Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Verde y negro (II)
(Segunda parte)

Durante horas, los mineros trabajan sin descanso ayudando a salir a los compañeros. Aparece el primer muerto: Faustino, 17 años, hace un año que empezó ilusionado a trabajar con su padre. Ahora él es quien le saca en brazos, roto por el dolor. Así van surgiendo de la negra boca, uno tras otro, hasta siete. Entre ellos: Pepín.

Fue el tercero. Cuando Mercedes le vio, deseó morir. Su mente se negaba a admitir que era él, su marido, aquel hombre que sacaban sin vida del fondo de la mina. El dolor era imposible de soportar y tuvieron que sujetarla para que no cayese allí mismo. Querían que algún patrono la llevara en coche al hospital, pero ella se negó rotundamente.

Solo se oyen sollozos y lamentos en aquella, ahora fría, mañana de primavera. Las horas van pasando lentamente. Faltan tres compañeros: Manolo, Santos y Avelino. Los mineros se van turnando en las tareas de búsqueda que cada vez se hace más difícil y penosa, pero no se dan por vencidos. Nunca dejaron allí un hombre enterrado, y no va a ser ésta la primera vez: trabajarán día y noche hasta dar con ellos, vivos o muertos.

Está cayendo la noche y aún, nadie piensa en comer ni descansar. Mujeres de otros pueblos trajeron comida para los hombres que salen exhaustos en cada turno de búsqueda. Sólo ellos se permiten un respiro y recuperan fuerzas para proseguir.

A las once de la noche encuentran a Manolo y Santos, ya cadáveres. Solo falta Avelino. Algunas mujeres volvieron a casa, tienen niños pequeños a los que atender. Entre ellas, Mercedes, acompañada por una de sus hermanas. Hay que preparar el velatorio y el entierro de Pepín. Lourdes tambien vuelve con ella, sabe que cualquier noticia sobre la suerte de su hijo pequeño le será comunicada enseguida y los compañeros no dejarán de buscarlo durante toda la noche. Ahora su lugar está al lado de su nuera y de su hijo muerto.

Hoy, el pueblo se prepara para enterrar a sus muertos. Durante toda la mañana los hermanos de Pepín y Avelino, estuvieron yendo y viniendo de casa a la mina. Ha llegado una patrulla de rescate y prosiguen con la búsqueda, pero cada hora que pasa la esperanza de encontrarlo vivo va disminuyendo. No pueden hacer otra cosa que esperar y permanecer unidos en el dolor.

Esa tarde las escenas de dolor se suceden en cada casa y el negro predomina sobre el verde de las praderas. Han llegado mineros con sus familias de todas partes y gente importante, de las que llevan traje y corbata, con cara de circunstancias; aunque cuando todo termine volverán a sus trabajos cómodos y seguros. En sus vidas, esto representará tan sólo un inconveniente, un trámite que hay que cumplir. La comitiva se dirige al pequeño cementerio, los ataúdes a hombros de familiares y compañeros parece que siguieran el ritmo de una gaita que rompe el angustioso silencio.

En el camposanto hay cinco tumbas preparadas, los otros cuatro fallecidos son del pueblo vecino que, también hoy, se ve sacudido por el mismo dolor. El anciano párroco recita sus oraciones. A alguno de los que ahora está enterrando les dio la primera comunión y los vio crecer hasta convertirse en hombres. Intenta mantenerse sereno, aunque le tiembla la voz y los ojos se le llenan de lágrimas. Cuando todo termina, abraza a las familias y regresa lentamente a la iglesia. Desde ayer parece que los años se le vinieron encima de repente. El cortejo emprende el camino de vuelta, allí ya está todo hecho, los muertos descansan en paz.

Avelino está tirado al fondo de la galería. No sabe cuánto tiempo, las horas pasan muy despacio en la oscuridad y el silencio. No puede moverse, una gran piedra le aplastó la pierna derecha. No está muy seguro de lo que pasó, sólo recuerda que fue más adentro que sus compañeros para ir apuntalando el techo. Un poco más atrás de donde él se encontraba, los picadores estaban taladrando la pared cuando se oyó el siseo inconfundible de un escape de grisú. El grito de uno de ellos: “¡Grisú! Guajes correi” alertó a los demás. Cuando quiso darse cuenta, la galería se le vino encima. Está seguro que muchos han caído con la explosión y él sigue vivo, aunque no sabe por cuanto tiempo. Está allí, atrapado sin remedio.

Durante las primeras horas no oía ningún ruido, luego no se acuerda si se durmió o perdió el conocimiento. Hace poco, empezó a escuchar ruidos y murmullos pero no logra ubicarlos para poder saber de dónde vienen. Sabe que no pararán hasta dar con él, pero piensa que quizá no lleguen a tiempo. O igual en una de esas, cede la viga de madera bajo la que está parapetado. Tiene frío y sed, mucha sed. Con la explosión, el polvo del carbón se le metió en la garganta y los pulmones y siente su sabor. Tiene que mantenerse tranquilo y no perder la esperanza. Esperanza… no puede verse la pierna atrapada, pero ya no le duele y eso no es buena señal. La piedra que tiene encima es de grandes dimensiones y ha debido aplastarla por completo.

Sus pensamientos van y vienen sin control. Pepín ¿estará bien? ¿cuántos habrán caído esta vez? ¡Ay! ¡Probe mamina, tarás tan preocupá! – piensa. Los de rescate deben estar cada vez más cerca porque escucha voces, pero sabe que tienen que ir despacio y extremar las precauciones. Ya que pueden encontrarse con otra bolsa de grisú o provocar un derrumbamiento. El cansancio le hace cerrar los ojos y hay momentos en que pierde la consciencia.

(continúa)

 
Comentario:
Ivan: sí, sí, el terrible: terriblemente simpático, terriblemente inteligente, terriblemente atractivo...
Y ya, no te digo más, que luego todo se sabe. Gracias por seguir por aqui, esta noche voy a verte.
Zif: pues algo tenemos en común, porque los genes asturianos son muy, pero que muy recalcitrantes. Gracias por tu lectura.
Patricia/Ricardo: no sabéis cuánto os envidio, este año no pude ir, pero del verano que viene no pasa. Tengo unas ganas locas de beberme una sidriña y comerme un centollo de esos del Cantábrico... me muero por ellos.
Scape: no me seas protestón, ya tienes el final.
Besos.
 
Comentario:
Jo...
 
Comentario:
Seguimos con atencion la historia con el mismo entusiasmo que tenemos de regresar a Gijon, un abrazo argentino...
Patricia /Ricardo..
 
Comentario:
Hace mucho tiempo mi familia era asturiana. No se si por eso o por otra cosa, el dolor de la gente me emociona. La tierra se cobra sus tributos, mientras los hombres orondos no se dan cuenta....
 
Comentario:
Mi mamá también se llamaba Mercedes.
Sigo por aquí. Beso.
Ivan... el terrible?
Terriblemente Ivan.
No