Cosas y un relato... post desordenado
Esta mañana mi pueblo se ha despertado con una sorpresa poco frecuente: la única montaña que tenemos cerca y donde está ubicado uno de los casinos más importantes de Europa y un precioso hotel, el Monte Picayo, ha amanecido cubierta por la nieve. Ha sido un bonito espectáculo para los que sólo vemos la nieve por televisión y gozamos casi todo el año de un clima primaveral. Algunos no han tardado en hacer una excursión hasta la cima y hoy no se hablaba de otra cosa.
Mi pobre contrario anda agotado, está trabajando toda la semana tarde y noche (hoy también le tocó) y casi ni nos vemos el pelo. Lo que está claro es que es una buena solución para no discutir, cuando él llega yo me voy, y cuando llego yo, él ya se ha ido. Hablamos más por el móvil que en persona. Trabaja, trabaja, le digo, que ya disfrutaré yo del "chalé". Tú y el querido, me contesta socarrón, porque a este paso... no sé yo. En fin, cada uno se jode cuando le toca.
He estado ocupada ordenando un poco todos los cuentos y relatos que tengo por ahí, hasta para eso soy desordenada, y ya no sabía los que había colgado y los que no. Tampoco sé si al final me aclaré o me armé aun más lío. Es igual. El caso es que encontré por ahí un pequeño texto que a mí me gusta mucho, así que voy a postearlo, porque sí, porque me apetece y tengo esto un poco abandonado.
Buen fin de semana.

TU LIENZO
Ayer, yo era lienzo, de un blanco deslumbrante, puro y virginal. Apoyado en el caballete, esperaba paciente.
Esta mañana, por la puerta entreabierta, te vi pasar. Abrazabas a una joven de ojos negros y piel morena. Después, a través de la pared, me llegaron rumores, jadeos, estallar de besos, lamentos placenteros. Yo, esperaba.
Al caer la tarde, tu sombra precedió a tu figura desgarbada. Me miraste desganado... pensabas. Te sentaste frente a mí... dudabas. En silencio, yo te gritaba: ¡Vamos!, estoy aquí, quítame este envoltorio blanco que me asfixia. Gritaba y gritaba. Sordo e imperturbable, me mirabas. Y mirándote, me dormí.
Húmedos cosquilleos me despiertan. Sonrío. Tus pinceles dibujan trazos en mi cuerpo. Pero, ¿qué haces?. No, no es así como soy. Me inventas delgada, rectilínea, asexuada. Me retuerzo en mórbidas y sensuales curvas. Los pechos que me asignas son pequeños e infantiles. ¡No!. Los hago crecer redondeados, coronados por pezones erguidos y desafiantes. El negro de tu paleta pinta mi cabello. No, así no. Tarareo: “Quiero ser, el rojo del amanecer...”. Miras a la puerta y escuchas: has oído un murmullo. Cuando tu mirada se posa nuevamente en mí: el resplandor del fuego se hace visible en mi cabeza y las brasas adornan mi entrepierna. Éste es mi color. Pintas mis párpados cerrados y yo, terca, los abro una y otra vez. No, no puedes negarles a mis ojos tu imagen. Mi mirada tiene que ser la de una mujer que goza y es gozada.
Te enfadas y dejas mi cuerpo, lo abandonas. Empiezas a pintar almohadones, cojines donde descanso. Me desespero. ¡No!. Sólo necesito tu viejo jergón, ése donde caes rendido de madrugada. No quiero adornos a mi lado que distraigan tu atención.
Tu paciencia se agota y esgrimes contra mí tus armas: pinceles que clavas en mi cuerpo y que como cuchillos afilados, trazan heridas sangrantes. “¡Mírame!- te grito - busca dentro de ti, soy la mujer que deseas, la que quieres pintar”. No me oyes. Estás ciego de ira. Busco tus ojos. Me rehuyes. Desfallezco. Un último intento: ¡mírame, mírame! Y por un instante consigo que lo hagas, en el momento justo en que una negra lágrima emborrona el color miel de mis pupilas.
Abro los ojos. Sonríes. El movimiento de tus hombros te delata: “está bien – me dices – tú ganas”. Tu pincel, ahora ya caricia suave, se deja llevar.
Te distancias. Me observas. Reconoces en mí tu secreto deseo. Acercas el jergón arrinconado y te tumbas a mi lado. Siento tu abrazo cálido. Mirándote, me duermo. Mirándome, te duermes.
Mi pobre contrario anda agotado, está trabajando toda la semana tarde y noche (hoy también le tocó) y casi ni nos vemos el pelo. Lo que está claro es que es una buena solución para no discutir, cuando él llega yo me voy, y cuando llego yo, él ya se ha ido. Hablamos más por el móvil que en persona. Trabaja, trabaja, le digo, que ya disfrutaré yo del "chalé". Tú y el querido, me contesta socarrón, porque a este paso... no sé yo. En fin, cada uno se jode cuando le toca.
He estado ocupada ordenando un poco todos los cuentos y relatos que tengo por ahí, hasta para eso soy desordenada, y ya no sabía los que había colgado y los que no. Tampoco sé si al final me aclaré o me armé aun más lío. Es igual. El caso es que encontré por ahí un pequeño texto que a mí me gusta mucho, así que voy a postearlo, porque sí, porque me apetece y tengo esto un poco abandonado.
Buen fin de semana.

TU LIENZO
Ayer, yo era lienzo, de un blanco deslumbrante, puro y virginal. Apoyado en el caballete, esperaba paciente.
Esta mañana, por la puerta entreabierta, te vi pasar. Abrazabas a una joven de ojos negros y piel morena. Después, a través de la pared, me llegaron rumores, jadeos, estallar de besos, lamentos placenteros. Yo, esperaba.
Al caer la tarde, tu sombra precedió a tu figura desgarbada. Me miraste desganado... pensabas. Te sentaste frente a mí... dudabas. En silencio, yo te gritaba: ¡Vamos!, estoy aquí, quítame este envoltorio blanco que me asfixia. Gritaba y gritaba. Sordo e imperturbable, me mirabas. Y mirándote, me dormí.
Húmedos cosquilleos me despiertan. Sonrío. Tus pinceles dibujan trazos en mi cuerpo. Pero, ¿qué haces?. No, no es así como soy. Me inventas delgada, rectilínea, asexuada. Me retuerzo en mórbidas y sensuales curvas. Los pechos que me asignas son pequeños e infantiles. ¡No!. Los hago crecer redondeados, coronados por pezones erguidos y desafiantes. El negro de tu paleta pinta mi cabello. No, así no. Tarareo: “Quiero ser, el rojo del amanecer...”. Miras a la puerta y escuchas: has oído un murmullo. Cuando tu mirada se posa nuevamente en mí: el resplandor del fuego se hace visible en mi cabeza y las brasas adornan mi entrepierna. Éste es mi color. Pintas mis párpados cerrados y yo, terca, los abro una y otra vez. No, no puedes negarles a mis ojos tu imagen. Mi mirada tiene que ser la de una mujer que goza y es gozada.
Te enfadas y dejas mi cuerpo, lo abandonas. Empiezas a pintar almohadones, cojines donde descanso. Me desespero. ¡No!. Sólo necesito tu viejo jergón, ése donde caes rendido de madrugada. No quiero adornos a mi lado que distraigan tu atención.
Tu paciencia se agota y esgrimes contra mí tus armas: pinceles que clavas en mi cuerpo y que como cuchillos afilados, trazan heridas sangrantes. “¡Mírame!- te grito - busca dentro de ti, soy la mujer que deseas, la que quieres pintar”. No me oyes. Estás ciego de ira. Busco tus ojos. Me rehuyes. Desfallezco. Un último intento: ¡mírame, mírame! Y por un instante consigo que lo hagas, en el momento justo en que una negra lágrima emborrona el color miel de mis pupilas.
Abro los ojos. Sonríes. El movimiento de tus hombros te delata: “está bien – me dices – tú ganas”. Tu pincel, ahora ya caricia suave, se deja llevar.
Te distancias. Me observas. Reconoces en mí tu secreto deseo. Acercas el jergón arrinconado y te tumbas a mi lado. Siento tu abrazo cálido. Mirándote, me duermo. Mirándome, te duermes.
Comentario:
A escribir, a escribir, estos días los blogs están que echan humo!
Comentario:
¡Vaya! Cayetana, es una alegría volverte a ver por aqui y por tu blog, que ya vi que abriste de nuevo. ¿Cómo es eso de nuestro pueblo? a ver si lo me lo explicas, igual somos vecinas y no me enteré.
Un beso.
Un beso.
Comentario:
Si hija si, hoy en nuestro pueblo hace un frio que pela, asi que...en casita y a escribir..jajaja
Un besito
Un besito
