Aquellos tiempos

Hoy había quedado para tomar café con una vieja amiga. Como ya os dije, tengo pocas, pero especiales. A Luisa la conozco hace treinta años, fuimos compañeras de trabajo durante los diez primeros, y luego, aunque nuestra vida laboral tomó distintos rumbos hemos seguido manteniendo nuestra amistad. Vivimos cerca, ella está en el pueblo de al lado, así que nos vemos de vez en cuando para tomar algo o para irnos a cenar las dos, mano a mano. Ya hemos planeado una cenita para la semana que viene. Luisa es hija única y soltera. Es tranquila, reposada, en todos estos años jamás la he visto alterarse, ni levantar la voz, ni enfadarse. Y mira que yo era dificil de soportar, con ese genio endemoniado que tenía, que afortunadamente se ha ido calmando con la edad, aunque de vez en cuando aun colea.
Casi siempre que nos juntamos, después de hablar de nuestro presente, vienen a nuestros recuerdos aquellos años en el trabajo.
Mi vida laboral se compone de dos únicas empresas: en la que trabajo en ese momento, y la anterior. Ésta pertenecía a un gran grupo de empresas metalúrgicas con almacenes en toda España. Yo trabajaba en la central que está en mi pueblo. Empecé allí recien cumplidos los dieciseis años. Allí llevábamos toda la administración de las distintas filiales, por lo que éramos cincuenta administrativos incluyendo a los jefes. La mayoría de la plantilla se componía de gente muy joven, por lo que trabajábamos y nos divertíamos mucho haciéndolo. Era rara la semana en la que no montaramos alguna fiesta: el cumpleaños de menganito y salíamos a tomar una copa, el santo de fulanita y salíamos a tomar otra, que uno se casaba, teníamos una comida o una cena, que la mitad nos íbamos de vacaciones, había que celebrar una despedida.... y así hasta el infinito y más allá.
Afortunadamente, yo tenía unos padres bastante permisivos en ese aspecto, siempre han confiado en mi criterio, así que no tenía ningún problema para salir por las noches. Algún problemilla empezó a ponerme el chico con el que empecé a salir, hoy mi marido, pero nunca he sido yo mujer a la que le corten las alas, así que despues de algunas broncas, tuvo que hacerse a la idea. Además, yo nunca le insinué siquiera que dejase él de salir con sus amigos ¿por qué iba a hacerlo yo? Siempre he creido que un matrimonio no es una cadena perpétua y que cada uno debe seguir manteniendo sus amistades. Está bien que mi marido comozca a mis compañeros de trabajo, pero si organizamos una comida o una cena, somos nosotros los que debemos disfrutarla, las parejas respectivas suelen aburrirse al no estar en su ambiente. Y lo mismo con los de él. Son parcelas privadas y ninguno debe inmiscuirse en la del otro.
Había un señor, que entonces a mí me parecía un viejito y tendría unos cincuenta y tantos años, que era el que había empezado de contable en la pequeña empresa con el dueño, antes de convertirse en lo que fue despues. Era un hombre adorable, metódico hasta el extremo. El señor D. parecía Don Quijote (os estábais preguntando que tenía que ver la imagen con lo que estoy contando), igual de alto y desgarbado. Él se ocupaba de la contabilidad en las propiedades personales del dueño, y aún lo hacía "a mano" en los antiguos libros contables. Usaba uno de esos lápices que son azules por un lado, y rojos por el lado opuesto. Y siempre, siempre escribía con lápiz. Decía que para borrar bien algo escrito con lápiz había que borrarlo treinta y siete veces, ni una más ni una menos. Andaba siempre ensimismado. A veces, cuando terminábamos el trabajo, nos quedábamos en un bar que había enfrente de la oficina, sólo para verle salir. Cerraba la puerta con llave y se dirigía hacía su viejo seiscientos. A mitad de camino, volvía sobre sus pasos y comprobaba que la puerta estaba bien cerrada. Y así, hasta tres o cuatro veces. Hacíamos apuestas a ver en cuantas ocasiones retrocedía. Tenía una paciencia tremenda para enseñar a los nuevos, y nunca le oi decir un taco, sus palabras más fuertes eran: "cáspita" "mecáchis" "recaray"... Sabía muchísimo sobre cualquier cosa. Y es que el hombre se empapaba de todo lo que les pudiera interesar a cualquiera de sus dos hijos. Por ejemplo, supongamos que a uno de ellos le gustaba la espeleología, pues allí tienes al señor D. leyendo todo lo que caía en sus manos sobre este tema. Que al otro le daba por tocar el xilófono, pues el señor D. a leer, no solo sobre ese instrumento en particular, sino sobre todo lo que tuviera que ver con la música. No me extraña que anduviera siempre ensimismado, creo que en aquella cabecita tan pequeña no podía caber tanta información. Adorable señor D., no sé si aún vivirá, hace muchos años que no sé de él.
Yo empecé mi andadura profesional como auxiliar del señor D., pero como era la única en toda la administración que poseía el título de périto taquígrafo, y no sólo lo poseía, sino que, modestia aparte, era muy buena (aún lo soy, pero menos) con la escritura de signos, me convertí en la secretaria de toda la dirección. Cuando un jefe quería dictar una carta, allá iba Des. Así tuve que tragarme muchas reuniones con los directivos de otras empresas, de almacenes, con abogados, etc., hasta altas horas de la noche, escribiendo garabatos a toda prisa, mientras ellos hablaban, hablaban, y hablaban, para luego traducirlas y hacer los informes en limpio. Eso también me sirvió para saber moverme entre esa clase de gente y quitarme la timidez. Al principio, cuando me llamaban a la sala de reuniones, abría la puerta y me encontraba con diez o doce pares de ojos mirándome, el rubor me llegaba hasta la raíz del pelo. Y no veas, cuando el que me dictaba perdía el hilo de lo que estaba diciendo y yo, en voz alta, y otra vez con todos los ojos puestos en mí, tenía que leer parte de lo que llevaba escrito hasta el momento. Al poco tiempo, me acostumbré. Uno, porque a muchos ya los conocía. Y porque fui tomando confianza en mi misma y en mi capacidad para hacer bien el trabajo.
¡Uf! no lo hago más largo, mañana sigo contando...
Comentario:
que el mañana ya ha llegado y me gustaría seguir porque ando con el ordenador otra vez roto y hasta el lunes no voy a saber más. Apiádate de mi y de mis pobres uñas...
Besitos y a escribir.
Besitos y a escribir.
Comentario:
Anda, y te quedas aquí? Después de leerme todo el tocho éste? Pero que pasa con este viejete? Ya puedes estar escribiendo el resto, venga, venga…
jeje, besotes.
jeje, besotes.
