Su mano derecha

Imagen: Ronaldo Santana
Cuando me llamó a su despacho, no podía creerlo ¿cómo es posible que se hubiese fijado en mí?, total hacía poco tiempo que estaba allí, seguramente se habría equivocado de persona. Aunque, por otra parte, me parecía raro: Él jamás se equivoca.
No, no era un error, me quería a mí. Deseaba que fuese su ayudante, su mano derecha. Yo, no cabía en mí de gozo e inmediatamente, me puse manos a la obra.
Mi trabajo consistía en recibir y clasificar las demandas que le llegaban de todas partes. Cuando entré en lo que sería mi despacho, casi me da un ataque. Era una sala enorme con descomunales pantallas en las que iban apareciendo mensajes a una velocidad de vértigo, llegaban cientos, miles a la hora.
Tranquila –me dije- estoy hay que tomárselo con calma. Todo se manejaba mediante monstruosos ordenadores que iban separando los pedidos según la materia que trataban y luego se volvían a clasificar según su urgencia, después por el origen de los mismos.
Un tanto por cien muy elevado demandaba salud; otros muchos, trabajo; había los que solicitaban que el amor llegase a su vida; o que se les concediera ser padres. Y de dinero, me sorprendió la cantidad de gente que quería ser millonaria. Claro –pensé- es que la gente no es tonta ¡no te jode! Luego estaban los de los niños y los cándidos de corazón que se conformaban con muy poquito, incluso les importaba la felicidad de los demás.
Me extrañó, me extrañó mucho qué poca gente pedía por la paz en el mundo, porque se acabase con la miseria, el terrorismo, la barbarie. Casi nadie pedía que la Tierra fuese un planeta donde vivir en armonía. Y pensé que yo también era así de egoísta. Sólo nos duele lo que nos toca cerca.
Sí, ante los demás, decimos que nos preocupan todos esos problemas mundiales, pero luego, ahí estaba la verdad. Cuando nos encontrábamos a solas, cuando pensábamos que nadie nos escuchaba... éste era el resultado.
Como soy algo cotilla, me puse a rebuscar los mensajes que llegaban de mi pueblo. Ya, ya sé que eso no está bien, pero nadie se iba a enterar. Mi vecina, una beata de misa diaria, pedía que el ayuntamiento no le expropiase su campito de naranjas y si eso no era posible que le diesen un buen fajo de billetes ¡hipócrita!, luego dice que el dinero no es importante. ¡Joder! Mi amiga Alicia solicitaba que a Carmen, otra de la pandilla, se le cayese el pelo. Pero esta gente ¿qué pensará? ¿Que aquí no hay otra cosa que hacer?. Anda, ahora sí que me muero del susto: mi marido ruega porque la muy golfa de Paqui se vaya con él a la cama ¡será cabrón! Cuatro días hace que me fui (a la fuerza) y míralo. Y luego le dice a la gente que cuánto me echa de menos, que está hecho polvo, el pobrecito, que no puede vivir sin mí. ¡Qué capullo!.
Aguanté una semana en ese trabajo, y ya no pude más. Prefería mil veces hacer cualquier otra cosa, de portera si era preciso, esto me estaba deprimiendo.
Decidida, hablé con Dios y le presenté mi dimisión y de paso le di un consejo: “Pasa de ellos, tío, y no te comas el “tarro”, este mundo no tiene remedio”.
Creo que me hizo caso.
