Rompiendo cadenas

No puedo soportar este maldito dolor. Es como si me clavasen miles de alfileres por todo el cuerpo. Me duele hasta respirar. Cualquier movimiento me deja sin aliento. Los calmantes casi no hacen efecto, pero no quiero que me administren fármacos más potentes, no quiero. Por eso callo, aprieto los dientes y ahogo mis quejidos. No quiero dormir, aun no, sólo necesito un poco más de tiempo.
Ya has llegado y es para mí tu primera visita. Entras sonriente, llevas enganchados a tu ropa jirones de la vida, ahí fuera. Y yo siento una rabia intensa. No quiero que me cuentes que viste a Fulanito, que se separó de su mujer y ahora hace vida de soltero, me manda recuerdos. O a Menganita que ha engordado y te manda muchos besos. ¿No te das cuenta? No quiero que el mundo siga su curso mientras yo estoy aquí atrapada en este despojo de lo que fue mi cuerpo. Nuestros sudores huelen diferente. El tuyo huele a humanidad, a prisa, a proyectos. El mío, sin embargo, huele a vacío, a enfermedad… si al menos oliera a muerte, sabría que está cerca, que pronto acabaría este tormento.
No te hablo, no pienso hacerlo, te lo juré ayer cuando imploré tu ayuda y te negaste. Resultaría tan fácil, te dije, lo tengo todo planeado. Nadie, nadie podría inculparte, todos creerían que se trataba de un infortunado accidente. Pero no, tú tenías que salir con esa mierda del amor, que tú me quieres y los chicos, los chicos también, que no podríais soportarlo. Eres un imbécil. Claro que me queréis ¿crees que no lo sé? Pero sería sólo un dolor puntual que pronto acabaría pasando y os quedaría luego mi recuerdo. Por supuesto que mis hijos me quieren, afortunadamente mi cerebro aun funciona perfectamente y no lo he olvidado, pero era mucho más fácil quererme antes. Era fácil querer a la mamá activa y atractiva, a la que siempre estaba disponible para escuchar, reír o llorar dependiendo de sus necesidades, la que se ponía a estudiar para poder así ayudarles, la que salía con ellos a pasear o a hacer locuras, la que se tintaba el pelo de un increíble rojo fuego, la mamá que envidiaban sus amigos porque les hacía sentirse como en casa cuando venían a estudiar. ¿Dónde están ahora esos amigos? Dímelo tú, anda, si te atreves. Ahora ya no resulta agradable venir aquí y si vienen a casa intentan no hacer ruido para que no me entere, y no tengan así la obligación de pasar a verme. ¿Crees que no me doy cuenta? Y eso que no me quejo e intento reír con ellos, pero no pueden ocultar sus miradas llenas de compasión, su pena. Y acaba por dolernos a todos, a mí y a ellos.
Y tú. Tú también me quieres. Lo sé. Pero odio los domingos en que estás aquí todo el día ocupándote de mí porque la enfermera que me cuida tiene el día libre. No me importa ser un guiñapo en manos de una extraña, para eso cobra al fin y al cabo, es su trabajo. Pero no soporto que seas tú quien tenga que bañarme. Eso estaba bien, muy bien, en nuestros juegos sexuales, cuando yo me convertía en una muñeca caprichosa y hacía que me bañases y me perfumases entre juegos. Pero ahora no, ahora me hace sentir como una mierda. Y me doy cuenta ¿sabes? de tus miradas furtivas al reloj, de tus esfuerzos por hablar de cualquier cosa, lo que sea. Y del gesto, mezcla de pena y asco, que no puedes reprimir cuando curas las llagas de mis nalgas, efecto de las horas que permanezco aquí sentada.
Me alegro de no haberte contado mi plan porque así no podrás impedirlo. Si esto dura mucho acabaréis odiándome. Y yo a vosotros. Lo sé, porque empiezo a sentirlo.
Es imposible que ocupes mi lugar, que por unas horas te des cuenta de cómo me siento. Pero ¿no tienes bastante con mirarme? ¿no te bastan mis súplicas? Y luego te enfadaste porque ordené a la enfermera que echase a mi hermana. A esa monja hija de puta no se le ocurre otra cosa que venir a hablarme de esperanza, de dios que está en el cielo cuidando de sus criaturas. No me importa, no me importó nunca, que ella crea en esas tonterías, pero si antes no le consentí que viniese con sermones ¿por qué voy a consentirlo ahora? No sé si lo suyo es fe o gilipollez en estado puro. Dios… menudo cabrón. Si existe es un monstruo sádico y cruel. No se contenta con arrebatarnos la vida, que ya es suficiente. No, además nos roba la dignidad. Y cuando nos ve convertidos en gusanos inmundos, incapaces de cuidar de sí mismos, se recrea en nuestro dolor, hasta que un buen día se aburre y firma la sentencia.
Cuando ayer te marchaste de mi habitación le dije a la enfermera que me sentase ante el ordenador. Intenté escribir. Y sólo pude llorar. Mis dedos, que antes corrían veloces sobre el teclado, se han convertido en garras encorvadas que no puedo mover. No me importaría convertirme en un monstruo deforme si mis manos quedasen libres de esa maldición. Pero, claro, tú no lo entiendes. Nunca has entendido lo que para mí significa poder escribir. Que era un pedazo de vida que sólo a mí me pertenecía, mi ración de oxígeno, mi escape, el pañuelo que secaba mis lágrimas, o el dibujo de una sonrisa en mi rostro. No entiendes nada.
Pero ya queda poco tiempo, porque no hay dios que decida por mí. No lo hay, entérate bien. Y tú tampoco vas a hacerlo. No vas a tenerme aquí prisionera con la excusa del amor que me profesas. Vete a la mierda. Tú y el amor.
Hace un día precioso y cuando venga la enfermera le diré que me saque al jardín. No sé si tú le has dado instrucciones precisas para que me vigile, pero aun así, siempre fui más lista que tú y aun tengo la suficiente autoridad para hacerme obedecer. Dejará esta odiosa silla de ruedas en la que permanezco sentada una hora tras otra, cerca de la piscina, justo al principio de ese suave desnivel, bajo la palmera. Luego haré que vuelva a mi habitación a traerme un calmante. Sé que sentiré un dolor inmenso, casi insoportable, cuando quite el freno. Es mi último sacrificio, el pinchazo final. Pero no importa porque luego todo será extremadamente fácil. La silla se deslizará suavemente hacia la parte más profunda de la piscina. Una vez en el agua sólo tengo que respirar, dejar que mis pulmones se inunden de agua clorada, azul y fría. Aunque duela, nada es comparable con este tormento. Nada, puedes estar seguro.
Entonces, por fin… la libertad.
Y si no diera resultado, si algo fallase, lo intentaré una y otra vez, de cualquier forma posible, lo intentaré hasta mi último aliento.
No voy a morir encadenada. No voy a hacerlo.
Comentario:
Delicioso. Divertido y delicioso, una combinación casi perfecta.
Saludos y buenas letras.
Shere
Comentario:
Otro para tí, querido Iván... felicidades.
Des.
Des.
Comentario:
Des, un beso y mucha felicidad para estas fiestas Navideñas.
