Quien me lo iba a decir

Quién me lo iba a decir a mí, catadora de hombres, lujuriosa, siempre a la búsqueda del placer fácil, puro y duro, puta por vocación y por ovarios, pisoteando amores, sentimientos, cansada de amantes que no se daban cuenta que su tiempo acababa en el mismo momento que el polvo compartido, en el coche, en una habitación de hotel, en cualquier parte. Amantes de cualquier edad, de todos los tamaños: pequeños, grandes, más grandes o medianos, rubios, morenos, pelirrojos o calvos. Nada era importante, sólo el placer de la conquista, el gusto por saberme deseada… y luego el abandono, olvidando nombres que nunca había aprendido, miradas, besos, frases susurradas.
Nadie nunca me habló de hombres que atesoran placeres, ocultos en las yemas de sus dedos. Con ojos como espejos profundos que al mirarte se vuelven transparentes y te devuelven la imagen más hermosa de ti misma, esa que sueñas que eres y no eres. Hombres de voz serena que jamás desfallece, mientras cuentan historias increíbles como una melodía hipnotizante. Y cuando besan, su saliva es la fuente del deseo inflamando los labios que se ofrecen abiertos y vencidos. Y te follan el alma hasta hacerla explotar convertida en infinitas luces de colores como el cielo en noche de verbena. Nadie me habló de ellos, pero existen.
No es fácil encontrarles. Pero a veces, creo yo que a causa del destino, te encuentras con alguno y sientes una extraña desazón en el ombligo. Y sabes que ha llegado. Nunca lleva equipaje, ni un cepillo de dientes, como aquel caminante que está sólo de paso por tu vida. Pero él se queda. Se queda para siempre, no hay alternativa.
No me hablaste de eso, madre. Quizá pensabas que no me iba a hacer falta. O quizá no sabías que existían. Ni la abuela, que con palabras sabias me enseñaba las infinitas formas en que el placer se hace dueño y señor de los sentidos, me relató jamás un hecho parecido. Y ahora yo no sé que hacer con él, con su eterna presencia.
Tengo el cuerpo plagado de espinas diminutas que ha ido clavando en mi piel con cada encuentro y cada despedida. No temas por mí, madre, que no duelen, son la medicina que mantienen con vida mis órganos vitales inyectándoles en dosis milimétricas el valor necesario para esperar con calma: el deseado abrazo, la caricia leve, el beso apasionado.
Nadie me habló de eso… no estaba prevenida.
Cansancio, desilusión, desamor...

Pintura: L.N. Rana
Se levanta tarareando una canción, con ganas de empezar un nuevo día. Está contento, feliz, ilusionado y no puede ocultarlo. Es como si hubiese tomado vitaminas milagrosas que le hacen sentirse joven, vital. Se va a la ducha silbando y allí bajo el chorro de agua caliente, vuelve a cantar como hace años que no hacía. Ya ves, y todo porque hoy va a conocer a la mujer con la que hace meses habla por el chat, la que se ha convertido en su mejor amiga, su confidente, a la que le ha abierto su corazón, a la que le ha contado sus miedos más profundos y sus sueños más celosamente guardados.
Si hace unos meses le hubieran dicho que algo así le iba a pasar, se habría echado a reír. No ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, le parece que hace ya mucho que se encontraba tan mal. Recuerda lo que le costaba levantarse en las mañanas, enfrentarse a un nuevo día, había anidado en él la desidia, el desánimo, no tenía fuerzas para nada. Acudía al trabajo y allí se ensimismaba en sus pensamientos, no paraba de darle vueltas a la cabeza ¿por qué se sentía así? No tenía ningún motivo. Y repasaba mentalmente, una y otra vez, su vida.
Tenía 48 años, y gozaba de muy buena salud. Siempre se había enorgullecido de no haber estado nunca en un hospital. Físicamente se conservaba bien, tenía algunas canas, pero no había perdido el cabello. Era alto y bien proporcionado. Salía a correr de vez en cuando por la urbanización donde vivía y una o dos veces a la semana jugaba al tenis con algún compañero de profesión. Así que esto le ayudaba a mantenerse en forma.
Era arquitecto, y le gustaba su profesión. Le costó mucho esfuerzo conseguirlo, provenía de una familia modesta, así que tuvo que trabajar y estudiar a un tiempo. Las becas que conseguía por sus excelentes notas también le ayudaron bastante. Ahora tenía un despacho con cuatro colaboradores y no le faltaban los encargos.
Estaba casado y tenía dos hijos. Sebastián, su hijo mayor, era psicoanalista y ya se había independizado, no le iba mal, estaba empezando a volar solo. Su hija, Laura, estaba estudiando en el extranjero, a punto de acabar Económicas. Ninguno de los dos le causaban grandes problemas, los típicos de la adolescencia, pero siempre habían sido buenos chicos.
Llevaba veinticuatro años casado, y lo hizo muy enamorado de su mujer. Y si lo pensaba, no podría decir cuando dejó de estarlo. Había sido algo muy lento, casi imperceptible. No es que ahora no la quisiera, no era eso, porque si a ella le pasaba algo, él no sabría que hacer, no quería pensarlo siquiera.
Poco a poco, habían ido alejándose, callando, su vida estaba llena de silencios. Y no es que no le gustasen los silencios, a veces, decían más que las palabras. No, no era eso, era como si los dos caminasen por la misma avenida pero en carriles distintos, separados por un gran seto que no los dejaba mirarse. Y no se encontraba con fuerzas para saltarlo.
Le parecía que habían evolucionado de manera distinta, antes les unían muchas ilusiones, ahora ni siquiera tenían los mismos gustos. Era como si ella se hubiese quedado anclada en el pasado, ya no la oía cantar por la casa, hacía siglos que no iban a bailar –a ella no le apetecía- prefería quedarse en casa mirando la televisión. Se había vuelto gris. No, no era que vistiera de gris, sino que él ya no la veía de colores, como antes.
Hacían el amor una o dos veces al mes, y últimamente hasta tenía problemas para excitarse, lo hacía casi para no perder la costumbre y ella no ponía mucho de su parte. En ese tema, siempre había sido muy “conservadora” y no había mostrado nunca demasiado interés por el sexo. Siempre era él el que insistía, le regalaba lencería sexy e intentaba que el juego del amor fuera atractivo, divertido y placentero para ambos. Pero, una y otra vez, se encontraba con la rigidez de siempre, así que también él se fue cansando.
En ocasiones pensaba si a ella también le pasaría lo mismo que le estaba pasando a él, pero parecía feliz, con su trabajo en el despacho de abogados, la bonita casa en la que vivían, sus compras de vez en cuando con amigas, las veladas que de forma regular, organizaban con otras parejas y los fines de semana tumbada en el sofá viendo la televisión.
Así transcurría la vida de Lorenzo. No sabía cuando empezó a darse cuenta, pero notaba que se le escapaba, se le escurría de los dedos como el agua. Ya no tenía bastante con el aliciente del trabajo, del que siempre había disfrutado. Se miraba en el espejo y se encontraba viejo, cansado. Pero no, no era algo físico, era mucho más complejo, una vejez que le nacía en el alma y que no sabía como quitarse de encima.
Un día se decidió, se sentó delante del ordenador y entró en un “chat”, estuvo charlando un rato pero, no le gustó demasiado la experiencia, mucha gente, todos hablando a la vez. Sí, podías tener conversaciones privadas pero le parecía un poco impersonal. No, decididamente, no le gustaba.
Un compañero le comentó que él había conocido a algunas personas a través de los perfiles. Había de todo en la red, pero se podía encontrar a gente con la que valía la pena entablar una amistad, todo depende de lo que busques. Así que, cuando llegó a casa se puso a ello. Creó su perfil, intentando ser lo más sincero posible, y mandó algunos mensajes a unos cuantos que le llamaron la atención o le gustaron.
Durante semanas estuvo conociendo a mujeres, chateando con ellas, y la verdad es que se divertía. Empezó a darse cuenta de lo fácil que era hablar de cualquier cosa con alguien casi desconocido y lo difícil que era hablar con su propia esposa. En su fuero interno sabía que eso es lo que tenía que hacer, hablar con su mujer y, si lo suyo no tenía remedio, acabar con esa farsa cuanto antes. Pero, ni el mismo se explicaba por qué no lo hacía. Era todo tan complicado. La quería pero ya no estaba enamorado, esa era la conclusión final a la que había llegado. Y suponía que a ella le pasaba lo mismo.
Con ninguna de las amigas que había ido conociendo en la red, quedó nunca para conocerse en persona. Charlaban, se contaban cosas, pero no sintió la necesidad de verse cara a cara. Al cabo de un tiempo a través de una de estas amigas, conoció a Angela.
El primer día que se saludaron, notó algo especial. Será una tontería –se dijo- sólo hemos intercambiado cuatro palabras. Estuvieron un buen rato hablando y a él se le paso el tiempo volando. No tenía ganas de cortar la conversación, pero al fin, fue ella la que se despidió, al día siguiente tenía que levantarse temprano y se les había ido el santo al cielo.
Angela vivía en su misma ciudad, tenía cuarenta y cinco años, era separada, trabajaba como enfermera en un hospital y solo tenía una hija, ya independiente. Era una mujer alegre, activa, sencilla, enamorada de su trabajo. Tenía una amplia cultura y podía hablar de cualquier tema. Había viajado bastante pues le gustaba conocer nuevas culturas y hacía amistades fácilmente. La gente la apreciaba por su saber estar y su disponibilidad para escuchar o dar un consejo o una opinión, según el momento.
Al día siguiente, Lorenzo se levantó un poco más animado que de costumbre. El día le pasó rápido, sumergido por completo en su trabajo, pero, se daba cuenta de que su nombre, Angela, le venía a la cabeza de cuando en cuando. La verdad es que estaba deseando llegar a casa y encontrarla al otro lado de la pantalla.
Y así, poco a poco, habían ido conociéndose, unas horas cada día tenían una cita delante del teclado. Más que contarse su vida, que también lo habían hecho, confesaron sus sentimientos, sus estados de ánimo. A veces Lorenzo sabía que ella había tenido un mal día, sólo por la forma en que escribía y, efectivamente, no se equivocaba. ¿Es posible conocer tanto a una persona sin mirarla a los ojos? ¿sin ver la expresión de su rostro? Estas preguntas se las hacía él una y otra vez. Y no encontraba la respuesta.
Lo único que sabía, es que su vida había dado un giro de 180 º.Se sentía joven, como un adolescente. Cuando estaba esperando que ella se conectase, le comía la impaciencia. Si ella le mandaba un mensaje al móvil dándole los buenos días, el corazón se le ponía a latir como desbocado.
El primer día que escuchó su voz, se quedó sin palabras, tartamudeaba como un colegial. Esa sensación era fantástica, y hacía tanto tiempo que no la sentía. Cualquier pequeña tontería le llenaba de ilusión. ¡Qué fácil era ser feliz! Y que difícil nos resulta a veces, pensaba.
Así que hoy es el gran día, se han citado para comer. Ni siquiera ha visto su foto, sólo sabe como es físicamente por lo que ella le ha dicho. Pero, no le importa, sea alta, baja, gorda, delgada, rubia, morena o pelirroja, será Angela, la mujer que le ha devuelto las ganas de vivir. Tampoco sabe qué va a pasar con ellos, con su relación. Y tampoco le importa, se ha dado cuenta de que puede tener ilusiones, volver a ser feliz, sentir el amor de nuevo… vivir, todo lo demás no importa.
Extraña pareja (Final)

Fotografía: Tomas Rusch
La boca de David que hociqueaba entre sus piernas, dándole suaves golpecitos en busca de su ración de fruta la devolvieron al presente…
Elena tomó un trozo de fruta y lo sujetó apenas entre los labios, David estiró el cuello y lo tomó con suavidad. Ella hizo lo mismo con el siguiente pedazo, pero esta vez, cuando el hombre estaba a punto de cogerlo, ella dejó que le cayese dentro de la boca dejándola entreabierta, por lo que él tuvo que introducir la lengua para poder hacerse con el jugoso bocado. Así continuaron un buen rato, jugando con la fruta, las bocas y las lenguas. Luego, la mujer se dejó caer un poco más en el sillón, echando el culo hacia fuera del asiento, abrió ligeramente el albornoz y se colocó un trozo pequeño en el ombligo. David fue bajando desde la boca, metiendo la cabeza por la abertura de la prenda, con la nariz pegada a la suave piel de los pechos de Elena hasta dar con el codiciado bocado. Lo olisqueó con detenimiento, lo lamió despacio como si no supiera de qué se trataba y lo cogió con la lengua, demorándose en el círculo del ombligo. Luego, lo saboreó con deleite y se quedó expectante en espera del siguiente bocado.
Ella le acarició suavemente la cabeza mirándole con ternura y él, agradecido y contento, se restregó contra su mano.
- Bien, ratoncito, muy bien, he guardado para el final los trozos más sabrosos ¿aún tienes hambre?
Él emitió unos sonidos alegres al tiempo que movía su cabeza arriba y abajo.
La mujer, entonces, comenzó a colocar pequeños trozos de fruta en los pliegues y recovecos de su sexo, mientras David jadeaba con la lengua fuera esperando a que ella le diese permiso para empezar la búsqueda. Cuando ella terminó, el hombre se lanzó con ansía entre sus piernas, empujándoselas con la cabeza para que ella fuese abriéndolas un poco más cada vez. Su lengua empezó a recorrer el sexo húmedo del que comenzaba a manar el flujo, fruto de la excitación y el deseo. Elena gemía y se retorcía de placer mientras la lengua de David hurgaba y se colaba por su vagina abierta, o con los labios atrapaba su clítoris inflamado y lo succionaba como si quisiera arrancarlo y engullirlo. En la habitación resonaron sus gritos de placer cuando se corrió en la boca del hombre, que levantó la cabeza para mirar absorto y feliz cómo gozaba su dueña. Su pene estaba hinchado y duro, palpitando, pero él permanecía impasible… a la espera.
- No, aún no tienes mi permiso – dijo Elena con un tono que no admitía réplica.
Bajó del sillón y se apoyó en el respaldo, de espaldas a David, con las piernas abiertas. Él empezó a olisquear su abierto trasero y a dar largos lametones alrededor de su ano, incidiendo cada vez más en su centro, hasta que la lengua empezó a abrirse paso por el oscuro orificio. David hacía tanta presión para penetrarla cada vez más profundamente que ella tenía que sujetarse fuerte para no irse hacia delante con su impulso. De improviso le apartó la cabeza y se dirigió hacia la jaula seguida por el hombre que correteaba a gatas tras ella. Se metió en la jaula y se colocó a cuatro patas, con David a su espalda.
- Hazlo, hazlo ahora, ahora quiero verte gozar – le dijo con voz ronca, mientras le cogía el pene y lo dirigía hacia su sexo chorreante.
Se deslizo fácilmente en la primera embestida, y con cada movimiento de empuje de David la rueda se movía produciendo un rítmico chirrido metálico que se hacía cada vez más rápido y constante. Ella sentía el pene de David, caliente, entrando y saliendo de su sexo mientras las caderas del hombre golpeaban sus nalgas con fuerza hasta que, en un momento, se quedó inmóvil, pegado a ella, y un grito agudo de placer llenó la habitación.
Elena sale de la jaula y abraza al hombre que mete la cabeza entre sus pechos.
- Ven, ratoncito, hoy quiero que duermas en mi cama, es el premio por lo bien que te portas.
Abandona la habitación y entra en el dormitorio. Mientras abre la cama, David espera en la puerta con las manos levantadas, deseoso por meterse en la cama con Elena. Ella se acuesta y le hace una seña con la mirada que es suficiente para que él la entienda. Se sube en la cama y se acurruca bajo los pies de su dueña.
- No, espera, lo he pensado mejor, ven un ratito aquí, a mi lado, tengo ganas de hablar y estoy incómoda si no te veo, apoya la cabeza aquí, en mi pecho, así, así está bien.
Permaneció un rato en silencio, mientras venían a su cabeza imágenes de todo lo que aconteció después de aquel encuentro en el bar. No recordaba muy bien cómo habían llegado a esa relación que les unía, David se fue convirtiendo poco a poco en su animalito fiel que hacía lo que ella deseaba, casi sin tener que mandárselo. Fue entonces cuando decidió que debían dejar de verse en pensiones de mala muerte y compró el apartamento. El dinero le sobraba y era una buena inversión, siempre podría venderlo cuando no le hiciese falta. Instaló a David con órdenes expresas (esta vez, sí) de que no debía salir a la calle, nadie podía adivinar que vivía allí. El hombre permanecía encerrado esperándola sin hacerle jamás ningún reproche, se le veía feliz en su absoluta soledad. Paulatinamente comenzó a dejar de pronunciar palabra alguna y a utilizar sonidos que ella pronto había empezado a descifrar, caminaba siempre a gatas y olisqueaba el aire haciendo los mismos movimientos con la nariz que un pequeño roedor. Un día, parada ante un escaparate de una tienda de mascotas, se quedó extasiada mirando a un precioso hamster que daba vueltas y más vueltas sin parar en una rueda giratoria. El pequeño animal se detuvo un momento y la miró alzando el hocico, a ella le recordó a David.
Durante varios días no dejó de pensar a quien acudir para que hiciese el trabajo de adecuar una habitación del apartamento al proyecto que tenía en la cabeza, hasta que se acordó de un joven emigrante ruso a quien le solía encargar pequeños trabajos con los que el hombre se ganaba la vida. Le ofreció un buen dinero y un trabajo para toda la vida en una de sus fábricas, lo suficientemente alejada para que ella no volviese a saber más de él, y por supuesto el ruso aceptó encantado. Primero colocó sobre las dos ventanas de la habitación una especie de persiana de láminas de metal engarzada en la pared que sólo permitía la entrada de la luz del día dependiendo de la posición en la que se colocasen. Después instalaron un sistema de ventilación que se conectaba cada cierto tiempo para oxigenar el ambiente. Luego vinieron los dispensadores automáticos de comida y agua, y el agujero de desagüe que servía como retrete y que facilitaba la limpieza de la habitación, colocaron los barrotes y el ruso fabricó la ruega giratoria gigante, que fue lo más laborioso.
David, mientras, contemplaba impasible toda esa actividad, sin preguntar nada. Cuando todo estuvo a punto, Elena entró en la habitación y se sentó en el sillón floreado. Él se quedó un momento sentado a sus pies, hasta que de pronto se levantó, se despojó de la ropa que fue dejando en el suelo formando un pequeño montón, traspasó la puerta de barrotes, entró en la rueda y empezó a hacerla girar. Así continuó durante mucho tiempo, el suficiente para que Elena se quedase dormida acunada por el rítmico sonido como si el hombre estuviese susurrándole una nana.
- ¿Sabes, ratoncito? – David se movió un poco como preparándose para escucharla – a veces, cuando estoy cansada del trabajo, harta de escuchar conversaciones ridículas, de discutir, de adular, cuando siento que no puedo más… pienso en ti. Pienso que si me pasa algo o decido un día no volver más, morirías de hambre y sed. Sólo yo tengo las llaves que pueden sacarte de aquí. Y me excito. Me excito tanto que mojo las bragas y acabo masturbándome allí mismo, encerrada en el despacho. Y es que siento que dependes de mí, que soy la dueña de tu vida y de tu muerte, ratoncito. Pero, en realidad, eres tú el que ha decidido que sea así, el que ha puesto su vida en mis manos consiguiendo con ello, al mismo tiempo, atraparme en tu jaula.
El hombre, restriega la cabeza en el pecho de Elena y acerca los labios arrugados al cuello de la mujer dándoles forma de un pequeño hocico mientras ella sigue acariciándole el pelo.
- Hueles bien, ratoncito – le dice, mientras hunde la nariz en su cabeza – creo que se que cualquier día dejaré todo lo que tengo, me olvidaré del trabajo, de la familia, de mi casa, y vendré aquí, contigo, rodaremos juntos en la rueda, alejados del mundo, tu y yo, ratoncito, solos tu y yo. Algún día lo haré, algún día…tengo sueño… ve a tu sitio, anda, deja que me duerma.
David mete la cabeza bajo las sábanas y gateando se acurruca a los pies de la mujer y los abraza, arrimándolos junto a su pecho. Al cabo de un momento… están durmiendo.
Extraña pareja (II)

Pintura: Marian Angulo
- Ven, anda, ven aquí – dice Elena aún con la sonrisa pintada en los labios – voy a ver si puedo deshacer esa maraña salvaje de pelo, ven, siéntate ahí.
Y le señala un lugar a los pies de un sillón de grandes flores que ocupa otra esquina de la habitación junto con una lámpara de pie y una pequeña mesa. David se coloca en su sitio mientras que ella sale de la habitación. Vuelve al momento llevando en la mano dos cepillos: uno de grandes púas para desenredar y otro de cerdas suaves. Se sienta en el sillón y David se coloca arrodillado entre sus piernas, dándole la espalda. Ella empieza a cepillar los largos cabellos muy despacio, abriendo los mechones apelmazados con sumo cuidado para no hacerle daño. Él permanece muy quieto profiriendo suaves sonidos guturales.
- Te he tenido medio abandonado estos días, ratoncito, no sabes cuánto lo siento y las ganas que tenía de venir. Te he echado tanto de menos, entre toda esa gente que no paraba de hablar y hablar, diciendo una tontería tras otra. Añoraba tu silencio. Mientras todos discutían y fumaban, gritando y hablando a la vez, gesticulando como locos, yo me evadía pensando en ti, en el sonido acompasado de tu rueda girando sin parar. Sabía que tenías agua y comida suficiente, no me preocupaba por ti, era puro egoísmo lo que sentía.
Cuando la mujer terminó con la tarea de arreglar la espesa melena, cogió el otro cepillo.
- Date la vuelta – le dijo – y comenzó a cepillarle la barba, mientras sentía los ojos de David clavados en ella.
Continuó por el pecho, le alzó los brazos para cepillar las axilas y luego empujó al hombre suavemente para que se tumbase en el suelo boca arriba. Entonces comenzó a peinar los rizos del pubis, jugueteando y enredándolos en sus dedos. El pene de David se irguió con las caricias, y ella le dio un suave golpe con el cepillo sonriendo con picardía. Él dejó escapar un corto y agudo chillido.
- Ya he terminado, ahora estás mucho mejor, ven conmigo, voy a preparar algo para la cena.
Salió de la habitación y se dirigió a la cocina seguida de cerca por David que daba pequeños saltitos alrededor de sus piernas. Sacó varias piezas de fruta de la nevera y empezó a cortarlas en dados y a echarlas en un bol de cristal. De vez en cuando dejaba caer algún trocito que él atrapaba al vuelo y engullía con ansia.
Cuando tuvo el bol lleno de frutas variadas volvieron a la habitación. David se metió en la jaula y Elena empezó a depositar trozos en el suelo delante de ella mientras retrocedía de espaldas hacia el sillón, como formando un camino por el que el hombre debía seguirla. Y así lo hizo él, iba tomando con la boca los pedacitos de fruta mientras seguía el sendero señalado por su ama hasta llegar al sillón en donde ella había tomado asiento. David levantó la cabeza olisqueando en busca del siguiente bocado hasta que lo vio posado en un pie de la mujer. Agachó la cabeza y empezó a lamer y a mordisquear los dedos antes de atrapar la jugosa fruta con la boca, luego continuó con el otro pie. Los trozos siguientes estaban esparcidos por los tersos muslos que temblaron visiblemente al sentir los labios y la lengua de David rozándolos suavemente.
Elena echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el respaldo del mullido sillón mientras dejaba que las sensaciones que David le provocaba con la lengua lamiendo sus piernas la envolviesen por completo. Pensó en el día en que se conocieron.
Había sido al final de un día agotador como hoy mismo, ella había salido muy tarde del despacho y no tenía ganas de ir a casa, una casa vacía y fría donde no la esperaba nadie. Dio vueltas y vueltas con el coche alejándose del centro de la ciudad hasta que se dio cuenta que no sabía muy bien donde estaba. Las calles por las que circulaba tenían toda la pinta de formar parte de uno de esos barrios de la periferia que ella nunca pisaba. De la puerta entreabierta de un garito situado en una estrecha calle, salía una nube espesa de humo de tabaco que envolvía y engullía la luz del rótulo luminoso dándole un aspecto extraño. Se apeó del coche y entró en el local. Era un pequeño bar atestado de gente, pero encontró una mesa vacía el fondo, en un rincón. Se sentó y pidió un vodka con naranja. Estaba observando la fauna diversa que pululaba a su alrededor, cuando una voz ronca y algo chulesca la sacó de sus pensamientos, al tiempo que sentía un aliento de olor dulzón y pegajoso muy cerca de su oreja:
- ¿Tienes fuego, nena?
Nunca nadie la había llamado nena, y no sabia por qué, la inundó una rabia tremenda contra aquel tipejo que había se había atrevido a hacerlo.
- Si se te ocurre volver a llamarme nena, te corto los huevos – le dijo apretando los dientes y mirándole directamente a los ojos.
El hombre, que no esperaba esa reacción por parte de lo que a él le había parecido una mujer buscando pasar un buen rato, retrocedió unos pasos sin dar crédito a lo que había escuchado. La mano en la que sostenía un vaso medio vacío, tembló ligeramente. Fue a decir algo, pero Elena le hizo callar con autoridad.
- Siéntate ahí y cállate.
A continuación llamó al camarero y le ordenó servir otra ronda de lo mismo que tomaba cada uno. Ambos se miraron en silencio. Elena observó al hombre con descaro como valorando lo que tenía al lado. No podía mostrar peor gusto en el vestir, parecía un chulo de barrio venido a menos, a mucho menos. Vaqueros ajustados marcando paquete, camisa brillante dejando al descubierto el pecho hasta casi la cintura, botines de bailaor de flamenco, pelo engominado peinado hacia atrás con largas patillas… Ella, después de observarlo un buen rato, no pudo reprimir la risa y estalló en carcajadas, se reía tanto y tan fuerte que pronto las lágrimas inundaron sus ojos. No podía parar. David no sabía cómo reaccionar, se daba cuenta que la mujer se estaba burlando de él en su cara, pero se sentía incapaz de hacer nada para parar aquella risa. Al rato se dio cuenta que también él había empezado a sonreír, y que su sonrisa se iba convirtiendo poco a poco en risa, contagiado por la hilaridad de su extraña acompañante.
(continuará)
Extraña pareja

Pintura: Janto Garrucho
David (Deivid como a él le gustaba llamarse) siempre pensó que a las mujeres se las manejaba a hostias. Ahora vive como un animal enjaulado a las órdenes de su diosa y lo más extraño es que jamás se sintió tan feliz.
Elena ha salido muy tarde del despacho, la dichosa reunión con los diseñadores se alargó demasiado. Cada vez está más harta de esos locos malcriados que se disputan el protagonismo en cada nueva colección, creyéndose únicos, como si inventasen algo nuevo y excepcional. Se sienten poco menos que indispensables y hay que mimarlos aguantando sus caprichos más ridículos. Por fin, el próximo desfile ha quedado más o menos encauzado dejándoles a todos satisfechos, aunque ella tiene la última palabra y en el momento decisivo hará lo que se le antoje.
Hoy pasará la noche en el apartamento, a fin de cuentas nadie la espera en casa. No tiene hijos a los que atender y su marido está de visita para inspeccionar una de las fábricas que tienen repartidas por medio mundo. Este mes tocaba la de la India, y seguro que aprovecha para follarse a alguna niña de las muchas que trabajan a sus órdenes, como si lo viera. La primera vez que visitó una de esas fábricas se sintió francamente mal al ver a todas esas criaturas encerradas en aquellas horribles naves cosiendo sin descanso. Luego se dio cuenta que en realidad las que allí trabajaban se sentían afortunadas si se comparaban con las que se prostituían por doquier. Y ella tampoco se iba a convertir de pronto en una madre Teresa, así que seguía en el negocio sin pensar en las manos que cosían aquellas prendas por las que pagaban una miseria y se vendían luego a precios desorbitados.
Abrió la puerta del apartamento y se dirigió al dormitorio donde se desnudó para darse una ducha que hiciese desaparecer el cansancio acumulado durante todos esos días de trabajo frenético. Cuando terminó se vistió con un suave albornoz y se calzó unas mullidas zapatillas a juego. Sacó unas llaves de su bolso y salió al pasillo. Justo enfrente de la habitación había una enorme puerta de metal acorazado. Metió la llave en la cerradura y la hizo girar varias veces mientras se escuchaba el ruido que hacían los cerrojos al descorrerse.
Un tufo a excrementos y orines le inundó la nariz al abrir la puerta, al mismo tiempo que escuchaba un sonido acompasado y metálico que cesó en el mismo instante en que ella penetró completamente en la estancia. Era una habitación grande y cuadrada, partida en dos por una reja de gruesos barrotes que iban desde el techo hasta el suelo. En su interior y en la esquina delantera izquierda se encontraba una especie de colchón cubierto de paja. Justo detrás, pegados a la pared, dos grandes dispensadores automáticos, uno con agua, y otro con una mezcla de frutos secos. En la parte derecha, también junto a la pared, un agujero sucio y amarillento salpicado de mierda y orines. En el centro de la jaula una enorme rueda giratoria para hamsters. Inmóvil, en medio de ella, a cuatro patas, un hombre desnudo, con barba y larga melena esperaba expectante.
- Vaya, estás hecho un asco – dijo Elena. Ven, acércate ¿no piensas saludar a tu ama?
A David se le iluminó el rostro. Salió de la rueda y se dirigió a cuatro patas hacia los barrotes a los que ella se había acercado. Elena alargó la mano entre ellos y él alzó la cabeza mientras se sentaba sobre los talones. Le lamía los dedos suavemente y restregaba su cara mientras ella le rascaba la barba.
- Basta, basta… ahora quédate quieto sobre el colchón mientras limpio toda esta porquería.
Se alejó de la jaula y descolgó una manguera de un gancho prendido en la pared. Apunto hacia el rincón donde el hombre hacía sus necesidades y un chorro de agua a presión empujó hacia el agujero toda la suciedad que salpicaba el suelo y la pared, dejándolo limpio en un momento. Después subió un poco la temperatura de la habitación con el mando a distancia del aire acondicionado y con un ligero movimiento de cabeza le indicó al hombre que se colocase bajo el chorro de agua. David, así lo hizo. Primero se colocó de espaldas, siempre a cuatro patas o levantando sólo las manos con los brazos flexionados. Luego se colocó en el suelo, boca arriba, con las manos y las piernas encogidas mientras ella iba enfocando el chorro de agua por las distintas partes de su cuerpo. El suelo de la habitación presentaba un pequeño declive hacia la esquina donde estaba el agujero, que estaba conectado a una gruesa tubería por donde se colaba el agua.
Cuando le pareció que estaba suficientemente limpio, Elena cerró el grifo del agua y conecto un pequeño aparato giratorio colgado del techo que despedía aire caliente para que todo se secase con rapidez. David se colocó debajo al tiempo que sacudía todo el cuerpo y cientos de diminutas gotas de agua salían despedidas hacía todas partes. Elena se tapaba la cara gritando y riéndose y a David escuchar su risa le alegraba el corazón… (continuará)
Conozca usted el mundo

Hoy he ido al teatro. He comprado un bono para tres representaciones de la nueva temporada el Teatro El Musical del Cabanyal. Está muy bien de precio: 30€, tres obras distintas.
A la que hoy he asistido (era el último día de representación) se titula: "Conozca usted el mundo", autora: Lluïsa Cunillé, dirigida por Paco Zarzoso y como reparto de actores: Lola López, Rosa López, Victoria Enguídamos y Paco Zarzoso.
La tragicomedia transcurre en un hotelucho de una pequeña ciudad, en la que los protagonistas en tres habitaciones contiguas mantienen conversaciones a través de las finas paredes que les separan. Como no se conocen, se inventan historias que nada tienen que ver con la realidad de sus vidas. Me recordó lo que ocurre con este nuevo medio de comunicación que es internet.
Así, la cantante de ópera que viaja de ciudad en ciudad cantando en la calle para sobrevivir, y que abandonó a su marido y una casa con jardín, les cuenta que va a debutar en la Scala de Milán. En la habitación de al lado, una ferroviaria obsesionada por un fatal accidente ocurrido cuando conducía un tren por culpa de los pasos a nivel sin barreras, se inventa que está dando la vuelta al mundo, ayudada por una guía que acaba de comprar "Conozca usted el mundo", se llama, cuando la realidad es que ha ido a esa ciudad para dejar al cuidado de su hermana, un periquito que siempre la acompaña, mientras ella va a su nuevo destino como maquinista en un tren de corto recorrido en Zurich. El tercero, es un especialista en cine que se encuentra allí rodando una película de vaqueros y que les dice ser el joven protagonista del western y que tiene además una preciosa novia belga. En realidad, todo le parece un asco (es una frase que repite a menudo).
La única forma de salir de la ciudad es en un expreso que pasa a medianoche en días alternos y los tres se vuelven a encontrar en la estación sin saber que son los mismos que compartieron hotel.
También aparecen en la obra: el fantasma de María Callas, una india extra de cine, y la hermana de la ferroviaria que no es otra que la jefa de estación.
Muy buenos los montajes con imágenes sobre el telón blanco, tras del cual se desarrollan todas las escenas en las habitaciones del hotel, dotándolas de una especie de neblina muy apropiada. Digna también de destacar, la música y las dotes para el canto que demuestra la actriz que hace el papel de cantante de ópera.
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Llego a casa. Me da la bienvenida el sonido conocido del televisor, que como cada domingo da cumplida información de los resultados de los partidos de la liga de fútbol.
¿Qué tal el teatro, cariño? ¿te has divertido? ¿fue buena la obra? ¿de qué iba la historia?... JA.
La pregunta, en realidad, fue: ¿Qué hay de cena?.
Fuí a la cocina sin responder, preguntádome tan sólo: ¿cuesta tanto mostrar un poquito de atención por los intereses de los demás? ¿es que yo no pregunto si ganó tal o cual equipo, si se lesionó fulanito, o si la película de vaqueros valió la pena? Lo confieso: no me importa una mierda todo eso, pero sí me importa y me interesa si los demás disfrutan con ello.
Mi último pensamiento mientras me disponía a preparar la cena, fue parecido al del pobre especialista de cine: "La vida, a veces, es un asco"... que le den.
