Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Soy tu deseo
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Lo supe en el momento en que cerré los ojos y deseé que me amase eternamente.

Llevaba semanas, quizá meses, viéndole cada día en el autobús, a la misma hora, sentado al lado de la puerta, enfrascado en la lectura de algún libro o concentrado en lo que fuese que escuchaba en su mp3. No sabía nada de él, pero conocía con todo detalle la forma en que pasaba las páginas del libro, el gesto repetitivo de apartarse aquel mechón rebelde de la frente, el modo rápido y discreto de acomodarse el paquete, el momento exacto en que dejaría libre su asiento para acercarse a la puerta y bajar en la próxima parada. Ni un solo día se fijó en mi presencia, y eso que lo intenté de todas las formas posibles. Probé a ponerme mi ropa más atrevida, pero lo único que conseguí fue ser el centro de todas las miradas, excepto la suya. Quizá no era su estilo, pensé. Y me disfracé de mujer elegante, de hippie ecologista, de rockera diabólica, de niña recatada… hasta llegué a inventarme una divertida conversación por el móvil, llena de gritos y de risas, pero nada.

No se por qué se me ocurrió aquella chiquillada, quizá es que esa mañana, de camino a la parada del autobús, iba sumando los números de la matrícula de cada coche, y… sería una casualidad, pero muchos de ellos dieron como resultado mi número de la suerte: el ocho. Y recordé que cuando niña era una práctica que mis amigas y yo repetíamos a diario. La que más veces consiguiera sumar su número mágico tenía derecho a pedir un deseo, y éste le era concedido.

Le miré fijamente, y luego, cerré con fuerza los ojos mientras repetía aquel deseo.

Pareció, en un principio, que nada había cambiado y olvidé mi petición desesperada. Fue entonces que dejé, poco a poco, de ser un mero tropiezo en el camino de sus ojos, que empezaron a demorarse, como sin querer, en mi boca, mis piernas o mis manos. Esperaban, fijos en la puerta, verme subir al autobús. Espiaban mis gestos. Buscaban, una y otra vez, los míos, intentando colárseme por ellos. Luego fue su sonrisa, al principio apenas un ligero mohín, que llegó a ser radiante como una bienvenida.

Fuimos felices. Lo fuimos.

Después… “no voy a vivir sin ti, soy tu deseo” contestó con un hilo de voz. Sólo eso, sin reproches, ni ruegos, ni una lágrima. “No voy a vivir sin ti, soy tu deseo”.

Lo supe en el momento en que le vi alejarse con paso decidido, mucho antes de oír el chirrido de las ruedas del autobús intentando esquivarle y los gritos horrorizados de los pasajeros.
No