La función de las tres

Imagen Leopoldo Pomés
En el viejo reloj de la iglesia sonaron tres campanadas cuando aparcó el coche ante la puerta de su casa.
Respiró hondo al tiempo que giraba el espejo retrovisor interior para mirarse. Aún se podía adivinar por el brillo y el enrojecimiento de sus ojos que había estado llorando. Ni ella misma puede entender claramente el motivo de su llanto, pero cuando enfiló la autopista después de despedirse de él, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. No hizo nada por detenerlas, las dejó caer mansamente aliviando la angustia que le oprimía el pecho.
Cuánto quería a ese hombre.
Le desbordaba esa explosiva mezcla de sentimientos cuando estaba a su lado. Él nunca llegaría a darse cuenta de lo que se desataba con su sola presencia, de que el recuerdo del tiempo que pasaban juntos llenaba todos los momentos de su ausencia.
Y el deseo.
No se cansaba nunca de sus besos. Su cercanía, su mirada o un leve roce de sus manos conseguían humedecerla al instante. No podía evitarlo. Se obligaba a veces, cuando estaban juntos, a pensar en otra cosa, a no prestar atención a sus ojos, a los labios que se movían incansables hablando de mil cosas, a no mirar sus manos… Pero se encontraba de pronto, buscando con avidez su boca o abrazándose a él como a una tabla de salvación en mitad del océano.
Se arregló un poco. Intentó no pensar en nada. Debía relajarse, salir del coche y dirigirse a casa. Tenía la impresión de llevar sus besos enganchados a la boca y sus caricias tatuadas en la piel con tinta permanente. Debía ensayar un gesto cansado, el que tendría que mostrar después de una cena de trabajo que se alarga demasiado. Con un poco de suerte los encontraría a todos dormidos.
En la oscuridad de la noche, le pareció que todo su cuerpo brillaba, que transparentaba los sentimientos que bullían en su interior. Se vio a sí misma como un árbol de navidad con todas las luces encendidas.
En un momento debería salir a escena y hacer gala de todas sus dotes de actriz consagrada en el arte de fingir.
Metió la llave en la cerradura con tanta suavidad como fue capaz. No encendió la luz, podía manejarse a oscuras perfectamente. Se desnudaría en silencio y se metería en la cama. Mañana ya no le pedirían cuentas por su tardanza.
¡¡¡ Sorpresa, sorpresa!!! Las luces de la casa la cegaron y el corazón pareció querer salir disparado del pecho. Ante su incrédula mirada fueron apareciendo rostros de familiares y amigos, al tiempo que un guirigay de voces desafinadas intentaban cantar al unísono: “Cumpleaaaaaaaaños feeeeeeeliz, cumpleaaaaaaaaaños feeeeeeeeeeliz…”
No tuvo que actuar. Se quedó pálida y se desplomó en el suelo.
Comentario:
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida... Y a veces alegrías, aunque sean secretas.
Beso.
Beso.
