Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
La chica del ascensor (I)
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Las ocho menos cuarto, eran ya las ocho menos cuarto y yo tenía aquella entrevista de trabajo a las ocho en punto. Había quedado con Pablo en que pasaría a buscarme y me acercaría hasta el lugar de la cita, que por cierto, quedaba justo al otro extremo de la ciudad. Paseando arriba y abajo por la habitación no iba a solucionar nada, pero era la única forma en que conseguía calmarme un poco. Y fumar, fumar un cigarrillo tras otro. ¡Maldito Pablo! Es que nunca podía contar con él. Mi querido hermano era el tío de los problemas, siempre, siempre le sucedía algún imprevisto. Cogí el móvil para intentar por quinta vez hablar con él. Nada, aquella voz horrible de autómata: “el teléfono al que llama, está apagado o fuera de cobertura”. Seguro que se ha quedado sin batería, como si lo viera. Yo lo mato, es que lo mato. Casi tiro el dichoso teléfono al suelo cuando empezó a vibrar en mi mano.
- ¿Dónde coño te has metido? Llevo llamándote media hora.
- Lo siento, hermanita, estoy en un atasco tremendo. Un accidente de tres pares de cojones… está cortada la autovía… no voy a llegar.
- ¡Hostia puta, Pablo! Siempre te pasa algo, podías haberme llamado por lo menos ¿qué hago yo ahora? Mierda, mierda, mierda…
- Vale, tía, pilla un taxi… que sé yo.
- Bueno, anda, ten cuidado, voy a ver cómo me las apaño. Si es no escarmiento, no escarmiento, nunca puedo contar contigo. Vale, vale, un beso.
Salí a la calle como un cohete. Un taxi, dice, si no me queda un puto duro, eso contando con que encontrase alguno. Me dirigí a la parada del autobús, aguantando las miradas de todos los hombres que se cruzaban conmigo. Claro, la verdad, es que no iba vestida para andar en transporte público, pero sólo me faltaba perder el tiempo cambiándome de ropa. Además estaba segura que mi indumentaria era la adecuada para camelar al tipo que me iba a entrevistar. Era un abogado con bastante renombre en la ciudad y necesitaba una secretaria particular. Tenía que conseguir ese trabajo, era mi última esperanza. Iba subida en unas botas de piel marrón, tipo mosquetero, que tapaban la rodilla, una falda vaquera cortísima que dejaba al descubierto mis muslos enfundados en unas medias negras de fantasía, cinturón casi tan ancho como la falda, una camiseta Custo que me había costado un dineral y que dejaba a la vista gran parte de mi anatomía pectoral, y mi vieja cazadora de piel marrón. Por fin llegó el autobús, que para no variar, iba hasta la bandera, todos allí apretujados olisqueándonos unos a otros. ¡Maldito Pablo! No cuento más con él, lo juro, nunca más.
Bueno, ya no tenía remedio, y cabreándome no iba a conseguir nada. Iría hasta el despacho del fulano ese, y con un poco de suerte igual aun le encontraba allí. Aunque siendo viernes por la tarde, no tenía demasiadas esperanzas. ¡Señor! Échame una manita, anda, pensé mirando hacia el techo, que últimamente me tienes abandonada. Pero… ¡qué chorradas estoy diciendo!, si es que la desesperación hace milagros. Elisa, confía en ti, eres lo único que tienes, me dije.
Cuando el autobús llegó a mi parada, salí de allí dando un respiro. Menos mal, porque ya estaba empezando a cansarme de dar codazos o de poner mi enorme bolso como escudo contra los manoseadores ¡joder! hay qué ver como anda la gente de necesitada. El despacho del abogado estaba situado en la cuarta planta de un antiguo edificio, de esos que habían restaurado en los últimos años. Busqué el número de la puerta y apreté el timbre. Nada, allí no contestaba ni dios. Insistí, rezando por lo bajo. Ya iba a darme por vencida cuando…
- ¿No contestan? ¿dónde vas?
- ¡Ah! Me has asustado – la que me hablaba era una chica más o menos de mi edad, que me miraba con alegre sonrisa – Iba a la cuarta planta, al despacho de D. Juan Calatrava, pero parece que no hay nadie.
- Se habrá ido ya, hoy es viernes ¿estabas citada?
- Sí, estaba citada, pero llego tarde… ¡dios mío! Si es que me he retrasado casi una hora. Oye, si entras, voy a subir de todos modos, igual está arriba y como es tan tarde no le apetece abrir. (Era la última gota de esperanza que me quedaba).
- Claro, claro, yo también voy a la cuarta planta… entra.
- Tú primero, por favor.
Aproveché para fijarme un poco en ella. Era delgada, un poco más bajita que yo. Claro que ella no iba subida en aquellos enormes tacones. Llevaba botas camperas, una falda larga y amplia estampada y un gran jersey de lana. El cabello corto y negro, pegado a la cabeza en pequeñas ondas. Pulsó el botón de llamada del ascensor. Era uno de esos antiguos, que suben y bajan por el hueco de la escalera, lleno de dorados y brillos. Dentro y al fondo, un gran espejo que cubría toda la pared, con un pequeño asiento para dos personas, forrado en cuero. Las otras dos paredes estaban recubiertas de madera. Olía bien. Bueno, a ver si tenía un poco de suerte y aun pillaba al Sr. Calatrava.
- ¿Qué puñetas pasa ahora? – el ascensor acababa de detenerse entre la tercera y la cuarta planta, y además toda la escalera se había quedado a oscuras.
- Pues, me parece que ha habido un apagón o ha saltado el automático.
- ¿El automático? ¿qué coño de automático?
- Sí, en estas fincas antiguas suele pasar, la instalación eléctrica no aguanta tanto aparato que tenemos ahora y… puf.
- ¿Entonces? ¿qué hacemos? Me cago en todo, si es que hoy no me tenía que haber levantado de la cama, si es que llevo la negra.
- Cálmate un poco, por mucho que te cabrees no vas a solucionar nada. Ya se darán cuenta y lo conectarán, o si es un apagón, tarde o temprano lo arreglan ¿por qué no te sientas?
- Para sentarme estoy yo ahora. Estoy, estoy que me subo por las paredes. Si es que necesito ese trabajo, joder, lo necesito.
- ¿Venías a por el trabajo de secretaria del abogado? ¡Coño! Pues sí que te has puesto guerrera ¿pensabas conquistarlo?
- Pensaba hacer lo que hiciera falta, hacerle una paja, mamársela o follármelo, lo que hiciera falta. Y si no lo hago hoy, será mañana o el lunes, o cuando sea, como si tengo que sentarme en la puerta a esperarlo.
- Ya. Si que estás desesperada. Por cierto, me llamo Eva ¿y tú?.
- Yo, Elisa – dije algo enfurruñada.
Convencida de que no me quedaba más remedio que esperar, me senté en el pequeño asiento. Ella, me miró un momento, y luego hizo lo mismo, se sentó a mi lado, pero en el suelo. Nos quedamos en silencio. Yo pensaba en todo lo que me había pasado en los últimos meses: había roto con mi pareja, con la que convivía cinco años, la empresa donde trabajaba como secretaria de dirección con un sueldazo había quebrado dejándome en la calle. Y como más de la mitad de mi retribución era en dinero negro, con la mierda de desempleo no llegaba ni a medio mes. Si no pagaba pronto el alquiler atrasado, la casera me pondría de patitas en la calle. Y con mi querido hermano no podía contar. Ese estaba peor que yo, era un bohemio que iba siempre a salto de mata.
Su voz me sacó de mis elucubraciones:
- Son bonitas esas botas que llevas… y caras – al hablar, iba deslizando su mano por la piel suave y brillante.
- Sí, si las quieres igual te las vendo. Me parece que si sigo así tendré que pensar en ir deshaciéndome de todos estos lujos. O meterme a puta. O trabajarme al Calatrava y que se vuelva loco por mí.
- ¿Por qué no te las quitas? Estarás más cómoda, y no sabemos cuánto tiempo vamos a estar aquí.
- La verdad es que tengo los pies destrozados ¿me ayudas?
- Si quieres – decía, mientras estiraba de las botas para descalzarme- te hago un masaje en los pies. Soy buenísima, ya verás te dejo como nueva.
- Calla, anda, no digas tonterías ¿cómo te vas a poner ahora a darme un masaje en los pies?
- ¿Tenemos algo mejor qué hacer?
- No, realmente, creo que no.
- No se hable más, pon los pies aquí, encima de mí.
Antes de que me diera cuenta, se había sentado en el suelo otra vez, al estilo indio, frente a mí, y colocaba mis pies en su regazo….
 
Comentario:
Me sé el final, me sé el final!!!

:)
No