La colección (II)
Continuación del post anterior:
...
El camino hacia casa lo pasó maldiciéndose, por no fijarse en la matrícula del coche, por no haberla abordado de algún modo, por andar tan ensimismado en los zapatos, por haberlos perdido… bien, ahora no había nada que hacer. Sólo podía mantener la esperanza de volverla a encontrar mañana, o pasado, o cualquier otro día… quizá utilizaba regularmente esa línea y no se había fijado en ella hasta hoy. Ahora había tomado nota mentalmente de su aspecto y creía que podría reconocerla aún cuando no calzase los zapatos rojos.
Después de cenar, intentó llevar a cabo alguno de los planes que había barajado durante el trayecto en el metro, pero no conseguía concentrarse, estaba inquieto, irritado… era cerrar los ojos y aquellos zapatos aparecían como por arte de magia. Optó por tomar una de esas pastillas que le había recetado el médico para dormir y de las que sólo había hecho uso en muy contadas ocasiones. Se fue a la cama.
Se despertó cansado y de mal humor. Toda la noche la pasó soñando con la mujer. Ella yacía acostada sobre la mesa, inmóvil, mientras él la desnudaba lentamente. Recuerda como la había levantado para desabrocharle el sujetador apoyándola sobre su pecho, y luego había metido las manos bajo las nalgas para deslizar las bragas a lo largo de las piernas. Se había excitado al contemplarla totalmente desnuda calzada con los rojos zapatos. Como se había arrodillado y acariciado suavemente su piel brillante, para a continuación acercárselos a la nariz y aspirar su aroma. Luego había empezado a lamerlos y chuparlos mientras sentía como se endurecía su sexo. A continuación abrió las piernas de la mujer inmóvil y la penetró con furia. Dos o tres movimientos fueron suficientes para derramarse en su interior.
Quizá hoy tenga más suerte, pensó mientras bajaba las escaleras hacia el andén de la estación para volver a casa. Hacía siete días de su encuentro con la mujer de los zapatos rojos. Siete días de desasosiego, de insomnio, de sueños repetitivos que se desvanecían en el momento en que volvía a la realidad cotidiana. Maldita sea. Y por si fuera poco, este fin de semana tenía guardia. Siempre eran moviditas en verano. Maldita sea.
No le apetecía la ducha, así que se tumbó un rato en el sofá. Tenía que hacer algo para acabar con aquella obsesión. Se levantó y fue hacia la puerta cerrada medio oculta en una esquina del comedor. Se quitó la cadena que llevaba al cuello de la que pendía una pequeña llave. La metió en la cerradura y abrió, al tiempo que introducía su mano y accionaba el interruptor de la luz. Al momento la estancia se iluminó mostrando una habitación con las paredes repletas de estanterías en las que se alineaban cientos de pares de zapatos. Cada uno de ellos tenía a su lado una fotografía enmarcada de la mujer a la que habían pertenecido.
Un gesto de satisfacción y placer inundó su rostro. Aspiró profundamente por la nariz el olor que impregnaba la habitación mientras paseaba la mirada por todos aquellos zapatos. Tenía una enorme cantidad de ellos, una verdadera colección. Pensó una vez más en la enorme estupidez humana de enterrar calzados a sus muertos ¿para qué? Era una pena que, sobre todo algunos de esos zapatos, se pudriesen con su dueño… y él los salvaba de semejante destino. Eran tan hermosos. Pero ninguno como “sus” zapatos rojos. La mayoría eran de tonos oscuros, debían pensar que quedaba feo calzar a un muerto con colores atrevidos, sólo destacaban algunos que había podido conseguir cuando acudía directamente al tanatorio del hospital para hacerse cargo del arreglo de alguna víctima de accidente. La familia estaba tan conmocionada que no se preocupaba de recoger las pertenencias del fallecido y él se aprovechaba de ello apropiándose de los zapatos. En fin.
Era casi mediodía cuando recibió la llamada para que se presentase en el tanatorio del hospital central. Ya empezamos, se dijo. Las noches de los viernes eran especialmente mortales para los jóvenes que salían de marcha hasta altas horas de la madrugada. Era penoso tener que ocuparse de recomponerlos y eso solía dejarle con el ánimo por los suelos. Aún así, no pudo evitar pensar que eran los que solían llevar el calzado más sugerente. Al llegar intentó, como siempre, eludir a los familiares y pasó directamente a la pequeña habitación que utilizaba para trabajar. Sobre la mesa ya estaba preparado el cuerpo, totalmente cubierto por una sábana. En una mesa auxiliar colocó los utensilios necesarios para su tarea y se dispuso a ello. Al final resultaba que no se trataba de un accidente, no, era un suicidio. Una mujer había sido arrollada por el tren esa misma noche. ¿Qué puede llevar a alguien a hacer una cosa así? pensó, al tiempo que retiraba la sábana del rostro del cadáver.
Tuvo que agarrarse a la mesa para no caer al suelo. Aquella mujer que yacía allí con el cuerpo cruzado de feos costurones en un intento por recomponer los destrozos causados por el tren, era la que había estado buscando durante toda una semana. Muerta, estaba muerta. Dio un rápido vistazo a la habitación, invadido de pronto por una nerviosa ansiedad, hasta que encontró, posada en una esquina, una bolsa de plástico que parecía contener las pertenencias de la difunta.
Cerró la puerta por dentro y casi se abalanzó hacia allí. Al abrirla, un destello rojo iluminó la habitación. Ahí estaban, sí, algo sucios, pero no importaba, él les devolvería su brillo y su esplendor. Con los zapatos abrazados contra su pecho se dirigió a la mesa y retiró por completo la sábana dejando al descubierto el cuerpo desnudo de la mujer.
Luego se dispuso a hacer realidad un sueño, su sueño.
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El camino hacia casa lo pasó maldiciéndose, por no fijarse en la matrícula del coche, por no haberla abordado de algún modo, por andar tan ensimismado en los zapatos, por haberlos perdido… bien, ahora no había nada que hacer. Sólo podía mantener la esperanza de volverla a encontrar mañana, o pasado, o cualquier otro día… quizá utilizaba regularmente esa línea y no se había fijado en ella hasta hoy. Ahora había tomado nota mentalmente de su aspecto y creía que podría reconocerla aún cuando no calzase los zapatos rojos.
Después de cenar, intentó llevar a cabo alguno de los planes que había barajado durante el trayecto en el metro, pero no conseguía concentrarse, estaba inquieto, irritado… era cerrar los ojos y aquellos zapatos aparecían como por arte de magia. Optó por tomar una de esas pastillas que le había recetado el médico para dormir y de las que sólo había hecho uso en muy contadas ocasiones. Se fue a la cama.
Se despertó cansado y de mal humor. Toda la noche la pasó soñando con la mujer. Ella yacía acostada sobre la mesa, inmóvil, mientras él la desnudaba lentamente. Recuerda como la había levantado para desabrocharle el sujetador apoyándola sobre su pecho, y luego había metido las manos bajo las nalgas para deslizar las bragas a lo largo de las piernas. Se había excitado al contemplarla totalmente desnuda calzada con los rojos zapatos. Como se había arrodillado y acariciado suavemente su piel brillante, para a continuación acercárselos a la nariz y aspirar su aroma. Luego había empezado a lamerlos y chuparlos mientras sentía como se endurecía su sexo. A continuación abrió las piernas de la mujer inmóvil y la penetró con furia. Dos o tres movimientos fueron suficientes para derramarse en su interior.
Quizá hoy tenga más suerte, pensó mientras bajaba las escaleras hacia el andén de la estación para volver a casa. Hacía siete días de su encuentro con la mujer de los zapatos rojos. Siete días de desasosiego, de insomnio, de sueños repetitivos que se desvanecían en el momento en que volvía a la realidad cotidiana. Maldita sea. Y por si fuera poco, este fin de semana tenía guardia. Siempre eran moviditas en verano. Maldita sea.
No le apetecía la ducha, así que se tumbó un rato en el sofá. Tenía que hacer algo para acabar con aquella obsesión. Se levantó y fue hacia la puerta cerrada medio oculta en una esquina del comedor. Se quitó la cadena que llevaba al cuello de la que pendía una pequeña llave. La metió en la cerradura y abrió, al tiempo que introducía su mano y accionaba el interruptor de la luz. Al momento la estancia se iluminó mostrando una habitación con las paredes repletas de estanterías en las que se alineaban cientos de pares de zapatos. Cada uno de ellos tenía a su lado una fotografía enmarcada de la mujer a la que habían pertenecido.
Un gesto de satisfacción y placer inundó su rostro. Aspiró profundamente por la nariz el olor que impregnaba la habitación mientras paseaba la mirada por todos aquellos zapatos. Tenía una enorme cantidad de ellos, una verdadera colección. Pensó una vez más en la enorme estupidez humana de enterrar calzados a sus muertos ¿para qué? Era una pena que, sobre todo algunos de esos zapatos, se pudriesen con su dueño… y él los salvaba de semejante destino. Eran tan hermosos. Pero ninguno como “sus” zapatos rojos. La mayoría eran de tonos oscuros, debían pensar que quedaba feo calzar a un muerto con colores atrevidos, sólo destacaban algunos que había podido conseguir cuando acudía directamente al tanatorio del hospital para hacerse cargo del arreglo de alguna víctima de accidente. La familia estaba tan conmocionada que no se preocupaba de recoger las pertenencias del fallecido y él se aprovechaba de ello apropiándose de los zapatos. En fin.
Era casi mediodía cuando recibió la llamada para que se presentase en el tanatorio del hospital central. Ya empezamos, se dijo. Las noches de los viernes eran especialmente mortales para los jóvenes que salían de marcha hasta altas horas de la madrugada. Era penoso tener que ocuparse de recomponerlos y eso solía dejarle con el ánimo por los suelos. Aún así, no pudo evitar pensar que eran los que solían llevar el calzado más sugerente. Al llegar intentó, como siempre, eludir a los familiares y pasó directamente a la pequeña habitación que utilizaba para trabajar. Sobre la mesa ya estaba preparado el cuerpo, totalmente cubierto por una sábana. En una mesa auxiliar colocó los utensilios necesarios para su tarea y se dispuso a ello. Al final resultaba que no se trataba de un accidente, no, era un suicidio. Una mujer había sido arrollada por el tren esa misma noche. ¿Qué puede llevar a alguien a hacer una cosa así? pensó, al tiempo que retiraba la sábana del rostro del cadáver.
Tuvo que agarrarse a la mesa para no caer al suelo. Aquella mujer que yacía allí con el cuerpo cruzado de feos costurones en un intento por recomponer los destrozos causados por el tren, era la que había estado buscando durante toda una semana. Muerta, estaba muerta. Dio un rápido vistazo a la habitación, invadido de pronto por una nerviosa ansiedad, hasta que encontró, posada en una esquina, una bolsa de plástico que parecía contener las pertenencias de la difunta.
Cerró la puerta por dentro y casi se abalanzó hacia allí. Al abrirla, un destello rojo iluminó la habitación. Ahí estaban, sí, algo sucios, pero no importaba, él les devolvería su brillo y su esplendor. Con los zapatos abrazados contra su pecho se dirigió a la mesa y retiró por completo la sábana dejando al descubierto el cuerpo desnudo de la mujer.
Luego se dispuso a hacer realidad un sueño, su sueño.
Comentario:
oye tambien me han llamado la atención las fotografias que tienes a blanco y negro, me gustaria saber si son tomadas por ti o las has conseguido de algun lugar donde pueda ver más...gracias
Comentario:
hola que tal? me ha encantado tu relato esta genial te felicito escribes muy bien....un final algo inesperado.
