Extraña pareja (Final)

Fotografía: Tomas Rusch
La boca de David que hociqueaba entre sus piernas, dándole suaves golpecitos en busca de su ración de fruta la devolvieron al presente…
Elena tomó un trozo de fruta y lo sujetó apenas entre los labios, David estiró el cuello y lo tomó con suavidad. Ella hizo lo mismo con el siguiente pedazo, pero esta vez, cuando el hombre estaba a punto de cogerlo, ella dejó que le cayese dentro de la boca dejándola entreabierta, por lo que él tuvo que introducir la lengua para poder hacerse con el jugoso bocado. Así continuaron un buen rato, jugando con la fruta, las bocas y las lenguas. Luego, la mujer se dejó caer un poco más en el sillón, echando el culo hacia fuera del asiento, abrió ligeramente el albornoz y se colocó un trozo pequeño en el ombligo. David fue bajando desde la boca, metiendo la cabeza por la abertura de la prenda, con la nariz pegada a la suave piel de los pechos de Elena hasta dar con el codiciado bocado. Lo olisqueó con detenimiento, lo lamió despacio como si no supiera de qué se trataba y lo cogió con la lengua, demorándose en el círculo del ombligo. Luego, lo saboreó con deleite y se quedó expectante en espera del siguiente bocado.
Ella le acarició suavemente la cabeza mirándole con ternura y él, agradecido y contento, se restregó contra su mano.
- Bien, ratoncito, muy bien, he guardado para el final los trozos más sabrosos ¿aún tienes hambre?
Él emitió unos sonidos alegres al tiempo que movía su cabeza arriba y abajo.
La mujer, entonces, comenzó a colocar pequeños trozos de fruta en los pliegues y recovecos de su sexo, mientras David jadeaba con la lengua fuera esperando a que ella le diese permiso para empezar la búsqueda. Cuando ella terminó, el hombre se lanzó con ansía entre sus piernas, empujándoselas con la cabeza para que ella fuese abriéndolas un poco más cada vez. Su lengua empezó a recorrer el sexo húmedo del que comenzaba a manar el flujo, fruto de la excitación y el deseo. Elena gemía y se retorcía de placer mientras la lengua de David hurgaba y se colaba por su vagina abierta, o con los labios atrapaba su clítoris inflamado y lo succionaba como si quisiera arrancarlo y engullirlo. En la habitación resonaron sus gritos de placer cuando se corrió en la boca del hombre, que levantó la cabeza para mirar absorto y feliz cómo gozaba su dueña. Su pene estaba hinchado y duro, palpitando, pero él permanecía impasible… a la espera.
- No, aún no tienes mi permiso – dijo Elena con un tono que no admitía réplica.
Bajó del sillón y se apoyó en el respaldo, de espaldas a David, con las piernas abiertas. Él empezó a olisquear su abierto trasero y a dar largos lametones alrededor de su ano, incidiendo cada vez más en su centro, hasta que la lengua empezó a abrirse paso por el oscuro orificio. David hacía tanta presión para penetrarla cada vez más profundamente que ella tenía que sujetarse fuerte para no irse hacia delante con su impulso. De improviso le apartó la cabeza y se dirigió hacia la jaula seguida por el hombre que correteaba a gatas tras ella. Se metió en la jaula y se colocó a cuatro patas, con David a su espalda.
- Hazlo, hazlo ahora, ahora quiero verte gozar – le dijo con voz ronca, mientras le cogía el pene y lo dirigía hacia su sexo chorreante.
Se deslizo fácilmente en la primera embestida, y con cada movimiento de empuje de David la rueda se movía produciendo un rítmico chirrido metálico que se hacía cada vez más rápido y constante. Ella sentía el pene de David, caliente, entrando y saliendo de su sexo mientras las caderas del hombre golpeaban sus nalgas con fuerza hasta que, en un momento, se quedó inmóvil, pegado a ella, y un grito agudo de placer llenó la habitación.
Elena sale de la jaula y abraza al hombre que mete la cabeza entre sus pechos.
- Ven, ratoncito, hoy quiero que duermas en mi cama, es el premio por lo bien que te portas.
Abandona la habitación y entra en el dormitorio. Mientras abre la cama, David espera en la puerta con las manos levantadas, deseoso por meterse en la cama con Elena. Ella se acuesta y le hace una seña con la mirada que es suficiente para que él la entienda. Se sube en la cama y se acurruca bajo los pies de su dueña.
- No, espera, lo he pensado mejor, ven un ratito aquí, a mi lado, tengo ganas de hablar y estoy incómoda si no te veo, apoya la cabeza aquí, en mi pecho, así, así está bien.
Permaneció un rato en silencio, mientras venían a su cabeza imágenes de todo lo que aconteció después de aquel encuentro en el bar. No recordaba muy bien cómo habían llegado a esa relación que les unía, David se fue convirtiendo poco a poco en su animalito fiel que hacía lo que ella deseaba, casi sin tener que mandárselo. Fue entonces cuando decidió que debían dejar de verse en pensiones de mala muerte y compró el apartamento. El dinero le sobraba y era una buena inversión, siempre podría venderlo cuando no le hiciese falta. Instaló a David con órdenes expresas (esta vez, sí) de que no debía salir a la calle, nadie podía adivinar que vivía allí. El hombre permanecía encerrado esperándola sin hacerle jamás ningún reproche, se le veía feliz en su absoluta soledad. Paulatinamente comenzó a dejar de pronunciar palabra alguna y a utilizar sonidos que ella pronto había empezado a descifrar, caminaba siempre a gatas y olisqueaba el aire haciendo los mismos movimientos con la nariz que un pequeño roedor. Un día, parada ante un escaparate de una tienda de mascotas, se quedó extasiada mirando a un precioso hamster que daba vueltas y más vueltas sin parar en una rueda giratoria. El pequeño animal se detuvo un momento y la miró alzando el hocico, a ella le recordó a David.
Durante varios días no dejó de pensar a quien acudir para que hiciese el trabajo de adecuar una habitación del apartamento al proyecto que tenía en la cabeza, hasta que se acordó de un joven emigrante ruso a quien le solía encargar pequeños trabajos con los que el hombre se ganaba la vida. Le ofreció un buen dinero y un trabajo para toda la vida en una de sus fábricas, lo suficientemente alejada para que ella no volviese a saber más de él, y por supuesto el ruso aceptó encantado. Primero colocó sobre las dos ventanas de la habitación una especie de persiana de láminas de metal engarzada en la pared que sólo permitía la entrada de la luz del día dependiendo de la posición en la que se colocasen. Después instalaron un sistema de ventilación que se conectaba cada cierto tiempo para oxigenar el ambiente. Luego vinieron los dispensadores automáticos de comida y agua, y el agujero de desagüe que servía como retrete y que facilitaba la limpieza de la habitación, colocaron los barrotes y el ruso fabricó la ruega giratoria gigante, que fue lo más laborioso.
David, mientras, contemplaba impasible toda esa actividad, sin preguntar nada. Cuando todo estuvo a punto, Elena entró en la habitación y se sentó en el sillón floreado. Él se quedó un momento sentado a sus pies, hasta que de pronto se levantó, se despojó de la ropa que fue dejando en el suelo formando un pequeño montón, traspasó la puerta de barrotes, entró en la rueda y empezó a hacerla girar. Así continuó durante mucho tiempo, el suficiente para que Elena se quedase dormida acunada por el rítmico sonido como si el hombre estuviese susurrándole una nana.
- ¿Sabes, ratoncito? – David se movió un poco como preparándose para escucharla – a veces, cuando estoy cansada del trabajo, harta de escuchar conversaciones ridículas, de discutir, de adular, cuando siento que no puedo más… pienso en ti. Pienso que si me pasa algo o decido un día no volver más, morirías de hambre y sed. Sólo yo tengo las llaves que pueden sacarte de aquí. Y me excito. Me excito tanto que mojo las bragas y acabo masturbándome allí mismo, encerrada en el despacho. Y es que siento que dependes de mí, que soy la dueña de tu vida y de tu muerte, ratoncito. Pero, en realidad, eres tú el que ha decidido que sea así, el que ha puesto su vida en mis manos consiguiendo con ello, al mismo tiempo, atraparme en tu jaula.
El hombre, restriega la cabeza en el pecho de Elena y acerca los labios arrugados al cuello de la mujer dándoles forma de un pequeño hocico mientras ella sigue acariciándole el pelo.
- Hueles bien, ratoncito – le dice, mientras hunde la nariz en su cabeza – creo que se que cualquier día dejaré todo lo que tengo, me olvidaré del trabajo, de la familia, de mi casa, y vendré aquí, contigo, rodaremos juntos en la rueda, alejados del mundo, tu y yo, ratoncito, solos tu y yo. Algún día lo haré, algún día…tengo sueño… ve a tu sitio, anda, deja que me duerma.
David mete la cabeza bajo las sábanas y gateando se acurruca a los pies de la mujer y los abraza, arrimándolos junto a su pecho. Al cabo de un momento… están durmiendo.
Comentario:
Vergonzoso, muchas gracias, tú siempre tan amable.
Mi querido Iván, sé que estás por ahí, yo también sigo tus andanzas, en silencio. Un día de estos tengo que dejar un saludito en todos y cada uno de los blogs amigos... tengo tan poco tiempo.
Besos, a los dos.
Des.
Mi querido Iván, sé que estás por ahí, yo también sigo tus andanzas, en silencio. Un día de estos tengo que dejar un saludito en todos y cada uno de los blogs amigos... tengo tan poco tiempo.
Besos, a los dos.
Des.
Comentario:
No me he ido...
te leo en silencio.
Magnifico...eres incombustible.
Beso.
te leo en silencio.
Magnifico...eres incombustible.
Beso.
Comentario:
impresionante... Enhorabuena!.
