La colección (II)
Continuación del post anterior:
...
El camino hacia casa lo pasó maldiciéndose, por no fijarse en la matrícula del coche, por no haberla abordado de algún modo, por andar tan ensimismado en los zapatos, por haberlos perdido… bien, ahora no había nada que hacer. Sólo podía mantener la esperanza de volverla a encontrar mañana, o pasado, o cualquier otro día… quizá utilizaba regularmente esa línea y no se había fijado en ella hasta hoy. Ahora había tomado nota mentalmente de su aspecto y creía que podría reconocerla aún cuando no calzase los zapatos rojos.
Después de cenar, intentó llevar a cabo alguno de los planes que había barajado durante el trayecto en el metro, pero no conseguía concentrarse, estaba inquieto, irritado… era cerrar los ojos y aquellos zapatos aparecían como por arte de magia. Optó por tomar una de esas pastillas que le había recetado el médico para dormir y de las que sólo había hecho uso en muy contadas ocasiones. Se fue a la cama.
Se despertó cansado y de mal humor. Toda la noche la pasó soñando con la mujer. Ella yacía acostada sobre la mesa, inmóvil, mientras él la desnudaba lentamente. Recuerda como la había levantado para desabrocharle el sujetador apoyándola sobre su pecho, y luego había metido las manos bajo las nalgas para deslizar las bragas a lo largo de las piernas. Se había excitado al contemplarla totalmente desnuda calzada con los rojos zapatos. Como se había arrodillado y acariciado suavemente su piel brillante, para a continuación acercárselos a la nariz y aspirar su aroma. Luego había empezado a lamerlos y chuparlos mientras sentía como se endurecía su sexo. A continuación abrió las piernas de la mujer inmóvil y la penetró con furia. Dos o tres movimientos fueron suficientes para derramarse en su interior.
Quizá hoy tenga más suerte, pensó mientras bajaba las escaleras hacia el andén de la estación para volver a casa. Hacía siete días de su encuentro con la mujer de los zapatos rojos. Siete días de desasosiego, de insomnio, de sueños repetitivos que se desvanecían en el momento en que volvía a la realidad cotidiana. Maldita sea. Y por si fuera poco, este fin de semana tenía guardia. Siempre eran moviditas en verano. Maldita sea.
No le apetecía la ducha, así que se tumbó un rato en el sofá. Tenía que hacer algo para acabar con aquella obsesión. Se levantó y fue hacia la puerta cerrada medio oculta en una esquina del comedor. Se quitó la cadena que llevaba al cuello de la que pendía una pequeña llave. La metió en la cerradura y abrió, al tiempo que introducía su mano y accionaba el interruptor de la luz. Al momento la estancia se iluminó mostrando una habitación con las paredes repletas de estanterías en las que se alineaban cientos de pares de zapatos. Cada uno de ellos tenía a su lado una fotografía enmarcada de la mujer a la que habían pertenecido.
Un gesto de satisfacción y placer inundó su rostro. Aspiró profundamente por la nariz el olor que impregnaba la habitación mientras paseaba la mirada por todos aquellos zapatos. Tenía una enorme cantidad de ellos, una verdadera colección. Pensó una vez más en la enorme estupidez humana de enterrar calzados a sus muertos ¿para qué? Era una pena que, sobre todo algunos de esos zapatos, se pudriesen con su dueño… y él los salvaba de semejante destino. Eran tan hermosos. Pero ninguno como “sus” zapatos rojos. La mayoría eran de tonos oscuros, debían pensar que quedaba feo calzar a un muerto con colores atrevidos, sólo destacaban algunos que había podido conseguir cuando acudía directamente al tanatorio del hospital para hacerse cargo del arreglo de alguna víctima de accidente. La familia estaba tan conmocionada que no se preocupaba de recoger las pertenencias del fallecido y él se aprovechaba de ello apropiándose de los zapatos. En fin.
Era casi mediodía cuando recibió la llamada para que se presentase en el tanatorio del hospital central. Ya empezamos, se dijo. Las noches de los viernes eran especialmente mortales para los jóvenes que salían de marcha hasta altas horas de la madrugada. Era penoso tener que ocuparse de recomponerlos y eso solía dejarle con el ánimo por los suelos. Aún así, no pudo evitar pensar que eran los que solían llevar el calzado más sugerente. Al llegar intentó, como siempre, eludir a los familiares y pasó directamente a la pequeña habitación que utilizaba para trabajar. Sobre la mesa ya estaba preparado el cuerpo, totalmente cubierto por una sábana. En una mesa auxiliar colocó los utensilios necesarios para su tarea y se dispuso a ello. Al final resultaba que no se trataba de un accidente, no, era un suicidio. Una mujer había sido arrollada por el tren esa misma noche. ¿Qué puede llevar a alguien a hacer una cosa así? pensó, al tiempo que retiraba la sábana del rostro del cadáver.
Tuvo que agarrarse a la mesa para no caer al suelo. Aquella mujer que yacía allí con el cuerpo cruzado de feos costurones en un intento por recomponer los destrozos causados por el tren, era la que había estado buscando durante toda una semana. Muerta, estaba muerta. Dio un rápido vistazo a la habitación, invadido de pronto por una nerviosa ansiedad, hasta que encontró, posada en una esquina, una bolsa de plástico que parecía contener las pertenencias de la difunta.
Cerró la puerta por dentro y casi se abalanzó hacia allí. Al abrirla, un destello rojo iluminó la habitación. Ahí estaban, sí, algo sucios, pero no importaba, él les devolvería su brillo y su esplendor. Con los zapatos abrazados contra su pecho se dirigió a la mesa y retiró por completo la sábana dejando al descubierto el cuerpo desnudo de la mujer.
Luego se dispuso a hacer realidad un sueño, su sueño.
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El camino hacia casa lo pasó maldiciéndose, por no fijarse en la matrícula del coche, por no haberla abordado de algún modo, por andar tan ensimismado en los zapatos, por haberlos perdido… bien, ahora no había nada que hacer. Sólo podía mantener la esperanza de volverla a encontrar mañana, o pasado, o cualquier otro día… quizá utilizaba regularmente esa línea y no se había fijado en ella hasta hoy. Ahora había tomado nota mentalmente de su aspecto y creía que podría reconocerla aún cuando no calzase los zapatos rojos.
Después de cenar, intentó llevar a cabo alguno de los planes que había barajado durante el trayecto en el metro, pero no conseguía concentrarse, estaba inquieto, irritado… era cerrar los ojos y aquellos zapatos aparecían como por arte de magia. Optó por tomar una de esas pastillas que le había recetado el médico para dormir y de las que sólo había hecho uso en muy contadas ocasiones. Se fue a la cama.
Se despertó cansado y de mal humor. Toda la noche la pasó soñando con la mujer. Ella yacía acostada sobre la mesa, inmóvil, mientras él la desnudaba lentamente. Recuerda como la había levantado para desabrocharle el sujetador apoyándola sobre su pecho, y luego había metido las manos bajo las nalgas para deslizar las bragas a lo largo de las piernas. Se había excitado al contemplarla totalmente desnuda calzada con los rojos zapatos. Como se había arrodillado y acariciado suavemente su piel brillante, para a continuación acercárselos a la nariz y aspirar su aroma. Luego había empezado a lamerlos y chuparlos mientras sentía como se endurecía su sexo. A continuación abrió las piernas de la mujer inmóvil y la penetró con furia. Dos o tres movimientos fueron suficientes para derramarse en su interior.
Quizá hoy tenga más suerte, pensó mientras bajaba las escaleras hacia el andén de la estación para volver a casa. Hacía siete días de su encuentro con la mujer de los zapatos rojos. Siete días de desasosiego, de insomnio, de sueños repetitivos que se desvanecían en el momento en que volvía a la realidad cotidiana. Maldita sea. Y por si fuera poco, este fin de semana tenía guardia. Siempre eran moviditas en verano. Maldita sea.
No le apetecía la ducha, así que se tumbó un rato en el sofá. Tenía que hacer algo para acabar con aquella obsesión. Se levantó y fue hacia la puerta cerrada medio oculta en una esquina del comedor. Se quitó la cadena que llevaba al cuello de la que pendía una pequeña llave. La metió en la cerradura y abrió, al tiempo que introducía su mano y accionaba el interruptor de la luz. Al momento la estancia se iluminó mostrando una habitación con las paredes repletas de estanterías en las que se alineaban cientos de pares de zapatos. Cada uno de ellos tenía a su lado una fotografía enmarcada de la mujer a la que habían pertenecido.
Un gesto de satisfacción y placer inundó su rostro. Aspiró profundamente por la nariz el olor que impregnaba la habitación mientras paseaba la mirada por todos aquellos zapatos. Tenía una enorme cantidad de ellos, una verdadera colección. Pensó una vez más en la enorme estupidez humana de enterrar calzados a sus muertos ¿para qué? Era una pena que, sobre todo algunos de esos zapatos, se pudriesen con su dueño… y él los salvaba de semejante destino. Eran tan hermosos. Pero ninguno como “sus” zapatos rojos. La mayoría eran de tonos oscuros, debían pensar que quedaba feo calzar a un muerto con colores atrevidos, sólo destacaban algunos que había podido conseguir cuando acudía directamente al tanatorio del hospital para hacerse cargo del arreglo de alguna víctima de accidente. La familia estaba tan conmocionada que no se preocupaba de recoger las pertenencias del fallecido y él se aprovechaba de ello apropiándose de los zapatos. En fin.
Era casi mediodía cuando recibió la llamada para que se presentase en el tanatorio del hospital central. Ya empezamos, se dijo. Las noches de los viernes eran especialmente mortales para los jóvenes que salían de marcha hasta altas horas de la madrugada. Era penoso tener que ocuparse de recomponerlos y eso solía dejarle con el ánimo por los suelos. Aún así, no pudo evitar pensar que eran los que solían llevar el calzado más sugerente. Al llegar intentó, como siempre, eludir a los familiares y pasó directamente a la pequeña habitación que utilizaba para trabajar. Sobre la mesa ya estaba preparado el cuerpo, totalmente cubierto por una sábana. En una mesa auxiliar colocó los utensilios necesarios para su tarea y se dispuso a ello. Al final resultaba que no se trataba de un accidente, no, era un suicidio. Una mujer había sido arrollada por el tren esa misma noche. ¿Qué puede llevar a alguien a hacer una cosa así? pensó, al tiempo que retiraba la sábana del rostro del cadáver.
Tuvo que agarrarse a la mesa para no caer al suelo. Aquella mujer que yacía allí con el cuerpo cruzado de feos costurones en un intento por recomponer los destrozos causados por el tren, era la que había estado buscando durante toda una semana. Muerta, estaba muerta. Dio un rápido vistazo a la habitación, invadido de pronto por una nerviosa ansiedad, hasta que encontró, posada en una esquina, una bolsa de plástico que parecía contener las pertenencias de la difunta.
Cerró la puerta por dentro y casi se abalanzó hacia allí. Al abrirla, un destello rojo iluminó la habitación. Ahí estaban, sí, algo sucios, pero no importaba, él les devolvería su brillo y su esplendor. Con los zapatos abrazados contra su pecho se dirigió a la mesa y retiró por completo la sábana dejando al descubierto el cuerpo desnudo de la mujer.
Luego se dispuso a hacer realidad un sueño, su sueño.
La colección

Shot at 2007-06-28
La estación del metro a esas horas era un hervidero de gentes que iban y venían como hormigas, rozándose apenas, perdidos en sus pensamientos, con prisa por llegar a alguna parte. Todos los días era lo mismo. Él también tenía ganas de estar en casa. No había sido una jornada especialmente dura, se la pasó entretenido con dos abuelos y un niño pequeño. Fue el que más trabajo le dio… el pobre, pero cuando terminó quedó realmente satisfecho del resultado. En el andén se iban amontonando los pasajeros que esperaban nerviosos la llegada del próximo convoy. Él estaba de los primeros, preparado ya para cuando se abriese la puerta automática. Tuvo suerte, nada más entrar encontró un asiento libre.
A pesar del calor que azotaba esos días la ciudad, sentía frío, un frío que llevaba metido en los huesos después de años expuesto a las bajas temperaturas en las que se veía obligado a trabajar. Un frío que sólo lograba mitigar, en parte, después de una ducha bien caliente. Es lo que haría en cuanto llegase a casa. Luego asaría ese jugoso solomillo que guardaba en el frigorífico comprado en la pequeña carnicería de su barrio. Después, seguramente vería una buena película de las que tenía grabadas en el ordenador, o seguiría con el libro que estaba leyendo, o quizá se tumbaría en el sofá con los cascos puestos… ya vería.
Estaba rodeado de cuerpos que se movían a un tiempo al compás de los vaivenes del tren, ejecutando una especie de danza multitudinaria, siguiendo una coreografía que parecían saber de memoria después de practicarla todos los días. Se dedicó a su pasatiempo favorito: observar el calzado de los pasajeros. Le gustaba imaginar cómo sería la persona que portaba esas escotadas sandalias, aquellas botas de militar, las chanclas viejas y a punto de romperse, las zapatillas de deporte decoradas con negras calaveras. Había tal diversidad de modelos, formas y colores, que podía pasarse horas mirando hacia el suelo. Se obligaba a no mirar a la cara de la gente, sólo a sus pies, aún cuando a veces le picase la curiosidad.
De pronto los vio: descarados, deslumbrantes, provocadores, brillantes… refulgiendo entre todos los demás. Se quedó hipnotizado, casi sin respiración, mirando aquel par de zapatos rojos, excesivamente rojos, que resaltaban entre los tonos opacos de los que los rodeaban. Mirándolos, era como si estuviese ante las puertas del mismísimo infierno. Esta vez fue subiendo su mirada hacia unas piernas de piel suavemente bronceada hasta llegar a vislumbrar el tejido negro que cubría las rodillas. Luego… nada, la cantidad de viajeros que permanecían de pie, le tapaban la visión de la mujer de los zapatos rojos. Estiró el cuello, intentó mirar por los pequeños resquicios que dejaban los cuerpos, pero era inútil, no podía verla. Siguió con su mirada clavada fijamente en el brillante calzado, sin permitirse perderlos de vista un segundo.
Se acercaban a la siguiente parada cuando los vio moverse en dirección a la puerta. Tuvo que buscar el nombre de la estación, ensimismado y abstraído, pendiente sólo de ellos, y se dio cuenta que aún faltaban otras dos para llegar a su casa. No importa, pensó, y se dispuso a apearse tras aquel par de zapatos. Al principio, seguía sin poder ver por completo a la mujer. Aquella era una estación en la que paraban muchas de las líneas más concurridas del metro y una marea humana circulaba por el andén. Él iba mirando directamente al suelo, unos metros por delante, siguiéndole los pasos, como si un hilo invisible le uniese a ella.
Al subir las escaleras pudo verla mejor, y ya en la calle, el gentío se fue disolviendo poco a poco, hasta que pudo distinguirla por completo. Era una mujer delgada, llevaba un vestido negro, desmangado, pegado al cuerpo por arriba, hasta la altura de las caderas, desde las que caía con un poco de vuelo hasta por debajo de las rodillas. Las suaves ondas se mecían al ritmo de sus pasos rojos. Portaba una media melena de un castaño claro, algo rizada. Al mirarla en todo su conjunto, completamente vestida de negro, destacaban aun más aquel par de zapatos. La siguió durante un rato a una prudente distancia hasta que ella se detuvo ante un semáforo y él se quedó detrás, tan cerca, que al mover la mujer la cabeza llegó a sentir en su mentón el suave contacto de uno de sus rizos. Volvía a caminar tras ella cuando un coche negro se detuvo arrimándose a la acera. La mujer abrió la puerta, se metió dentro y cerró tras ella. En cuestión de un momento el automóvil desapareció sin darle tiempo siquiera a reaccionar…
Continuará...
Acento

Shot at 2007-06-27
Cabalgo sobre sus rodillas, pelvis contra pelvis, enlazadas las manos. Enroscada en su sexo empiezo el balanceo, adelante, atrás, adelante, atrás… su voz llega lejana, perdida entre las brumas del deseo… “aserrín, aserrán, los maderos de San Juan, los del Rey sierran bien, los de la Reina también…” Otra vez, otra vez… y repite el estribillo sin descanso, mientras arqueo la espalda y rozo con la cabeza el suelo. “Aserrín, aserrán… “y sigue el juego… “los del Rey sierran bien, los de la Reina también”.
Y es la última tilde un acento en mi sexo.
A las maravillosas criaturas de este mundo
MERAVIGLIOSA CREATURA (Gianna Nannini)
Molti mari e fiumi
attraversero
dentro la tua terra
mi ritroverai
turbini e tempeste
io cavalchero
volero tra il fulmini
per averti
Meravigliosa creatura sei sola al mondo
meravigliosa creatura paura di averti accanto
occhi di sole mi bruciano in mezzo al cuore
amore e vita meravigliosa
Luce dei miei occhi
brilla su di me
voglio mille lune
per accarezzarti
pendo dai tuoi sogni
veglio su di te
non svegliarti
non svegliarti
non svegliarti....ancora
Meravigliosa creatura
sei sola al mondo
meravigliosa paura d'averti accanto
occhi di sole mi tremano le parole
amore e vita meravigliosa
Meravigliosa creatura un bacio lento
meravigliosa paura d'averti accanto
all'improvviso tu scendi nel paradiso
muoio d'amore meraviglioso
Meravigliosa creatura
Meravigliosa
occhi di sole mi bruciano in mezzo al cuore
amore e vita meravigliosa
MARAVILLOSA CRIATURA (letra - traducción)
Muchos mares y rios
Atravesaré
Dentro de tu tierra
Me reencontrarás
Remolinos y tempestades
Yo cabalgaré
Volaré entre los rayos
Para tenerte
Maravillosa criatura estás sola en el mundo,
Maravilloso miedo de tenerte cerca
Ojos de sol me queman en medio del corazón
Amor es vida maravillosa
Luz de mis ojos
Brilla sobre mi
Quiero mil lunas
Para acariciarte
Pendo de tus sueños
Velo sobre ti
No te despiertes, no te despiertes
No te despiertes...todavía
Maravillosa criatura estás sola en el mundo,
Maravilloso miedo de tenerte cerca
Ojos de sol me tiemblan las palabras
Amor es vida maravillosa
Maravillosa criatura un beso lento
Maravilloso miedo de tenerte cerca
De repente tu bajas al paraíso
Muero de amor maravilloso
Maravillosa criatura
Maravillosa
Ojos de sol me queman en medio del corazón
Amor eres vida maravillosa.
Molti mari e fiumi
attraversero
dentro la tua terra
mi ritroverai
turbini e tempeste
io cavalchero
volero tra il fulmini
per averti
Meravigliosa creatura sei sola al mondo
meravigliosa creatura paura di averti accanto
occhi di sole mi bruciano in mezzo al cuore
amore e vita meravigliosa
Luce dei miei occhi
brilla su di me
voglio mille lune
per accarezzarti
pendo dai tuoi sogni
veglio su di te
non svegliarti
non svegliarti
non svegliarti....ancora
Meravigliosa creatura
sei sola al mondo
meravigliosa paura d'averti accanto
occhi di sole mi tremano le parole
amore e vita meravigliosa
Meravigliosa creatura un bacio lento
meravigliosa paura d'averti accanto
all'improvviso tu scendi nel paradiso
muoio d'amore meraviglioso
Meravigliosa creatura
Meravigliosa
occhi di sole mi bruciano in mezzo al cuore
amore e vita meravigliosa
MARAVILLOSA CRIATURA (letra - traducción)
Muchos mares y rios
Atravesaré
Dentro de tu tierra
Me reencontrarás
Remolinos y tempestades
Yo cabalgaré
Volaré entre los rayos
Para tenerte
Maravillosa criatura estás sola en el mundo,
Maravilloso miedo de tenerte cerca
Ojos de sol me queman en medio del corazón
Amor es vida maravillosa
Luz de mis ojos
Brilla sobre mi
Quiero mil lunas
Para acariciarte
Pendo de tus sueños
Velo sobre ti
No te despiertes, no te despiertes
No te despiertes...todavía
Maravillosa criatura estás sola en el mundo,
Maravilloso miedo de tenerte cerca
Ojos de sol me tiemblan las palabras
Amor es vida maravillosa
Maravillosa criatura un beso lento
Maravilloso miedo de tenerte cerca
De repente tu bajas al paraíso
Muero de amor maravilloso
Maravillosa criatura
Maravillosa
Ojos de sol me queman en medio del corazón
Amor eres vida maravillosa.
Reflexiones sobre la propia estupidez

Ya va para tres años, el próximo Enero, que empecé con el Cajóndesastre, y en ese momento ya llevaba casi otros tantos navegando por la red y participando en algún que otro grupo literario, en su mayoría. A pesar que ya debería estar acostumbrada a este mundo, de vez en cuando sigo sorprendiéndome, algunas de forma agradable, otras... no tanto.
Aquí, en Cajóndesastre, con 41.450 visitas en dos años, que es la fecha en la que coloqué el contador, creo que hasta el momento he tenido mucha suerte con la gente que se para a leerme. Quizá pueda parecer que no agradezco los comentarios o alguien piense que no leo otros blogs, pero no es cierto, ocurre que a veces una se encuentra en la tesitura de repartir el tiempo de la mejor forma posible y que dos o tres horas libres al día para escribir o leer no dan para mucho, así que hay que elegir, y un buen día decidí no responder, o hacerlo de forma muy puntual, a los amables comentarios de los amigos que me dejan unas letras.
También he recibido agradables correos de poetas de los que algún día colgué alguno de sus poemas, o de un director y actor de teatro al que le gustó el comentario que hice de una de sus obras. Todos ellos me han llenado de orgullo y satisfacción, como diría Su Majestad, y les he respondido como corresponde mostrándoles mi agradecimiento.
Detrás de Ladesordenada (Des, para los amigos) existe una persona de carne y hueso, que puede ser lo que aparenta o un señor de Murcia, pero que cree haberse ganado el afecto de algunos y quizá el desprecio o la antipatía de otros... como en la vida real, al fin y al cabo, aunque tengo que decir que suelo hacerme querer, una vez superada mi tremenda timidez, y puedo enorgullecerme de tener buenos y grandes amigos a los que cuido con verdadero esmero porque se que la amistad es una de las cosas más importantes que tenemos en la vida.
¿A qué viene todo esto?... pues hoy algo me ha hecho reflexionar, algo que me ha dolido. No, no de una forma exagerada, dentro de unos días lo habré olvidado, seguro, pero hoy lo tengo ahí, clavadito como una espina.
Por esas casualidades que tiene la vida en la red me he tropezado con un bonito blog escrito por Embrujada, que por cierto he leído su perfil y resulta que vivimos a pocos kilómetros una de la otra, y que ha tenido la amabilidad de colgar uno de mis textos con el enlace al Cajóndesastre... Gracias Embrujada.
Pero... cual sería mi sorpresa cuando inmediatamente debajo del texto se podía leer el siguiente comentario:
Anónimo dijo...
es un buen escrito pero ella parece una estúpida, cada día me lo demuestra
M.
ESTÚPIDA (según el RAE) : Necio, falto de inteligencia.
No sé si era esto lo que quería decir "M.".
De pronto, me asaltaron algunas dudas: ¿realmente parezco estúpida?, digo parezco, porque sinceramente no me considero estúpida. No soy nada de otro mundo, ni la naturaleza me ha dotado de un cerebro brillante, pero creo que llego a un índice de inteligencia situado más o menos en la media recomendable.
Por otra parte pienso, si cada día le demuestro mi estupidez, una de dos: o me conoce personalmente y opina con conocimiento de causa (es su opinión) o viene aqui a por su ración diaria de esta estúpida de Ladesordenada.
Otra cosa que me llama la atención es la facilidad que tiene la gente para emitir juicios, a los que por supuesto todos los que nos damos a conocer en este medio estamos expuestos, y admito, escondiéndose tras el anonimato. Esta estúpida nunca ha dejado un comentario anónimo, ni bueno ni malo, porque aunque no ponga mi nombre y apellidos de la vida real, sí me identifico con el nombre con el que me bauticé en ese mundo virtual. Sí, lo sé, es una estupidez, porque "Anónimo" puede ser cualquiera, y esa es la mejor manera de utilizar nuestra libertad para decir lo que nos venga en gana de quien nos apetezca.
En fin, creo que ni siquiera se merece un post, pero nunca un Anónimo fue un protagonista de los textos de una servidora, y la verdad, me apetecía escribir sobre esto. No me queda más que agradecerle a "M." que haya apreciado al menos el escrito mencionado... Gracias "M." por tu amabilidad y sincera opinión.
Des.
Del querer y otros menesteres

¡Ah! Si yo pudiera decirle cuánto le quiero, puaf, estaría horas y horas, y luego días, y meses repitiendo lo mismo: te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero… qué digo, toda una vida estaría ¿cuántos te quiero caben en una vida? depende, claro, eso depende de lo larga que sea una vida, pero por muy corta que sea seguro que son un buen montón de millones. Bueno, lo digo, la verdad es que lo digo siempre, pero calladita, para mí sola, que no quiero ser una pesada, eso ocurre a veces, unos por demasiado y otros por nada, porque hay gente que se queja de que nunca le dicen te quiero, pero si están a toda hora dale que te pego, también cansa. Nos aburrimos tan pronto de todo, ya ves, hasta de los te quiero con lo bonitos que nos resultan. A mí me pasó eso con los mejillones en lata, de esos en escabeche, anda que no comía yo mejillones: en bocadillo, con patatas fritas, con arroz blanco… pues llegó un día que los aburrí y ya no quise probarlos más, me daban un asco, y el olor, puaf, era olerlos y se me quitaba el hambre, y me acordaba de todos los que había comido y me daban arcadas. Y el follar. También me cansé de follar, o no, a lo mejor no es que me cansé de follar, es que me cansé de hacerlo con el mismo, o a lo mejor es que ya no me llena, follar digo, son muchos polvos, no llevo la cuenta ¿alguien llevará la cuenta? Pero seguro que son muchos, y no hay tanta variedad, empiezo yo, empiezas tú, ahora arriba, ahora abajo, ahora por aquí, ahora por allá… y lo que cuesta con los años ponerse a tono, para que luego venga un desconocido, te de un morreo, y listo, va y entra como Pedro por su casa, qué cosas, la novedad es lo que yo digo. Sí, es lo que digo, a lo mejor un día me canso de querer, es difícil cansarse de eso porque se quiere porque sí y no tienes que hacer nada, viene solo, y no tienes que follar si no quieres, ni besar, ni decirlo, ni nada, sólo quieres, y eso está ahí metido en algún sitio, y ya está. Lo malo es empeñarse en no querer, puaf, eso sí que es malo, porque ahí no sirve la voluntad, ni la tenacidad, ni nada, ahí lo de querer es poder no sirve, porque es muy cabezón el querer. Como un dolor de muelas, igual. Y como un orgasmo infinito, también como un orgasmo… y sin follar.
