La vendedora de baratijas

Fotografía: Philippe Pache
Le gusta sentir la caricia del sol en el rostro sentada en la quietud del pequeño parque. Cierra los ojos y se concentra en los sonidos que le llegan a los oídos formando una masa compacta que ella intenta reconocer. A esas horas de la mañana no se escucha el bullicioso griterío de los niños jugando y corriendo, de la animada charla de las madres que parlotean mientras no apartan la mirada de los pequeños. A esas horas sólo los que no tienen nada que hacer, como ella, permanecen tranquilos sentados en los bancos o deambulan lentamente por entre los setos. Ancianos solitarios, en su mayoría. O en pequeños grupos callados a veces, y otras contándose viejas historias. Otros, pasean algún cochecito de bebé, de algún nieto que han dejado a su cuidado. Éstos se ven ufanos, orgullosos de tener una ocupación, felices por sentirse útiles. Se agarran a esa tabla de salvación que quizá sea la última que les quede para no sentirse relegados a la soledad.
Dentro de un rato se acercará a su esquina de una calle peatonal del centro de la ciudad, y en el suelo extenderá un paño azul, donde irá colocando con sumo cuidado los collares, pulseras, sortijas y medallones que fabrica con toda clase de materiales. Quizá con un poco de suerte pueda vender alguna pieza. Luego, cuando el hambre empiece a hacerse presente, se acercará a la Beneficencia a por un plato de caliente. Y por la tarde, cuando a las gentes les gusta pasear, volverá a sentarse en el suelo a esperar que alguien se interese por cualquiera de sus mercancías, mientras observa los rostros de los transeúntes.
Desde dónde está sentada le llega el aroma de un arbusto que crece en el parque. Un olor penetrante mezcla de jazmín e incienso que le trae recuerdos lejanos. Recuerdos de un jardín, una verja… pero son tan borrosos que no sabe lo que significan. Le ocurre a veces con ciertos aromas, como el de las magdalenas que le regala el panadero todas las mañanas. Lo primero que hace cuando abre el pequeño envoltorio es acercarlas a la nariz y aspirar su olor. Entonces por su mente empiezan a desfilar imágenes que no logra reconocer… pasan tan rápidas, como el flash de un fotógrafo. También le sucede cuando alguna mañana se acerca paseando hasta el puerto y llega hasta ella el olor salino del mar. Cierra los ojos e intenta concentrarse, pero jamás consigue que alguna de esas imágenes se fije durante un momento en su cabeza. Le gusta el mar. Allí encontró a Jordán, un pastor belga negro que andaba perdido, tan perdido como ella, y que desde entonces la acompaña a todas partes.
Se dice que no importa, que así está bien. Pero sólo intenta engañarse porque cuando observa a las niñas en sus juegos, o a las adolescentes riendo entre bromas, no puede dejar de pensar que ella también debió ser niña, y luego se convertiría en una muchachita. Quizá hasta estuvo enamorada de algún chico de su edad por el que se dejaría besar en una noche de verano. Entonces, invariablemente, empiezan a picarle las suaves líneas que adornan sus muñecas. Es como un aviso. Y ella intenta distraerse y olvidarse de todas esas tonterías.
Su recuerdo más antiguo es el de un día de invierno, vagando por las calles, asustada y aterida de frío, sin saber a dónde ir. Un callejón oscuro donde se metió huyendo de las avenidas repletas de gente que iban y venían de un lado a otro, empujándola y apartándola de su camino. Una sombra gigante que salió de pronto de un portal y que hizo que se mease de miedo… Goliat… cuánto le echa de menos. Un corpachón enorme con alma de niño. Él la cuidó, se hizo cargo de ella, la enseñó a utilizar sus manos y su imaginación para elaborar las baratijas que vendía. Cuando se acurrucaba entre sus brazos sabía que nada malo podía pasarle porque él era el hombre más fuerte del mundo.
Otra vez se engañaba, porque Goliat no pudo luchar contra el sida, no pudo. Una simple neumonía le ganó la batalla a aquel gigante bonachón, que se fue apagando lentamente, y la abandonó. Se pasó días enteros llorando, perdida otra vez, huyendo de la gente, temiendo a todo lo que la rodeaba. Hasta que dieron con ella unos okupas amigos de Goliat, a los que había encargado que la cuidasen. Viven en una vieja casa declarada en ruinas hasta que las autoridades les obliguen a abandonarla. Ella sólo va allí a dormir, o a resguardarse en los días fríos de invierno en que las calles se quedan vacías como si la gente temiese salir de la calidez de sus hogares.
Permanece con los ojos cerrados, sonriendo sin darse cuenta mientras piensa en su amigo y juega con la medalla que lleva colgada al cuello con una fina cadena. Fue un regalo de Goliat antes de morir, era el único objeto de valor que poseía. Una extraña imagen de una hermosa mujer tallada en azabache sobre un óvalo de plata. Él le dijo que era María Magdalena y ella no supo si creerle.
Abre los ojos alertada por un gruñido de Jordán que ha estado todo el tiempo tendido a sus pies, y se da cuenta que un hombre acaba de sentarse a su lado, en el banco. No es propio del perro gruñir a nadie y eso la confunde. El hombre parece no haberse percatado de la mirada que el perro le dirige. Se ha cogido la cabeza entre las manos con los codos apoyados en las rodillas, como si quisiera calmar un dolor intenso. Ella le mira sin saber qué hacer. El corazón ha empezado a latirle muy fuerte, y las marcas blancas de las muñecas le pican más que nunca…
(Mañana sigue)
