La Torre

Hacía ya seis meses que estaba instalada en la torre cuando le vi por primera vez.
Fue en una fría madrugada de un recién estrenado otoño. Me desperté destemplada, con los pies helados, y decidí subir al desván donde guardaba, en un gran baúl, la ropa de abrigo de cama. Abrí la puerta despacio y allí estaba él. Su presencia era casi imperceptible pero al fijarme bien descubrí su silueta dibujándose al trasluz de la ventana. Intentaba contener la respiración y acallar los fuertes latidos del corazón que retumbaban en mi pecho, cuando él giró la cabeza en dirección a la puerta. Fijó su mirada en mí durante un instante, apenas unos segundos antes de esfumarse.
La torre era propiedad de mis abuelos. De pequeña yo había pasado allí algunos temporadas, pocas, porque mis padres eran reacios a separarse de mí si no era estrictamente necesario. Y papá no era bien recibido. No era que le tratasen mal cuando iba a dejarme o a recogerme, pero había cierta tensión en el ambiente que yo percibía aún siendo una niña. Con lo años llegué a la conclusión, sin que nadie me lo contase, que papá no era el partido que los abuelos habían deseado para su primogénita.
Él, mi padre, provenía de una humilde familia de inmigrantes andaluces, a los que los catalanes se referían con el apelativo de “charnegos”. Mi abuelo, albañil de profesión, se mató a trabajar para que su único hijo fuese alguien en la vida. Y lo consiguió. Con mucho esfuerzo y tesón (a papá no le ganaba nadie en cabezonería) logró convertirse en arquitecto, un buen arquitecto, que consiguió hacerse un hueco en la profesión. Mi madre, por el contrario, pertenecía a la pequeña burguesía catalana. Se licenció en Historia, pero cuando las relaciones con sus padres se rompieron, se buscó un empleo en una tienda de modas, que dejó cuando yo nací y a papá empezaron a irle bien las cosas.
Vivían con mis abuelos las tías Raquel y Leonor, las hermanas pequeñas de mamá, gemelas… y solteronas.
Al hacerme mayor empecé a visitar la torre con cierta frecuencia. Aunque disponían de servicio doméstico, yo me encargaba de acompañar a los abuelos al médico o de hacerles algún recado. Me gustaba charlar un rato con aquellas mujeres que eran como dos gotas de agua y que desde niñas habían vestido y peinado de forma idéntica.
Es corta la vida. En poco tiempo me quedé sola. Primero fueron los abuelos, después papá, y mamá no tardó mucho en seguirle, como si no quisiera que nada ni nadie, ni siquiera la muerte, les separase. Y al poco tiempo Raquel y Leonor… cosa extraña, con sólo unos minutos de diferencia, de la misma forma en que habían nacido. No me casé. Después de algunas relaciones fallidas acepté que quizá el hombre de mi vida vivía en la otra parte del planeta y no estaba dispuesta a aceptar a cualquiera que me dijera cuatro cosas bonitas al oído. Era económicamente independiente, ya que mi trabajo en un importante despacho de abogados estaba bien pagado y no me exigía demasiado esfuerzo.
Al cabo de un año decidí vender la casa de Barcelona y trasladarme a la torre.
Fue a los pocos días, cuando me sentaba a leer y la casa quedaba en silencio, que empecé a escuchar pequeños crujidos, roces, pasos leves, que no pocas veces confundí con el murmullo del viento. En ocasiones, sentía que no estaba sola, que alguien pasaba muy cerca de mí, que me observaba. Incluso llegaba a percibir una ligera brisa cuando andaba por el largo pasillo que conducía a mi habitación, como si me cruzase con alguien que caminase deprisa en dirección contraria. O a veces, de pie en la cocina, sentía una mirada clavada en mi espalda, o un ligero soplo en la nuca, que me hacía volver aprisa la cabeza mientras mi piel se erizaba.
Inexplicablemente no estaba asustada, intrigada tal vez. Y tampoco pensé que me había vuelto loca, sabía que no eran imaginaciones mías, nunca había tenido predisposición a fantasear, ni siquiera de niña. Mamá decía que no podía leerme cuentos porque la bombardeaba a preguntas a las que no sabía responder. Así que aquella mañana en que se hizo visible ante mis ojos, decidí que hablaría con él. Bueno, quizá podría parecer que me había trastornado, pero estaba sola al fin y al cabo y nadie podía oírme.
Pasé algunas semanas hablando con la nada, aunque estaba segura de que él me escuchaba, y en algún momento llegué a alargar la mano hacía el lugar en que me parecía que se hallaba. Le contaba cosas del trabajo, noticias del periódico, comentaba la película que estaba viendo en la televisión, o el libro que leía, cualquier cosa que se me ocurría la decía en voz alta, incluso mis pensamientos.
Un día bajé del desván una caja con fotos viejas, y empecé a mirarlas al tiempo que iba nombrando y recordando a los retratados en ellas. Fue cuando nombré a Raquel y Leonor que él apareció ante mis ojos. Mis palabras se cortaron de repente. Sentía la boca reseca y una especie de angustia instalada en el pecho.
Tú te pareces a ellas – me dijo. Miré la foto que aún tenía en las manos, y tenía razón. Salvando las distancias del peinado y la forma de vestir, mis rasgos tenían un extraordinario parecido con los de mis tías: la boca, el color de los ojos, su forma, la nariz, la barbilla…
Tenía miedo de hablar y que desapareciese de nuevo, así que me quedé callada, mirándole. Era un hombre joven, delgado, con el cabello castaño claro, y unos hermosos y enigmáticos ojos negros en los que parecías perderte. ¿Las conocías? – acerté a balbucear, pero él ya se había ido.
En los días siguientes empezó a aparecer a menudo ante mí. Al principio sólo estaba allí, quieto, mirándome. A veces, cuando yo leía tumbada en el sofá, él se sentaba en el suelo, con la cabeza apoyada en el asiento. Yo tenía que esforzarme para no deslizar mis dedos entre su pelo, ansiando sentir su suavidad y temiendo, al mismo tiempo, meter la mano en una especie de agujero sin fin. Poco a poco, empezó a decir alguna frase corta, y más tarde, a conversar sobre algo de lo que yo le contaba. En el aniversario de la muerte de Raquel y Leonor, me contó su historia.
Su nombre era Marcos, y un día, hace muchos años se enamoró de mi tía Raquel. Fue un auténtico flechazo, ella entró a comprar tela para un vestido en la tienda propiedad de su padre y en la que Marcos trabajaba siguiendo la tradición familiar. Ya no pudo dejar de pensar en ella y se propuso cortejarla. Fue entonces cuando conoció a Leonor… y se enamoró también. Ellas tenían un carácter bien distinto, y era eso precisamente lo que a Marcos le volvía loco. Lo que le faltaba a Leonor lo tenía Raquel, y viceversa. Ellas, las dos, le querían. Así que era a él a quien le tocaba elegir, decidirse entre la una o la otra, o dejarlas a las dos. Y nada de eso podía hacer. Todos los días se decía que debía tomar una determinación, pero le resultaba imposible decidirse. Si iba al cine con Leonor, añoraba a Raquel, si salía a pasear con Raquel echaba de menos a Leonor…
Más de una vez estuvo tentado de casarse con una de ellas y tener a la otra como amante, pero eso hubiese sido una afrenta y un deshonor para la “otra” y jamás hubiesen aceptado. El día que, juntas, le dieron un ultimátum, bajo la amenaza de no volver a verle, Marcos tomó una decisión. Encontraron su cuerpo inerte colgando de una cuerda atada a una viga del desván.
Era la única forma de permanecer con ellas el resto de su vida. Jamás se separarían – me dijo.
Hace tres años de aquella fría mañana. Vuelvo deprisa del trabajo, deseando llegar a casa, a la torre, donde sé que él me está esperando. Temo el día en que he de morir porque quizá no pueda quedarme con él para la eternidad, pero él me ha dicho que sabe cómo hacerlo.
Y yo le creo… los espíritus no mienten.
