Un cuento de Navidad: Añoranza

Fotografía: Pablo Herrerias
Cómo le gustaría pasear por las calles iluminadas, abarrotadas de gente. Pararse delante de los escaparates de los grandes almacenes repletos de objetos inútiles, de ropas hechas en serie, diseñadas para un ejército uniforme y aburrido. Quisiera cerrar los ojos y encontrarse segura en casa de mamá, soportando las continuas indirectas de sus cuñadas sobre ese futuro incierto que pesa sobre ella, sin un hombre que la cuide, siempre de flor en flor; la mirada resignada de su madre preguntándose qué ha hecho para merecer una hija tan rara, o la desaprobación silenciosa del padre por su forma estrafalaria de vestir, tan en contraste con los bonitos vestidos y zapatos de tacón alto que lucen las mujeres de la familia. Desea con todas sus fuerzas volver a ver esos odiosos y odiados papá noel encaramándose a los balcones…
Hoy debe ser Nochebuena. Es difícil distinguir el paso de los días, allí encerrada, aunque ha aprendido a relacionar los lejanos sonidos que le llegan de fuera con el día o la noche. Y las visitas diarias del hombre.
Sí, es Nochebuena, está segura. Lo supo cuando él mojó su polla en cava antes de hacérsela tragar. Lo supo cuando después de follarla le dejó en el suelo un plato con trozos de turrón. Ese turrón que saborea despacio mientras recuerda otras Navidades, otras odiosas Navidades… ojalá volvieran.
Comentario:
Te leo y releo. Casi nunca comento, tus relatos apenas admiten comentarios, pero hoy me has dejado boquiabierto.
Quería que lo supieras.
Quería que lo supieras.
