Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
En boca cerrada...
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Fotografía: Anoushka Fisz

A las 7 de la mañana sonó el despertador. Le pareció que no había pegado ojo en toda la noche: dos veces se levantó para atender al pequeñin, y luego los ronquidos, allí, pegados a la oreja no la dejaron dormir. Se sintió estafada. Respiró hondo.

Él ya se había marchado. Hizo la cama, recogió un poco la casa, preparó la comida de ese mediodía. Luego, despertó a los niños, preparó desayunos, les ayudó a vestirse y salió corriendo como alma que lleva el diablo para dejarlos en el colegio. Les vio desaparecer tras la verja y se dirigió a la cafetería a tomar un café rápido. Respiró hondo.

Trabajó toda la mañana, sin descanso. La manzana que pensaba comer como tentempié se quedó en el bolso… aguardando. No tuvo un momento para hincarle el diente, ni siquiera tenía hambre con todo el ajetreo de la oficina. Por fin, dieron las 2 de la tarde y se fue a casa. Respiró hondo.

Calentó la comida mientras él llegaba, puso la mesa, comió sin darse apenas tiempo de masticar, sin saborear los alimentos que engullía de forma mecánica con el pensamiento puesto en todas las cosas que le quedaban por hacer. La televisión y el ruido que hacían al comer era el único sonido del comedor. Recogió la mesa, sirvió el café y lo tomó de un trago mientras fumaba un cigarrillo. Lavó los platos. Cuando miró el reloj era ya la hora de volver al trabajo. Él también se marchaba. Le dio un beso fugaz en los labios. Se colgó el bolso y cerró tras sí la puerta. Respiró hondo.

La tarde no fue menos intensa que la mañana. Fue peor. Llamó su suegra para contarle todos los dolores que padecía. Ella escuchó toda aquella retahíla de quejas sin prestarle demasiada atención. Se quejaba del marido, su suegro, se le iba la cabeza, decía, ahora tenía manías, la llamaba puta a todas horas, no podía aguantarle más. Pensó ¿y qué cojones quiere esta mujer que haga yo?... se lo dijo. Es su marido, le contestó, no el mío, ni es mi padre, ni tengo nada que ver con todo eso. Cuénteselo a sus hijos, siguió diciéndole, mientras pensaba que aquellos dos (su marido era uno de ellos) no querían saber nada de aquel par de ancianos y menos cuando ya empezaban a chochear. Claro, que tampoco era de extrañar, dicen que se recoge lo que se siembra… Aún así, como siempre, acabó haciéndose cargo del problema y prometiendo llevarlo al loquero o a lo que fuese que necesitase. A la hora de salir… respiró hondo.

Llevó a los niños a clase de inglés, se reunió con la profesora, compró las cosas que hacían falta, pasó por la farmacia, fue a visitar a sus suegros, recogió otra vez a los niños y por fin, volvió a casa de nuevo. Eran las 8 y media de la tarde. Entró cargada con la compra, los niños peleándose. Les metió prisa, aun tenía que ayudarles en la ducha, repasar lo que habían hecho en el colegio, hacer la cena, poner una lavadora y planchar el montón de ropa de ayer. Respiró hondo.

Él ya había llegado del trabajo, estaba en el sofá tomando una cerveza. Volvió al beso fugaz en los labios, sin dejar de achuchar a los niños o acabarían acostándose a las tantas y mañana había que madrugar otra vez. Le escuchó decir: “Cariño, te veo muy alterada”. En su mente escuchó la frase otra vez como un eco, pero la sentía cargada de ironía, de burla… se fijó en el enorme cenicero de piedra, regalo de su suegra, rebosante de colillas que nadie más que ella vaciaba. Los niños gritaban jugando en la habitación. Lo cogió, lo levantó muy despacio, como sopesándolo. Él estaba absorto haciendo zaping. Le golpeó. Crac. Y sonó igual que cuando casca los huevos para la tortilla. Respiró hondo.

“Sí, cariño, estaba alterada, pero… ya no” respondió en voz baja. “¡Vaya! Se me ha olvidado comprar huevos”.



 
Comentario:
A veces una buena Valeriana cargadita hace milagros rebajando tensiones. Te ahorra limpiar toda esa sangre después del cenicerazo.
Besos, guapa
 
Comentario:
Eres, eres un chollo, Pau, estoy segura. No hagas caso de estas cosas que escribo, son momentos de tensión. Yo en lugar de cascar cabezas... lo escribo.
Ya enlacé y visité tu nuevo blog, no hace falta que te diga que me gusta ¿verdad?
Un abrazo grande, grande.
Des.
 
Comentario:
Vaya...
Mejor pedir el divorcio, buscarse otro tipejo y abandonar la familia, que a rey muerto, rey puesto, que, al final, nadie te hecha en falta.
Mejor eso que ir matando maridos.
Ejem... Yo debo ser un chollo. Y seguro que no me romperán la crisma con el cenicero, en casa nadie fuma.
Un abrazo.
No