Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
El amante más fiel
Es mi deber advertir que este relato es un poco fuerte y puede herir alguna sensibilidad. Se va haciendo más explícito según avanza la historia. También es un poco largo, así que lo cuelgo por partes.

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El amante más fiel (I)

Socorro es una mujer corriente, marcada por una excesiva timidez. Cumplidos con creces los cuarenta aun permanece soltera y sin compromiso, cosa que hace algunos años la había tenido obsesionada, pero después de algún que otro fallido intento de encontrar pareja, se convenció que así estaba mucho mejor y ahora ya no echaba de menos alguien con quien compartir su vida.
Su físico carecía de atractivo. Era bajita y regordeta, con piernas ajamonadas y la cara redonda igual que una torta aplastada en la que sólo llamaban la atención unos preciosos ojos verdes con reflejos dorados que lucía con orgullo desde hacía unos años, en que por fin, había decidido cambiar sus feas gafas por unas invisibles lentillas. Eso y una preciosa voz altamente sensual, con la que bien hubiera podido ganarse la vida en las líneas calientes, era lo único que podía llamar la atención de los demás. Si cerrabas los ojos cuando Socorro hablaba podías imaginar fácilmente que la dueña de ese aterciopelado sonido era una mujer llena de atractivo.
Y por si fuera poco, le faltaba el nombrecito de marras, otro motivo más que utilizaban sus compañeros de instituto para burlarse de ella. Durante muchos años sintió un odio tremendo hacia sus progenitores por haber elegido semejante apelativo, aun hoy cuando era pronunciado en público, como en la última revisión ginecológica cuando la enfermera la llamó en voz alta, podía atisbar alguna sonrisa mal disimulada, lo que hacía que su rostro adquiriese la tonalidad de un tomate en plena madurez.
Pero la vida, por una vez, le brindó la oportunidad de vengarse de ellos. Primero fue su padre, muerto hacía algunos años y al que incineró a sabiendas que él deseaba ser enterrado en el cementerio del pueblo. Era una burda venganza, pero Socorro pensaba que si había otra vida en el más allá, su padre estaría rabiando para toda la eternidad. Su madre poco tuvo que decir con aquella enfermedad degenerativa que estaba destruyéndola a la carrera. Nada más morir su padre, vendió el piso en el que vivían desde que se habían trasladado del pueblo, hacía casi cuarenta años. Era un piso cutre, diminuto y oscuro, con las paredes empapeladas de un horrible papel estampado con flores inmensas y muebles de fornica, en un barrio marginal y sucio. No le dieron mucho por él, pero en cambio sacó un buen pico por la vieja casona del pueblo. Ahora estaba de moda el turismo rural y el ayuntamiento de aquel pueblucho perdido de la mano de Dios estaba invirtiendo lo poco que tenía en promocionarlo.
Así que con todo el capital que había conseguido se compró un precioso chalet en una cuidada urbanización, con su pequeño jardín en la parte de atrás, al tiempo que internaba a su madre en una residencia. Ella no podía hacerse cargo de su cuidado y, al fin y al cabo, tampoco había recibido mucho afecto de ellos. No le remordía la conciencia. Hacía dos inviernos que la buena mujer había pasado a mejor vida aquejada de una fuerte neumonía y Socorro se había quedado sola. Bueno, sola no, compartía su vida con Otto, un precioso pastor alemán que encontró el verano pasado, seguramente abandonado por sus dueños. El animal era su mejor compañía.
Hace un tiempo que Socorro oye a sus compañeros de trabajo hablar sobre lo fácil que es relacionarse por Internet, y el gusanillo de la curiosidad empieza a cosquillear en su mente. Tiene un pequeño capital y hace mucho que no se permite ningún capricho por lo que decide comprarse un ordenador de última generación y probar ese fantástico mundo del que todos hablan. Sabe manejarlo pues es su herramienta de trabajo, pero nunca se le había ocurrido tener uno en casa.
Una vez instalado se pone manos a la obra. Abre una cuenta de correo y se dispone a crear un perfil para mostrarse en el mundo virtual. Miente, miente descaradamente. Total, nadie se va a enterar y por una vez puede sentirse una mujer hermosa y deseada por los hombres. No pasan muchos días cuando empieza a recibir mensajes con nicks claramente alusivos al sexo. Conecta con algunos vía Messenger pero sin demasiada convicción, por pasar el rato. En su mayoría son hombres con los que la conversación se vuelve aburrida y repetitiva, y lo que en un principio le excita, por lo novedoso, no tarda mucho en convertirse en un coñazo. Hasta que aparece Berto.
Berto es un hombre algo mayor que ella, confiesa tener cincuenta y dos años. Y desde el primer momento Socorro se siente atraída por su saber estar y su conversación que hace patente la amplia cultura que posee. Es teniente del ejército del aire, destinado en la actualidad a trabajos administrativos, pero que ha prestado servicios en distintas partes del mundo durante su vida militar. En poco tiempo sus conversaciones empiezan a adquirir tintes de flirteo con alusiones explícitas al sexo. Él le envía algunas fotos y a Socorro le parece un hombre realmente atractivo, delgado y con un cuerpo que aun se mantiene joven. Ella pasa dos días buscando alguna imagen en Internet que pueda enviarle. Ni loca le mandaría una foto suya. Después de visitar montones de páginas encuentra una de modelos de peinados de un lejano país del Este que confía Berto no pueda encontrar. De todas formas, piensa, siempre puede decirle que ha hecho algunos trabajos para alguna agencia de publicidad.
Pronto empiezan a hablar claramente de sexo y a excitarse mutuamente hasta llegar a la masturbación. Todo se desarrolla sin cámaras, valiéndose únicamente de la palabra escrita a través de infinidad de correos y conversaciones por el Messenger. Berto hace gala de una tremenda y variada sexualidad, en sus correos la insta a utilizar palabras soeces, a comportarse en ocasiones como una puta… insultándola. Otras, por el contrario, le pide a ella que le humille, que le trate con desprecio y crueldad. Le ordena salir a la calle sin ropa interior, a excitar a hombres y mujeres, y a follar con el primero que se cruce en su camino para después contárselo a él. Socorro, por su parte, da rienda suelta a su imaginación y ha desarrollado fácilmente una increíble capacidad para describir en sus escritos escenas altamente eróticas descritas con todo lujo de detalles, que hacen que acabe masturbándose, mientras las lee para corregir los posibles errores que le han podido pasar desapercibidos, y que sabe que llevan a Berto al mismo estado de excitación.
Se pasa el día inventando historias sin el valor suficiente para llevarlas a la práctica.
Hoy, Berto, ha dado un paso más, en su último correo le da su número de teléfono y le lanza un guante: ¿te atreves a llamarme?...
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