En el ring

Está harta de sus cambios de humor, de sus manías, de sus estúpidas “gracias”. Está harta de que tome como excusa cualquier jilipollez para montar un numerito, para poner por encima de cualquier opinión la suya, porque sólo él tiene razones que los demás no entienden, sólo él, independientemente de si sabe o no de qué está hablando. A ella le recuerda aquello que escuchó alguna vez: “habló Blas, punto redondo”. Está harta de que le cuestione cualquier acción u omisión voluntaria, da igual que se trate de que cambió la marca de galletas, o que se fue media hora antes de lo acostumbrado a tomar un café, o que se cortó el pelo, o que aparcó el coche precisamente en esa esquina, o que comieron quince minutos más tarde de lo acostumbrado, o que le dio al niño media hora más de asueto. Da igual. Cualquier excusa es buena para llamar la atención, para cuestionar lo desacertado del asunto. Y lo peor es que es ella la que siempre tiene que tomar decisiones, la que soluciona los problemas, la que agarra el toro por los cuernos si hace falta, porque él, ante una situación difícil se pierde, no encuentra la salida, pero eso sí dónde no pone huevos, pone la puntilla.
Ella, a veces, hace oídos sordos a la provocación, se calla, está harta de tontas discusiones, pero un día, y otro, y otro día… es como una gotera cayéndole justo en la cabeza. Una gotera que agujerea lentamente el cuero cabelludo hasta que penetra, de pronto, en su cerebro. Entonces grita, estalla, se cabrea, y lo suelta todo de corrido, casi sin respirar. Es inútil. Él jamás escucha. Siempre tiene razón, y no comprende a qué viene ese enfado, esa explosión de ira. Y cómo no, viene aquello de: “¿te va a venir la regla?” o “¿eso es la menopausia?” o “¿te has levantado con el pie izquierdo?” o “es que tú no estás bien”... egocéntrico, estúpido ignorante…
Al poco rato, él ya se ha olvidado. Al fin y al cabo, no ha sido para tanto, un enfado bobo y sin sentido. Nada, total, sólo a ella le han jodido el día, un día que amaneció radiante, que comenzó con risas, se ha teñido de gris, se volvió amargo. Luego vienen las bromas, las caricias, las pamplinas… es sexo lo que quiere, él siempre piensa que eso arregla las cosas. Se equivoca. En ocasiones ella le rechaza, aún cuando después tiene que aguantar su mala cara una semana entera. Está harta, se cansa… y va a la cama. Y el orgasmo le sabe a traición consigo misma.
Vendrán después días de vino y rosas, hasta el próximo asalto. Ese asalto en el que puede que él se quede sólo peleando, porque ella se negó a seguir en el ring. Y el muy imbécil alzará los brazos en señal de victoria, sin enterarse que si ganó fue por abandono.
Comentario:
Me suena tan familiar este relato, tan conocido, tan cercano a muchas de nosotras, que puedo sentir ese cansancio como si fuera mío. A lo peor lo fue.
Beso.
Beso.
Comentario:
Cuanto hastío deja ese retrato tan absurdamente cotidiano. En cada silaba se nota la pesadez de hombros, la espalda hundida y el cuerpo plegado sobre sí misma. En cada pausa, en cada coma… el cansancio, la ira y la derrota.
Es un imbécil que ha perdido la pelea, ojalá que venga alguien a gritarselo a la cara.
Es un imbécil que ha perdido la pelea, ojalá que venga alguien a gritarselo a la cara.
