Go-gó

Hace un buen rato que el tipo no deja de mirarla y ella, al darse cuenta, imprime un poco más de voluptuosidad a sus movimientos. Su cuerpo semidesnudo se cimbrea al ritmo de la música, las caderas imprimen a su pelvis un golpeteo casi obsceno, su piel brilla sudorosa… y ella se siente única e irrepetible.
Sólo con el baile consigue anular esa torpeza que la caracteriza desde niña, siempre tropezando, enredándose con los pies, caminando como un pato. “Lástima de hija” dice su madre cada vez que la ve dar algún trompicón, la misma cantinela que escucha desde que tiene uso de razón.
Quizá esta noche se lleve a ese hombre a la cama. No es su tipo, pero para follar no importa demasiado, el caso es sentir el calor de otra piel bajo las sábanas, unas manos ajenas que acarician, una boca, el deseo brillando en la mirada… que más da que cuando amanezca no recuerde su nombre, ni su rostro, que más da que al salir de su cuarto bostezando le de los buenos días un “lástima de hija” susurrado entre dientes por su madre.
Bruno, su compañero de baile, le hace señas y ella empieza a andar lentamente sobre la pasarela metálica que une las dos jaulas. Es el momento en que bailan juntos, cuerpo a cuerpo. Sudan sensualidad, se ve y se huele, en la ruidosa sala abarrotada. Cientos de rostros observan extasiados esa danza magnética que aviva su deseo.
Es de él de quien está enamorada, es con ese hombre que se sueña follando cada noche. Pero el muy cretino sólo tiene ojos para una novia lechosa con pinta de anoréxica a quien adora. Y ella se muere de ganas cuando le tiene allí tan cerca, con su sexo pegado al de él, la pierna rodeando su cadera, con las bocas a escasos milímetros una de otra… siempre acaba con el tanga empapado y llevándose a cualquier desconocido a la cama, o masturbándose en silencio, en un rincón del pequeño cuarto que usa para cambiarse.
Cuando se acaba el baile, ella mira un momento hacia el hombre que no deja de observarla y le hace un ligero gesto con la mano, él asiente. Otra pareja de go-gós toma el relevo. “Lástima de hija” dijo su madre cuando ella dejó la escuela, harta ya de suspensos, de broncas, de amenazas. Y lo dijo otra vez cuando iba rodando de trabajo en trabajo, cada vez más jodidos y peor pagados. Y otra vez más cuando la vio salir la primera noche camino de su debut como go-gó de aquella discoteca. Ella lloraba cada vez que escuchaba la maldita letanía, lloraba hasta que le escocían los ojos. Ahora no. Cuando baila se olvida de quien es, de sus miedos, de su estúpida torpeza y de su madre. Y en tan sólo una noche cobra más que en toda una semana en aquella mierda de trabajos. Claro que no sabe cuánto tiempo podrá seguir con esto, aún es la mejor, pero… las niñas vienen ya pegando fuerte.
Follará con el tipo de la barra al ritmo de tambores, trompetas, guitarras y acordeones. Ella folla con música, para no tropezar o darse de narices con la puerta. Y los hombres se quedan boquiabiertos viéndola desnudarse al tiempo que su cuerpo se mueve candencioso, ligero, sensual. Con un andar felino se acerca hacia la cama y después de los besos, magreos y caricias, los cabalga con furia mientras suena la música a máxima potencia.
Baja con cuidado la escalera y se cruza con Bruno y su escuálida novia que sonríe con timidez. Hasta el viernes, le dice él, con un guiño. Hasta el viernes, contesta, mientras piensa ¿qué tendrá esa pánfila?... y tropieza.
Unas manos la sujetan antes de caer, es el tipo que la espera. No está tan mal, piensa mientras le observa, total para follar… “lástima de hombre”… aunque quien sabe, quizá con él…
Comentario:
El truco siempre está en buscar un rincón propio en el que sentirse seguro. Unos bailan, otros escriben...
Y qué hermoso es ver a alguien hacer algo sin miedo.
Beso.
Y qué hermoso es ver a alguien hacer algo sin miedo.
Beso.
