En busca del tesoro enterrado

Cuando era una niña, la calle era el lugar preferido para los juegos. No es que los niños de ahora no lo hagan, sobre todo en los pueblos, pero no es lo mismo. Hoy en día se juega en los parques, en las plazas… pero entonces lo hacíamos en la calle, en cualquier calle. Sólo teníamos que salir a la puerta de casa y juntarnos con nuestros vecinos. Yo vivía en las afueras del pueblo, y delante de mi casa había una acera enorme donde podíamos jugar a nuestras anchas. Lo más habitual era saltar a la goma, sobre todo entre las chicas. Unas gomas elásticas que se colocaban en los tobillos las dos niñas a las que les tocaba “pagar”, con las piernas abiertas, formando un rectángulo, y con las que hacíamos verdaderas maravillas. Iban subiendo de altura hasta llegar a colocarlas en el cuello, y llegábamos hasta allá arriba saltando y haciendo toda una serie de “coreografías”…increíble. Por supuesto también jugábamos a la pelota, a pies quietos, al sambori (no recuerdo su nombre en castellano) ese juego en el que se pintan cuadrados numerados en el suelo y se va llevando una piedra con el pie, a la pata coja, a “tú la llevas”, al escondite.
Cuando nos apetecía algo más tranquilo, nos gustaba imitar a cantantes famosas, un karaoke sin karaoke, cantábamos “a capela” y necesitábamos bien poco, algunos trapos o toallas o lo que pillásemos por casa para disfrazarnos y un micrófono. Lo del micrófono era una obra de arte, hacíamos una especie de alcachofa con papel de periódico y después lo recubríamos con papel de plata de las chocolatinas que habíamos estado reuniendo durante días. Entonces no existía el papel de aluminio, y aunque ya lo hubiesen inventado, las madres de antes eran tan ahorrativas que no nos hubieran dejado desperdiciarlo de esa forma.
Uno de los juegos que más me gustaba era el de “enterrar tesoros”. No sé si era algún juego generalizado, pero tengo la impresión que era un poco particular de nuestra pandilla o de esta zona, no sé, en cualquier caso nosotros lo convertíamos en toda una aventura. Como teníamos cerca los campos y algún que otro descampado, lo primero era hacer acopio de trozos de vidrio, todos servían, sin importar el tamaño, la forma o el color. Siempre encontrábamos muchos, en primer lugar porque antes casi todos los envases que contenían líquido eran de vidrio, incluidas las garrafas de agua, esas verdes y redondas que se introducían en una especie de capazo de plástico con asas. Y también porque entonces eso de los contenedores de reciclaje aun no se había inventado. Luego siempre teníamos una buena colección de imágenes o fotos sacadas de viejas revistas, dibujos, trozos bonitos de papel, cromos, cualquier cosa que habíamos ido guardando.
Se trataba, entonces, de ir acoplando los cristales a todas esas cosas que eran verdaderos tesoros para nosotros, según la forma, el tamaño o el color que más nos gustaba. Una vez hecho esto, salíamos todos en excursión al campo más cercano, o a cualquier sitio donde hubiese tierra, excavábamos un poco y los enterrábamos poniéndolos de tal manera que cuando fuésemos a buscarlos apareciese la imagen o lo que hubiésemos elegido, y se viese a través del cristal. Elaborábamos mapas y planos detallados para saber en todo momento donde los habíamos enterrado.
Al cabo de unos días, o cuando nos daba por jugar otra vez, íbamos en busca de los tesoros. A veces, teníamos la suerte de encontrar alguno que no era nuestro y eso sí que era un verdadero descubrimiento, e incluso nos enterábamos de algún secreto porque también nos gustaba enterrar en forma de tesoro algún papel con el nombre del chico o de la chica que en ese momento ocupaba nuestro corazón, o un poema de esos románticos de “qué bonito es el amor, qué bonito el arco-iris” y en los que “mar” siempre rimaba con “amar”.
Ahora, sigo enterrando tesoros. Algunos, los materiales, una carta, un poema, un libro, un collar, una vieja foto, andan desperdigados por cualquier cajón. No me gusta tenerlos en un lugar a propósito para ellos porque estando así, perdidos, puedo encontrarme con ellos el día menos esperado y entonces me asalta el recuerdo que ese viejo tesoro encierra, esa historia tonta que creía olvidada. Otros, los que no son materia, ni se pueden tocar, también andan esparcidos, no sé muy bien dónde, pero están ahí, y aparecen cuando menos lo espero: una sonrisa, un gesto, una palabra, un beso, una caricia, una travesura, un aroma, una canción, un enfado, un dolor, un adiós, un encuentro.
Algo me hizo hoy recordar todo esto, y no sé qué fue, seguramente algún pequeño indicio que me hizo seguir el mapa que guardo en la memoria. Extraño pensamiento.
Comentario:
yo tengo la manía de dibujar mapas en la cabeza para poder encontrar luego los recuerdos que me ayudarán a vivir.
Un beso.
Un beso.
