Detalle

Hace algún tiempo que lo vengo comprobando: Cada día me cuesta más yacer con un hombre, en el sentido bíblico. No me mires así, me he propuesto no utilizar palabras malsonantes. Decía que me causa pereza y cierto malestar yacer con un hombre… ¿será la menopausia? Quizá podría ser esa la causa de mi poca apetencia si no fuese por un pequeño, ínfimo detalle: sólo me excito (no, ésta no es una palabra malsonante) si me pienso pisándote las tripas… Si se lo cuento a mi psicoanalista seguro lo califica de depravación, desviación, o vete tú a saber, y probablemente intentará meterme mano asegurando sin asomo alguno de vergüenza que se trata de una nueva terapia de choque. Le veo algo salido últimamente. ¡Mierda!, perdón se me escapó, ahora tendré que rezar tres padrenuestros, que es la penitencia que me impuse si soltaba algún taco.
¡Mierda! otra vez, y ya que estamos, me pongo y rezo seis. No encuentro otra palabra que pueda expresar más claramente la frustración que siento.
No, decir ¡cáspita!, ¡mecachis! o ¡pardiez! no causa el mismo efecto.
¡Ay! no se qué voy a hacer…
Borrón y cuenta nueva

Dibujo de Kumiko Smckee
Bórrame de tu vida, bórrame para siempre.
Se lo digo aparentando una serenidad que estoy lejos de sentir, temiendo un poco, sí, su reacción.
Estoy cansada, harta de que seas el dueño y señor de mis acciones, de que decidas por mí, de que me ignores. Controlas cada detalle de mi vida: lo que debo hacer o lo que no, eliges a aquellos que debo considerar amigos, el lugar donde pasar mis vacaciones, si me llevo a la cama compañía, incluso la ropa con que me vestiré cada mañana. No lo soporto más, Es inútil seguir con esta historia, me aburre. Es una situación penosa, caduca y sin sentido.
No se a qué viene ese gesto tuyo de sorpresa, es imposible que no te des ni cuenta. Claro que eres tan egocéntrico, sabiondo, estúpido y cretino que no ves más allá de tus narices.
Y para no escucharme me mandas de misión especial y secreta a las Antillas.
No te librarás de mí tan fácilmente. No voy a obedecerte esta vez. Esta vez, no.
Bórrame de tu vida, bórrame para siempre.
Es por ti ¿no te das cuenta? Empezarás de nuevo, volverás a creer ciegamente en tu talento, a soñar, a ilusionarte, no quiero ver como te hundes, no quiero ser testigo de tu ruina.
Entonces frunce el ceño, su rostro adquiere lentamente un aire compungido y en silencio, asiente dos, tres veces. Sus ojos me miran con tristeza, esperando quizá una señal, algo que le lleve a pensar que estoy arrepentida.
En su mano derecha empuña el arma que acabará definitivamente con mi vida. No hay marcha atrás, la decisión está tomada.
Bórrame de una vez, no seas cobarde.
Empieza borrándome las piernas, las caderas, el vientre y más arriba. Ya queda sólo en el papel mi boca sonriente, que se torna en dolorosa mueca cuando con un brusco borrón queda partida, y unos ojos que le entregan su amor, agradecidos.
Sentado ante la mesa, parece hipnotizado ante el papel en blanco que le mira.
Su mano derecha aún aferra con fuerza la goma de borrar con la que acaba de matar a su dibujo favorito.
Go-gó

Hace un buen rato que el tipo no deja de mirarla y ella, al darse cuenta, imprime un poco más de voluptuosidad a sus movimientos. Su cuerpo semidesnudo se cimbrea al ritmo de la música, las caderas imprimen a su pelvis un golpeteo casi obsceno, su piel brilla sudorosa… y ella se siente única e irrepetible.
Sólo con el baile consigue anular esa torpeza que la caracteriza desde niña, siempre tropezando, enredándose con los pies, caminando como un pato. “Lástima de hija” dice su madre cada vez que la ve dar algún trompicón, la misma cantinela que escucha desde que tiene uso de razón.
Quizá esta noche se lleve a ese hombre a la cama. No es su tipo, pero para follar no importa demasiado, el caso es sentir el calor de otra piel bajo las sábanas, unas manos ajenas que acarician, una boca, el deseo brillando en la mirada… que más da que cuando amanezca no recuerde su nombre, ni su rostro, que más da que al salir de su cuarto bostezando le de los buenos días un “lástima de hija” susurrado entre dientes por su madre.
Bruno, su compañero de baile, le hace señas y ella empieza a andar lentamente sobre la pasarela metálica que une las dos jaulas. Es el momento en que bailan juntos, cuerpo a cuerpo. Sudan sensualidad, se ve y se huele, en la ruidosa sala abarrotada. Cientos de rostros observan extasiados esa danza magnética que aviva su deseo.
Es de él de quien está enamorada, es con ese hombre que se sueña follando cada noche. Pero el muy cretino sólo tiene ojos para una novia lechosa con pinta de anoréxica a quien adora. Y ella se muere de ganas cuando le tiene allí tan cerca, con su sexo pegado al de él, la pierna rodeando su cadera, con las bocas a escasos milímetros una de otra… siempre acaba con el tanga empapado y llevándose a cualquier desconocido a la cama, o masturbándose en silencio, en un rincón del pequeño cuarto que usa para cambiarse.
Cuando se acaba el baile, ella mira un momento hacia el hombre que no deja de observarla y le hace un ligero gesto con la mano, él asiente. Otra pareja de go-gós toma el relevo. “Lástima de hija” dijo su madre cuando ella dejó la escuela, harta ya de suspensos, de broncas, de amenazas. Y lo dijo otra vez cuando iba rodando de trabajo en trabajo, cada vez más jodidos y peor pagados. Y otra vez más cuando la vio salir la primera noche camino de su debut como go-gó de aquella discoteca. Ella lloraba cada vez que escuchaba la maldita letanía, lloraba hasta que le escocían los ojos. Ahora no. Cuando baila se olvida de quien es, de sus miedos, de su estúpida torpeza y de su madre. Y en tan sólo una noche cobra más que en toda una semana en aquella mierda de trabajos. Claro que no sabe cuánto tiempo podrá seguir con esto, aún es la mejor, pero… las niñas vienen ya pegando fuerte.
Follará con el tipo de la barra al ritmo de tambores, trompetas, guitarras y acordeones. Ella folla con música, para no tropezar o darse de narices con la puerta. Y los hombres se quedan boquiabiertos viéndola desnudarse al tiempo que su cuerpo se mueve candencioso, ligero, sensual. Con un andar felino se acerca hacia la cama y después de los besos, magreos y caricias, los cabalga con furia mientras suena la música a máxima potencia.
Baja con cuidado la escalera y se cruza con Bruno y su escuálida novia que sonríe con timidez. Hasta el viernes, le dice él, con un guiño. Hasta el viernes, contesta, mientras piensa ¿qué tendrá esa pánfila?... y tropieza.
Unas manos la sujetan antes de caer, es el tipo que la espera. No está tan mal, piensa mientras le observa, total para follar… “lástima de hombre”… aunque quien sabe, quizá con él…
