Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Las zapatillas de María
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María no daba crédito a lo que veía. Se acababa de probar unas preciosas zapatillas y salió a enseñárselas a su abuela, que sentada en su mecedora preferida estaba enfrascada en la lectura de un libro. Cuando la mujer miró los pies de su nieta, sus ojos se tornaron brillantes e inundados de lágrimas, mientras que su rostro se iluminaba con una radiante sonrisa. ¿Qué pasa, abuela?- preguntó María extrañada ante la reacción de Alejandra. Nada, hija, no pasa nada. Esas zapatillas me han traído a la mente recuerdos maravillosos. Cuéntamelos, anda, abuela, por favor, ya sabes que me gustan mucho tus historias – le rogó María, preparándose para sentarse en el suelo a los pies de la mujer. No, ahora no puedo hacerlo, María – le contestó ella con un hilo de voz, visiblemente emocionada.

La joven había ido esa mañana al mercadillo del pequeño pueblo en el que vivía su abuela y al que ella acudía con frecuencia a pasar unos días de vacaciones, se acercó a un tenderete donde vendían calzado, las vio y se enamoró de ellas. Eran blancas, con doble plataforma de esparto. La punta redondeada, y unas tiras que salían del empeine y se ataban alrededor de la pierna. Eran cómodas y atractivas. Volvió a pensar en su abuela. Tenía una historia peculiar de la que ella no sabía gran cosa. Su madre le había contado que antes de que ella naciese, la abuela decidió un día dejarlo todo y empezar una nueva vida. Sus hijos ya habían crecido y no se sentía obligada a ellos. Así que dejó un trabajo que hacía años la aburría, y se marchó a un pequeño pueblo a orillas del mar Cantábrico. Allí, además de contar con su pensión por el trabajo de toda una vida, empezó a dar en casa algunas clases de repaso a los niños del pueblo, sobre todo de gramática, ortografía, literatura... Le gustaba que los niños ejerciesen la imaginación, inventasen historias, y los ayudaba a hacer una buena redacción, a intentar expresar sus sentimientos y sus emociones mediante la palabra escrita.

No necesitaba demasiado para vivir, había logrado escapar de una vida abocada al consumismo exagerado, a la posesión de cosas inútiles de las que se podía prescindir fácilmente. Su casa era sencilla y cómoda. Tenía una gran biblioteca porque los libros eran su distracción favorita, junto con un excelente aparato de música, y un moderno ordenador. Ella decía que lo que era bueno de lo que dábamos en llamar progreso, había que aprovecharlo. Hacía muchos años que utilizaba internet, y además proclamaba que le debía mucho a esa nueva forma de comunicación. Pero nunca daba demasiadas explicaciones de lo que había sido su vida antes de recalar en aquel pueblo, y el motivo por el que tomó esa decisión. Según su madre, la abuela hacía años que escribía y había empezado una novela contando su vida, pero no permitiría que nadie la leyese hasta que ella no hubiese muerto. Luego, alguien tendría que escribir el capítulo final.

Alejandra se levantó de la vieja mecedora con una sonrisa bailándole en los labios y salió de la casa. María la vio marcharse y supo hacia dónde iba. La miraba muchas veces, desde la casa, sentada a la sombra del viejo árbol, frente al mar. No siempre estaba sola. En ocasiones, pasaba horas allí con Manuel, su compañero, abrazados, recostados sobre el grueso tronco. A ella le gustaba mirarlos y escuchar el susurro de sus voces traídas por el viento. Y observarlos, cuando se quedaban mirándose en silencio y el atardecer iba haciendo menos visibles sus cuerpos, hasta que sólo eran dos sombras unidas frente al mar. Manuel y Alejandra hacían algún pequeño viaje de vez en cuando, les gustaba visitar a algunos amigos que tenían esparcidos por el país. Y a menudo esos mismos amigos venían a visitarlos, por lo que cuando ibas a su casa nunca sabías a ciencia cierta con quien ibas a encontrarte.

¿Qué estará pensando ahora la abuela? ¿Qué misteriosos recuerdos le traerán estas zapatillas? Ojalá y me lo cuente pronto, me muero de curiosidad. Y María, entró en la casa dejando a Alejandra a solas con sus pensamientos...
 
Comentario:
A mí me gusta embelesarte, querido Coco, mucho.
Un beso.
 
Comentario:
Jummmm, yo venía por otra cosa, pero siempre me embeleso leyéndote.

Estooooo, ¿a qué había yo venido? sí, ya, que tú la llevas, corazón: http://soycoco.blogspot.com/2005/10/el-relevo.html
No