Gracias a la lluvia (I)

Aquel sábado, al levantarme, comprendí que mis planes para esa mañana se habían ido al traste. Tenía previsto ir de compras, a ver si me levantaba un poco la moral, pues desde hacía unos días andaba algo deprimida. Y... estaba lloviendo a cántaros. No me seducía la idea de coger el coche y meterme en la carretera para acercarme a la ciudad, sin contar en caminar luego entre charcos, con bufanda, gorro y guantes, pues la lluvia iba acompañada de un frío polar. Podía ir a un centro comercial, pero no era eso lo que me apetecía. Yo había imaginado pasear tranquila por el centro de la ciudad, en una bonita mañana de invierno, sentarme a tomar café en alguna terraza y comprarme algún caprichito. Descartado. No habría compras.
Ya está, me dije, voy un rato al gimnasio. Tengo por costumbre acudir allí dos o tres veces por semana, pero ésta que terminaba, había sido especialmente agobiante en el trabajo y tuve que faltar algún día a mi cita deportiva. Pues bien, aprovecharía esta mañana lluviosa para hacer un poco de ejercicio.
Cuando llegué al gimnasio no había nadie más que el dueño. Nos saludamos, hablamos un poco del tiempo que se ve había asustado a los asiduos de los sábados y pasé al vestuario a cambiarme. Me puse un pantalón pirata y una camiseta de tirantes con otra encima de manga larga hasta que entrase en calor y me dirigí a la sala de musculación. Estaba vacía. Cogí mi hoja de rutina colgada en el tablón de corcho y empecé con mis ejercicios de calentamiento.
Al cabo de un rato ya me sobraba la camiseta que llevaba encima. En ese momento, llegó uno de los chicos con los que coincidía a menudo, nos saludamos y él fue también a cambiarse de ropa. Me gustaba ese hombre, era atractivo, con una preciosa sonrisa, y unos ojos con los que solía tropezarme en los espejos que recubrían las paredes. No era muy hablador, pero sentía a menudo sus miradas mientras nos entrenábamos. Cuando me di cuenta, apareció en la puerta. Se había puesto un pantalón corto y una camiseta también de manga corta. Tenía un bonito cuerpo, no demasiado musculoso, pues no era de los que estaban allí día y noche poniéndose como toros, y tampoco tomaba esas porquerías que se meten para hinchar los músculos.
Yo estaba sentada en el borde de uno de los bancos, justo delante del espejo, haciendo bíceps y él se situó en uno de los aparatos que quedaban detrás para ejercitar pectorales. Nos mirábamos a través del espejo y sonreíamos de vez en cuando. En ésas estábamos cuando por la puerta, asomó el dueño del gimnasio:
-Chicos, tengo que salir a hacer unas gestiones ¿no os importa quedaros solos?
-No, no te preocupes (contestamos al unísono).
-Será cosa de dos horitas más o menos. Os cierro la puerta, no vaya a ser que se cuele alguien. Si tocan el timbre, hacéis el favor de abrir, aunque no creo que hoy venga mucha gente.
-Vale, vete tranquilo- contestó Miguel- si Cristina tiene que irse, yo espero hasta que vuelvas.
Cristina soy yo, como habréis podido imaginar, y Miguel es el hombre atractivo con el que iba a quedarme sola...
(Prometo acabarlo mañana, no tengo tiempo hoy de escribirlo todo)
Comentario:
Nada me quedo con la intriga...
Comentario:
uyyssssss, pero qué malamalosa...
Anda, llevame al gimnasio ¿podrás con dos?
:)
Besito.
Anda, llevame al gimnasio ¿podrás con dos?
:)
Besito.
Comentario:
La cosa promete.
