Historia de una relación (Final)

Esta mañana tenía que pasar por el Hospital General, su médico la había citado para concretar el día en que le efectuaría una pequeña operación sin importancia, pero precisa. Le había ido dando largas y ahora ya no podían aplazarla más. Se había levantado de mal humor, tenía un montón de cosas que hacer y aquella estúpida operación la iba a tener tres o cuatro días fuera de la circulación ¡Cómo odiaba los hospitales!. No le des más vueltas –se dijo- cuanto antes lo hagas, mejor.
Así que sobre las diez de la mañana dejó su despacho y se dirigió a la consulta. Llegaba tarde, como siempre, y la cabeza ocupada en todas las gestiones que tenía que hacer cuando saliese de allí. El Hospital era un gran edificio, lleno de salas de consultas de las distintas especialidades de medicina, llenas éstas a su vez de enfermos ¡qué deprimente!. Se dirigió a Cirugía, con el móvil pegado a la oreja dándole las últimas instrucciones a su compañero. Cuando llegó a la pequeña sala de espera, se sentó en uno de los asientos libres, sin prestar atención a nada más que a la conversación que mantenía.
Cuando terminó, apagó el móvil, haciendo caso a los avisos colgados por las paredes y mientras extraía de su cartera unos papeles para revisar, se permitió dar un vistazo a la gente que había a su alrededor. Por suerte, no eran muchos. Mentalmente hizo el cálculo del tiempo que tendría que esperar, una hora quizá, bueno... no era mucho. Iba a volver a sus papeles, pero lo pensó mejor, intentaría relajarse un poco. No quería aceptarlo pero esa operación la ponía nerviosa. Se puso a observar: a su lado izquierdo se sentaba una pareja de ancianos, pequeños los dos, como encogidos, muy juntitos. Sintió ternura por ellos, seguramente uno de los dos sería el enfermo y el otro lo acompañaba. A su derecha, otra pareja, de su edad más o menos, en sus caras se veía el aburrimiento, posiblemente no llegarían a parecerse nunca a los dos viejecitos, o sí ¿quién sabe?. Enfrente un niño, casi adolescente, acompañado por la que debía ser su madre, una mujer todavía joven de aspecto descuidado. Y un poco separado de ellos, un hombre, delgado, un poco mayor que ella, tocado con una gorra que ocultaba su cabeza sin pelo. Estaba leyendo un libro, con la cabeza baja por lo que no podía verle bien la cara, medio tapada por la visera.
No apartaba la vista de ese hombre, algo en él le resultaba familiar y no lograba saber que era. Continuaba mirándolo, cuando él como si lo intuyera, levantó la vista y ella se encontró de frente con unos ojos verdes cuya imagen llevaba guardada en lo más recóndito de su memoria. Creyó que se le paraba el corazón, intentaba mirar hacia otro lado, pero no podía, sentía que estaba atrapada por aquellos ojos. Supo que la había reconocido cuando le vio sonreír con esa forma suya tan especial. Ella luchaba por mantenerse imperturbable y logró al fin desprenderse de su mirada. Puso toda su atención en los papeles que tenía en su regazo, aunque sentía que era observada.
Salió la enfermera y la oyó llamar al próximo paciente:
-Miguel Bellver, pase, por favor.
Él se levantó, no sin antes dedicarle una última mirada, y se dirigió a la consulta. Respiró aliviada, la cabeza le daba vueltas, este encuentro era lo último que esperaba ¡joder! ¿por qué le pasaba esto ahora? Debía estar enfermo, estaba muy delgado, desmejorado. Pero seguía conservando ese fuego en la mirada, esa sonrisa que le había traspasado el alma. Al cabo de un momento, se abrió la puerta y lo vio aparecer. Al mismo tiempo, ella deseaba desaparecer, se hubiera metido debajo de la silla si hubiera podido. Miguel se dirigía directamente hacia ella. No, por favor, no lo hagas –pensó- creyendo que iba a saludarla, o preguntarle ¿cómo estás? y todas esas cosas. Pero él le habló al oído, tan bajito que apenas pudo oírlo: “estás todavía más guapa de lo que recordaba”, al tiempo que dejaba caer en su falda un papel doblado. Y salió de la sala sin mirar atrás.
Guardó el papel en su bolso sin abrirlo y esperó su turno. En realidad ya no estaba allí, su pensamiento vagaba muy lejos, a muchos años de distancia.
Y ahora, sentada en su sillón, mira aquel papel. Una dirección: calle Santa Clara, número 7. Debe ser la casa donde vive y es una alusiva invitación para que vaya, pero no sabe que hacer. Han pasado muchos años, pero lo quiso tanto, más que eso, fue al único que amó entre todos los hombres que habían pasado por su vida. Ahora que ha vuelto a encontrarlo tiene que pedirle una explicación, el motivo por el que desapareció de la noche a la mañana. Sí, lo ha decidido, irá a su encuentro.
Son las seis de la tarde y se dirige en su coche a la dirección que aparece en la nota: una bonita zona de “torres” antiguas, de veraneo, rehabilitadas. Algunas están enclavadas en sitios preciosos desde donde se ve el mar. La carretera está llena de curvas, conduce despacio. Al salir de una curva ve una gran verja de hierro con el número 7 en la parte superior. Está abierta y da paso a una avenida flanqueada por árboles, al final de la cual está la casa. Cuando enfila la avenida, se sobresalta, hay dos coches de policía y una ambulancia parados delante de la puerta. Está tentada en dar la vuelta y marcharse, pero continúa. Deja el coche ante una pequeña puerta lateral, se apea, y se dirige hacía los agentes. Se identifica como periodista y antigua amiga de Miguel Bellver y pregunta que ha pasado, venía a hacerle una visita, después de habérselo encontrado esa misma mañana. El policía le dice que lo halló la mujer que se ocupa de la casa, acostado en la cama, desangrado. Se había cortado las venas. En ese momento, dos enfermeros sacan una camilla con un cuerpo tapado por completo. Está a punto de desmayarse, todos a su alrededor se está difuminando, la voz del policía le llega lejana. Hace un esfuerzo por concentrarse, le está preguntando si se encuentra bien, dice que sí, que ha sido la impresión, no esperaba encontrarse con esto, que si puede servirles de ayuda está a su disposición. Él se lo agradece y dice que no saben si tiene familia, sino quizá tengan que llamarla ya que ella lo conocía. Le estrecha la mano.
Se aleja en dirección al coche, sin darse cuenta de lo que hace, como una autómata. La pequeña puerta se abre y una mujer gruesa, con el pelo blanco, le hace señas para que entre. Sin saber a que viene aquello, la sigue al interior de la casa. Encima de una gran mesa de madera, en el centro de la estancia, hay un paquete grande y un pequeño sobre. La mujer le dice que son para ella, se pregunta mentalmente como lo sabe, pero no tiene fuerzas para hacerlo en voz alta. Abre el paquete, en él hay un cuadro, se reconoce, es una joven de pelo rubio y corto, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, la expresión transfigurada por el goce que está experimentando en ese momento que fue captada por la mano del artista. Luego, coge el sobre, lo observa sin atreverse a abrirlo. Tiene que hacerlo, acabar de una vez con todo esto, lee:
“Esta imagen me ha acompañado durante toda mi vida. Te la devuelvo, es tuya, yo no podré mirarte más. No me atreví a amarte. Era tan hermoso que temía que la vida, la rutina, lo echase todo a perder. Ahora, no vale la pena volver a empezar, aunque tuviera alguna posibilidad de hacerlo. Tengo miedo de que me quieras todavía y también de que me odies. Siempre he sabido de ti, he seguido tus pasos, en la distancia, sin que tú lo supieras. Desde que volví a Barcelona, deseaba llamarte, verte sólo una vez. Hoy, mi deseo se ha cumplido. No tengo nada más que hacer aquí. He dudado, durante un momento, si al fin vendrías, y he decidido que sí, vendrás, estoy seguro. Haz lo que quieras con el cuadro, consérvalo o quémalo. Es mi regalo de despedida” Miguel.
Se sienta en una antigua mecedora al lado de la mesa, llora, mientras la noche va inundando de sombras la habitación.
* Si acaso al otro lado de la vida
otra vez, por azar, nos encontramos,
¿se reconocerán nuestras miradas
o seremos tan sólo un par de extraños?
De todos modos te amaré lo mismo.
Juntos. O separados.*
* ALLA (MEIRA DELMAR)
Comentario:
Ufff, Des, la verdad es que me has dejado en un estado extraño, como complacido por leer el relato de un amor verdadero, y al mismo tiempo, rodado de una triste realidad, con esa herencia, esos cuadros, que ahora vienen a decirle a ella lo fantástico que fue todo, que lo tuvo en su mano pero él tuvo miedo y sólo quedaron cuadros, recuerdos, imágenes... Des, me dejas sin aliento. Y quiero que sigas haciéndolo.
Comentario:
Es muy bonita tu historia, Des. Y triste, pero hermosa. Yo la he ido leyendo sin intentar buscarle ningún significado: sólo disfrutándola.
Y me ha gustado un montón.
Un besazo. O dos. Des.
PD.: "Sugar, sugar" es de los Archies. No hay manera de encontrar la otra canción... de momento ;-))).
Y me ha gustado un montón.
Un besazo. O dos. Des.
PD.: "Sugar, sugar" es de los Archies. No hay manera de encontrar la otra canción... de momento ;-))).
Comentario:
Solistra: Sé que es más bonito lo de "fueron felices y comieron perdices" pero... así es la vida.
Lola: Yo diría que ninguna historia de amor termina bien, porque el amor se termina, o se transforma, o se muere. ¿Conoces tú alguna?
Besitos.
Lola: Yo diría que ninguna historia de amor termina bien, porque el amor se termina, o se transforma, o se muere. ¿Conoces tú alguna?
Besitos.
Comentario:
No todas las historias de amor acaban bien. Pero creo que en el fondo sabemos que este no fue un mal fin.
Un besazo
Un besazo
Comentario:
Ups, no esperaba el final así; pero creo que seguidas veces los seres humanos tenemos miedo de amar tanto, de caer en la rutina y se termina huyendo. Me angustió mucho que Miguel se quitará la vida y esperará que ella lo encontrara así... qué impresión!
El poema está precioso.
abrazoangustiado
El poema está precioso.
abrazoangustiado
Comentario:
Scape: Así es la vida, a veces... triste, creo que no podía terminar de otra forma. Me alegro que te haya gustado.
Lara: No me llores. O sí. También es bueno llorar, no sé si sirve para adelgazar, pero se queda una de agusto.
White: Bienvenda, estuve por tu casa haciéndote una visita. Por mi parte, estoy encantada de recibirte.
Yambra: Gracias, muchas gracias por la dedicatoria. Preciosa. También te hice una pequeña visita, y creo que te haré muchas más.
Paloma: Vale, me encanta engancharte, que tú siempre andas por ahí revoloteando, que pa eso tienes alas.
Besitos.
Lara: No me llores. O sí. También es bueno llorar, no sé si sirve para adelgazar, pero se queda una de agusto.
White: Bienvenda, estuve por tu casa haciéndote una visita. Por mi parte, estoy encantada de recibirte.
Yambra: Gracias, muchas gracias por la dedicatoria. Preciosa. También te hice una pequeña visita, y creo que te haré muchas más.
Paloma: Vale, me encanta engancharte, que tú siempre andas por ahí revoloteando, que pa eso tienes alas.
Besitos.
Comentario:
aghhhh pero ¿por qué me haces esto? jo, ¿no podía haber terminado bien?
Es igual, me ha encantado, me has enganchado durante todos los capítulos.
Muchos besos
Es igual, me ha encantado, me has enganchado durante todos los capítulos.
Muchos besos
Comentario:
Dedicatoria, de Luis Garcia Montero
"Si alguna vez la vida te maltrata
Acuérdate de mí,
Que no puede cansarse de esperar
Aquel que no se cansa de mirarte."
"Si alguna vez la vida te maltrata
Acuérdate de mí,
Que no puede cansarse de esperar
Aquel que no se cansa de mirarte."
Comentario:
Me ha atrapado, he disfrutado con cada letra y cada letra ha apretado un poquito más mi corazón. Simplemente maravilloso relato, enhorabuena. Saluditos.
Comentario:
Joder, Des... no me mola nada llorar ahora... que manera de amar tan bestia, no??? que incomprensible... habrá quien deje pasar el amor de esa manera?
Lo que no entiendo porqué se quitó de enmedio el buen hombre...
Lo que no entiendo porqué se quitó de enmedio el buen hombre...
Comentario:
Maravillosa historia. Triste, pero maravillosa.
