Cansancio, desilusión, desamor...

Pintura: L.N. Rana
Se levanta tarareando una canción, con ganas de empezar un nuevo día. Está contento, feliz, ilusionado y no puede ocultarlo. Es como si hubiese tomado vitaminas milagrosas que le hacen sentirse joven, vital. Se va a la ducha silbando y allí bajo el chorro de agua caliente, vuelve a cantar como hace años que no hacía. Ya ves, y todo porque hoy va a conocer a la mujer con la que hace meses habla por el chat, la que se ha convertido en su mejor amiga, su confidente, a la que le ha abierto su corazón, a la que le ha contado sus miedos más profundos y sus sueños más celosamente guardados.
Si hace unos meses le hubieran dicho que algo así le iba a pasar, se habría echado a reír. No ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, le parece que hace ya mucho que se encontraba tan mal. Recuerda lo que le costaba levantarse en las mañanas, enfrentarse a un nuevo día, había anidado en él la desidia, el desánimo, no tenía fuerzas para nada. Acudía al trabajo y allí se ensimismaba en sus pensamientos, no paraba de darle vueltas a la cabeza ¿por qué se sentía así? No tenía ningún motivo. Y repasaba mentalmente, una y otra vez, su vida.
Tenía 48 años, y gozaba de muy buena salud. Siempre se había enorgullecido de no haber estado nunca en un hospital. Físicamente se conservaba bien, tenía algunas canas, pero no había perdido el cabello. Era alto y bien proporcionado. Salía a correr de vez en cuando por la urbanización donde vivía y una o dos veces a la semana jugaba al tenis con algún compañero de profesión. Así que esto le ayudaba a mantenerse en forma.
Era arquitecto, y le gustaba su profesión. Le costó mucho esfuerzo conseguirlo, provenía de una familia modesta, así que tuvo que trabajar y estudiar a un tiempo. Las becas que conseguía por sus excelentes notas también le ayudaron bastante. Ahora tenía un despacho con cuatro colaboradores y no le faltaban los encargos.
Estaba casado y tenía dos hijos. Sebastián, su hijo mayor, era psicoanalista y ya se había independizado, no le iba mal, estaba empezando a volar solo. Su hija, Laura, estaba estudiando en el extranjero, a punto de acabar Económicas. Ninguno de los dos le causaban grandes problemas, los típicos de la adolescencia, pero siempre habían sido buenos chicos.
Llevaba veinticuatro años casado, y lo hizo muy enamorado de su mujer. Y si lo pensaba, no podría decir cuando dejó de estarlo. Había sido algo muy lento, casi imperceptible. No es que ahora no la quisiera, no era eso, porque si a ella le pasaba algo, él no sabría que hacer, no quería pensarlo siquiera.
Poco a poco, habían ido alejándose, callando, su vida estaba llena de silencios. Y no es que no le gustasen los silencios, a veces, decían más que las palabras. No, no era eso, era como si los dos caminasen por la misma avenida pero en carriles distintos, separados por un gran seto que no los dejaba mirarse. Y no se encontraba con fuerzas para saltarlo.
Le parecía que habían evolucionado de manera distinta, antes les unían muchas ilusiones, ahora ni siquiera tenían los mismos gustos. Era como si ella se hubiese quedado anclada en el pasado, ya no la oía cantar por la casa, hacía siglos que no iban a bailar –a ella no le apetecía- prefería quedarse en casa mirando la televisión. Se había vuelto gris. No, no era que vistiera de gris, sino que él ya no la veía de colores, como antes.
Hacían el amor una o dos veces al mes, y últimamente hasta tenía problemas para excitarse, lo hacía casi para no perder la costumbre y ella no ponía mucho de su parte. En ese tema, siempre había sido muy “conservadora” y no había mostrado nunca demasiado interés por el sexo. Siempre era él el que insistía, le regalaba lencería sexy e intentaba que el juego del amor fuera atractivo, divertido y placentero para ambos. Pero, una y otra vez, se encontraba con la rigidez de siempre, así que también él se fue cansando.
En ocasiones pensaba si a ella también le pasaría lo mismo que le estaba pasando a él, pero parecía feliz, con su trabajo en el despacho de abogados, la bonita casa en la que vivían, sus compras de vez en cuando con amigas, las veladas que de forma regular, organizaban con otras parejas y los fines de semana tumbada en el sofá viendo la televisión.
Así transcurría la vida de Lorenzo. No sabía cuando empezó a darse cuenta, pero notaba que se le escapaba, se le escurría de los dedos como el agua. Ya no tenía bastante con el aliciente del trabajo, del que siempre había disfrutado. Se miraba en el espejo y se encontraba viejo, cansado. Pero no, no era algo físico, era mucho más complejo, una vejez que le nacía en el alma y que no sabía como quitarse de encima.
Un día se decidió, se sentó delante del ordenador y entró en un “chat”, estuvo charlando un rato pero, no le gustó demasiado la experiencia, mucha gente, todos hablando a la vez. Sí, podías tener conversaciones privadas pero le parecía un poco impersonal. No, decididamente, no le gustaba.
Un compañero le comentó que él había conocido a algunas personas a través de los perfiles. Había de todo en la red, pero se podía encontrar a gente con la que valía la pena entablar una amistad, todo depende de lo que busques. Así que, cuando llegó a casa se puso a ello. Creó su perfil, intentando ser lo más sincero posible, y mandó algunos mensajes a unos cuantos que le llamaron la atención o le gustaron.
Durante semanas estuvo conociendo a mujeres, chateando con ellas, y la verdad es que se divertía. Empezó a darse cuenta de lo fácil que era hablar de cualquier cosa con alguien casi desconocido y lo difícil que era hablar con su propia esposa. En su fuero interno sabía que eso es lo que tenía que hacer, hablar con su mujer y, si lo suyo no tenía remedio, acabar con esa farsa cuanto antes. Pero, ni el mismo se explicaba por qué no lo hacía. Era todo tan complicado. La quería pero ya no estaba enamorado, esa era la conclusión final a la que había llegado. Y suponía que a ella le pasaba lo mismo.
Con ninguna de las amigas que había ido conociendo en la red, quedó nunca para conocerse en persona. Charlaban, se contaban cosas, pero no sintió la necesidad de verse cara a cara. Al cabo de un tiempo a través de una de estas amigas, conoció a Angela.
El primer día que se saludaron, notó algo especial. Será una tontería –se dijo- sólo hemos intercambiado cuatro palabras. Estuvieron un buen rato hablando y a él se le paso el tiempo volando. No tenía ganas de cortar la conversación, pero al fin, fue ella la que se despidió, al día siguiente tenía que levantarse temprano y se les había ido el santo al cielo.
Angela vivía en su misma ciudad, tenía cuarenta y cinco años, era separada, trabajaba como enfermera en un hospital y solo tenía una hija, ya independiente. Era una mujer alegre, activa, sencilla, enamorada de su trabajo. Tenía una amplia cultura y podía hablar de cualquier tema. Había viajado bastante pues le gustaba conocer nuevas culturas y hacía amistades fácilmente. La gente la apreciaba por su saber estar y su disponibilidad para escuchar o dar un consejo o una opinión, según el momento.
Al día siguiente, Lorenzo se levantó un poco más animado que de costumbre. El día le pasó rápido, sumergido por completo en su trabajo, pero, se daba cuenta de que su nombre, Angela, le venía a la cabeza de cuando en cuando. La verdad es que estaba deseando llegar a casa y encontrarla al otro lado de la pantalla.
Y así, poco a poco, habían ido conociéndose, unas horas cada día tenían una cita delante del teclado. Más que contarse su vida, que también lo habían hecho, confesaron sus sentimientos, sus estados de ánimo. A veces Lorenzo sabía que ella había tenido un mal día, sólo por la forma en que escribía y, efectivamente, no se equivocaba. ¿Es posible conocer tanto a una persona sin mirarla a los ojos? ¿sin ver la expresión de su rostro? Estas preguntas se las hacía él una y otra vez. Y no encontraba la respuesta.
Lo único que sabía, es que su vida había dado un giro de 180 º.Se sentía joven, como un adolescente. Cuando estaba esperando que ella se conectase, le comía la impaciencia. Si ella le mandaba un mensaje al móvil dándole los buenos días, el corazón se le ponía a latir como desbocado.
El primer día que escuchó su voz, se quedó sin palabras, tartamudeaba como un colegial. Esa sensación era fantástica, y hacía tanto tiempo que no la sentía. Cualquier pequeña tontería le llenaba de ilusión. ¡Qué fácil era ser feliz! Y que difícil nos resulta a veces, pensaba.
Así que hoy es el gran día, se han citado para comer. Ni siquiera ha visto su foto, sólo sabe como es físicamente por lo que ella le ha dicho. Pero, no le importa, sea alta, baja, gorda, delgada, rubia, morena o pelirroja, será Angela, la mujer que le ha devuelto las ganas de vivir. Tampoco sabe qué va a pasar con ellos, con su relación. Y tampoco le importa, se ha dado cuenta de que puede tener ilusiones, volver a ser feliz, sentir el amor de nuevo… vivir, todo lo demás no importa.
Comentario:
Gracias querido Dock, siempre es una alegría encontrarte aqui y saber que disfrutas leyendo estas tonterías que se me ocurren... ni te cuento.
Un beso con todo mi cariño.
Des.
Un beso con todo mi cariño.
Des.
Comentario:
Ayer creí haber colgado un comment a tu post, pero veo que no ha sido así. Intentaré repetírtelo más o menos, querida Des.
Te veo muy puesta, con Teatro, Literatura desbordante por entregas y reflexiones acerca de la vida, nuestra querida/odiada vida.
Es portentoso descubrir que basta con un minúsculo gramo de ilusión para recuperar fuerzas y sensaciones que creíamos olvidadas. El único problema es que la jodida ilusión no la venden en Alcampo ni en Mercadona, junto a los desayunos y el cola-cao.
También es una maravilla, como siempre, leerte y ver tus frescas letras aguijoneando nuestro espíritu.
Gracias de nuevo, y un gran besazo, corazón.
Te veo muy puesta, con Teatro, Literatura desbordante por entregas y reflexiones acerca de la vida, nuestra querida/odiada vida.
Es portentoso descubrir que basta con un minúsculo gramo de ilusión para recuperar fuerzas y sensaciones que creíamos olvidadas. El único problema es que la jodida ilusión no la venden en Alcampo ni en Mercadona, junto a los desayunos y el cola-cao.
También es una maravilla, como siempre, leerte y ver tus frescas letras aguijoneando nuestro espíritu.
Gracias de nuevo, y un gran besazo, corazón.
