Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Hablando al silencio (INTERIORISMO)
Image Hosted by ImageShack.us

Fotografía Philippe Pache

INTERIORISMO II

¿Sabes? Lo he pensado mejor y voy a seguir escribiendo ahora. Me siento bien aquí. Me lo he repetido miles de veces, debo comprar una grabadora. El método consistiría en decir en voz alta lo que me viene al pensamiento. Mi cabeza no descansa jamás de darle vueltas a las cosas. Y es un peligro, no te creas, a veces voy conduciendo y cuando me doy cuenta he llegado al destino y no sé cómo puñetas lo he hecho, porque todo el rato yo estaba con mi mente en otro sitio, en montones de sitios a un tiempo. Pero bueno, sigamos con el método… una vez grabado sólo tendría que transcribirlo, porque a veces me da rabia que pienso alguna cosa y cuando quiero escribirla ya se me ha olvidado, pero es que soy incapaz de ponerme a escribir en cualquier parte, no, yo voy dándole vueltas y más vueltas. “Rumiando”, eso decía mi padre: ¿qué estarás rumiando? Cuando estaba abstraía y totalmente ausente de lo que ocurría a mi alrededor.

Esto del pensamiento siempre me ha intrigado ¿por qué tenemos pensamientos que no quisiéramos tener? De repente, plaf, aparecen ahí como por arte de magia, y aunque intentes apartarlos no hay manera. Es como cuando tienes una pesadilla, te despiertas, y cuando te vuelves a dormir, ahí está otra vez. Tú no quieres saber cómo termina porque te hueles que acabará muy mal, pero ella sigue ahí, inamovible, y al final no tienes más remedio que rendirte a la evidencia.

En realidad es que tengo miedo. Miedo de que cuando quisiera hacerlo, escribir todo esto me refiero, mi cabeza ya no recuerde y se pierda entre una niebla espesa. Ahora también se pierde… pero menos. Ha sido esta mañana cuando me he dado cuenta de que no podía dejarlo para luego. He ido al centro de salud a hacerme unos análisis rutinarios y siempre me deprimo. Me deprime ver tanto viejo, tanto enfermo. No, coño, no es menosprecio, pero no puedo evitar sentirme mal. Me he encontrado con un matrimonio, abuelos de una amiga de mi hija. Eran una pareja jovial, muy vital, de esa gente mayor con la que da gusto conversar. Ella me ha dado un abrazo, me ha estrujado, me ha besuqueado, y se le notaba que se alegraba de verme. Y yo a ellos. Pero él, él ni me ha reconocido. Sé que he desviado la mirada, que no quería encontrarme con sus ojos vacíos, llenos de olvido. Se me puso mal cuerpo.

Quizá por eso me machaco en el gimnasio, intentando mantener mi ya madura juventud (no sé muy bien si estas dos palabras pueden ir así, unidas), que culo, tetas y todo lo demás, permanezcan en su sitio. Y es un triunfo cuando puedo ponerme otra vez aquellos viejos vaqueros que hace cuatro años que guardaba en el armario esperando este momento. O cuando asalto el montón de camisetas de mi hija, me miro en el espejo y no me siento como una morcilla reventona. O cuando en la calle observo miradas de deseo o de envidia. Supongo que he de vivir con esa fobia, cada uno tenemos nuestros miedos.

Te necesito, lo sé. Y ese convencimiento levanta mi ira algunas veces. Ira contra mi misma, rabia por depender de ti. Y al mismo tiempo, me embarga la dicha y sé que nadie, nadie, podrá hacerme nunca tan feliz. No me discutas, tú no puedes saber lo que yo siento. Calla y escucha. Algunos días me levanto ya con el síndrome de abstinencia, y esta necesidad yo la comparo con el deseo intenso que a veces tengo de fumar. A media mañana miro el teléfono, me muero por llamarte, pero aguanto, y me digo: luego, un poquito más tarde. Al rato, vuelvo otra vez a las andadas. Esta vez tu número ya brilla en la pantalla y mi dedo se acerca peligrosamente a la tecla verde de llamada. Y me obligo, me obligo a distraerme con cualquier otra cosa. Lo dicho, como cuando para no fumar me como un caramelo. Cuando ya voy por el cuarto o quinto intento… tiemblo. Mierda… no sé por qué te quiero tanto.

Me gusta cuando me cuentas historias de niño, de un niño que no pude conocer ¿puedes creer que siento celos? Celos del tiempo en que no existías en mi mundo de niña, de adolescente. Es una tontería, lo sé, soy consciente, pero son sentimientos que llegan a ráfagas y no hay quien los detenga. A veces pienso que estoy loca, pero no de esas locas a las que todo el mundo conoce y señalan con el dedo: “ahí va esa loca, está como una cabra”. No, creo que soy una loca que actúa como cuerda porque guarda sus locos pensamientos sólo para ella.

Esas historias me hicieron recordar mis amores infantiles. Bueno, más bien adolescentes, porque no recuerdo haberme enamorado de ningún niño en el colegio, de ninguno, ni siquiera me gustaban. Quizá es que eran todos muy feos, no sé, pero ahora les veo y la verdad es que alguno no está nada mal. Fíjate qué casualidad, los tres hombres de los que creo haberme enamorado en mi vida, que igual tampoco me enamoré, no estoy segura, lo que sí es seguro es que nadie los sacará jamás de mi corazón y mi cabeza. Ya se me ha ido la olla… decía… que es una casualidad que los tres tengan un nombre que empieza por “J”, pero ninguno se llama igual. ¿Será la “J” mi letra fetiche o algo?

A veces, me gusta pensar cómo habría sido mi vida con cualquiera de los tres. Vale, lo admito, es una tontería hacer cábalas, pero para eso tenemos la imaginación. Y no siempre me invento historias felices o divertidas, no, también trágicas, y tristes, y penosas. Seguramente no hubieran sido nada de todo esto. Habrían sido normales, rutinarias y aburridas, porque el tiempo a su paso deja todo lo que toca con un polvillo de dejadez, todo lo impregna con su olor a viejo y gastado. Y yo no seguiría sintiéndome feliz cuando veo a alguno de ellos. Es lo que tiene lo imposible que siempre seguimos deseándolo.

Y ya está bien por hoy, creo que hablo demasiado. Y al fin no debes hacer cuenta de todo lo que digo porque no son más que tonterías que mi cabeza inventa.
O no, vete tú a saber. Yo, me declaro “no culpable” de todo lo que a esta loca mente se le ocurra pensar. Quiero que conste en acta.

Etiquetas:     
No