Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
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Aquellos tiempos (II)
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Cuando yo entré a trabajar en la empresa, aún era relativamente pequeña (la empresa, digo). Ya tenían algunos almacenes desperdigados por el país, pero cada uno se gestionaba por sus propios medios.

En aquel momento componíamos la administración diez o doce personas. La gerencia la componían Don A.LL., el dueño, y su hijo JM (no, no era JR). Luego había un apoderado el Sr. S. catalán, serio, al que todos teníamos un respeto fuera de lo normal. Le gustaba la perfecta organización y con sólo una mirada de él te echabas a temblar. Hacía unos meses que trabajaba yo allí, cuando me llamó un día a su despacho y me pidió un documento. Yo no lo encontré por ninguna parte y estaba segura de que a mí nadie me lo había entregado. Me metió un puro que salí del despacho llorando, dispuesta a largarme de allí a toda prisa. Me calmaron los compañeros y el adorable Sr. D. Al cabo de unos días, resultó que el dichoso papelito lo llevaba JM en la guantera del coche, porque dicho sea de paso, era un verdadero desastre para esas cosas. El Sr. S. el gruñón, que por cierto tenía cierto parecido con Jordi Pujol, no me llamó esta vez a su despacho, vino al mío, y delante de todos los compañeros me pidió disculpas. Desde aquel día nos entendíamos a la perfección y ya no me parecía el ogro que podía comerme de un bocado.

También recuerdo a otro Sr. S. pero éste era muy distinto. Se encargaba de la centralita de teléfonos, y también era muy mayor. Andaba por el pasillo a pasitos muy, muy cortos, que te daba la impresión que no iba a llegar a su destino. Había unas cuantas chicas más, todas algo mayores que yo, pues la pobre Des era la novata del grupo. En la sección comercial, la que se encargaba de las compras y ventas, estaba el jefe Sr. G. un hombre orondo y tranquilo, y la pareja más cachonda de toda la oficina: José María y Ximo. José María era vasco y se encargaba de las compras, y Ximo era valenciano, el abogado de la empresa. Ambos estaban solteros y ya tendrían sus veintimuchos. Todos los viernes se iban de juerga y el sábado (entonces el sábado era día laborable) venían los dos con un cachondeo tremendo. La mayoría de las veces llegaban al trabajo sin dormir, pues se habían pasado toda la noche de farra. El hijo del señor S., el de la centralita telefónica, era el cajero, además de ser el tío más guapo de la oficina, parecía un actor de cine, y los sábados tenía que pagar los salarios del personal de fábrica, que entonces se hacía con dinero efectivo. Muy pulcro él, colocaba los billetes en la mesa y las monedas ordenadas en torres perfectas. No había ningún sábado que José María o Ximo, en un descuido, no le destrozaran aquellas montañitas que tanto le habían costado colocar. Daba igual que se enfadase y les llamase todo lo que le venía a la boca, aquellos dos se lo pasaban por el forro.

Luego llego la revolución. Compraron un ordenador de esos gigantes de IBM que funcionaba con fichas perforadas y que necesitaba una habitación para él solo. Una habitación que siempre estaba helada, pues tenía que tener la temperatura adecuada para que aquello no se calentase en exceso. Y llegaron una nueva remesa de gente: programadores, analistas y chicas perforistas (así se les llamaba a las que se pasaban el día tecleando datos). Todos eran jóvenes y ahí empezamos a pasarlo bien. Al Sr. S. el de los pasitos de hormiga le jubilaron y se encargó de la centralita una chica simpática y dicharachera, Virginia, que daba mejor imagen de la empresa. A mí me encargaron dirigir y controlar la facturación de todos los almacenes, por lo que estaba en contacto directo con el departamento informático. Había tres chicos, dos analistas Vicente F., y Jose. Y un programador y jefe del departamento Vicente B. De los dos primeros cabe destacar a Jose, era el clásico macarra y ligón. Gustaba vestir en verano pantalones blancos y ajustados que dejaban entrever (y a veces algo más) su dotación masculina, cuando te daba un beso en la mejilla, siempre se acercaba peligrosamente a la boca. Era un ligón en potencia. No sé cuántos rollos llevaba a un tiempo, que además solían llamarlo por teléfono al trabajo. Un día la telefonista al recibir una llamada de una mujer preguntando por él, créyó reconocer la voz del otro lado de la línea: "Un momento, por favor, Yolanda, te paso enseguida". Y resultó que... no era Yolanda, era Cristina. El follón que le montó la susodicha a Jose fue sonado, ya que la tal Cristina era su novia formal (y no sé por qué digo formal).

Yo me llevaba maravillosamente bien con el programador Vicente B., era un motero algo extravagante (y es que siempre me llevé bien con los hombres extravagantes). Lucía barbita algo rala y bigote, y un cabello alborotado de cierta longitud, de un rubio oscuro. Sus ojos verde-azulados eran impresionantes. Era de un estatura media y muy delgado. Me embobaba con él sólo escuchándole. Un día alguien quiso gastarle una pequeña broma que casi nos cuesta un disgusto. No me acuerdo a quien se le ocurrió la idea, el caso es que encontraron un pájaro, un pequeño gorrión muerto en el poyo de la ventana y lo metieron en el cajón de la mesa de Vicente. Llegamos por la tarde, después de comer, y fuimos a su despacho para seguir con el trabajo que hacíamos en conjunto. Yo le decía cómo quería los diferentes informes de facturación y el hacía el programa correspondiente. Abrió el cajón para sacar un cigarro y allí estaba el pajarito. Se puso pálido y empezó a ahogarse. Le faltaba la respiración y yo le miraba sin saber qué hacer. Como pude me lo llevé de allí sin saber cual era el motivo de su repentino ataque. Resultó que tenía una tremenda fobia a los animales con plumas, y más si estaban muertos.

Entonces también llegaron los días en que nos quedábamos a trabajar de noche....... pero eso lo cuento mañana.

Feliz fin de semana.

 
Comentario:
Scape: me alegra leerte de nuevo, ya sabes que es siempre un placer.
Un beso.
 
Comentario:
Tras unos días "desconectado", ya me he puesto al día con tu blog. Y veo que sigues escribiendo tan maravillosamente...

Un saludo!!
No