La mesa camilla

Si alguien la viese pensaría que se trata de una estatua, lleva horas inmóvil, los ojos cerrados, sentada en la mecedora regalo de su tata negra, ante la pequeña mesa camilla, con faldas plagadas de hojas marrones, rojas, oro viejo, como un paisaje de otoño. Esta mañana se levantó y después del aseo cotidiano y un frugal desayuno, se dispuso a esperar. Ya falta poco.
Dos meses le ha llevado preparar ese momento de forma metódica, paso a paso, siguiendo al pie de la letra las enseñanzas recibidas en su infancia. Permanece tranquila y segura de sí misma.
Abre los ojos y mira hacia las ventanas que tiene enfrente de la suya, separadas tan sólo por unos pocos metros. Está a punto de llegar, piensa. Y en ese momento, en una de ellas se enciende una luz. Una sonrisa se dibuja en su rostro al constatar que le conoce bien, él es siempre puntual.
Ahora estará dejando las llaves en la entrada, cogerá una cerveza fría en la nevera al pasar por la cocina y se dirigirá a su habitación. Y no se equivoca, al momento, otra ventana se ilumina y una figura de hombre se hace visible. Es un hombre joven de complexión fuerte, que deja sobre la mesilla un bote de cerveza y el teléfono móvil, y empieza a desnudarse. Lo hace frente al espejo. Se desprende de la camiseta con un gesto que parece estudiado y baja la cremallera de su pantalón.
Ella permanece en la oscuridad, inmóvil. No pierde detalle de los movimientos del hombre, aunque podría perfectamente cerrar los ojos y adivinarlos, de tantas veces como lo ha observado. Él sigue desnudándose. Ya se ha quitado el pantalón y el pequeño slip ajustado. Luego, se toca la entrepierna, abarcando con la palma hueca de su mano los genitales, como si estuviese sopesándolos. ¡Qué cabrón! Sabe que estoy aquí mirándole. Y el hombre desaparece de su vista.
Sabe que ahora mismo está en la ducha, la misma en la que follaron tantas veces, de pie, enjabonándose mutuamente, bajo el agua caliente. Y no puede reprimir el deseo humedeciendo su sexo. ¿Por qué tuvo que dejarla? ¿Qué había hecho ella mal? Le amaba, él era toda su vida. Y luego… fue tan cruel diciéndole que no sentía nada por ella, que ya se había cansado de su cuerpo, que ya no la deseaba. Ella… ella… habría sido capaz de compartir su amor con aquella golfa con la que ahora se acostaba. Y el muy hijo de puta siempre deja la ventana abierta para que ella les oiga, para que vea como se la folla, como se la chupa… la muy cerda. Ella… ella… se arrodilló a su pies, le rogó, le suplicó, pero él la tiró a patadas de su casa… y de su vida.
El hombre ha vuelto a la habitación. El cuerpo aun húmedo y brillante, con la toalla enrollada en la cintura. Se demora en el armario sacando algo de ropa. Luego, otra vez frente al espejo, deja caer la toalla que le cubre. Ella sonríe.
Es entonces cuando él siente un horrible pinchazo en el lado izquierdo de la espalda. Se lleva allí la mano con una horrible mueca de dolor. Se dobla hacia el lado derecho donde ahora acaba de sentir lo mismo. Se tira sobre la cama, retorciéndose, cuando cientos de agujas se clavan en su pecho. Grita. No puede soportarlo y se enrosca como un feto. El dolor desaparece poco a poco, pero él no se atreve a moverse. No sabe lo que le pasa y está asustado. Lentamente se estira y alarga su brazo para alcanzar el teléfono móvil que está sobre la mesilla, cuando siente que el pie le está abrasando como si alguien le hubiera acercado una tea ardiendo. Se está volviendo loco de dolor. Y otra vez las alfileres en el pecho, en la espalda, en el estómago. Grita desesperado. Aúlla de dolor.
Ella le mira absorta desde la oscuridad. Tiene que terminar, pronto los vecinos aporrearan la puerta y llamarán a la policía. El hombre sigue retorciéndose sobre la cama, la cara enrojecida, los ojos anegados por las lágrimas que no puede reprimir. De pronto, un dolor imposible en la columna vertebral le deja sin respiración y cae desmadejado sobre las sábanas como un muñeco roto, sin sentido.
La mujer se levanta lentamente de la vieja mecedora y baja la persiana. De un suave soplido apaga la vela encendida sobre la mesa y en su boca se dibuja una cruel sonrisa al mirar el muñeco roto, acribillado de alfileres y con un pie quemado que yace como un despojo sobre el dibujo de una hoja de otoño. Le arranca la cabeza y extrae de ella un pequeño pendiente que ella regaló al hombre que amaba y que llevó por mucho tiempo adornando su oreja. Ahora ya ha cumplido su cometido. Su tata estaría orgullosa de ella.
Con pasos tranquilos se dirige a la cocina, mientras la sirena de una ambulancia rompe el silencio de la noche que empieza.
Está hambrienta.
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