Ansiedad...

Fotografía: Ricardo Montesdeoca
Ayer debía ser una tarde tranquila, y lo fue en cierto modo, aunque no de la forma que yo había imaginado. Hacía un calor pegajoso debido a la humedad, lo que me hizo sudar durante todo el día. En casa, todos tenían planes para pasar la tarde: unos durmiendo la siesta y otros habían quedado con amigos, así que me dije que iría sola a la playa a ver si, por una vez, podía relajarme.
Y allí me presenté. En el mismo momento en que bajé del coche, me felicité mentalmente por mi decisión. Frente al mar se disfrutaba de una fresca brisa algo más fuerte de lo normal, tanto que hacía que el agua no presentase el aspecto habitual de una piscina gigante, por el contrario las olas rompían en la playa con cierto ímpetu coronadas por un festival de espuma blanca. Sonreí. Es así como más disfruto del baño. Me gusta sentir la fuerza de las olas, cansarme… es la mejor forma de relajarse luego tirada en la arena.
La pequeña cala a la que suelo acudir está flanqueada por dos escolleras de grandes rocas que se adentran en el mar y hoy aparecía casi desierta. Una pareja de adolescentes se hacía arrumacos a unos 200 metros de donde yo estaba hacía mi izquierda, a la derecha un joven al que veo cada día y que resulta un tanto extraño: llega, se mete vestido en el mar donde permanece durante horas, sale… y se esfuma. Un poco más allá dos jóvenes mamás con sus pequeños.
Estaba peleándome con la sombrilla para dejarla bien clavada en la arena, cuando una voz me sorprendió:
- ¿Necesitas ayuda?
La reconocí al instante.
- Vaya, menuda sorpresa ¿qué hacéis por aquí? ¿os habéis perdido?
- Sí, hoy a J. le apetecía venir a esta playa, y de paso yo iré a visitar a una amiga que acaba de comprarse un apartamento aquí cerquita.
Era su mujer la que hablaba. Nos saludamos con dos besos y un abrazo, el de J. más estrecho.
- Estáis estupendos y me alegra mucho.
- Tú también.
J. lucía en su rostro la sonrisa de siempre, la que me hace desear morderle la boca. Durante un rato charlamos de los niños, el trabajo, y de todas esas cosas habituales cuando se encuentran los amigos. Luego, nos fuimos al agua.
La fuerza del agua hacía difícil nuestro avance. J. y yo nos zambullimos a un tiempo, entre risas, hasta pasar ese espacio en que rompen las olas y encontrarnos rodeados de pequeñas colinas verdes sinuosas. Su mujer se cansó pronto, sólo quería refrescarse un poco nos dijo, y se dirigió a la orilla. La vimos secarse y decirnos adiós con la mano indicándonos que iba a encontrarse con su amiga.
Desde la playa sólo se distinguían nuestras cabezas rodeadas de agua. J. empezó a zambullirse cogiéndome por las piernas para tirarme. Yo me defendía repartiendo patadas como un verdadero karateca. Jugábamos como cuando éramos niños. Yo nadaba y él buceaba pasando por debajo de mi cuerpo, y yo sentía su roce como si de un enorme pez se tratase. Notaba apenas sus manos en mis pechos, luego en las piernas, en mi sexo. Después emergía con su eterna sonrisa y los ojos brillantes, sacudiendo la cabeza mojada… como un perro.
- ¿Vamos a la escollera?
Asentí, y nos lanzamos a nadar, retándonos a ver quien llegaba antes.
Una vez allí, nos apoyamos en una roca un poco escondida a salvo de miradas, con el agua a la altura de las caderas. Permanecimos en silencio mientras tratábamos de recobrar el aliento.
- ¿Te acuerdas del verano en Gijón?
- ¿Qué verano? Pasé muchos allí.
- No te hagas la tonta, sabes muy bien de qué verano hablo, el de tus quince años, el único en que pasamos juntos toda una semana.
- Sí, me acuerdo.
- Me viene a la memoria, aquel rubiales que parecía alemán y te miraba embobado en la playa. Todos los días, invariablemente, estaba en la escalera 11, esperándonos. Y luego colocaba su toalla muy cerca de las nuestras. Se le caía la baba al pobre cuando me observaba extender la crema por tu espalda.
- Sí, y tú te demorabas a propósito. Te pasabas media hora dándome masajes.
- Me gustaba, me gustaba mucho. Acariciar tu espalda, tus piernas, y medio culo que te asomaba por aquel biquini tan pequeño, todo de colorines.
- Me lo hizo mi madre, de ganchillo, me encantaba. No sé qué ha sido de él. También yo te extendía a ti la crema.
- Sí, pero tú lo hacías rapidito… parecía que mi piel te quemaba.
- Y me quemaba.
- Y las fiestas de Begoña ¿te acuerdas?... la verbena.
- Cómo no me voy a acordar, creo que era mi primer baile por la noche.
- Estabas preciosa, espera, espera, que aun recuerdo cómo ibas vestida.
- Pues a mí se me ha olvidado.
- ¡Mentirosa!
- Bueno, vale, a ver si tienes tanta memoria.
- Llevabas un vestido blanco estampado de grandes flores con los colores del otoño: rojas, amarillas, ocres… era ajustado y corto, y ataba en el cuello dejando tu espalda descubierta. Parecías mayor con él porque marcaba tus curvas incipientes. Y dejaba a la vista lo que más me gusta de ti: las piernas, la espalda recta, los hombros bien marcados, y ese inmenso hueco que forman las clavículas.
Mientras hablaba, J. iba rozando con la yema de un dedo las distintas zonas de mi piel que enumeraba. Se me eriza la piel y siento, al mismo tiempo, calor entre mis piernas.
- ¿Tienes frío?
- Sí, un poco, debe ser porque aquí estamos en la sombra.
- ¡Mentirosa!
- ¿Qué llevaba en los pies? Seguro que de eso no te acuerdas.
- Pues sí, lista, me acuerdo. Llevabas unas sandalias de esas… creo que se llamaban “topolino” o algo así. Eran blancas.
- ¡Ah! Pues sí que tienes buena memoria. Bailamos. Era la primera vez que bailaba “agarrao” con un chico. Sólo lo había hecho a veces con mi padre, en bodas y esas cosas. Era un buen bailarín, él me enseñó.
- Era increíble tenerte allí, en mis brazos. El calor de tu cuerpo, el ligero temblor que percibía mientras te estrechaba un poco más, el olor que desprendías…Nunca olvidaré la primera canción… “ansiedad, de tenerte en mis brazos…”
- “…musitando palabras de amor…”
- “… ansiedad, de tener tus encantos…”
- “… y en la boca, volverte a besar…”
- Aquella noche quería hacerte el amor, lo deseaba con todas mis fuerzas. Pero no podía, eras una niña y tus padres te habían confiado a mi cuidado. No podía.
- Aquella noche deseaba que hicieras algo más que susurrarme al oído aquella canción, algo más que estrecharme en tus brazos, algo más que aquel beso en la boca, pero era una niña y estaba asustada.
Nos hemos quedado en silencio sin atrevernos a mirarnos.
- ¿Vamos? Tu mujer estará a punto de llegar.
- Espera, espera un poco, no puedo salir así. Y sus ojos se desvían hacía el bulto que el bañador no puede disimular. Aun quiero decirte algo.
- Te escucho.
- Cuando te dejé en casa de tu abuela aquella noche, me fui de putas. No lo había hecho nunca, bueno, a veces con los amigos nos habíamos dado una vuelta por el barrio chino, ya sabes, esas noches de farra. Pero aquel día me metí sólo en la zona en la que había oído decir que estaban las fulanas. Busqué una con un cuerpo parecido al tuyo, y le puse tu nombre mientras la follaba. Luego me fui a la playa, ya sabes lo bonita que está por la noche, y me quedé allí durante horas llorando de rabia.
- Yo no podía dormir y me asomé a la ventana de aquel quinto piso. Gijón se veía precioso con montones de luces encendidas. Quería grabar en la memoria cada uno de los instantes que habíamos pasado juntos, no quería olvidar aquella noche, ni todas las sensaciones que en mí despertabas. Deseé con todas mis fuerzas que no fuéramos casi hermanos, deseé crecer deprisa para poder alcanzarte. Y lloré, lloré porque sabía que la vida iba a llevarnos por caminos distintos, separados.
Lentamente salimos del agua. Ya se ve venir a la mujer de J. charlando con su amiga. Me tumbo en la arena, al sol, y me enfrasco en la lectura de un libro intentando olvidarme de que J. está allí a mi lado. En cuanto tengo el bikini seco me levanto, empiezo a recoger mis cosas y me despido inventando una excusa. Su mujer me dice que vendrán más a menudo por aquí y J. me dice adiós con un “hasta mañana”.
Hoy, no he ido a la playa.
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Comentario:
No sabes cuánto me alegra verte por aqui, Dock, y lo hermosas que son tus palabras. Entre las vacaciones y el calor ando un poco... disipada. Espero en Septiembre coger el ritmo y poder visitaros, hace tiempo que no lo hago.
Un abrazo grande, guapísimo.
DEs.
Un abrazo grande, guapísimo.
DEs.
Comentario:
Me acabo de leer tu trilogía de Interiorismo, así como el presente post, corazón. Has nacido, definitivamente, para escribir ;-)))))
Y yo para leerte, claro.
Gracias por estar ahí, por ser un faro en medio de la tormenta, por surtir de palabras frescas a mentes cansadas, por regalar historias y pedacitos de vida a almas necesitadas.
Gracias y un montón de besazos, gran Des.
Y yo para leerte, claro.
Gracias por estar ahí, por ser un faro en medio de la tormenta, por surtir de palabras frescas a mentes cansadas, por regalar historias y pedacitos de vida a almas necesitadas.
Gracias y un montón de besazos, gran Des.
