Desesperada (Final)

Tengo un amigo, bueno más bien diría un conocido, uno de esos con quien charlas o tomas un café de vez en cuando, que hace tiempo que no paraba de insistir para que tuviéramos una cita, que quería follar, vamos, seamos realistas. Yo siempre le daba largas, porque la verdad no acababa de seducirme del todo. Pero últimamente empezó a propiciar conversaciones subidas de tono, a escribirme contándome sus fantasías… Y oye, tiene un lado morboso que no es moco de pavo. Al menos, me hizo pensar en darle una oportunidad. Tampoco podía ser tan malo. Y la verdad es que una se cansa a veces de tanto enamoramiento que te hace estar siempre en un ¡ay! sufriendo y sufriendo como una idiota. Un encuentro sexual, ni más ni menos, sin mariposas en el estómago, ni nervios, ni nada. Tan sólo una húmeda excitación. Podía resultar.
El tío daba saltos de alegría cuando acepté su proposición y se puso como loco a hacer planes. El día que mejor nos venía a los dos, el hotel que podía reservar… ya estaba saboreando el pastel antes de haberlo horneado. Le dejé hacer, no tenía ganas de molestarme y además a él le hacía tanta ilusión. Por fin, quedamos para un día de la semana pasada. Él vive en una ciudad a unos 100 kilómetros de la mía, pero por su trabajo viene a menudo pues tiene clientes en la zona. Ese día se lo había organizado de forma que podía disponer de la tarde libre para nuestro encuentro. Yo inventé una excusa cualquiera y dije en casa que estaría ocupada con unos asuntos durante toda la tarde.
Y el día empezó con mal pie. Me levanté tarde. Y eso es algo que me pone de mal humor para todo el día porque tengo que ir corriendo. Pero bueno, después del tercer café ya se me había pasado el cabreo. Me había puesto un precioso vestido en tonos azules que cuando me visto con él tengo la impresión de hacerlo con un trozo de mar. Es de un suave tejido que marca las formas que tiene que marcar. Tiene un corte tirando a japonés o algo así. Un pequeño cuello “mao” que no llega a cerrarse por delante, ya que tiene un escote casi en forma de corazón. Se cruza con dos lazos que se atan detrás, por lo que es muy fácil de quitar. Una mano experta solo tiene que tirar de la punta de uno de los lazos y “ale hop”… el vestido se abre.
Estaba en la oficina con un café encima de la mesa mientras intentaba descifrar una especie de cuadro sinóptico de no se qué normas, totalmente ensimismada, cuando mi compañero apareció casi al lado mío. Me dio tal susto que tiré el café de un manotazo, que (cómo no) fue a derramarse sobre mi precioso vestido. Casi me como al infortunado, mis ojos despedían chispas de rabia, y él se iba encogiendo y encogiendo hasta el punto que temí iba a largarse por debajo de la mesa como una cucaracha. Salí disparada, sin pronunciar palabra, pero taladrándole con una mirada asesina, hacia el cuarto de baño a ver si lograba arreglar el desaguisado.
Fue imposible, ya me podía despedir del vestido. Tendría que pasar por casa a cambiarme… hostia puta. Al rato llegó el jefe. Y yo estaba como para tonterías. Pues al hombre no se le ocurre otra cosa que proponer una reunión justo para esa tarde. ¡Ah, no! Ni pensarlo. En un momento vinieron a mi mente, mil y una excusas, a cual más ilógica y extravagante. Menos mal que conseguí serenarme un momento y convencerle, haciendo gala de mi profesionalidad, de que era muchísimo mejor dejar la reunión para el día siguiente. ¡Coño! Había dicho que sí a aquella cita casi por puro compromiso, pero ahora no me daba la gana que entre todos la fastidiasen.
Cuando el jefe se largó convencido, conecté un momento el mess a ver si por casualidad estaba Ismael, que así se llama mi “conocido”. No era probable, ya eran las doce del mediodía y debía estar con los clientes que tenía que visitar. Cuál sería mi sorpresa al ver su muñequito verde allí reluciendo.
-¿Qué haces ahí todavía? Le escribí en la ventanita, cargada de mala leche.
-¡Ay! Dulce – aquí toca una aclaración, no me llama Dulce porque sea cursi (que un poco sí lo es) es que mi querido padre tuvo la feliz idea de bautizarme con el nombre de Dulce María… jamás se lo perdonaré – tengo al jefe machacándome que quiere acompañarme a visitar a los clientes.
-Y… ¿qué quieres? ¿que hagamos un trío?... mira, a lo mejor me gusta más tu jefe que tú y resulta que te toca mirar.
-No te enfades, Dulce, está pesadísimo. Ya le he dicho que yo necesito estar libre a partir de las 4 de la tarde, que tengo asuntos particulares.
-No, mira, mejor lo dejamos para otro día.
-Que no, mujer, que estoy como una moto. Llevo soñando con esta tarde toda la puta semana, no me hagas eso.
-Bueno, vale, pero no me está gustando nada esto. Parece que se pusieron todos de acuerdo para jodernos la cita.
-Te mando un sms cuando salga para el hotel ¿vale?
-Vale, anda, ves con cuidado, un beso.
-Un beso… me muero por besarte de verdad.
-Anda, corta ya y no seas pesado. Ciao.
-Ciao.
Llegó la hora y me fui a casa corriendo a cambiarme de vestido. Bueno, me puse otro blanco con grandes botones de arriba abajo, también fácil de quitar. Nada de camisetas que hay que sacar por la cabeza, siempre sales despeinada, o se te queda un brazo atascado. Y viendo cómo llevábamos el día cualquier cosa podía pasar.
Salí de casa y a mitad de camino sonó el móvil avisándome de que tenía un mensaje. Ya está allí, pensé. Esperé a salir de la autovía y en la primera calle que vi un sitio libre, aparqué. El mensaje decía: “Dulce, aún tengo al jefe conmigo y se ha empeñado en que tenemos que visitar a un cliente importante. Ahora te llamo”.
Me cago en sus muertos, después de lo que ha insistido, lo mato, lo mato si ahora me da plantón. Bajé del coche y busqué un bar que estuviese abierto, necesitaba un café, aunque visto el estado de nervios que llevaba, igual mejor me tomaba un valium. Al cabo de media hora sonó el móvil.
-Dulce, estoy hecho polvo, no hay manera de convencer a este hombre. Le he dicho que me iba a mear para poder llamarte.
Yo echaba chispas, pero decidí dejarlo ya, estaba visto que no era nuestro día.
-Mira, no te preocupes, ocúpate de todos esos asuntos y ya quedaremos otro día. No pasa nada, tenemos tiempo de sobra (aunque estaba pensando que no me liaría de nuevo).
-Lo siento mucho, de verdad, lo siento, si vieras cómo estoy. Las ganas que te tengo.
-Pues me parece que vas a tener que cascártela, guapo. Y yo no tengo ni pizca de ganas de ponerme tierna. Perdona, anda, no me hagas caso. Ya hablamos ¿de acuerdo?
-Eres un encanto. A ver si puedes la semana que viene. Te prometo que no volverá a ocurrir.
-Vale. Oye, acuérdate de cancelar la reserva del hotel.
-Sí, ahora mismo lo hago. Un beso, cielo.
-Un beso.
Bien, mi cita se había ido al traste. Pagué el café y me metí en el coche.
Iba a abrocharme el cinturón cuando algo extraño en el asiento del copiloto llamó mi atención. Hubiese jurado que había alguien allí sentado, pero no, no había nadie. Agaché la cabeza de nuevo buscando el dispositivo de enganche y mirando de reojo, y ahora sí… allí en el asiento, había algo. Algo que parecía transparente, porque podía ver lo que había al otro lado de la ventanilla. Cerré muy fuerte los ojos, y los abrí de nuevo. Parecía la forma de un cuerpo sentado, pero como si fuera de agua. Miré el cigarro que me había encendido al subir al coche, lo olí. No, aquello era tabaco… ¿tendría algo el café que me había tomado? Inexplicablemente no estaba asustada, sólo sorprendida. No sé cómo me atreví a hacerlo, pero estiré el brazo intentando tocar aquello. Mi mano tocó el cristal de la ventana, pero ciertamente sentía que había atravesado una materia extraña, untuosa como el aceite, tibia, y que ejercía una especie de caricia en la parte de mi brazo que permanecía dentro de ella. Lo saqué de allí rápidamente.
No sabía si decir algo o qué hacer. Entonces aquella cosa me habló. No, no fue ciertamente hablar, fue como si escribiese las palabras en mi mente acompañadas de un sonido como de pluma al rozar en el papel: “¿Sabes quién soy?”. Me quedé un rato callada mientras pensaba que no iba a cometer la estupidez de hablar con aquello. Cerré los ojos para concentrarme e intenté escribir en mi mente mi respuesta: “No me pregunto quien eres, me pregunto qué eres? ¿un extraterrestre?. Creo que dibujó una sonrisa. Luego escribió: “No seas niña, los extraterrestres no existen?” “Ja” – contesté yo sarcástica…
Yo había permanecido mirando al frente, pero en vista de que no decía nada, volví mis ojos hacía el asiento, deseando que ya no estuviese allí. Tenía que fijarme bien porque no era fácil verle. Pero sí, estaba. Entonces, ya no escribió en mi mente con ese sonido especial, sino que habló con una voz que parecía venir de muy hondo, como de un profundo pozo, o del fondo del mar. No había escuchado nunca un sonido igual.
-No, Dulce, no soy un extraterrestre. Soy tu ángel de la guarda.
-Sí, y mi hada madrina está sentada en el asiento trasero… no te jode. Hace muchos años que dejé de creer en esas tonterías, tantos, que ya ni me acuerdo. Me parecería más lógico incluso que fueses un ser de otro planeta, un ente extraño, pero un ángel… anda, venga.
Se quedó callado, pero yo sentía que su poder de convicción estaba penetrando en mi cerebro, como si me estuviese “comiendo el coco” sin darme yo cuenta.
-Bueno, vale, admitamos que eres mi ángel de la guarda ¿qué pasa? ¿voy a morirme? ¿voy a darme una hostia con el coche? ¿pretendes salvarme?
-No, no vas a morir, pero sí que me he propuesto salvarte.
-¿De qué?... si puede saberse.
-Te estás haciendo mayor, Dulce.
-Me estás llamando vieja, ángel.
-Te estás haciendo mayor y al paso que llevas no alcanzarás la salvación.
-Venga ya, no me jodas, y a mí ¿qué puñetas me importa la salvación? ¿te has parado a pensar que puede ser que no crea en todo eso? ¿qué pasa? Deben andar escasos allá arriba de almas buenas ¿no?
-Es sólo cosa mía. Tú eres mi responsabilidad desde el momento en que naciste y no puedo dejar que sigas con esa loca vida de sexo y pecado… tanta promiscuidad. Sólo piensas en gozar de tu cuerpo y ¿qué pasa con tu alma?
-Yo no tengo alma, tío, ni falta que me hace. Si has venido sólo por eso, ya puedes abrir la puerta y largarte. Métete en cualquier charco a ver si te diluyes. O vete al África a salvar las almas de los pobre negritos que caen como moscas. No he tenido un buen día y esto es el remate final a tanto disparate.
-Ya sé que no has tenido un buen día, aunque yo creo que sí que ha sido el día perfecto. He conseguido que estés aquí conmigo en vez de follando con el tipo que te habías citado.
-Los ángeles… ¿no tenéis prohibido decir palabras soeces?... espera, espera… ¿has dicho que has conseguido? ¿has sido tú el culpable de tanto desastre?
Dicen que el que calla, otorga. Y eso mismo hizo el muy cabrón.
-Yo te mato, juro que te mato… voy a cometer contigo un “angelicidio”, pero ¿qué coño te importa a ti con quien o con cuantos follo yo?
-Ya te lo he dicho, voy a salvarte, aun en contra de tu voluntad. Cuando nace un ser humano se le asigna un ángel que tenga un carácter parecido, así que ya lo ves, soy tan cabezota como tú. Ahora, dejarás de verme, vete a casa y conduce despacio. Pero recuerda que estaré observándote…
Y desapareció.
No podía creerlo, debía haber tenido una especie de alucinación. A lo mejor fueron los nervios que pasé todo el día, el estrés… yo que sé. Volví a casa decidida a olvidarme de todo.
Pero no, algo pasa. Porque desde entonces no ha habido manera de ligar, ni de tener otra cita. Parece que hubiese perdido mi atractivo.
El pobre Ismael lo está pasando fatal. Resulta que aquel día aciago llamó al hotel y anuló la reserva de la habitación, pero algo ocurrió porque a la una de la madrugada llamaron a su casa diciendo que era de la recepción del hotel X y que tenían una reserva a su nombre que no había cancelado. El recado lo cogió su mujer, no sé si había mencionado que está casado, aunque me parece que no será por mucho tiempo porque la parienta cogió un mosqueo de un par de narices. El tío está acojonao, y no me extraña. No he querido contarle nada del ángel dichoso porque pensaría que me he vuelto loca. Que es lo que pienso yo también.
He intentado quedar con alguno de los pretendientes que tenía en lista de espera, y que estaban deseando pegar un buen polvo, pero por alguna extraña razón a todos les han pasado unas cosas rarísimas o han tenido accidentes de lo más tontos.
Estoy desesperada y si esto sigue así me parece que no voy a poder follar nunca más y cuando muera me iré derechita al cielo.
Y lo peor es que cada vez que intento algo para salir de esto, me parece escuchar una risa, como un chapoteo de agua viniendo de muy hondo…
Sólo se me ocurre una solución desesperada… ¿follarán los ángeles?
Comentario:
eh! yo quiero ser amigo tuyo !. :)
y a todo esto... los angeles tienen sexo? :)
Me ha gustado el relato. Saludos.
y a todo esto... los angeles tienen sexo? :)
Me ha gustado el relato. Saludos.
