Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
A mis amigos
... gracias por seguir aqui.

FELIZ AÑO 2008.



(Gracias a Aotearoaes por el excelente trabajo de subtitular videos como éste.
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Papá Noel (Un cuento de Navidad)
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El estridente ulular de una ambulancia rompió la empalagosa placidez de Nochebuena.

- Pero… ¿cómo ha podido pasar?
- No, lo sé, hija mía, parecía una muchacha tan agradable.
- Es verdad, María, yo que vivo en la casa de al lado jamás oí una voz más alta que otra, ni con los niños, oye, y mira que dos criaturas tan pequeñas siempre te hacen andar gritando. Mira yo, con lo que quiero a mis nietos, pero más de una vez me sacan de quicio.
- ¡Qué tragedia, mujer, qué tragedia!... el marido, pobre, dicen que no se lo creía, que se quedó paralizado y no había forma humana de hacerlo reaccionar.
- No somos nadie, mira que lo tengo dicho, no somos nadie, cuando menos lo esperas… zas, se te pone la vida patas arriba.
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- Dígame ¿notó usted algo extraño en los últimos días?
- No, no, ella estaba como siempre. Nunca le gustaron estas fiestas, pero desde que tuvimos a los niños, siempre las celebramos, por ellos ¿sabe usted? a los peques ya les iba haciendo ilusión, por los regalos y eso.
- ¿Y antes? Antes de tener hijos, quiero decir.
- No, antes no. Pero debía ser así desde siempre, porque al principio, cuando empezamos de novios, yo le preguntaba si cenábamos con sus padres o con los míos. Me dijo que ella siempre aprovechaba esos días para viajar, que en su casa no había costumbre. La verdad es que a mí me daba igual, así que casi siempre salíamos de vacaciones y volvíamos a principios de año.
- ¿Ella sabía lo de la sorpresa?
- Tenía que habérselo dicho, ya lo sé, ya lo sé… ¡díos mío! Tenía que habérselo dicho.
- Vamos, vamos, tranquilícese… usted no podía imaginar…
- No se, fue una tontería, una estupidez. En la tienda donde compré los regalos me ofrecieron ese servicio y… pensé… pensé que a los niños les haría mucha ilusión. A mi mujer le dije que tenía los paquetes en el coche y que cuando terminásemos de cenar, bajaría al garaje a por ellos.
- Ya… comprendo.
- ¿Usted conocía a ese hombre?
- No, no, no le había visto nunca. Era un servicio de la tienda.
- ¿Y su mujer? ¿puede ser que ella le conociese?
- Ahora, ahora, ya no se qué pensar, pero yo diría que no… además… hubiese sido muy difícil reconocerle con esas pintas.
- Cuénteme… ¿cómo reaccionó ella al verle?
- Bien, yo creo que bien, no se, no me di cuenta de nada, estaba tan ilusionado al ver la cara de los críos, que… la verdad… no me fijé demasiado. Se sorprendió, eso sí, se quedó quieta mirándole, pero supongo que luego hizo lo mismo que yo, estar pendiente de los niños, de su reacción.
- Entonces… ¿qué pasó? ¿por qué ocurrió?
- No se, no lo se, se lo juro, se lo juro por Díos.
- Lo siento, esto es muy doloroso, créame que lo siento, pero es mi obligación hacerle todas estas preguntas, tenemos que aclarar qué fue lo que la hizo reaccionar de ese modo.
- Perdóneme, intento colaborar, pero… cuando lo recuerdo…
- Tómese un respiro ¿quiere un poco de agua?
- Gracias, muchas gracias. Verá… los niños estaban saltando y gritando locos de contentos, impacientes por abrir sus regalos, entonces el hombre se acercó a Julián…
- ¿Julián es el mayor? ¿cuántos años tiene?
- Sí, es el mayor, cumplirá seis el mes que viene… él se acercó y le acarició la cabeza, le dijo al oído, muy bajito, que fuese con él, que tenía algo muy especial para darle…
- ¿Cómo?
- Es que yo le había comprado a Julián un coche enorme de esos de pedales, estaba en el garaje. Era muy grande y yo había dicho en la tienda que lo dejaríamos abajo y así el niño podría dar una vuelta con él por el patio.
- ¿Se fue con él?
- Sí.
- ¿Qué hicieron ustedes?
- Yo me puse a abrir los otros regalos con el pequeño Mario y no me di cuenta de lo que hacía mi mujer… seguramente no tardó mucho en bajar, no se, no se cuánto tiempo pasó hasta que escuché los gritos de mi hijo… ¿por qué lo hizo? Dígame ¿por qué lo hizo?

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- Lucía… Lucía… ¿se encuentra bien? ¿puede hablar?
- Creo que hoy no va a conseguir nada de ella, está en estado de shock ¿por qué no la deja descansar?
- Porque tengo que hacer mi trabajo.
- Y yo tengo que hacer el mío. Esta mujer no se halla en condiciones de someterse a un interrogatorio, no puede declarar… ¿no se da usted cuenta?
- Está bien, doctor, ¿Cuándo cree que podré hablar con ella?
- Sinceramente… no lo sé, quizá mañana, o dentro de una semana… en cuanto se produzca algún cambio, sea de día o de noche, le avisaré.
- De acuerdo, está bien, buenas noches, y… feliz navidad.
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La mujer se queda a solas en la habitación. Le han inyectado un tranquilizante y parece profundamente dormida. Está llorando. Sueña con aquella navidad, cuando apenas tenía cinco años.

- Mamá, mamá ¿dónde están mis regalos? ¿dónde? ¿dónde?
- Vamos, Lucía, tranquilízate… tienes una sorpresa, una sorpresa ¡enorme!
- ¿De verdad, mami? ¿qué es? ¿qué es?
- ¿Están tocando a la puerta? ¿No has oído el timbre Lucía? Anda, ve a abrir.
- Mami, mami… mira, es… es Papá Noel ¡Oh! Y trae muchos regalos.
- ¡Jo,jo,jo! Vengo cargado de juguetes para mi niña preferida ¿dónde está?
- Aquí, aquí Papá Noel, estoy aquí.

Está abriendo los regalos mientras mamá anda trasteando en la cocina. Papá Noel tiene una preciosa muñeca en la mano, su muñeca, la que tantas veces ha mirado en el escaparate de la tienda. Ella la quiere coger y él se señala la mejilla con el dedo. Quiere que le de un beso. Lucia se coge a la barba para dárselo y… ¡oh! es tío Alfredo.

- Tito ¿eres tú, tito?
- ¡Chussssssss! Calla, calle, que mamá no se entere que me has descubierto o se enfadará mucho y nos castigará. A ti sin juguetes y a mi… sin cenar ¡jo,jo,jo! Si me guardas el secreto, yo… hummmmm, te daré una cosa que tengo guardada para ti ¿quieres?
- Sí, si tito, por favor ¿dónde la tienes?
- Ve a tu habitación y espérame, ahora mismo te la llevo.

Espera nerviosa en su habitación… ¡ufffff! cómo le gusta la navidad, y ésta aún más. Tiene un secreto con su tito Alfredo y además le va a dar un regalo especial. Él abre la puerta despacio y entra con una caja enorme. Se sienta en la cama y se quita el cojín que llevaba bajo la chaqueta simulando una gran barriga.

- Dame un besito, vamos, vamos, dame un besito si quieres que te de tu regalo.
- Mua, mua, mua… anda tito, ábrela ya.
- ¡Ale hop!... aquí está: la más hermosa casa de muñecas que jamás se ha visto.

Ella abre unos ojos enormes, no puede creer que sea para ella, pero su tío le está diciendo que sí con la cabeza. Se acerca a abrazarle, le quiere tanto.

- ¿Estás contenta?
- Pues claro, tito, es… ¡preciosa!
- ¿No le dirás a mamá que sabes quien soy?
- No…
- ¿Me quieres mucho?
- Mucho, mucho, mucho.
- Yo también te quiero, mi niña… déjame que te haga cosquillitas, anda ¿quieres? Y luego jugamos un poquito con tu nueva casa de muñecas.

Las manos de su tío empiezan acariciándole los brazos y a ella se le pone la carne de gallina, luego las piernas, el pecho, las nalgas… luego… ahí. Lágrimas, dolor, miedo… mucho miedo. Y la voz ronca de su tío, de Papá Noel, tapándole la boca con la mano, no grites, no grites, has dicho que me querías, quieres a tu tito, si se lo cuentas a alguien te castigarán sin regalos, eres una niña mala y no tendrás juguetes nunca más, me llevaré tu casita, quieta pequeña, quieta… quieta… quieta.
Y las siguientes navidades se le entrecruzan en la cabeza, todas iguales, el sonriente Papá Noel con un regalo distinto cada año. Con el mismo secreto, el mismo miedo.
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Se mueve inquieta en la cama. Su niño de la mano de otro Papá Noel… se lo lleva. Pero su niño no está solo, no, está ella allí para salvarlo. Ella no dejará que ningún Papá Noel le haga regalos, ninguno. La sangre no se notaba en su chaqueta roja, sólo alguna gota salpicó la larga y blanca barba mientras la miraba sorprendido sin comprender por qué aquella mujer desconocida le estaba apuñalando.


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Besos
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Hay besos dulces, ácidos y amargos.
Besos salados, sosos o picantes.
Hay besos que nacieron siendo eternos,
y otros que antes de nacer se olvidan.
Hay besos infantiles, besos tiernos.
Besos que maduraron con el tiempo y
otros que se nos pudren en los labios.
Hay besos frágiles y besos irrompibles.
Besos alados que vuelan con la brisa y
besos que se arrastran pegados al asfalto.
Hay besos verdaderos, besos ciertos,
y otros, como el de Judas, traicioneros.
Hay besos que son de compra y venta,
pero otros no quieren nada a cambio.
Hay besos compartidos y privados,
besos que se reparten matemáticamente
entre los agraciados.
Hay besos sin razón y razonables,
besos encarcelados, besos libres.
Hay besos que se nos graban en la piel
como un tatuaje
y otros que con las primeras gotas de sudor
se desvanecen.
Besos que son secretos y se esconden
de todas las miradas,
y hay otros que se exhiben sin pudor
como si de un trofeo se tratase.
Hay besos encantadores y encantados,
besos llenos de magia.
Besos apasionados, besos como ventosas,
besos que sólo son sonido.
Hay besos y más besos,
cientos, miles.
Y luego están los tuyos:
sin definición, no indefinidos.
Aunque pudiera confundirse,
no es lo mismo.


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Dos reales de ñesplas
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Profundas arrugas surcaban el rostro de la tía Juana la Loca, como la llamábamos los críos cuchicheando a su paso. Yo imaginaba, al mirarla, que si probaba a estirarle la piel hallaría entre sus pliegues esa mezcla de pelusa y suciedad que tienen los chiquillos gordezuelos entre los rollitos de carne que se les forman en brazos y piernas. Claro que lo de los bebés, abocados al baño diario, olía a leche en polvo y papilla de cereales, mientras que lo de la tía Juana no quería yo pensar que aroma podían desprender.
Sobre los hombros, su sempiterna toquilla de lana que años atrás debió ser gris y lucía ahora un indeterminado color negro amarronado. Sus grandes pechos parecían apoyarse en el enorme delantal que le ceñía la cintura, casi tan largo como las faldas que la cubrían y que rozaban los tobillos. Los pies, casi invisibles bajo su redonda silueta, se embutían en unas viejas y mugrosas zapatillas, adornadas por sendos agujeros por los que asomaban unos feos y dolorosos juanetes. Cubría su cabeza con un viejo pañuelo que dejaba escapar algunos mechones de cabello gris y reseco.
Sobre la tía Juana la Loca se contaban historias increíbles en las que igual se decía que era una vieja bruja disfrazada, como que se trataba de una condesa arruinada y perseguida por los espías de un país lejano, que había sido amante de un personaje poderoso, o guerrillera escapada por los pelos de una muerte segura. Lo bien cierto, es que era una vieja solitaria, poco dada al trato con sus convecinos, y que a menudo daba muestras de sus malas pulgas.
Vivía en una vieja casona del barrio antiguo, en un callejón estrecho y poco transitado. En ocasiones, los chiquillos hacíamos apuestas a ver quien se atrevía a pasar por delante de su puerta. Las niñas lo hacíamos caminando despacio por la acera de enfrente, muy apegadas a las casas y sin quitar el ojo ni un momento de la gran puerta de madera tras la que se escondía la “bruja”. Más de una vez nos dio un buen susto apareciendo de improviso, al tiempo que nos amenazaba enarbolando el viejo bastón en el que se apoyaba. Entonces salíamos disparados como almas que lleva el diablo, empujándonos unos a otros e imaginando un montón de horribles castigos que aquella vieja inflingiría a quien tuviese la desgracia de caer en sus garras.
Todos los domingos, alrededor de las tres de la tarde, la tía Juana la Loca salía de su casa. Lo hacía cargada con una vieja silla de madera y mimbre que llevaba arrastrando con las patas para arriba, entre las que colocaba un bolsón grande y feo, lleno hasta reventar. Llevaba también un gran paraguas que igual la protegía del fuerte sol de primavera como del frío y la lluvia en las tardes de invierno. Caminaba despacio, renqueando, arrastrando su silla con una mano, y con la otra apoyando el bastón, pasito a paso. Así llegaba a la entrada del paseo, y allí, junto a la fuente, se sentaba y comenzaba a sacar su mercancía.
Enseguida empezaban a aparecer cañas de regaliz atadas con cordeles que metía en uno de los grandes bolsillos de su delantal, saquitos con pipas de girasol, chufas, cacahuetes, y por fin, el manjar más esperado: una bolsa repleta de sabrosas ñesplas que hacían la delicia de muchos de nosotros, sobre todo porque era sólo durante el invierno que podíamos gozar de aquel sabor especial y un poco ácido de esas pequeñas frutas de piel marrón y arrugada. Después, con parsimonia, empezaba a fabricar pequeños cucuruchos de papel de periódico que iba apilando metódicamente uno dentro de otro, en espera de que apareciesen sus primeros clientes.
Aquel domingo Marga y yo estábamos medio enfurruñadas. Éramos las mejores amigas, inseparables, pero como suele pasar en estos casos, a veces discutíamos por tonterías, aunque a nuestra edad nos parecían cosas importantes. Por eso no quiso acompañarme hasta la tía Juana la Loca a comprar dos reales de ñesplas. Ningún niño tenía la osadía de acercarse a la vieja en solitario, siempre lo hacíamos por parejas, como mínimo, pues temíamos que en un descuido nos hiciera algún maleficio o nos metiera en aquel enorme saco que parecía no tener fondo. Marga se puso chula y cabezota pensando que no me atrevería a hacerlo y que acabaría con nuestro enfado rogándole que me acompañase. Pero se equivocaba, una vez hacía su aparición mi orgullo y cabezonería, no había quien me bajase del burro, ni siquiera el temor que la tía Juana me inspiraba. Así que respiré hondo y me dirigí hacia ella. A medida que me iba acercando el temblor de mis piernas se hacía más perceptible, pero ni una vez miré hacia atrás. Me hubiera gustado ver la expresión de sorpresa en la cara de Marga, pero temía que si me volvía acabaría echando a correr muerta de miedo.
Ya estaba oliendo el aroma de las ñesplas y temiendo el momento en que la tía Juana alzase hacía mí sus ojos grises, a la vez que hacía un gesto casi imperceptible con la cabeza que podía traducirse por: ¿qué quieres?, cuando una voz sonó a mis espaldas:
- Señoga Juana ¿quegá ponegle dos gueales de ñesplas a mi amiga?
El que así hablaba no era otro que un niño vecino que acababa de volver de Francia con su familia y que aún no había podido acostumbrarse a pronunciar la “erre” de forma correcta.
Me volvía hacia él y me encontré con un rostro sonriente y unos enormes ojos castaños que me miraba con expresión alegre y divertida, a juego con los rebeldes mechones de pelo medio rubio que le caían sobre la frente, y que me hicieron perder todo el miedo que la tía Juana me inspiraba.
Ella se quedó mirando un momento a mi “salvador” y me pareció ver brillar, tan solo un instante, una pequeña luz en sus fríos ojos. Luego agachó la cabeza y se dispuso a llenar uno de los cucuruchos de papel con aquella deliciosa fruta.
Volví triunfante junto a Marga, acompañada por mi nuevo amigo Antonio, que se convirtió desde entonces y durante el resto de mi infancia y parte de mi adolescencia en una presencia constante a mi lado.
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Nunca entro a los cementerios, ni siquiera el día en que parece que es obligada la visita a nuestros seres fallecidos. No tengo a nadie allí, los míos prefirieron la incineración, y yo se lo agradezco. Pero esta mañana había salido a dar una vuelta en bicicleta. Hacía una mañana espléndida, más parecía que estábamos en primavera que en pleno mes de Diciembre. Al pasar ante la pared, de un blanco inmaculado, vi la puerta de hierro abierta de par en par y se me antojó una especie de invitación. Dejé la bici apoyada allá fuera y entré. Reinaba un gran silencio, tan solo roto a veces por el trino de los pájaros y el rumor apenas perceptible del ir y venir de tres o cuatro abuelas que se entretenían aseando la última morada de sus muertos.
Dejé atrás las largas filas de nichos y me dirigí al pequeño rincón donde aún perduran algunas tumbas de tierra y dos o tres pequeños panteones. Me llamó la atención una lápida de un mármol veteado en rosa que brillaba a la luz del sol, y sobre todo una pequeña rama que aparecía posada sobre ella. Me acerqué lentamente hasta allí y cuando, casi con una especie de temor reverencial, estiraba la mano para comprobar que aquello era exactamente lo que yo pensaba…
- Mi abuela adogaba las ñesplas – dijo suavemente.
Al mirarle volví a ver a aquel chiquillo sonriente que me salvó en el último momento de la tan temida vieja, aun cuando ya los rebeldes mechones habían desaparecido y en su lugar se extendía una incipiente calva, y sus ojos habían perdido aquella chispa de malicia infantil y aparecían ahora algo más apagados, menos vivos.
Volví a fijarme en la hermosa lápida. En la parte de arriba, enmarcada en madera, había incrustada la foto de una bella mujer, de cabello ondulado que lucía recogido a un lado de la cabeza. Un rostro de rasgos casi perfectos enmarcaba unos labios que se curvaban en una media sonrisa divertida y unos ojos que miraban directamente a la cámara como si tratasen de enamorarla. Debajo de la foto, grabado en la misma piedra, sólo un nombre:
Juana María (vendedora de ñesplas).



 
Soy tu deseo
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Lo supe en el momento en que cerré los ojos y deseé que me amase eternamente.

Llevaba semanas, quizá meses, viéndole cada día en el autobús, a la misma hora, sentado al lado de la puerta, enfrascado en la lectura de algún libro o concentrado en lo que fuese que escuchaba en su mp3. No sabía nada de él, pero conocía con todo detalle la forma en que pasaba las páginas del libro, el gesto repetitivo de apartarse aquel mechón rebelde de la frente, el modo rápido y discreto de acomodarse el paquete, el momento exacto en que dejaría libre su asiento para acercarse a la puerta y bajar en la próxima parada. Ni un solo día se fijó en mi presencia, y eso que lo intenté de todas las formas posibles. Probé a ponerme mi ropa más atrevida, pero lo único que conseguí fue ser el centro de todas las miradas, excepto la suya. Quizá no era su estilo, pensé. Y me disfracé de mujer elegante, de hippie ecologista, de rockera diabólica, de niña recatada… hasta llegué a inventarme una divertida conversación por el móvil, llena de gritos y de risas, pero nada.

No se por qué se me ocurrió aquella chiquillada, quizá es que esa mañana, de camino a la parada del autobús, iba sumando los números de la matrícula de cada coche, y… sería una casualidad, pero muchos de ellos dieron como resultado mi número de la suerte: el ocho. Y recordé que cuando niña era una práctica que mis amigas y yo repetíamos a diario. La que más veces consiguiera sumar su número mágico tenía derecho a pedir un deseo, y éste le era concedido.

Le miré fijamente, y luego, cerré con fuerza los ojos mientras repetía aquel deseo.

Pareció, en un principio, que nada había cambiado y olvidé mi petición desesperada. Fue entonces que dejé, poco a poco, de ser un mero tropiezo en el camino de sus ojos, que empezaron a demorarse, como sin querer, en mi boca, mis piernas o mis manos. Esperaban, fijos en la puerta, verme subir al autobús. Espiaban mis gestos. Buscaban, una y otra vez, los míos, intentando colárseme por ellos. Luego fue su sonrisa, al principio apenas un ligero mohín, que llegó a ser radiante como una bienvenida.

Fuimos felices. Lo fuimos.

Después… “no voy a vivir sin ti, soy tu deseo” contestó con un hilo de voz. Sólo eso, sin reproches, ni ruegos, ni una lágrima. “No voy a vivir sin ti, soy tu deseo”.

Lo supe en el momento en que le vi alejarse con paso decidido, mucho antes de oír el chirrido de las ruedas del autobús intentando esquivarle y los gritos horrorizados de los pasajeros.
 
Suplicatorio
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Señor:

Me he tomado la libertad de enviarle esta misiva para hacerle saber, si es que aún lo ignora, de la extrema añoranza que me envuelve. Desde hace un tiempo habito en el centro mismo de la soledad.

Para que se haga usted una idea: imagine un castillo medieval, de ésos que se yerguen en la cima de una montaña solitaria, bajo un cielo desapacible y gris. Todo él rodeado por un foso tan profundo y oscuro, tan tenebroso, que ni las alimañas más infames se atreven a habitarlo. Sola, en una habitación lúgubre y fría, malvivo día y noche, con el pobre consuelo de su eterno recuerdo.

No se excuse diciendo que tengo amigos, familia, gentes que me quieren. Lo se, no soy tan tonta. Pero sepa, señor, que hasta el momento, ningún afecto es comparable a ése que usted me otorga, a veces, si le viene en gana.

Cuando amanece y las primeras luces de la aurora comienzan a iluminar mi habitación, me traen el recuerdo de sus manos. Las espera impaciente mi piel estremecida y mi cuerpo que tiembla sin recato. Sin concederme un momento de respiro, me llega la imagen de sus ojos, provocando los míos, retándome en silencio a aguantar su mirada. Y yo me ruborizo. Después, su boca sonriente, con esa mezcolanza de inocencia y picardía, se acerca lentamente hasta la mía. Y se demora.

¡Ay! No, su boca no, que se instala el deseo y me convierte en un ser descarado y lujurioso. Pero usted no me escucha y se dedica a recorrer el camino de mi cuerpo, descubriendo senderos que se pierden por rutas escondidas, tibias, húmedas.

Señor, no me abandone tanto tiempo, que el recuerdo se va desdibujando y tengo miedo. Miedo de que un día se lo lleve el viento. Por eso cierro puertas y ventanas. Regáleme un poco de su amor, se lo suplico ¿no cree que lo merezco? A cambio yo seré su esclava, o su diosa, lo que usted prefiera. Tenga piedad de mí, yo se lo ruego.

Y si no puede hacerlo, si para usted resulta un imposible, al menos… apruébeme el examen, que no sabe lo que me está costando hacer este ejercicio. Que la Literatura, señor, no es mi asignatura preferida, qué le voy a contar que usted no sepa.

No dudando de su benevolencia, queda siempre a sus pies, ésta, su más aplicada alumna.