Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
La colección
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Shot at 2007-06-28

La estación del metro a esas horas era un hervidero de gentes que iban y venían como hormigas, rozándose apenas, perdidos en sus pensamientos, con prisa por llegar a alguna parte. Todos los días era lo mismo. Él también tenía ganas de estar en casa. No había sido una jornada especialmente dura, se la pasó entretenido con dos abuelos y un niño pequeño. Fue el que más trabajo le dio… el pobre, pero cuando terminó quedó realmente satisfecho del resultado. En el andén se iban amontonando los pasajeros que esperaban nerviosos la llegada del próximo convoy. Él estaba de los primeros, preparado ya para cuando se abriese la puerta automática. Tuvo suerte, nada más entrar encontró un asiento libre.
A pesar del calor que azotaba esos días la ciudad, sentía frío, un frío que llevaba metido en los huesos después de años expuesto a las bajas temperaturas en las que se veía obligado a trabajar. Un frío que sólo lograba mitigar, en parte, después de una ducha bien caliente. Es lo que haría en cuanto llegase a casa. Luego asaría ese jugoso solomillo que guardaba en el frigorífico comprado en la pequeña carnicería de su barrio. Después, seguramente vería una buena película de las que tenía grabadas en el ordenador, o seguiría con el libro que estaba leyendo, o quizá se tumbaría en el sofá con los cascos puestos… ya vería.
Estaba rodeado de cuerpos que se movían a un tiempo al compás de los vaivenes del tren, ejecutando una especie de danza multitudinaria, siguiendo una coreografía que parecían saber de memoria después de practicarla todos los días. Se dedicó a su pasatiempo favorito: observar el calzado de los pasajeros. Le gustaba imaginar cómo sería la persona que portaba esas escotadas sandalias, aquellas botas de militar, las chanclas viejas y a punto de romperse, las zapatillas de deporte decoradas con negras calaveras. Había tal diversidad de modelos, formas y colores, que podía pasarse horas mirando hacia el suelo. Se obligaba a no mirar a la cara de la gente, sólo a sus pies, aún cuando a veces le picase la curiosidad.
De pronto los vio: descarados, deslumbrantes, provocadores, brillantes… refulgiendo entre todos los demás. Se quedó hipnotizado, casi sin respiración, mirando aquel par de zapatos rojos, excesivamente rojos, que resaltaban entre los tonos opacos de los que los rodeaban. Mirándolos, era como si estuviese ante las puertas del mismísimo infierno. Esta vez fue subiendo su mirada hacia unas piernas de piel suavemente bronceada hasta llegar a vislumbrar el tejido negro que cubría las rodillas. Luego… nada, la cantidad de viajeros que permanecían de pie, le tapaban la visión de la mujer de los zapatos rojos. Estiró el cuello, intentó mirar por los pequeños resquicios que dejaban los cuerpos, pero era inútil, no podía verla. Siguió con su mirada clavada fijamente en el brillante calzado, sin permitirse perderlos de vista un segundo.
Se acercaban a la siguiente parada cuando los vio moverse en dirección a la puerta. Tuvo que buscar el nombre de la estación, ensimismado y abstraído, pendiente sólo de ellos, y se dio cuenta que aún faltaban otras dos para llegar a su casa. No importa, pensó, y se dispuso a apearse tras aquel par de zapatos. Al principio, seguía sin poder ver por completo a la mujer. Aquella era una estación en la que paraban muchas de las líneas más concurridas del metro y una marea humana circulaba por el andén. Él iba mirando directamente al suelo, unos metros por delante, siguiéndole los pasos, como si un hilo invisible le uniese a ella.
Al subir las escaleras pudo verla mejor, y ya en la calle, el gentío se fue disolviendo poco a poco, hasta que pudo distinguirla por completo. Era una mujer delgada, llevaba un vestido negro, desmangado, pegado al cuerpo por arriba, hasta la altura de las caderas, desde las que caía con un poco de vuelo hasta por debajo de las rodillas. Las suaves ondas se mecían al ritmo de sus pasos rojos. Portaba una media melena de un castaño claro, algo rizada. Al mirarla en todo su conjunto, completamente vestida de negro, destacaban aun más aquel par de zapatos. La siguió durante un rato a una prudente distancia hasta que ella se detuvo ante un semáforo y él se quedó detrás, tan cerca, que al mover la mujer la cabeza llegó a sentir en su mentón el suave contacto de uno de sus rizos. Volvía a caminar tras ella cuando un coche negro se detuvo arrimándose a la acera. La mujer abrió la puerta, se metió dentro y cerró tras ella. En cuestión de un momento el automóvil desapareció sin darle tiempo siquiera a reaccionar…

Continuará...
No