El amante más fiel (II)

Fotografía Christian Coigny
El muy hijo de puta la está retando. Socorro tiene cada día más seguridad en sí misma, en su poder de seducción en el mundo virtual, pero aun le falta un largo camino por recorrer. Llega a casa al atardecer, está nerviosa, no ha podido dejar de pensar en todo el día en la llamada que se dispone a realizar. Otto sale contento a recibirla y ella se obliga a sacarle a pasear un rato por los alrededores. Cuando regresa le llena el bebedero de agua fresca y le sirve su ración de pienso, luego coge un bote de coca cola de la nevera, se desnuda, y se sienta en el sofá. Con dedos temblorosos marca el número de Berto y escucha con el corazón saltándole en el pecho la señal de llamada. A la tercera, una voz grave y varonil contesta: “te esperaba”.
Esa respuesta la deja paralizada un momento, pero inmediatamente toma el control y le saluda. Ahora es él quien se queda en silencio, es algo a lo que Socorro está acostumbrada, su voz siempre deja a quien la escucha sin palabras. Al momento, están hablando de trivialidades y así continúan durante un buen rato. Poco a poco, la conversación se va tornando más íntima y las voces se convierten en susurros en el momento en que Berto le pide que le describa el lugar en que se encuentra y lo que lleva puesto. Ella conecta el manos libres y le pide a él que haga lo mismo, quiere escuchar los sonidos de fondo y que cuando llegue el momento el teléfono no le impida acariciarse.
Le explica detalladamente como es el salón y lo que contiene, incluyendo lo que su vista alcanza a través de la ventana, para terminar diciéndole que está desnuda sobre el sofá. La voz de Berto se va tornando ronca a medida que relata sus deseos, las caricias imaginarias que le prodiga, la excitación que hace crecer su polla. Las palabras van subiendo de tono, le grita obscenidades… Las manos de Socorro se afanan en el coño abierto y empapado, sus dedos se deslizan y se hunden profundamente en la vagina. Ha empezado a darse palmetazos fuertes en el culo y los restallidos que provocan llegan nítidos a oídos de Berto. Su mano aprieta con fuerza la polla inflamada mientras se mueve rítmicamente arriba y abajo. Socorro ha empezado a insultarle: cabrón, eres un marica de mierda, métemela más fuerte hijo de puta, méteme esa polla ridícula, quiero que me ahogues con ella, vamos cabronazo, empuja, empuja… Y entre gritos y gemidos, se corren los dos a un tiempo.
Antes de despedirse, Socorro escucha su propia voz entrecortada como si se tratase de otra persona: “Quiero que me mandes fotos mientras te pajeas y a lo mejor, recibes un premio”… y cuelga.
Esta mañana, al abrir el correo, se encuentra con una extensa carta y las fotos de Berto masturbándose. Una docena de fotos desde todos los ángulos, incluyendo su rostro transfigurado por el deseo y el goce. Mirándolas, vuelve a masturbarse hasta correrse.
Es sábado y Socorro se ha levantado muy temprano, tiene cosas que hacer. Después de pasear a Otto y jugar un rato con él en el jardín, sale de compras. Primero se hace con una cámara de video moderna y de buena calidad. Le apetece pasar por el sex-shop y comprar algunos juguetes sexuales, consoladores y esas cosas, pero en el último momento no puede vencer su timidez y desiste.
Pasea malhumorada por el supermercado, llamándose idiota mil veces en silencio, por no tener el valor suficiente para hacer lo que desea, cuando su mirada se queda atrapada en unos largos y gruesos calabacines en la sección de verduras. Una sonrisa se dibuja en su rostro cuando escoge dos o tres y los mete en una bolsa. A la salida, antes de pagar, echa al carro con disimulo una caja de preservativos de los más grandes que encuentra. Aun le queda otra compra por hacer y de camino a casa entra en un bazar de todo a 100 y escoge unas velas de distintos tamaños y grosores.
Cuando llega se encuentra con unos cuantos mensajes de Berto que deja sin respuesta, mientras se dispone a preparar meticulosamente el escenario de rodaje.
Le asalta un ligero temor: aun cuando enfoque la cámara estratégicamente hacia su sexo, no podrá evitar que al menos la parte inferior de su cuerpo sea visible. Pero está casi convencida que a estas alturas tiene a Berto lo suficientemente interesado para que no de demasiada importancia a sus medidas. Pudo comprobarlo a principio de semana cuando tuvo que ausentarse para acudir al entierro de una vieja tía, hermana de su madre, que murió en el pueblo. Se vió obligada a apagar el móvil porque él la bombardeó a llamadas, y cuando regresó sus mensajes desbordaban el correo. Él no puede pasar sin su ración diaria de sexo, lo tiene bien cogido por los huevos, y eso hace que Socorro se sienta importante para alguien por primera vez en su vida.
Le gusta la idea que ha tenido al comprar la cámara, el movimiento, los gestos, el sonido… hará esas sesiones de sexo mucho más satisfactorias.
