Gracias
Bueno, ya he colgado el final del relato que tenía a medias... lo tenéis aqui debajo. Espero no herir sensibilidades, es un tema del que nunca se me había ocurrido escribir por ser totalmente desconocido para mí, y me apetecía hacerlo.
Ahora creo que voy a dejar esto por algún tiempo. No sé cuánto. Estoy cansada, apática, desganada, desilusionada, desubicada... y unos cuantos adjetivos más que ni ganas tengo de buscar.
Los días se me hacen larguísimos... eternos. A mí, que siempre me he quejado de lo rápido que pasaba el tiempo. Y supongo que sigue siendo así, pero no me lo parece. Son tan iguales, aburridos y monótonos que me cuesta distinguir, a veces, si es un lunes o un míercoles. Creo que estoy en periodo de hibernación, aunque no sea invierno. Y no es que me pase los días durmiendo, no, todo lo contrario, los paso despierta pero en estado catatónico.
Así que... está decidido, voy a dejar hibernar este espacio hasta que tenga la necesidad de volver. De todas formas, en este momento, tampoco tengo nada que decir. Estoy vacía.
En El desorden de tu nombre estoy recopilando todos los relatos, textos, pseudo poemas y algunas cosas más que tengo por ahí, más que nada por tener una especie de archivo de las miles de líneas escritas. Si en algún momento estáis aburridos y os apetece, podéis leer un rato.
Tengo que dar las gracias por todas las visitas que he recibido. Sé que muchos de vosotros aunque no dejéis comentarios sois asiduos de este rinconcito desordenado, y así lo confirman las cerca de 26.000 entradas que hay registradas. Da un poco de miedo, a veces, saber la cantidad de personas a las que han podido llegar mis historias... algunas reales, otras producto de mi imaginación, pero todas con una pequeña gran parte de mí.
Dejo un video de Elefantes... y aunque hable de olvidos, no entra en mis planes olvidaros ni que me olvideis.
Gracias.
Ahora creo que voy a dejar esto por algún tiempo. No sé cuánto. Estoy cansada, apática, desganada, desilusionada, desubicada... y unos cuantos adjetivos más que ni ganas tengo de buscar.
Los días se me hacen larguísimos... eternos. A mí, que siempre me he quejado de lo rápido que pasaba el tiempo. Y supongo que sigue siendo así, pero no me lo parece. Son tan iguales, aburridos y monótonos que me cuesta distinguir, a veces, si es un lunes o un míercoles. Creo que estoy en periodo de hibernación, aunque no sea invierno. Y no es que me pase los días durmiendo, no, todo lo contrario, los paso despierta pero en estado catatónico.
Así que... está decidido, voy a dejar hibernar este espacio hasta que tenga la necesidad de volver. De todas formas, en este momento, tampoco tengo nada que decir. Estoy vacía.
En El desorden de tu nombre estoy recopilando todos los relatos, textos, pseudo poemas y algunas cosas más que tengo por ahí, más que nada por tener una especie de archivo de las miles de líneas escritas. Si en algún momento estáis aburridos y os apetece, podéis leer un rato.
Tengo que dar las gracias por todas las visitas que he recibido. Sé que muchos de vosotros aunque no dejéis comentarios sois asiduos de este rinconcito desordenado, y así lo confirman las cerca de 26.000 entradas que hay registradas. Da un poco de miedo, a veces, saber la cantidad de personas a las que han podido llegar mis historias... algunas reales, otras producto de mi imaginación, pero todas con una pequeña gran parte de mí.
Dejo un video de Elefantes... y aunque hable de olvidos, no entra en mis planes olvidaros ni que me olvideis.
Gracias.
El amante más fiel (Final)

Busca un cd de una música que le gusta escuchar y que le regalaron en la oficina, en ese estúpido juego del “amigo invisible”. Es de un intérprete desconocido y la música parece tener raíces africanas o algo así, el caso es que empieza de forma tan lenta y sinuosa que puede resultar irritante y va aumentando lentamente el ritmo hasta convertirse en una orgía de tambores y timbales. Es perfecta.
Activa la cámara y la enfoca hacía el suelo, a sus pies, donde va cayendo de forma descuidada la ropa de la que se despoja poco a poco, quedándose solo con los zapatos puestos. Mientras lo hace, habla muy quedamente con esa voz provocadora y sensual, que aun resulta más excitante si cabe, arropada por la suave música de fondo.
Acerca sus tetas al objetivo mientras las acaricia y las estruja haciendo que los pezones se tornen duros y empinados. Luego, con un ligero movimiento enfoca su sexo que abre lentamente con los dedos. Sobre la música se eleva su voz: “mira el coño de tu puta, cabrón de mierda, se muere por una buena polla, gorda y turgente… ¿quieres ver que tengo que meterme, nenaza?”. Otras veces le habla con dulzura como a un niño: “mi amor, soy tuya, te deseo, te deseo tanto, imagínate aquí conmigo… fóllame, mi vida”. No deja de hablar mientras sus manos acarician una y otra vez su sexo mojado. Hace una pequeña pausa y coge uno de los enormes calabacines. Lo enseña a la cámara y con destreza (ha estado ensayando) le coloca un preservativo. Lo desliza suavemente por el pubis, lo mete entre los labios, acariciando el clítoris hinchado mientras lo dirige hacia la entrada de la vagina totalmente lubricada.
Socorro no puede apartar los ojos de su coño que va engullendo ese sucedáneo de polla inmensa hasta hacerla sentir llena por completo. Luego empieza a realizar movimientos sacándolo y metiéndolo, al mismo tiempo que mueve sus caderas adelante y atrás. Se sincroniza perfectamente con la música que ha ido aumentando de ritmo paulatinamente. Su coño totalmente dilatado se asemeja a una enorme boca hambrienta. Ha ido elevando el tono de su voz y sus gritos de placer se escuchan por toda la casa cuando termina entre jadeos.
Para la cámara para darse un respiro, aun no ha terminado, pero lo que se propone hacer a continuación teme que le resultará más difícil. Socorro no es virgen, ha tenido algunas experiencias sexuales, pocas sí, pero alguna ha habido. Y si es realista además de escasas han sido poco satisfactorias. Pero nunca le han metido nada por el culo así que no puede evitar sentir cierta lógica aprensión.
Vuelve a colocarse y a conectar la cámara situándola de frente a su trasero. Se ha procurado un tarro de vaselina que empieza a untar generosamente alrededor del ano en movimientos circulares no exentos de cierto placer. La música comienza a sonar nuevamente mientras ella no deja de masajear el oscuro agujero. Va introduciendo lentamente el dedo índice, metiéndolo un poco más cada vez. Nota ya como crece la excitación y su coño vuelve a humedecerse. Al cabo de un rato, prueba con dos dedos y aunque siente cierto dolor, le gusta. Los movimientos que realiza con ellos dentro del ano van relajando los músculos lentamente y Socorro se siente cada vez más a gusto. Mientras, no deja de hablar, sabe que su voz puede excitar tanto como la imagen que proyecta. Saca los dedos y coge una de las velas untada ya de vaselina, que penetra fácilmente entre sus nalgas. La descarta y coge otra más gruesa. Esa duele un poco, pero va introduciéndola centímetro a centímetro todo lo que puede. Cuando la tiene bien adentro realiza el movimiento que haría un hombre follándola por el culo. Luego, con la vela insertada en el trasero, se coloca otra vez el calabacín entre las piernas hasta correrse.
Cuando termina escribe una pequeña frase en un correo para Berto: “Mañana, a las 10 de la noche lo haré para ti… en directo” y adjunta el vídeo.
Son las diez de la noche, pero Socorro quiere hacerse esperar, así que se entretiene un rato jugando con Otto, le tiene muy abandonado últimamente y el pobre animal anda como alma en pena por la casa detrás de ella. A las diez y media Soco, como le gusta que le llamen) conecta el Messenger. Berto está esperándola impaciente, ha recibido el video que ella le mandó y lo ha visionado varias veces. Al cabo de un corto rato de charla, ella pone en marcha la cámara que ha conectado al pc y se dispone a repetir las escenas grabadas el día anterior, siempre con cuidado de no mostrar su rostro. Mientras en la pantalla Berto aparece totalmente desnudo y visiblemente excitado. Esta vez resulta más interesante para Socorro pues Berto la estimula tanto de forma verbal como visual.
En un momento de la conexión Otto se acerca a Socorro y aunque ella le aparta de su lado, aparece un instante en la pantalla. Cuando terminan, Berto se muestra sorprendido, pues ella no le había hablado nunca de su perro. Ella le explica la historia de cómo le encontró un buen día, vagando por los alrededores, sucio y abandonado. Y de la compañía que le hace desde entonces.
Las palabras que pronuncia él a continuación, le producen nauseas a Socorro: “Me gustaría ver como te folla… ¿no lo has pensado nunca?”. Ella se enfada y le insulta llamándole loco y depravado. Berto intenta calmarla inútilmente: “Si no quieres que te folle, deja al menos que te lama el coño, verás como disfrutas, hazme caso”. Soco desconecta el pc sin despedirse.
Pasa dos días sin responder a los mensajes y las llamadas de Berto, pero no puede quitarse de la cabeza esa idea que poco a poco ha ido haciéndose un pequeño hueco en su cerebro. Cuando mira a Otto, tumbado en el suelo, con la lengua asomando entre los colmillos, le imagina lamiéndola y no puede evitar sentir un ligero cosquilleo entre las piernas. Por fin, al tercer día se decide a probar.
Se desprende de las bragas y se sienta en el sofá con las piernas abiertas. Llama a Otto que se acerca moviendo la cola y Socorro empieza a hablarle cariñosamente: “Ven, mi chico, ven con tu ama, mira lo que tengo para ti”. Mientras, le ha cogido la cabeza entre las manos atrayéndola hacia ella. Pero el perro la mira desconcertado sin saber qué hacer. Lo tiene allí delante, entre sus piernas, pero él no saca la lengua, sólo siente un ligero roce del húmedo hocico que le eriza la piel. Desiste, no quiere obligarle, y le acaricia suavemente la cabeza.
De pronto, tiene una idea. Se levanta y se dirige a la nevera de donde coge un tarro de mermelada de ciruelas verdes. Otto se muere por la mermelada de ciruela, ella le acostumbró dándole pequeños trozos de tostadas untadas mientras desayuna. Mete los dedos en el tarro y se unta bien el coño. Luego vuelve a sentarse y llama al perro que ha seguido todos sus movimientos con la mirada. Él se acerca y ella vuelve a repetir la operación. Esta vez Otto olisquea y da una tímida lamida a la mermelada. Socorro siente algo parecido a una descarga eléctrica. Le habla otra vez cariñosamente, animándole: “Vamos perrito, mi niño, cómete la mermelada que te da tu perrita, saca la lengua, Otto, sigue, sigue lamiendo, así, así…” El perro instado por su ama, empieza a lamer con su larga y húmeda lengua el jugoso coño de la mujer que gime y se retuerce de placer. Cuando se termina la mermelada, Socorro vuelve a untarse bien con ella. Pero esta vez se acuesta desnuda en el suelo y alza las piernas bien abiertas para dejar todo su coño expuesto a la boca del can. Se mete una buena cantidad en la entrada vaginal y sobre el clítoris. A continuación llama a Otto que acude obediente sabiendo ya lo que le espera. Socorro atrae la cabeza del perro que empieza lamiendo el dulce agujero insertando la lengua todo lo que puede para extraer la mermelada allí alojada, y una vez terminada sigue hacia arriba entre los pliegues de carne caliente para acabar en el clítoris que lame una y otra vez hasta provocarle a la mujer el mejor orgasmo de su vida.
Termina extasiada y satisfecha, pero aun se pone una pequeña cantidad en los pezones que Otto lame con sumo cuidado.
Esta operación la repite Socorro durante unos días, hasta que Otto aprende la rutina, es un perro inteligente, y ya sólo necesita ver a su ama con el tarro de mermelada para saber lo que tiene que hacer. Entonces ella graba una de esas sesiones y se la envía a Berto.
El hombre está desesperado pensando que la había perdido para siempre. Socorro le llama esta vez por teléfono, Berto está exultante, desde que ha recibido el nuevo video lo ha estado mirando una y otra vez casi sin dar crédito a lo que veía, pajeándose sin cesar. No se atreve a preguntarle si va a follar con el perro por miedo a que vuelva a enfadarse, pero esta vez es la mujer quien saca el tema a colación. Le apetece hacerlo pero no sabe cómo. Él respira aliviado, le dice que es mejor que intente que se la meta por el culo poniéndose ella en la posición de perra, pero que le conseguirá información por Internet y que ella misma puede mirar en páginas de zoofilia, seguro que allí encontrará lo que necesita. Berto se excita al imaginarla montada por su peludo perro y sigue animándola a intentarlo.
Socorro empieza haciendo que Otto le lama el culo. Experimenta con los alimentos que sabe que le gustan al perro: yogur, natillas, crema de chocolate… no quiere cansarle con la mermelada, aunque hasta el momento es lo que mejor resulta. Se unta bien las nalgas y llena la raja del culo de la sustancia elegida. Luego se coloca a cuatro patas y le llama. El perro acude inmediatamente y empieza a lamerla goloso. También aprende a masturbarle. Empieza acariciándole el bajo vientre, acercándose poco a poco a los genitales, palpando hasta notar el sexo que permanece escondido bajo la piel y el pelo, haciendo movimientos como si de la polla de un hombre se tratase, hasta que ese trozo de carne rosado aparece puntiagudo. El primer día que logró sacársela sintió un poco de aprensión y al mismo tiempo un intenso deseo de chupársela. Le masturba hasta que el perro eyacula, también se merece un poco de placer el bicho, es como un premio por la labor bien hecha. A veces se tumba bajo el perro mientras agita su polla con una mano, y con la otra se masajea el clítoris, hasta que siente el semen del animal sobre su vientre, y ella se corre entre gemidos.
Todas estas sesiones son meticulosamente grabadas y enviadas a Berto, sin importarle ya que vea su rostro. Le tiene completamente enganchado. Sabe que jamás follará con él porque lo que a él realmente le gusta es ver como se la follan a ella, sin importarle que quien lo haga sea una mujer, hombre, o cualquier animal de cuatro patas.
Decide intentar al fin que Otto la penetre. Se desnuda y empieza a acariciarle mientras le habla con dulzura y firmeza a un tiempo. Le acaricia una y otra vez hasta que el sexo excitado del animal asoma entre el pelaje. Entonces se pone a cuatro patas instándole a que suba las patas sobre ella, pero el perro no se decide, debe tener miedo a hacerle daño. Lo intenta una y otra vez hasta que consigue que apoye las patas delanteras en sus caderas, pero en esa posición no puede dirigir el pene erecto hacía su ano… es imposible, necesita alguien que le ayude.
Tiene que ser alguien en quien pueda confiar por completo o se puede convertir en la comidilla del barrio. Pero ¿quién? Entonces se acuerda de Nicki… eso es, Nicki es perfecto. Su verdadero nombre es Nicolás, pero todos utilizan ese diminuto para dirigirse a él, aunque se trata de un hombre de veinticuatro años, grande como un armario ropero. Es el hijo de los vecinos y padece cierto retraso mental que le convierte en un niño grande. Socorro le conoció cuando hacía poco tiempo que se había trasladado allí, al descubrirle espiándola a través del seto que separa las dos viviendas mientras ella tomaba el sol en el jardín. Por la expresión de su rostro y el ligero movimiento que percibía en la mano escondida supo que se estaba masturbando, pero lejos de molestarse, le resultó alentador saber que todavía podía excitar a un hombre, aun cuando se tratase de un tarado. Desde entonces, ella le encarga al muchacho algunos de los trabajos más pesados de la casa, lo que le sirve para estar entretenido y ganar algún dinerillo. Es un “manitas” que igual te arregla un enchufe, limpia el jardín, o desmonta un pequeño electrodoméstico. Sus padres están encantados del cariño con que Socorro le trata. Además Otto le quiere y confía en él, el invierno anterior tuvo que dejar al perro a su cargo cuando ella, aquejada de una fuerte gripe, se vio obligada a guardar cama durante una semana.
Se acerca a casa de sus vecinos y le dice a la madre de Nicki que necesita que le eche una mano en la casa, está haciendo limpieza y quiere sacar los tratos viejos para limpiar en la pequeña buhardilla. Nicki la sigue como un perrito sin apartar la vista del trasero de Socorro enfundado en unos ligeros pantalones cortos.
Cuando le tiene sentado en el sofá, sus instrucciones son claras: “Necesito que me ayudes a hacer algo, será un secreto entre nosotros. Si lo haces… te la chupo. Y si sale bien dejo que me folles. Si por el contrario te vas de la lengua, te corto los huevos y se los tiro al perro… ¿me has entendido?” Nicki abre unos ojos como platos desde el momento en que las palabras “te la chupo” y “dejo que me folles” llegan a su cerebro. Y casi ha empezado a babear mientras asiente rápidamente con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra alguna.
Antes de comenzar, Socorro conecta la cámara. Piensa grabarlo todo, incluida la chupada de polla al pobre tonto que permanece inmóvil sentado en el sofá. Se excita al pensar en enviar el video a Berto.
“Desnúdate y vuelve a sentarte” le ordena a Nicki. Y él empieza de inmediato a desprenderse de la ropa con gestos patosos. Ella espera de pie, cruzada de brazos. El hombre es enorme y su polla en estado semi-erecto ya tiene un tamaño considerable. Cuando termina de desnudarse se sienta de nuevo esperando las órdenes de Socorro. Ella se coloca ante él y empieza a desprenderse de la ropa al tiempo que no quita la vista de la polla de Nicki que va aumentando de tamaño y consistencia con cada una de las prendas que ella va depositando en el suelo. Cuando termina, el hombre luce entre las piernas un miembro hinchado y duro como una roca. Socorro se arrodilla ante la verga y la acaricia. Tiene unos huevos grandes y peludos que la mujer apretuja entre sus manos. El hombre echa hacia atrás la cabeza y un fino hilo de saliva se le escapa por la comisura de los labios. Y Socorro comienza su tarea que jamás pensó pudiera ser tan agradable. Lame la jugosa punta jugueteando con la lengua, y el contorno de la inmensa polla como si de un gran helado se tratase y luego poco a poco la hace desaparecer dentro de su boca. En un principio pensó en hacerle sólo una mamada, pero está tan excitada que necesita sentir dentro ese trozo de carne ardiente que la está volviendo loca.
“Te lo has ganado, mi niño, voy a dejar que me folles antes de hacer lo que quiero que hagas ¿Quieres follarme? Quiero que me metas esa polla grande, que me rompas con ella, mi pequeño retrasado. Y luego me la meterás por el culo” Nicki deja escapar un gruñido de satisfacción al escucharla mientras asiente de forma insistente con la cabeza. Socorro abre las piernas y se sienta a horcajadas sobre el hombretón, insertándose en la polla erecta que a pesar de su grosor se desliza fácilmente dentro de su coño empapado. Cuando la siente dentro empieza a saltar sobre él haciendo que la polla entra y salga a un ritmo endemoniado. Nicki la agarra entonces por las caderas y la clava una y otra vez con fuerza hasta que ella nota el semen caliente inundando su coño al tiempo que las contracciones de su orgasmo la elevan durante unos segundos hasta el mismísimo cielo.
Reposan durante un rato. La expresión que aparece en el rostro de Nicki es la de un niño feliz después de haberse comido su postre preferido. Su polla reposa lánguida entre las piernas. Socorro, sentada a su lado, le explica de forma sencilla lo que quiere que haga y él parece entender sus instrucciones.
La mujer se coloca a cuatro patas y es Nicki quien le unta el culo con la mermelada de ciruelas. Con sus grandes dedos intenta rellenar el negro agujero con la dulce mermelada. Cuando le parece que tiene suficiente, llama a Otto que se acerca babeando y moviendo la cola alegremente. El perro empieza a lamer el culo de la mujer mientras Nicki le separa las nalgas para facilitar la tarea. De vez en cuando, hombre y perro, parecen disputarse el placer de lamer el orificio y lo comparten como bueno amigos. Socorro ya se siente suficientemente excitada. “Nicki, acaricia a Otto hasta que veas que está punto y colócalo sobre mí”. El hombre obedece y en un momento el perro está preparado para la monta. Suavemente lo sitúa sobre Socorro mientras coloca el rojo miembro del animal frente al orificio anal. Con un pequeño empujón lo mete dentro y Socorro siente las embestidas del perro golpeándole las nalgas con su vientre. Nicki no se ha quedado quieto y le ha insertado tres dedos en el coño mientras con el pulgar le masajea al clítoris. La mujer grita y grita sin parar: “Quiero que me folléis, perros, fuerte, más fuerte” Nicki ha empezado a lamerle la cara como si de otro perro se tratase, metiéndole la lengua en la boca, en la nariz, en las orejas… y ella está a punto de volverse loca de placer.
Cuando el animal termina, Nicki lo aparta de Socorro, lo acaricia y ocupa su lugar. Coloca la punta de su polla en el ano, mojado por el semen del perro, y empuja. Socorro grita de dolor, el cambio de tamaño es considerable, pero desea que el hombre continúe. Y antes de que se de cuenta, una nueva embestida hace que un buen trozo de verga se inserte en su culo: “Sigue, estúpido, sigue, no te pares. Métemela entera, la quiero toda dentro. Fóllame mi niño tonto, fóllame…” Y Nicki embiste y embiste sujetándola fuerte por las caderas hasta que se derrama en su interior entre bufidos.
Socorro se despierta con los lengüetazos de Otto en la cara. Es tarde y el perro tiene ganas de salir a hacer sus necesidades. Está cansada y aun siente punzadas de dolor en el ano. Se levanta y tropieza con la cámara que ayer se olvidó de guardar. Piensa en que quería enviarle el video grabado a Berto, pero… que se joda, que se quede con las ganas. Ahora tiene todo lo que puede desear: un dulce y maravilloso retrasado que la adora y un perro que jamás le será infiel. Ya se encargará ella de atarlo corto para que no se le ocurra follar con otra perra… para eso se inventaron las correas.
El desorden de tu nombre

Queda formalmente inaugurado:
El desorden de tu nombre
Por si os apetece, también me pierdo por aqui.
La canción no tiene nada que ver con esto, pero la estaba escuchando ahora mísmo y no os cuento lo que he pasado para poder subirla al castpost porque os descojonais de lo estúpida que puedo llegar a ser... es que una ya está mayor.
¿He dicho que me gusta Elefantes?... ta dicho.
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El amante más fiel (II)

Fotografía Christian Coigny
El muy hijo de puta la está retando. Socorro tiene cada día más seguridad en sí misma, en su poder de seducción en el mundo virtual, pero aun le falta un largo camino por recorrer. Llega a casa al atardecer, está nerviosa, no ha podido dejar de pensar en todo el día en la llamada que se dispone a realizar. Otto sale contento a recibirla y ella se obliga a sacarle a pasear un rato por los alrededores. Cuando regresa le llena el bebedero de agua fresca y le sirve su ración de pienso, luego coge un bote de coca cola de la nevera, se desnuda, y se sienta en el sofá. Con dedos temblorosos marca el número de Berto y escucha con el corazón saltándole en el pecho la señal de llamada. A la tercera, una voz grave y varonil contesta: “te esperaba”.
Esa respuesta la deja paralizada un momento, pero inmediatamente toma el control y le saluda. Ahora es él quien se queda en silencio, es algo a lo que Socorro está acostumbrada, su voz siempre deja a quien la escucha sin palabras. Al momento, están hablando de trivialidades y así continúan durante un buen rato. Poco a poco, la conversación se va tornando más íntima y las voces se convierten en susurros en el momento en que Berto le pide que le describa el lugar en que se encuentra y lo que lleva puesto. Ella conecta el manos libres y le pide a él que haga lo mismo, quiere escuchar los sonidos de fondo y que cuando llegue el momento el teléfono no le impida acariciarse.
Le explica detalladamente como es el salón y lo que contiene, incluyendo lo que su vista alcanza a través de la ventana, para terminar diciéndole que está desnuda sobre el sofá. La voz de Berto se va tornando ronca a medida que relata sus deseos, las caricias imaginarias que le prodiga, la excitación que hace crecer su polla. Las palabras van subiendo de tono, le grita obscenidades… Las manos de Socorro se afanan en el coño abierto y empapado, sus dedos se deslizan y se hunden profundamente en la vagina. Ha empezado a darse palmetazos fuertes en el culo y los restallidos que provocan llegan nítidos a oídos de Berto. Su mano aprieta con fuerza la polla inflamada mientras se mueve rítmicamente arriba y abajo. Socorro ha empezado a insultarle: cabrón, eres un marica de mierda, métemela más fuerte hijo de puta, méteme esa polla ridícula, quiero que me ahogues con ella, vamos cabronazo, empuja, empuja… Y entre gritos y gemidos, se corren los dos a un tiempo.
Antes de despedirse, Socorro escucha su propia voz entrecortada como si se tratase de otra persona: “Quiero que me mandes fotos mientras te pajeas y a lo mejor, recibes un premio”… y cuelga.
Esta mañana, al abrir el correo, se encuentra con una extensa carta y las fotos de Berto masturbándose. Una docena de fotos desde todos los ángulos, incluyendo su rostro transfigurado por el deseo y el goce. Mirándolas, vuelve a masturbarse hasta correrse.
Es sábado y Socorro se ha levantado muy temprano, tiene cosas que hacer. Después de pasear a Otto y jugar un rato con él en el jardín, sale de compras. Primero se hace con una cámara de video moderna y de buena calidad. Le apetece pasar por el sex-shop y comprar algunos juguetes sexuales, consoladores y esas cosas, pero en el último momento no puede vencer su timidez y desiste.
Pasea malhumorada por el supermercado, llamándose idiota mil veces en silencio, por no tener el valor suficiente para hacer lo que desea, cuando su mirada se queda atrapada en unos largos y gruesos calabacines en la sección de verduras. Una sonrisa se dibuja en su rostro cuando escoge dos o tres y los mete en una bolsa. A la salida, antes de pagar, echa al carro con disimulo una caja de preservativos de los más grandes que encuentra. Aun le queda otra compra por hacer y de camino a casa entra en un bazar de todo a 100 y escoge unas velas de distintos tamaños y grosores.
Cuando llega se encuentra con unos cuantos mensajes de Berto que deja sin respuesta, mientras se dispone a preparar meticulosamente el escenario de rodaje.
Le asalta un ligero temor: aun cuando enfoque la cámara estratégicamente hacia su sexo, no podrá evitar que al menos la parte inferior de su cuerpo sea visible. Pero está casi convencida que a estas alturas tiene a Berto lo suficientemente interesado para que no de demasiada importancia a sus medidas. Pudo comprobarlo a principio de semana cuando tuvo que ausentarse para acudir al entierro de una vieja tía, hermana de su madre, que murió en el pueblo. Se vió obligada a apagar el móvil porque él la bombardeó a llamadas, y cuando regresó sus mensajes desbordaban el correo. Él no puede pasar sin su ración diaria de sexo, lo tiene bien cogido por los huevos, y eso hace que Socorro se sienta importante para alguien por primera vez en su vida.
Le gusta la idea que ha tenido al comprar la cámara, el movimiento, los gestos, el sonido… hará esas sesiones de sexo mucho más satisfactorias.
El amante más fiel
Es mi deber advertir que este relato es un poco fuerte y puede herir alguna sensibilidad. Se va haciendo más explícito según avanza la historia. También es un poco largo, así que lo cuelgo por partes.

El amante más fiel (I)
Socorro es una mujer corriente, marcada por una excesiva timidez. Cumplidos con creces los cuarenta aun permanece soltera y sin compromiso, cosa que hace algunos años la había tenido obsesionada, pero después de algún que otro fallido intento de encontrar pareja, se convenció que así estaba mucho mejor y ahora ya no echaba de menos alguien con quien compartir su vida.
Su físico carecía de atractivo. Era bajita y regordeta, con piernas ajamonadas y la cara redonda igual que una torta aplastada en la que sólo llamaban la atención unos preciosos ojos verdes con reflejos dorados que lucía con orgullo desde hacía unos años, en que por fin, había decidido cambiar sus feas gafas por unas invisibles lentillas. Eso y una preciosa voz altamente sensual, con la que bien hubiera podido ganarse la vida en las líneas calientes, era lo único que podía llamar la atención de los demás. Si cerrabas los ojos cuando Socorro hablaba podías imaginar fácilmente que la dueña de ese aterciopelado sonido era una mujer llena de atractivo.
Y por si fuera poco, le faltaba el nombrecito de marras, otro motivo más que utilizaban sus compañeros de instituto para burlarse de ella. Durante muchos años sintió un odio tremendo hacia sus progenitores por haber elegido semejante apelativo, aun hoy cuando era pronunciado en público, como en la última revisión ginecológica cuando la enfermera la llamó en voz alta, podía atisbar alguna sonrisa mal disimulada, lo que hacía que su rostro adquiriese la tonalidad de un tomate en plena madurez.
Pero la vida, por una vez, le brindó la oportunidad de vengarse de ellos. Primero fue su padre, muerto hacía algunos años y al que incineró a sabiendas que él deseaba ser enterrado en el cementerio del pueblo. Era una burda venganza, pero Socorro pensaba que si había otra vida en el más allá, su padre estaría rabiando para toda la eternidad. Su madre poco tuvo que decir con aquella enfermedad degenerativa que estaba destruyéndola a la carrera. Nada más morir su padre, vendió el piso en el que vivían desde que se habían trasladado del pueblo, hacía casi cuarenta años. Era un piso cutre, diminuto y oscuro, con las paredes empapeladas de un horrible papel estampado con flores inmensas y muebles de fornica, en un barrio marginal y sucio. No le dieron mucho por él, pero en cambio sacó un buen pico por la vieja casona del pueblo. Ahora estaba de moda el turismo rural y el ayuntamiento de aquel pueblucho perdido de la mano de Dios estaba invirtiendo lo poco que tenía en promocionarlo.
Así que con todo el capital que había conseguido se compró un precioso chalet en una cuidada urbanización, con su pequeño jardín en la parte de atrás, al tiempo que internaba a su madre en una residencia. Ella no podía hacerse cargo de su cuidado y, al fin y al cabo, tampoco había recibido mucho afecto de ellos. No le remordía la conciencia. Hacía dos inviernos que la buena mujer había pasado a mejor vida aquejada de una fuerte neumonía y Socorro se había quedado sola. Bueno, sola no, compartía su vida con Otto, un precioso pastor alemán que encontró el verano pasado, seguramente abandonado por sus dueños. El animal era su mejor compañía.
Hace un tiempo que Socorro oye a sus compañeros de trabajo hablar sobre lo fácil que es relacionarse por Internet, y el gusanillo de la curiosidad empieza a cosquillear en su mente. Tiene un pequeño capital y hace mucho que no se permite ningún capricho por lo que decide comprarse un ordenador de última generación y probar ese fantástico mundo del que todos hablan. Sabe manejarlo pues es su herramienta de trabajo, pero nunca se le había ocurrido tener uno en casa.
Una vez instalado se pone manos a la obra. Abre una cuenta de correo y se dispone a crear un perfil para mostrarse en el mundo virtual. Miente, miente descaradamente. Total, nadie se va a enterar y por una vez puede sentirse una mujer hermosa y deseada por los hombres. No pasan muchos días cuando empieza a recibir mensajes con nicks claramente alusivos al sexo. Conecta con algunos vía Messenger pero sin demasiada convicción, por pasar el rato. En su mayoría son hombres con los que la conversación se vuelve aburrida y repetitiva, y lo que en un principio le excita, por lo novedoso, no tarda mucho en convertirse en un coñazo. Hasta que aparece Berto.
Berto es un hombre algo mayor que ella, confiesa tener cincuenta y dos años. Y desde el primer momento Socorro se siente atraída por su saber estar y su conversación que hace patente la amplia cultura que posee. Es teniente del ejército del aire, destinado en la actualidad a trabajos administrativos, pero que ha prestado servicios en distintas partes del mundo durante su vida militar. En poco tiempo sus conversaciones empiezan a adquirir tintes de flirteo con alusiones explícitas al sexo. Él le envía algunas fotos y a Socorro le parece un hombre realmente atractivo, delgado y con un cuerpo que aun se mantiene joven. Ella pasa dos días buscando alguna imagen en Internet que pueda enviarle. Ni loca le mandaría una foto suya. Después de visitar montones de páginas encuentra una de modelos de peinados de un lejano país del Este que confía Berto no pueda encontrar. De todas formas, piensa, siempre puede decirle que ha hecho algunos trabajos para alguna agencia de publicidad.
Pronto empiezan a hablar claramente de sexo y a excitarse mutuamente hasta llegar a la masturbación. Todo se desarrolla sin cámaras, valiéndose únicamente de la palabra escrita a través de infinidad de correos y conversaciones por el Messenger. Berto hace gala de una tremenda y variada sexualidad, en sus correos la insta a utilizar palabras soeces, a comportarse en ocasiones como una puta… insultándola. Otras, por el contrario, le pide a ella que le humille, que le trate con desprecio y crueldad. Le ordena salir a la calle sin ropa interior, a excitar a hombres y mujeres, y a follar con el primero que se cruce en su camino para después contárselo a él. Socorro, por su parte, da rienda suelta a su imaginación y ha desarrollado fácilmente una increíble capacidad para describir en sus escritos escenas altamente eróticas descritas con todo lujo de detalles, que hacen que acabe masturbándose, mientras las lee para corregir los posibles errores que le han podido pasar desapercibidos, y que sabe que llevan a Berto al mismo estado de excitación.
Se pasa el día inventando historias sin el valor suficiente para llevarlas a la práctica.
Hoy, Berto, ha dado un paso más, en su último correo le da su número de teléfono y le lanza un guante: ¿te atreves a llamarme?...

El amante más fiel (I)
Socorro es una mujer corriente, marcada por una excesiva timidez. Cumplidos con creces los cuarenta aun permanece soltera y sin compromiso, cosa que hace algunos años la había tenido obsesionada, pero después de algún que otro fallido intento de encontrar pareja, se convenció que así estaba mucho mejor y ahora ya no echaba de menos alguien con quien compartir su vida.
Su físico carecía de atractivo. Era bajita y regordeta, con piernas ajamonadas y la cara redonda igual que una torta aplastada en la que sólo llamaban la atención unos preciosos ojos verdes con reflejos dorados que lucía con orgullo desde hacía unos años, en que por fin, había decidido cambiar sus feas gafas por unas invisibles lentillas. Eso y una preciosa voz altamente sensual, con la que bien hubiera podido ganarse la vida en las líneas calientes, era lo único que podía llamar la atención de los demás. Si cerrabas los ojos cuando Socorro hablaba podías imaginar fácilmente que la dueña de ese aterciopelado sonido era una mujer llena de atractivo.
Y por si fuera poco, le faltaba el nombrecito de marras, otro motivo más que utilizaban sus compañeros de instituto para burlarse de ella. Durante muchos años sintió un odio tremendo hacia sus progenitores por haber elegido semejante apelativo, aun hoy cuando era pronunciado en público, como en la última revisión ginecológica cuando la enfermera la llamó en voz alta, podía atisbar alguna sonrisa mal disimulada, lo que hacía que su rostro adquiriese la tonalidad de un tomate en plena madurez.
Pero la vida, por una vez, le brindó la oportunidad de vengarse de ellos. Primero fue su padre, muerto hacía algunos años y al que incineró a sabiendas que él deseaba ser enterrado en el cementerio del pueblo. Era una burda venganza, pero Socorro pensaba que si había otra vida en el más allá, su padre estaría rabiando para toda la eternidad. Su madre poco tuvo que decir con aquella enfermedad degenerativa que estaba destruyéndola a la carrera. Nada más morir su padre, vendió el piso en el que vivían desde que se habían trasladado del pueblo, hacía casi cuarenta años. Era un piso cutre, diminuto y oscuro, con las paredes empapeladas de un horrible papel estampado con flores inmensas y muebles de fornica, en un barrio marginal y sucio. No le dieron mucho por él, pero en cambio sacó un buen pico por la vieja casona del pueblo. Ahora estaba de moda el turismo rural y el ayuntamiento de aquel pueblucho perdido de la mano de Dios estaba invirtiendo lo poco que tenía en promocionarlo.
Así que con todo el capital que había conseguido se compró un precioso chalet en una cuidada urbanización, con su pequeño jardín en la parte de atrás, al tiempo que internaba a su madre en una residencia. Ella no podía hacerse cargo de su cuidado y, al fin y al cabo, tampoco había recibido mucho afecto de ellos. No le remordía la conciencia. Hacía dos inviernos que la buena mujer había pasado a mejor vida aquejada de una fuerte neumonía y Socorro se había quedado sola. Bueno, sola no, compartía su vida con Otto, un precioso pastor alemán que encontró el verano pasado, seguramente abandonado por sus dueños. El animal era su mejor compañía.
Hace un tiempo que Socorro oye a sus compañeros de trabajo hablar sobre lo fácil que es relacionarse por Internet, y el gusanillo de la curiosidad empieza a cosquillear en su mente. Tiene un pequeño capital y hace mucho que no se permite ningún capricho por lo que decide comprarse un ordenador de última generación y probar ese fantástico mundo del que todos hablan. Sabe manejarlo pues es su herramienta de trabajo, pero nunca se le había ocurrido tener uno en casa.
Una vez instalado se pone manos a la obra. Abre una cuenta de correo y se dispone a crear un perfil para mostrarse en el mundo virtual. Miente, miente descaradamente. Total, nadie se va a enterar y por una vez puede sentirse una mujer hermosa y deseada por los hombres. No pasan muchos días cuando empieza a recibir mensajes con nicks claramente alusivos al sexo. Conecta con algunos vía Messenger pero sin demasiada convicción, por pasar el rato. En su mayoría son hombres con los que la conversación se vuelve aburrida y repetitiva, y lo que en un principio le excita, por lo novedoso, no tarda mucho en convertirse en un coñazo. Hasta que aparece Berto.
Berto es un hombre algo mayor que ella, confiesa tener cincuenta y dos años. Y desde el primer momento Socorro se siente atraída por su saber estar y su conversación que hace patente la amplia cultura que posee. Es teniente del ejército del aire, destinado en la actualidad a trabajos administrativos, pero que ha prestado servicios en distintas partes del mundo durante su vida militar. En poco tiempo sus conversaciones empiezan a adquirir tintes de flirteo con alusiones explícitas al sexo. Él le envía algunas fotos y a Socorro le parece un hombre realmente atractivo, delgado y con un cuerpo que aun se mantiene joven. Ella pasa dos días buscando alguna imagen en Internet que pueda enviarle. Ni loca le mandaría una foto suya. Después de visitar montones de páginas encuentra una de modelos de peinados de un lejano país del Este que confía Berto no pueda encontrar. De todas formas, piensa, siempre puede decirle que ha hecho algunos trabajos para alguna agencia de publicidad.
Pronto empiezan a hablar claramente de sexo y a excitarse mutuamente hasta llegar a la masturbación. Todo se desarrolla sin cámaras, valiéndose únicamente de la palabra escrita a través de infinidad de correos y conversaciones por el Messenger. Berto hace gala de una tremenda y variada sexualidad, en sus correos la insta a utilizar palabras soeces, a comportarse en ocasiones como una puta… insultándola. Otras, por el contrario, le pide a ella que le humille, que le trate con desprecio y crueldad. Le ordena salir a la calle sin ropa interior, a excitar a hombres y mujeres, y a follar con el primero que se cruce en su camino para después contárselo a él. Socorro, por su parte, da rienda suelta a su imaginación y ha desarrollado fácilmente una increíble capacidad para describir en sus escritos escenas altamente eróticas descritas con todo lujo de detalles, que hacen que acabe masturbándose, mientras las lee para corregir los posibles errores que le han podido pasar desapercibidos, y que sabe que llevan a Berto al mismo estado de excitación.
Se pasa el día inventando historias sin el valor suficiente para llevarlas a la práctica.
Hoy, Berto, ha dado un paso más, en su último correo le da su número de teléfono y le lanza un guante: ¿te atreves a llamarme?...
Tras la persiana...
... miro la vida pasar y ella corre veloz sin darme apenas tiempo para saborearla. Se me escurre entre los dedos y me deja tan sólo pequeñas huellas de su paso. Algunas son profundas, cicatrices del alma que jamás se cierran y que de tanto en tanto me recuerdan como fue que están ahí y cuánto me costó acostumbrarme a ellas. Otras, las más, son simples arañazos que dejan finas líneas blancas en la piel. Escaramuzas que incluso me hacen sonreír al recordarlas. Me pregunto el por qué de su carrera... si no va a ninguna parte.

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PD: Pablo A., Iván... gracias por vuestros buenos deseos.

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Proyectos... o algo así
Anoche, en el post anterior, quería colgar una canción. Pero mi castpost no quiso funcionar, o mi ordenador, no sé... cualquiera de ellos hizo imposible mi deseo. Y hoy ya pasó su tiempo. Así es con casi todo, si no se hace en el momento... deja de tener sentido.
He pensado que voy a espaciar un poco mis entradas en el blog. No, no es que me haya cansado de escribir, creo que tengo cuerda para rato, escribir se convirtió en una necesidad casi física. Lo que ocurre es que tengo en mente otros proyectos, tonterías que quizá se me olviden dentro de un tiempo, pero es ahora cuando quiero meterles el diente.
Uno tiene que ver con Internet y algún día vendré a contarlo, tanto si funciona como si no es así. Es una especie de reto, como cuando empecé este blog hace ya año y medio ¡quién me iba a decir a mí que colgaría cientos de relatos y tendría miles de lectores! realmente pensé que me cansaría a los cuatro días. Pero no, este espacio es hoy por hoy el sitio donde me siento bien.
El otro proyecto es retomar la historia de la Vieja Puta "Esperanza". Volví a ella hace unos meses con muchas ganas, y me enfrié de nuevo. Seguramente no era el momento, o no me sentí lo suficientemente motivada... vaya usted a saber. El caso es que me he propuesto terminarla, demostrarme a mí misma que soy capaz de hacerlo, aunque luego duerma en un cajón toda la eternidad.
Bien, pues eso es todo.
No, falta algo. Hoy sí que funciona el Castpost y he descubierto una cantante, una mujer de color que canta copla. No es que la copla sea mi música favorita, ni mucho menos, pero hoy he leído un artículo sobre ella y ha llamado mi atención. Se llama Concha Buikas y acabo de escuchar esta versión que hace del clásico "Nostalgias", una canción que también me trae bellos recuerdos.
Espero que la disfrutéis.

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He pensado que voy a espaciar un poco mis entradas en el blog. No, no es que me haya cansado de escribir, creo que tengo cuerda para rato, escribir se convirtió en una necesidad casi física. Lo que ocurre es que tengo en mente otros proyectos, tonterías que quizá se me olviden dentro de un tiempo, pero es ahora cuando quiero meterles el diente.
Uno tiene que ver con Internet y algún día vendré a contarlo, tanto si funciona como si no es así. Es una especie de reto, como cuando empecé este blog hace ya año y medio ¡quién me iba a decir a mí que colgaría cientos de relatos y tendría miles de lectores! realmente pensé que me cansaría a los cuatro días. Pero no, este espacio es hoy por hoy el sitio donde me siento bien.
El otro proyecto es retomar la historia de la Vieja Puta "Esperanza". Volví a ella hace unos meses con muchas ganas, y me enfrié de nuevo. Seguramente no era el momento, o no me sentí lo suficientemente motivada... vaya usted a saber. El caso es que me he propuesto terminarla, demostrarme a mí misma que soy capaz de hacerlo, aunque luego duerma en un cajón toda la eternidad.
Bien, pues eso es todo.
No, falta algo. Hoy sí que funciona el Castpost y he descubierto una cantante, una mujer de color que canta copla. No es que la copla sea mi música favorita, ni mucho menos, pero hoy he leído un artículo sobre ella y ha llamado mi atención. Se llama Concha Buikas y acabo de escuchar esta versión que hace del clásico "Nostalgias", una canción que también me trae bellos recuerdos.
Espero que la disfrutéis.

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Madrid

Hoy quería hablar de Madrid. En realidad hace días que quería hacerlo, y no sé por qué lo he ido dejando. Supongo que porque yo escribo de lo que en cada momento me pide el cuerpo y ahora, a estas horas me lo estaba pidiendo.
Dicen que “de Madrid al cielo”, y… bueno, no sé si diría yo tanto, entre otras cosas porque no estuve nunca en el cielo y no sé si el dicho es bueno o malo. Tampoco vi ninguna línea de metro con ese destino... tendré que fijarme la próxima vez. El caso es que hace dos semanas estuve en Madrid. Poco, muy poco tiempo, llegué viernes por la tarde y me marché el domingo a mediodía, así que el único día aprovechable fue el sábado.
Tenía ganas de volver. Cuando niña, en los viajes familiares en tren hacia Asturias, casi siempre teníamos que pasar el día en la capital, o la noche. Cuando llegábamos allí por la mañana procedentes de Valencia, y teníamos que esperar hasta la noche para poder coger el tren hacía el Norte, para mí era una fiesta.
Tengo algunas anécdotas, como cuando me perdí en la estación del Norte siendo muy niña. Tendría 4 ó 5 años, y en realidad no me perdí, sólo me despisté mirando un chirimbolo de esos llenos de postales. Mis padres iban a toda prisa cargados de maletas a subir al tren y no se dieron cuenta de que yo me había parado. Fueron unos segundos, pero cuando levanté la mirada, me encontré rodeada de desconocidos. No sé como tuve la serenidad de quedarme allí quieta, supongo que por lo mucho que mi padre nos lo había recalcado siempre: “si os perdéis, no os mováis del sitio”. Y eso hice. Al momento vi acercarse a mi padre, en su cara se reflejaba la angustia y el enfado. Me libré de una bronca, creo que el encontrarme allí quieta y con cara de susto le quitó las ganas de reñirme. Otra vez me caí en pleno parque del Retiro, en medio de un charco de agua y tuvimos que ir a toda prisa a por las maletas que teníamos en la consigna de la estación para que pudiese cambiarme de ropa.
Cuando pasábamos allí la noche, siempre nos quedábamos en la misma pensión. Un sitio muy sencillo y limpio. Recuerdo que tenía un solo baño por cada piso en donde había 5 ó 6 habitaciones, así que teníamos que madrugar para poder entrar todos y no perder el tren.
Siendo ya más mayor, tendría 20 años más o menos, volví a Madrid con las compañeras de trabajo. Era cuando trabajaba en una empresa bastante importante y habían comprado los primeros ordenadores personales, de la marca Olivetti. Estuvimos una semana para aprender su funcionamiento. Por el día teníamos el cursillo, pero por la noche no parábamos. Fuimos a ver una obra musical que estuvo muchos años en cartel: “El diluvio que viene”. Y fue la primera vez que entré en un “garito” donde actuaban travestis… eran otros tiempos.
Esta vez estuve visitando los edificios más emblemáticos, no tenía demasiado tiempo. Me gusta Madrid. No tuve la sensación de agobio de una gran ciudad. Supongo que debido, en gran parte, a que era fin de semana y verano. Pero aun así, creo que es una ciudad que dispone de muchas zonas con grandes árboles, y amplios espacios de jardines y parques. Cuando entro en ellos tengo la sensación de penetrar en otro mundo. Es como si salieras de la ciudad, hasta el ruido desaparece, y se respira tranquilidad. Me manejé estupendamente con el metro, es sencillo y rápido.

Mi viaje se debía, sobre todo, a la visita que tenía prometida hace ya tiempo a mi sobrina, que vive allí desde hace un año. La encontré feliz y cómoda, y eso fue lo más importante. Volveré con más tiempo porque hay mucho que ver y que disfrutar.
Y me gustan sus semáforos que imitan el piar de los pájaros (no se me podía olvidar).
Hablando de placeres
Hummmmmm!!! tenía que haberlo hecho antes... ¿qué digo antes? muchísimo antes... es un placer de dioses y de diosas (no me vayan a decir que ando discriminando). Hace un mes que quiero que me lo hagan, pero he ido dejándolo y dejándolo, hasta que me he dicho: "de hoy no pasa". Y lo he hecho... mejor... he dejado que me lo hicieran.
Pero ¿qué estáis pensando?
Me explico, porque sé yo que algunas cabecitas ya deben andar algo... ¿calientes? por decir algo. Pues no, no es eso que estáis imaginando.
Hace ya un tiempo que mi hermana me dió el teléfono de una PODOLOGA que ella conoce y que te deja los pies como nuevos. Por si fuera poco, visita a domicilio. Así que ahí me tenéis, tirada en el sofá, tomándome un café helado, fumándome un cigarro, y poniendo mis pies... en sus manos.
Ya sabéis como se ponen ahora en verano. Tanto andar con sandalias o chancletas se quedan ásperos y llenos de durezas, por lo menos los míos que son muy delicados ellos.
¡Qué maravilla! me los ha dejado suaves como los de un bebé. Si pudiera me dan ganas de besarlos... a ver... uffff... ¡ay!... uffff.... ¡¡¡¡¡lo conseguí!!!!!. Casi me hago un nudo... voy a repetirlo, que me ha gustado. Si tardo unos días en escribir es que me quedé "enganchada" del lumbago, que una ya no es lo que era...

Pero ¿qué estáis pensando?
Me explico, porque sé yo que algunas cabecitas ya deben andar algo... ¿calientes? por decir algo. Pues no, no es eso que estáis imaginando.
Hace ya un tiempo que mi hermana me dió el teléfono de una PODOLOGA que ella conoce y que te deja los pies como nuevos. Por si fuera poco, visita a domicilio. Así que ahí me tenéis, tirada en el sofá, tomándome un café helado, fumándome un cigarro, y poniendo mis pies... en sus manos.
Ya sabéis como se ponen ahora en verano. Tanto andar con sandalias o chancletas se quedan ásperos y llenos de durezas, por lo menos los míos que son muy delicados ellos.
¡Qué maravilla! me los ha dejado suaves como los de un bebé. Si pudiera me dan ganas de besarlos... a ver... uffff... ¡ay!... uffff.... ¡¡¡¡¡lo conseguí!!!!!. Casi me hago un nudo... voy a repetirlo, que me ha gustado. Si tardo unos días en escribir es que me quedé "enganchada" del lumbago, que una ya no es lo que era...

Animándome
Hace un calor que funde los plomos y no puedo dormir. Estoy hecha unos zorros (no vayamos a confundir con una zorra), sudada y apestosa. Y no es que no me duche, ojo, que hoy ya llevo tres (tres duchas), pero es que por aqui una se pasa el día entero sudando... "estic ameraeta" que dicen las marujas del pueblo.
Total, que para animarme un poco, a mi misma mismamente, me he cogido una tarrina de medio kilo de helado de nueces... ¡diosssss! que bueno está. Lástima que el medio kilo se me va a poner enterito en el culo, como si lo viera, pero un día es un día. Y hoy me hacía mucha falta.
Después de la alegría gustativa, me he dado otra visual. Y es que me gusta este hombre, tiene un no sé que, un qué se yo, que me pone un montón. Me gustaba antes, así en joven, y me gusta ahora, ya madurito. Sí, ya sé que muchos hombres piensan "pues no sé yo qué tiene este tío,si parece mariquita"... como si lo oyera ú oyese. Quizá sea ese punto de ambigüedad de que hace gala y que ha sabido explotar tan bien, lo que me gusta... ¡qué no haría yo a solas con él!. Y líbreme dios de malos pensamientos... que no estoy pa ná.
Lo disfruten.
Total, que para animarme un poco, a mi misma mismamente, me he cogido una tarrina de medio kilo de helado de nueces... ¡diosssss! que bueno está. Lástima que el medio kilo se me va a poner enterito en el culo, como si lo viera, pero un día es un día. Y hoy me hacía mucha falta.
Después de la alegría gustativa, me he dado otra visual. Y es que me gusta este hombre, tiene un no sé que, un qué se yo, que me pone un montón. Me gustaba antes, así en joven, y me gusta ahora, ya madurito. Sí, ya sé que muchos hombres piensan "pues no sé yo qué tiene este tío,si parece mariquita"... como si lo oyera ú oyese. Quizá sea ese punto de ambigüedad de que hace gala y que ha sabido explotar tan bien, lo que me gusta... ¡qué no haría yo a solas con él!. Y líbreme dios de malos pensamientos... que no estoy pa ná.
Lo disfruten.
Au revoir

Me irrito, me agobio, me canso, me quemo.
Uno detrás de otro, se me han escapado
todos los colores. Vivo en blanco y negro.
Alegres fantasmas de tiempos pasados
se han puesto de acuerdo. Y vienen a verme.
En días alternos, me traen sus recuerdos.
¿Por qué no me dejan vivir mi presente?
Aparecen siempre como esas visitas
que llegan a casa con un regalito,
o el postre, o el vino… sin que les invites.
Si les digo quedo con mi voz más dulce
que no quiero verles, se me ponen tristes.
Llorando preguntan : ¿ya te has olvidado?
¿es que no nos quieres? ¿quien te hace feliz?.
Así que me enfado, les grito, les miento a sus madres,
juro y digo tacos como un carretero,
apelan entonces a mi corazón,
sollozan, suplican, gimen, patalean
como niños chicos con una rabieta.
Me conocen bien y saben que aun tienen
un pequeño hueco en mi corazón.
Y quiero marcharme lejos, muy, muy lejos
hacia el Polo Norte, con los esquimales.
Entre el blanco hielo, focas y pingüinos
y alguna ballena con botas gigantes.
Quiero que ese duende que en sueños,
de noche, viene a visitarme.
me baje la luna y la ate, bien fuerte,
frente a mi ventana… que no se me escape.
Que pinte mi pálida piel con colores:
rojos, amarillos, azules y verdes,
naranjas, añiles, marrones y malvas.
Colores de guerra, de amor, de deseo,
de fuertes pasiones sin domesticar.
¡Largaos fantasmas! no volváis jamás.
No hagáis que me irrite, me agobie,
me canse y me queme.
Ya os he avisado ¿estamos? Au revoire.
