Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Gracias a la lluvia (II)
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Seguimos cada uno a lo nuestro, cuando en uno de los descansos entre series para estirar los músculos, se acercó a mí:

- Cristina, creo que haces un ligero giro de muñeca que le resta esfuerzo al bíceps que es de lo que se trata.
- ¿Tú crees? No me he dado cuenta.
- Ven, siéntate y te lo enseño.

Volví a tomar asiento en el borde del banco y él lo hizo a horcajadas detrás de mí. Cogí las mancuernas y empecé con el ejercicio alternando derecha, izquierda, derecha, izquierda... Miguel puso sus manos sobre las mías acompañando el movimiento de mis brazos.

Tenía su pecho pegado a mi espalda, y sus brazos tocando los míos, y yo estaba empezando a ponerme nerviosa. No era la primera vez que él, el monitor, o cualquier otro de los veteranos me echaban una mano para corregir alguna postura incorrecta al realizar un ejercicio, pero esta vez era distinto: estábamos solos en aquella enorme sala y entre nosotros había una atracción demasiado evidente. Hicimos así unas cuantas repeticiones y entonces él soltó mis manos para que yo siguiese haciendo sola los movimientos. Pero no se levantó, ni se separó de mí, si no que empezó a subir las yemas de los dedos por mi antebrazo, el brazo, los hombros... y mi piel empezó a reaccionar.

Me agaché y solté las mancuernas en el suelo. Nos mirábamos fijamente a través del espejo, mientras él seguía con sus caricias.

Entonces sentí sus labios sobre mi cuello.

Dejó por un momento uno de mis brazos y apartó el pelo que me caía sobre la nuca, para, a continuación, depositar pequeños besos de uno a otro hombro.

Se me cerraban los ojos y quería abandonarme al inmenso placer que estaba sintiendo pero me gustaba vernos así en el espejo. Yo me había movido un poco hacia él de tal modo que estábamos totalmente pegados, como si fuésemos montados en una moto.

Empezaba a sentir la dureza de su sexo detrás de mí. Miguel había pasado de los besos suaves a pasar su lengua por el cuello, por las orejas, mordiéndolas de vez en cuando. Permanecía con las manos posadas sobre sus piernas, cuando las cogí y las puse sobre mis pechos, dejando las mías sobre ellas y apretándolas suavemente.

La imagen reflejada en el espejo me excitó.

Estuvo así masajeándome por encima de la camiseta para luego buscar por debajo el contacto de la piel. Yo seguía mirando nuestra imagen y viendo como sus manos se movían bajo la tela, hasta que tiró de ella hacia arriba y dejó mis pechos al descubierto. Los pezones ya estaban duros y erectos, pero él siguió pellizcando, girando, amasando, mientras yo echaba la cabeza hacia atrás, sobre su hombro sin poder contener ya el deseo.

En ese momento, se separó un poco de mí y se despojó él también de su camiseta, para a continuación pegarse de nuevo a mi cuerpo, pero esta vez sin nada que se interpusiese entre nuestras pieles.

Nuestra respiración entrecortada y mis gemidos se hacían cada vez más patentes en el silencio de la sala, cuando Miguel metió su mano por la cintura de mi pantalón en busca de mi sexo que estaba ya completamente mojado. Cuando la yema de sus dedos me rozó el pubis algo parecido a una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo, instintivamente abrí un poco más las piernas.

Miré al espejo, era increíble lo que me provocaba nuestra imagen, el movimiento de su mano bajo mi pantalón. Giré un poco la cabeza buscando su boca, necesitaba besarle, que su lengua explorase entre mis labios, igual que los dedos lo hacían en mi sexo. Si seguía tocándome así iba a estallar de placer y no quería, necesitaba que parase un momento. Así que cogí su mano y la saqué de allí, acercándome sus dedos a la nariz y aspirando mi olor, para después lamerlos uno a uno mientras nuestros ojos se devoraban en el espejo.

Entonces él se puso en pie, haciendo visible la erección que adornaba sus pantalones, y que hacía un buen rato que yo estaba sintiendo, cuando su pene endurecido rozaba mi trasero...


 
Comentario:
Estoooo...
¿me pasas los kleenex?
Y esta vez no es para llorar :)
Besazo, donde tú quieras...
 
Comentario:
La leche!
Vaya con el Miguel y el dueño del gimnasio. Seguro que están conchabados, seguro.
Y vaya festín te espera gracias a eso...
No