La danza

Fotografía Philippe Pache
Acaba de tomar su tazón de café con leche. Es su cena de cada día. Siempre fue mujer de poco comer y con los años se acentúa su desgana. Se levanta con dificultad de la vieja mecedora que ya perteneció a su madre, y a su abuela. Cuando ella muera seguramente acabará en el basurero o quizá la recoja alguna familia necesitada y sirva para que alguna madre acune a su hijo mientras le canta una nana con su suave vaivén.
En realidad aun no debería pensar en morirse, no es ninguna vieja, pero hace tiempo que la vida le importa muy poco, casi nada. Ya casi van a dar las once, es el momento que espera con ansia, por el que vive cada día. Se dirige a su habitación.
Cuando sale de ella es otra mujer. Es la Juliette de hace diez años. Ataviada con un precioso vestido negro, medias de fantasía y zapatos de tacón alto… como aquella noche.
Al momento, una melodía inunda la habitación en penumbra. Y ella abrazada a una pareja imaginaria empieza su baile en soledad. Da vueltas y más vueltas con los ojos cerrados, mientras siente su brazo fuerte rodeándole la cintura, el calor que desprende su pecho al atraerla hacia él, su aroma de hombre. La música termina y vuelve a empezar, siempre la misma. Y ella sigue danzando hasta caer rendida, con los pies doloridos y el corazón sangrando.
Mientras, unos pasos resuenan en el silencio de la noche. La silueta de un hombre se pierde calle arriba. Los hombros caídos, la cabeza gacha… y en sus pupilas se lleva grabada la imagen de una hermosa mujer danzando sola.
Mañana volverá a la misma hora, como aquella noche, hace ahora diez años.
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