Bateria baja

Tengo sed, pero por nada del mundo me muevo de aquí. Prefiero sentir la garganta reseca. Hace días que no tengo ganas de hacer nada… nada. No escribo, ni leo, ni paseo, ni voy a tomar el sol, ni siquiera pienso. Las ideas están como desteñidas, en blanco y negro, o peor… en gris, andan medio sonámbulas arrastrando los pies y rebotando contra las paredes del cerebro que parecen revestidas de goma espuma. Me recuerdan a esos cochecitos de juguete que cuando encuentran un obstáculo en el camino, dan media vuelta a la derecha, o a la izquierda y siguen andando. Andan y andan sin descanso hasta que se les agotan las pilas. Y ni pensar en hacer nada “productivo” como quitar el polvo de los rincones, archivar los miles de papeles que revientan esa carpeta “provisional” donde los voy metiendo sin orden ni concierto o planchar el montón de ropa arrugada de la silla. Magui, el conejo, me mira desde su jaula. Fija en mí sus ojitos oscuros sin dejar de mover los bigotes. Ya sé, ya sé que no es el mejor nombre para un conejo, pero pensamos que era hembra y para cuando quisimos darnos cuenta del error, ya estaba “bautizado”. De todas formas, no creo que se traumatice por eso. Al fin y al cabo, sólo es un conejo. Hay ratos que no para quieto en su jaula: hace levantamiento de peso con la boca intentando cambiar la decoración de su casa o se pelea con los barrotes a base de mordiscos. Estaría mejor en la paella. En el monte, en libertad, sería conejo muerto, acostumbrado como está a tener su comedero lleno, su bebedero con agua limpia, su ración de heno, su calcio para los dientes. Así que soltarlo a él sería como dejarme a mí en plena sabana africana. Y hablando de África. Me pasé el fin de semana tirada en el sofá, no hablo metafóricamente, no, tirada en el sofá en posición horizontal, y sin nada mejor que hacer que mirar la televisión. Digo mirar porque a ratos la veía y a ratos, no, aún cuando siguiera mirándola. Decía lo de África porque hicieron una película, que por cierto era larga pero la estiraron hasta el punto que tuvieron que partirla en dos episodios, uno el sábado y el otro el domingo, tampoco me extraña porque cada quince minutos de película, otros quince o más de publicidad. Y que publicidad, Díos, siempre los mismos anuncios… en esos ratos, dormía. Se llamaba “Africa, Mon Amour” y no estuvo mal: había guerra, amor, tragedia… de todo un poco. Me pregunto por qué las películas rodadas en África tienen una luz especial. Y me llama la atención que la protagonista aún cuando esté despeinada, de polvo y arena hasta las cejas después de no sé cuántos kilómetros a lomos de un camello, de un caballo, o incluso a pie… me pregunto por qué sale siempre tan estupenda. Sí, sí, da igual la actriz de que se trate, aparece rodeada de un halo de hermosura, con esos vestidos blancos y vaporosos que reflejan la luz del sol, tocadas con bonitos sombreros. Casi igual que yo recién levantada. Menos mal que como estoy medio dormida ni me veo en el espejo hasta después de la ducha, si no, seguro que me despertaba del susto. Que yo no sé qué tengo. Si será apatía, abulia, melancolía, pena, astenia, tristeza, aburrimiento, falta de vitaminas o pereza sin más… claro que esto último no suena tan poético. Estoy agotada con tanto esfuerzo y de un momento a otro, empezaré a escuchar ese horrible zumbidito que me avisa que esto se acaba, que me queda apenas un bostezo. Voy a meter los dedos en el enchufe a ver si me recargo, si oléis a quemado… por favor, avisad a los bomberos.
Comentario:
Perdida como estoy en mi propia apatía, me identifico tanto con la protagonista de tu relato, que mje parece que has estado espiándome por un agujerito ;D.
Beso.
Beso.
