Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Recuerdos imborrables
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Recuerdo que llovía. Era una de esas tormentas de verano que aparecen repentinamente precedidas por todo un despliegue de relámpagos y truenos. Nubes negras que se habían ido acercando despacio hasta oscurecer por completo la luz del sol.
Recuerdo que era ya noche cerrada y el agua seguía cayendo sin descanso. A ratos se oía su repiqueteo furioso que semejaba un concierto de tambores. Luego se apaciguaba lentamente, como quien se toma un respiro para recuperar nuevos bríos.
Recuerdo que la ciudad me pareció hermosa. El agua se había llevado toda su suciedad y estaba radiante como una jovencita endomingada. El pavimento y el empedrado de la zona vieja resplandecían bajo las luces de las calles y los carteles luminosos, que se reflejaban en el suelo como en un espejo. Era como ver la ciudad dos veces. Y las luces de los pocos automóviles que circulaban asemejaban estrellas rojas y blancas.
Recuerdo que sentía mi ropa empapada mientras caminaba despacio por la acera. Los pantalones, largos y anchos, me pesaban cada vez más y se pegaban a mis piernas. Debió ser entonces cuando me senté en un pequeño bordillo y me desprendí de las sandalias. Luego las coloqué en un rincón, junto a una puerta. El suelo estaba frío y me gustó esa sensación.
Recuerdo que al levantarme me miré en un escaparate. Y me ví guapa. Tenía el cabello pegado a la cabeza y chorreaba agua por cada uno de los gruesos mechones que se habían ido formando. La camisa blanca se adhería a mi cuerpo como una segunda piel dejando adivinar sus formas. Sí, estaba guapa, a pesar de la exagerada dimensión de mi nariz, o mis dientes que nunca les gustó la línea recta. A pesar de mis pechos algo caídos y de algún michelín alrededor de mi cintura. Por fin me veía guapa y mis ojos brillaban.
Recuerdo que creí escuchar por un momento una voz gritona y rasposa que me increpaba: “Inútil, estúpida… no sirves para nada y además… eres fea” “Mírate, mírate… ¿quién piensas que te va a querer a ti, desgraciada?” “Hasta follando eres una puta mierda” “Ya tienes suerte de que me dieras lástima… cerda” “Tenías que besar por donde yo piso, adorarme como a un dios” “No eres nadie, imbécil, no eres nadie ni eres nada” “¿Dónde vas a ir tú… muerta de hambre?... basura, no eres más que una basura…”
Recuerdo que la lluvia se llevó esa horrible voz y se deslizó por mi cuerpo hasta perderse en las alcantarillas y yo me puse a bailar abrazada a mí misma. Di vueltas y vueltas chapoteando descalza en el agua con los ojos cerrados y cuando los abrí casi no podía ver porque una luz azul muy fuerte me cegaba. La luz giraba sin parar, parecía que bailaba como lo hacía yo un momento antes, pero su baile era monótono y aburrido. Me pareció que estaba fuera de lugar bajo la hermosa lluvia.
No, señor policía, no recuerdo nada de lo que usted me dice. No recuerdo ningún martillo, ni la casa, ni tampoco a un hombre apoyado en la mesa con el cráneo destrozado. Lo siento, señor policía, se lo juro… ¿necesito un abogado, dice? Como usted quiera señor, pero le estoy diciendo la verdad, ya ve qué buena memoria tengo.


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