Dos reales de ñesplas

Profundas arrugas surcaban el rostro de la tía Juana la Loca, como la llamábamos los críos cuchicheando a su paso. Yo imaginaba, al mirarla, que si probaba a estirarle la piel hallaría entre sus pliegues esa mezcla de pelusa y suciedad que tienen los chiquillos gordezuelos entre los rollitos de carne que se les forman en brazos y piernas. Claro que lo de los bebés, abocados al baño diario, olía a leche en polvo y papilla de cereales, mientras que lo de la tía Juana no quería yo pensar que aroma podían desprender.
Sobre los hombros, su sempiterna toquilla de lana que años atrás debió ser gris y lucía ahora un indeterminado color negro amarronado. Sus grandes pechos parecían apoyarse en el enorme delantal que le ceñía la cintura, casi tan largo como las faldas que la cubrían y que rozaban los tobillos. Los pies, casi invisibles bajo su redonda silueta, se embutían en unas viejas y mugrosas zapatillas, adornadas por sendos agujeros por los que asomaban unos feos y dolorosos juanetes. Cubría su cabeza con un viejo pañuelo que dejaba escapar algunos mechones de cabello gris y reseco.
Sobre la tía Juana la Loca se contaban historias increíbles en las que igual se decía que era una vieja bruja disfrazada, como que se trataba de una condesa arruinada y perseguida por los espías de un país lejano, que había sido amante de un personaje poderoso, o guerrillera escapada por los pelos de una muerte segura. Lo bien cierto, es que era una vieja solitaria, poco dada al trato con sus convecinos, y que a menudo daba muestras de sus malas pulgas.
Vivía en una vieja casona del barrio antiguo, en un callejón estrecho y poco transitado. En ocasiones, los chiquillos hacíamos apuestas a ver quien se atrevía a pasar por delante de su puerta. Las niñas lo hacíamos caminando despacio por la acera de enfrente, muy apegadas a las casas y sin quitar el ojo ni un momento de la gran puerta de madera tras la que se escondía la “bruja”. Más de una vez nos dio un buen susto apareciendo de improviso, al tiempo que nos amenazaba enarbolando el viejo bastón en el que se apoyaba. Entonces salíamos disparados como almas que lleva el diablo, empujándonos unos a otros e imaginando un montón de horribles castigos que aquella vieja inflingiría a quien tuviese la desgracia de caer en sus garras.
Todos los domingos, alrededor de las tres de la tarde, la tía Juana la Loca salía de su casa. Lo hacía cargada con una vieja silla de madera y mimbre que llevaba arrastrando con las patas para arriba, entre las que colocaba un bolsón grande y feo, lleno hasta reventar. Llevaba también un gran paraguas que igual la protegía del fuerte sol de primavera como del frío y la lluvia en las tardes de invierno. Caminaba despacio, renqueando, arrastrando su silla con una mano, y con la otra apoyando el bastón, pasito a paso. Así llegaba a la entrada del paseo, y allí, junto a la fuente, se sentaba y comenzaba a sacar su mercancía.
Enseguida empezaban a aparecer cañas de regaliz atadas con cordeles que metía en uno de los grandes bolsillos de su delantal, saquitos con pipas de girasol, chufas, cacahuetes, y por fin, el manjar más esperado: una bolsa repleta de sabrosas ñesplas que hacían la delicia de muchos de nosotros, sobre todo porque era sólo durante el invierno que podíamos gozar de aquel sabor especial y un poco ácido de esas pequeñas frutas de piel marrón y arrugada. Después, con parsimonia, empezaba a fabricar pequeños cucuruchos de papel de periódico que iba apilando metódicamente uno dentro de otro, en espera de que apareciesen sus primeros clientes.
Aquel domingo Marga y yo estábamos medio enfurruñadas. Éramos las mejores amigas, inseparables, pero como suele pasar en estos casos, a veces discutíamos por tonterías, aunque a nuestra edad nos parecían cosas importantes. Por eso no quiso acompañarme hasta la tía Juana la Loca a comprar dos reales de ñesplas. Ningún niño tenía la osadía de acercarse a la vieja en solitario, siempre lo hacíamos por parejas, como mínimo, pues temíamos que en un descuido nos hiciera algún maleficio o nos metiera en aquel enorme saco que parecía no tener fondo. Marga se puso chula y cabezota pensando que no me atrevería a hacerlo y que acabaría con nuestro enfado rogándole que me acompañase. Pero se equivocaba, una vez hacía su aparición mi orgullo y cabezonería, no había quien me bajase del burro, ni siquiera el temor que la tía Juana me inspiraba. Así que respiré hondo y me dirigí hacia ella. A medida que me iba acercando el temblor de mis piernas se hacía más perceptible, pero ni una vez miré hacia atrás. Me hubiera gustado ver la expresión de sorpresa en la cara de Marga, pero temía que si me volvía acabaría echando a correr muerta de miedo.
Ya estaba oliendo el aroma de las ñesplas y temiendo el momento en que la tía Juana alzase hacía mí sus ojos grises, a la vez que hacía un gesto casi imperceptible con la cabeza que podía traducirse por: ¿qué quieres?, cuando una voz sonó a mis espaldas:
- Señoga Juana ¿quegá ponegle dos gueales de ñesplas a mi amiga?
El que así hablaba no era otro que un niño vecino que acababa de volver de Francia con su familia y que aún no había podido acostumbrarse a pronunciar la “erre” de forma correcta.
Me volvía hacia él y me encontré con un rostro sonriente y unos enormes ojos castaños que me miraba con expresión alegre y divertida, a juego con los rebeldes mechones de pelo medio rubio que le caían sobre la frente, y que me hicieron perder todo el miedo que la tía Juana me inspiraba.
Ella se quedó mirando un momento a mi “salvador” y me pareció ver brillar, tan solo un instante, una pequeña luz en sus fríos ojos. Luego agachó la cabeza y se dispuso a llenar uno de los cucuruchos de papel con aquella deliciosa fruta.
Volví triunfante junto a Marga, acompañada por mi nuevo amigo Antonio, que se convirtió desde entonces y durante el resto de mi infancia y parte de mi adolescencia en una presencia constante a mi lado.
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Nunca entro a los cementerios, ni siquiera el día en que parece que es obligada la visita a nuestros seres fallecidos. No tengo a nadie allí, los míos prefirieron la incineración, y yo se lo agradezco. Pero esta mañana había salido a dar una vuelta en bicicleta. Hacía una mañana espléndida, más parecía que estábamos en primavera que en pleno mes de Diciembre. Al pasar ante la pared, de un blanco inmaculado, vi la puerta de hierro abierta de par en par y se me antojó una especie de invitación. Dejé la bici apoyada allá fuera y entré. Reinaba un gran silencio, tan solo roto a veces por el trino de los pájaros y el rumor apenas perceptible del ir y venir de tres o cuatro abuelas que se entretenían aseando la última morada de sus muertos.
Dejé atrás las largas filas de nichos y me dirigí al pequeño rincón donde aún perduran algunas tumbas de tierra y dos o tres pequeños panteones. Me llamó la atención una lápida de un mármol veteado en rosa que brillaba a la luz del sol, y sobre todo una pequeña rama que aparecía posada sobre ella. Me acerqué lentamente hasta allí y cuando, casi con una especie de temor reverencial, estiraba la mano para comprobar que aquello era exactamente lo que yo pensaba…
- Mi abuela adogaba las ñesplas – dijo suavemente.
Al mirarle volví a ver a aquel chiquillo sonriente que me salvó en el último momento de la tan temida vieja, aun cuando ya los rebeldes mechones habían desaparecido y en su lugar se extendía una incipiente calva, y sus ojos habían perdido aquella chispa de malicia infantil y aparecían ahora algo más apagados, menos vivos.
Volví a fijarme en la hermosa lápida. En la parte de arriba, enmarcada en madera, había incrustada la foto de una bella mujer, de cabello ondulado que lucía recogido a un lado de la cabeza. Un rostro de rasgos casi perfectos enmarcaba unos labios que se curvaban en una media sonrisa divertida y unos ojos que miraban directamente a la cámara como si tratasen de enamorarla. Debajo de la foto, grabado en la misma piedra, sólo un nombre:
Juana María (vendedora de ñesplas).
