La verdadera historia de Romeo y Julieta (Final)

Pintura de Tiziano Vecellio
Mi querido Giovanni es su vivo retrato. Era un niño tímido y callado, intentando siempre pasar desapercibido, tenía una especial forma de mimetizarse con el entorno hasta conseguir que las miradas resbalasen sobre él sin verle. Seguramente desarrolló esa habilidad por el temor que Romeo le inspiraba. Éste, siempre que volvía a casa de una de sus campañas terminaba borracho como una cuba e instintivamente se dedicaba a burlarse del pequeño, supongo que, sin saberlo con certeza, algo en su interior le decía que aquel niño no era suyo. Le ponía en ridículo delante de todo el mundo con una crueldad enfermiza, sin darse cuenta que a los ojos de los testigos de esas escenas se convertía en un ser despreciable, que se aprovechaba de su autoridad como padre y como hombre, de la indefensión del chiquillo. Sólo Pietra se atrevía a enfrentarse a su padre abiertamente. Tenías que haberla visto, aun siendo una niña, con las mejillas encendidas, los ojos chispeantes, la barbilla estirada… conseguía enfadar tanto a Romeo que acababa olvidándose de Giovanni. Entonces ella sonreía sabiéndose vencedora y salvadora de su hermano a quien adoraba.
Fue a la muerte de Romeo, cuando Giovanni contaba apenas 15 años, que mi hijo se sintió liberado y se dedicó a lo que más le gustaba en el mundo: la música. Le busqué el mejor maestro y se convirtió con los años en uno de los más brillantes violinistas que jamás hayas escuchado. Sí, querida amiga, Romeo falleció hace ya muchos años víctima de una de esas enfermedades innombrables que debió transmitirle alguna prostituta de las que frecuentaba y que él a su vez me contagió a mí. Fueron meses en los que creí morir y a punto estuve de dejar este mundo. Una vez más, fue mi amiga Estela la que estuvo a mi lado cuidándome. Ella y la vieja de la que antes te hablé, que con su sabiduría consiguió librarme de aquella maldición, luchando por mi vida durante largos meses en los que yo me debatí entre fiebres y dolores terribles. Romeo no tuvo tanta suerte.
Al quedarme viuda me dediqué por completo a mis hijos y creo que fueron los años más tranquilos y felices que recuerdo. Ellos no echaban de menos a su padre ya que sólo lo veían unas cuantas veces al año y Romeo no había sido lo que se dice un padre modelo, sabía hacer hijos pero no criarlos. Y tampoco fue un buen esposo. Eran tiempos difíciles, lo sé, pero él era un niño malcriado y caprichoso que acababa derrochando lo que cobraba en vino y mujeres. Tras su muerte, Marcelo y yo seguimos encontrándonos a menudo y compartiendo momentos inolvidables. Él me habló de matrimonio temiendo que las malas lenguas pudiesen manchar mi reputación, pero después de mucho pensarlo decidí que allá las malas lenguas con sus habladurías. Por entonces yo era de las personas más apreciadas por toda la nobleza y los nuevos ricos artesanos que, poco a poco, habían ido ascendiendo en la escala social, y eso me otorgaba el poder de hacer cosas que aun estando mal vistas, nadie se atreve a poner en tela de juicio. Nuestro romance era una historia que todos conocían pero que nadie osaba criticar, y aun menos condenar. Mis hijos mayores crecieron y fundaron nuevas familias. Y Giovanni sentía tanta admiración y respeto por Marcelo que si llegó a imaginar lo que existía entre su verdadero padre y yo, jamás pronunció una palabra al respecto.
Ya ves, querida Annabella, ésta es la historia de mi vida que casi está a punto de terminar pues me quedan ya pocas fuerzas y ningún motivo para seguir en este mundo. He vivido mucho. He trabajado, sufrido, he gozado y conocido el amor. Traje al mundo a cuatro hijos que con mi ayuda han sabido salir adelante y hacer que me sienta orgullosa de ellos, poco más puedo hacer ya. Verás que el mensajero que te entregará esta carta es un hombre honorable y respetado en Verona, al que me presentaron por casualidad en casa de unos amigos, donde él, pariente lejano de éstos, se encontraba de visita. Cuando supe de dónde procedía un ligero cosquilleo me llegó al corazón y durante largo rato conversamos sobre Verona y sus gentes. No le dije quien era yo, pero no tuve que esforzarme mucho para que me contase con todo lujo de detalles la leyenda de Romeo y Julieta, los eternos amantes. Eso me hizo sonreír, porque escúchame bien, amiga mía, ningún amor soporta el paso de los años aun cuando los amantes sigan queriéndose, ninguno. El amor, ese sentimiento que nos inflama el corazón y hace que nuestra razón se nuble, es cambiante y caprichoso. Y tan, tan delicado, que todo le hace mella y lo va desgastando poco a poco. A veces, abandona el cuerpo de ese ser que tanto amábamos y éste se nos muestra entonces como alguien extraño por el que no somos capaces de sentir ningún afecto. Otras, se convierte en odio, en rencor, en fastidio, e incluso en asco. Y en ocasiones, se va transformando en una especie de cariño, costumbre o necesidad hacia el otro que es otra forma de seguir queriéndole. Pero nunca, nunca, el amor es igual al momento en que lo descubrimos en nuestro interior.
Así fue como conocí nuestra historia y supe también que aun vivías en Verona. Sentí entonces la necesidad de escribirte y contarte la verdad sobre mi vida. Perdóname por este atrevimiento después de tanto tiempo, pero vaya en mi defensa que en todos estos años pensé mucho en ti y eché de menos aquellas tardes de confidencias en el jardín de mi casa. Es mi deseo que hayas sido feliz y que Dios te guarde muchos años.
Tu amiga siempre, a pesar del tiempo y la distancia.
Julieta.
