de darle vueltas a las cosas. Y es un peligro, no te creas, a veces voy conduciendo y cuando me doy cuenta he llegado al destino y no sé cómo puñetas lo he hecho, porque todo el rato yo estaba con mi mente en otro sitio, en montones de sitios a un tiempo. Pero bueno, sigamos con el método… una vez grabado sólo tendría que transcribirlo, porque a veces me da rabia que pienso alguna cosa y cuando quiero escribirla ya se me ha olvidado, pero es que soy incapaz de ponerme a escribir en cualquier parte, no, yo voy dándole vueltas y más vueltas. “Rumiando”, eso decía mi padre: ¿qué estarás rumiando? Cuando estaba abstraía y totalmente ausente de lo que ocurría a mi alrededor.

Esto del pensamiento siempre me ha intrigado ¿por qué tenemos pensamientos que no quisiéramos tener? De repente, plaf, aparecen ahí como por arte de magia, y aunque intentes apartarlos no hay manera. Es como cuando tienes una pesadilla, te despiertas, y cuando te vuelves a dormir, ahí está otra vez. Tú no quieres saber cómo termina porque te hueles que acabará muy mal, pero ella sigue ahí, inamovible, y al final no tienes más remedio que rendirte a la evidencia.

En realidad es que tengo miedo. Miedo de que cuando quisiera hacerlo, escribir todo esto me refiero, mi cabeza ya no recuerde y se pierda entre una niebla espesa. Ahora también se pierde… pero menos. Ha sido esta mañana cuando me he dado cuenta de que no podía dejarlo para luego. He ido al centro de salud a hacerme unos análisis rutinarios y siempre me deprimo. Me deprime ver tanto viejo, tanto enfermo. No, coño, no es menosprecio, pero no puedo evitar sentirme mal. Me he encontrado con un matrimonio, abuelos de una amiga de mi hija. Eran una pareja jovial, muy vital, de esa gente mayor con la que da gusto conversar. Ella me ha dado un abrazo, me ha estrujado, me ha besuqueado, y se le notaba que se alegraba de verme. Y yo a ellos. Pero él, él ni me ha reconocido. Sé que he desviado la mirada, que no quería encontrarme con sus ojos vacíos, llenos de olvido. Se me puso mal cuerpo.

Quizá por eso me machaco en el gimnasio, intentando mantener mi ya madura juventud (no sé muy bien si estas dos palabras pueden ir así, unidas), que culo, tetas y todo lo demás, permanezcan en su sitio. Y es un triunfo cuando puedo ponerme otra vez aquellos viejos vaqueros que hace cuatro años que guardaba en el armario esperando este momento. O cuando asalto el montón de camisetas de mi hija, me miro en el espejo y no me siento como una morcilla reventona. O cuando en la calle observo miradas de deseo o de envidia. Supongo que he de vivir con esa fobia, cada uno tenemos nuestros miedos.

Te necesito, lo sé. Y ese convencimiento levanta mi ira algunas veces. Ira contra mi misma, rabia por depender de ti. Y al mismo tiempo, me embarga la dicha y sé que nadie, nadie, podrá hacerme nunca tan feliz. No me discutas, tú no puedes saber lo que yo siento. Calla y escucha. Algunos días me levanto ya con el síndrome de abstinencia, y esta necesidad yo la comparo con el deseo intenso que a veces tengo de fumar. A media mañana miro el teléfono, me muero por llamarte, pero aguanto, y me digo: luego, un poquito más tarde. Al rato, vuelvo otra vez a las andadas. Esta vez tu número ya brilla en la pantalla y mi dedo se acerca peligrosamente a la tecla verde de llamada. Y me obligo, me obligo a distraerme con cualquier otra cosa. Lo dicho, como cuando para no fumar me como un caramelo. Cuando ya voy por el cuarto o quinto intento… tiemblo. Mierda… no sé por qué te quiero tanto.

Me gusta cuando me cuentas historias de niño, de un niño que no pude conocer ¿puedes creer que siento celos? Celos del tiempo en que no existías en mi mundo de niña, de adolescente. Es una tontería, lo sé, soy consciente, pero son sentimientos que llegan a ráfagas y no hay quien los detenga. A veces pienso que estoy loca, pero no de esas locas a las que todo el mundo conoce y señalan con el dedo: “ahí va esa loca, está como una cabra”. No, creo que soy una loca que actúa como cuerda porque guarda sus locos pensamientos sólo para ella.

Esas historias me hicieron recordar mis amores infantiles. Bueno, más bien adolescentes, porque no recuerdo haberme enamorado de ningún niño en el colegio, de ninguno, ni siquiera me gustaban. Quizá es que eran todos muy feos, no sé, pero ahora les veo y la verdad es que alguno no está nada mal. Fíjate qué casualidad, los tres hombres de los que creo haberme enamorado en mi vida, que igual tampoco me enamoré, no estoy segura, lo que sí es seguro es que nadie los sacará jamás de mi corazón y mi cabeza. Ya se me ha ido la olla… decía… que es una casualidad que los tres tengan un nombre que empieza por “J”, pero ninguno se llama igual. ¿Será la “J” mi letra fetiche o algo?

A veces, me gusta pensar cómo habría sido mi vida con cualquiera de los tres. Vale, lo admito, es una tontería hacer cábalas, pero para eso tenemos la imaginación. Y no siempre me invento historias felices o divertidas, no, también trágicas, y tristes, y penosas. Seguramente no hubieran sido nada de todo esto. Habrían sido normales, rutinarias y aburridas, porque el tiempo a su paso deja todo lo que toca con un polvillo de dejadez, todo lo impregna con su olor a viejo y gastado. Y yo no seguiría sintiéndome feliz cuando veo a alguno de ellos. Es lo que tiene lo imposible que siempre seguimos deseándolo.

Y ya está bien por hoy, creo que hablo demasiado. Y al fin no debes hacer cuenta de todo lo que digo porque no son más que tonterías que mi cabeza inventa.
O no, vete tú a saber. Yo, me declaro “no culpable” de todo lo que a esta loca mente se le ocurra pensar. Quiero que conste en acta.

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INTERIORISMO I

Quizá algún día te cuente de mis sueños, de mis secretos más oscuros. De esos deseos que hasta de mí se esconden muchas veces, por miedo a que alguien los descubra.

Quizá algún día te cuente lo que siento cuando estoy sin ti o contigo, cuando la soledad me abraza o la nostalgia se me cuela dentro hasta los tuétanos. O de cuando me río, lloro o canto. De cuando los pies me pesan y me arrastro sin poder despegarlos del asfalto. O de cuando me procuro unas alas de ilusión, bien amasadas con algo de esperanza. Y salgo disparada hacia las nubes... y me alejo... y me pierdo.

Tú eres quien más sabe de mí, por lo que digo y por lo que callo. Pero aun así hay cosas que no cuento. Algunas, ni yo misma sé que las conozco, hasta que un buen día salen de su escondite y me doy cuenta que habían estado siempre ahí conmigo sin que yo las viera. Supongo que es pura precaución... supervivencia. No sea que en una de esas ocasiones en que me emborracho de palabras y no controlo, lleguen a oídos que no merecen escucharlas.

Hay días que no quiero hablar con nadie. Ni que me hablen. Días que quisiera que el más absoluto silencio reinase en todo el mundo, en el planeta. Un mundo de silencio ¿te imaginas? Entonces, hasta los pensamientos más ocultos saldrían de su escondite, fluirían de forma natural, sin molestas interrupciones que los corten a medias. Como odio cuando quiero pensar y no me dejan. Maldigo las voces que me obligan a escucharlas, esos sonidos estridentes que no dicen más que tonterías.

Quizá te escriba antes de morir, abriéndote de par en par las puertas de mi mente. Una carta larguísima en la que cuente mis miedos, mis deseos, mis odios, mis amores, mis debilidades, mis bajezas, mis pecados y mis heroicidades, que también tengo alguna, no te creas. Me imagino la cara de sorpresa: la tuya y la de los demás que nada saben de ti. Me importa un bledo. Os jodéis... yo ya estoy muerta.

Suena un poco cruel, lo sé, pero es que algo de crueldad me pone a veces.

Miro mi vida e intento ser realista y objetiva. No, no está nada mal, muchos la envidiarían, lo sé. Pero... ¿y aquellos sueños que soñé de niña?. Sí, eran sueños ridículos, supongo, infantiles y tontos, pero eran míos. Yo no soñaba con un príncipe azul, ni una casita, ni niños, ni oficina. Yo quería ser enfermera allá en el África, o misionera, periodista, enviada especial en grandes guerras, fotógrafa afamada, investigadora del espacio, inventora, escritora, actriz de Hollyvood, o la puta más cara. Yo lo quería ser todo, y no soy nada, un individuo más entre millones.

Vale, ya estoy imaginando algunas voces de protesta: que todos somos importantes para otras personas, que todos los trabajos son útiles y necesarios, bla, bla, bla. A la mierda. Todo eso ya lo sé ¿y qué? Es frustrante y estúpido saber que somos una mota de polvo flotando a la deriva y que moriremos infinitas veces, cada vez que alguien que aun nos recuerde deje de existir. Y así hasta que ya nadie, nunca jamás, vuelva a evocarnos. Que no me jodan los de la “vie en rose” con tonterías y gilipolleces varías. Que todo lo que puedan decirme ya lo sé, que no estoy deprimida, ni pienso en suicidarme.

Y resulta que no era de esto que yo quería hablar, no, no era de esto. Pero siempre me pasa, acabo haciendo lo que no quería hacer y dejando olvidado mi auténtico objetivo.

Quizá algún día vuelva a mi memoria. Quizá algún día... te cuente.
 
Vientos del norte
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Hace unas horas que llegué de viaje. Este año me apetecía volver con mi familia al lugar donde nací y del que provienen todos mis antepasados: Asturias.

Aun guardan mis sentidos colores, aromas o sabores de aquellas tierras. Sus praderas inmensas huelen a verde, a musgo, a frescor… es un olor que empiezas a notar en cuanto pasas el puerto Pajares.

Ya no recordaba la ingente cantidad de árboles que pueblan sus montañas, altos, grandes, apretados unos contra otros, disputándose un trozo de cielo que se atisba apenas entre las grandes copas. Hay tantos senderos ocultos a los ojos, siempre húmedos, oliendo a manantial, teniendo por techo toda una enredadera de hojas que se abrazan.

Creo que es el lugar en el que más pequeña me siento, como un diminuto duende de los que cuentan las leyendas que pueblan sus bosques. La enormidad de sus montañas me hace notar la insignificancia humana. Me abruma la inmensidad del entorno en el que se encuentran los Lagos de Covadonga, tan altos que a veces ves las nubes por debajo como copos de algodón que alguna mano gigante dejó caer por descuido. Me pierdo en la maravilla de sus puertos de montaña donde pacen las vacas lejos de los calores del verano y donde aun se pueden ver ejemplares de preciosos Asturcones, libres y salvajes, con sus crines largas y rubias.

Y el mar. El Cantábrico también huele distinto. Huele a sal, a pesca, a bravura. Y está frío, muy frío comparado con el Mediterráneo que es el que baña el lugar donde vivo.

No puedo pasar por alto la hospitalidad y amabilidad de la gente de Asturias y para ello sólo tres pequeños ejemplos:

Íbamos a una casa alquilada de una aldea cercana a Grado, y el día que llegamos todas las tiendas estaban cerradas, pero cual sería nuestra sorpresa al ver llegar a los dueños que fueron a recibirnos para darnos la bienvenida, cargados con dos tortillas, una empanada, un bizcocho, café, bebida y todo lo necesario para que tuviésemos provisiones hasta el día siguiente.
Otro día, entramos en una óptica a hacer unas compras y aproveché para preguntarle al chico que nos atendió por donde se iba a un pequeño pueblo que queríamos visitar. Como no estaba muy seguro, cogió el teléfono y él mismo llamó a la oficina de Turismo para podernos informar.
O el día que nos liamos en Oviedo y un chaval nos acompañó en su moto todo el trayecto hasta situarnos en la salida que buscábamos…

Me voy a permitir dejar aquí algunas recomendaciones por si alguien va por aquellas tierras:

- Los kilómetros en Asturias no tienen 1.000 metros, os lo aseguro. Yo creo que es para que no nos asustemos. Te encuentras con una señal que pone: “Pueblo X 6 Kms”… ¡ja! Empiezas a subir aquella carretera con unas cuestas y curvas endemoniadas… y venga, y venga… y aquello no se termina nunca. Tú piensas que detrás de cada curva te vas a encontrar con el pueblo que buscas, pero… ¡qué va! Aun queda otro, y otro, y otro… Eso sí, cuando por fin llegas, el viaje ha merecido la pena.

- Tampoco preguntes a un asturiano si el Pueblo X queda muy lejos, porque invariablemente su respuesta será “¡que va, fia! ta ahí mismo… a tiru piedra” y tu empiezas a andar, y andar, y andar… y piensas en cómo ¡coño! tira esta gente las piedras tan lejos.

- Mira bien las raciones que pides en los bares, sobre todo en los pueblos, porque con una, seguro que coméis dos o tres personas… qué brutos son. Y encima se enfadan si no te lo acabas todo: “¡Ay! madre ¿nun taba buenu? come, fia, come un poco más que tas toa escurría”… y tú te sientes a punto de reventar.

- No te preocupes si circulas por una carretera por la que sólo cabe un coche, no pienses qué ocurrirá si a otro se le ocurre bajar mientras tú estás subiendo (por una así íbamos todos los días a casa) porque yo creo que tienen algún modo de saber a qué horas la utiliza cada uno de los vecinos… seguro, o es que ellos conocen los lugares estratégicos para apartarse en el caso de que se encuentren dos vehículos cara a cara.

No hace falta que os diga todo lo que podéis visitar, pero en este viaje fui a un sitio que aun no conocía: “El Museo de la Minería” en El Entrego… me encantó. Se trata como su nombre indica de un museo en el que se pueden ver desde fotografías hasta los más extraños y antiguos artilugios y aparatos utilizados en la minería y en otras industrias de explosivos. Había una gran noria que se impulsaba con una persona andando en su interior, y como no, yo tuve que probarla… fue muy divertido, parecía un hamster girando en su rueda.

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Pero lo que más me gustó del museo fue la visita guiada, de una media hora de duración, a la galería de una mina. Empiezas bajando en un ascensor como hace cualquier minero cada día, en el que se simula la velocidad, el ruido y el tiempo que ellos tardan en bajar aproximadamente a 800 metros de profundidad. Cuando se abren las puertas, te encuentras en la entrada de una galería. Andando por ella te vas encontrando con diferentes “tajos” donde hay muñecos colocados como si fuesen picadores y el guía va explicando en cada uno de ellos como se extrae el carbón dependiendo de la posición de la veta: de forma vertical, en rampa, horizontal… Me llamó la atención sobre todo la forma de trabajar en rampa. Era una pendiente de unos setenta metros con una inclinación de 40 ó 45 grados, y una altura hasta el techo de unos 50 centímetros, toda ella entibada con troncos redondos como estaría en la realidad. Había una escalera para que los visitantes pudiésemos subir de forma cómoda hasta lo alto de la rampa. Y el descenso podía hacerse por la escalera o por la pendiente que es en realidad como lo hacen los mineros… en la mina no hay escaleras. Quise saber lo duro que era. Tenías que bajar agachada, medio en cuclillas, cogiéndote a las maderas y apoyando los pies en las bases para no resbalar. Lo hice… y las agujetas en las piernas me duraron dos días. Pero me sentí maravillosamente bien, sólo lo hicimos tres o cuatro personas y yo fui la única mujer que se atrevió. La pena es que allí dentro estaban prohibidas las fotos y las cámaras. Os lo recomiendo.
Bueno, y por hoy creo que ya está bien, aún me quedan vacaciones pero las disfrutaré por aquí.
Me alegra estar de vuelta.


 
Llegó la hora
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Aunque oficialmente aun me quedan unos días de trabajo antes de largarme de vacaciones, los preveo algo durillos y agobiantes, así que he decidido cerrar hoy el chiringuito porque no creo que tenga mucho tiempo para atenderlo debidamente.
No sé yo si mi salud mental soportará todo un mes de vacaciones con la familia al completo. Hacía tiempo que no coincidíamos todos y... de uno en uno son soportables, pero todos a la vez son capaces de llevarte al borde de la locura.
Siempre me queda la opción de desaparecer durante una temporada en uno de esos paraisos de la relajación rodeada de guapos y fornidos quiromasajistas que te untan el cuerpo con toda clase de mejunges: barro, vino, chocolate, espuma, algas... yo que sé.
Ya os contaré...
Espero encontraros a la vuelta, que disfrutéis de vuestras vacaciones y tened cuidado ahí fuera que ya sabéis que el verano está lleno de peligros...
Felices vacaciones.
Des.