Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Pájaro herido
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Cuando el Pecas entró por la puerta del bar del polígono, el viejo reloj en forma de bote de cerveza marcaba las diez y media. Cuatro parroquianos de gesto taciturno y cansado ocupaban una sola de las mesas diseminadas por el local. El recién llegado se arrimó a la barra y saludó al camarero que se dispuso a servirle una caña de cerveza.
Siempre llegaba el primero a la cita de los viernes. Los tres amigos que esperaba solían hacerlo juntos. Parecen críos, pensaba Pecas, van a buscarse unos a otros como cuando íbamos al instituto. En realidad sentía cierta nostalgia de aquellos años en el barrio, siempre inseparables, hasta que a su viejo le dio por comprar un piso en la quinta puñeta.
En ese momento llegan bromeando y dándose empujones: el Poli, el Chinto y el Caniche. Ya era hora, cabronazos – es el saludo que les dedica el Pecas. Picarán un poco y saldrán por ahí a dar una vuelta. Sopló el poniente todo el día y aún persiste la sensación de calor, y eso que todavía no llegó la primavera. Esta noche, al Pecas, el cuerpo le pide guerra, después de toda la semana puteado en la fábrica por el nuevo encargado, un comemierdas sobrino del jefe que no sabe dónde tiene la mano derecha.
Pasadas las doce salen del bar, bien comidos y mejor bebidos. Se quedan un momento parados a pocos metros de la puerta esperando que el Pecas decida hacia donde se dirigen. Él, que ya lo tiene bien pensado, se hace un rato el interesante disfrutando del poder que ejerce sobre ellos. Echa a andar, y los otros se colocan rápidamente a su lado formando una perfecta fila de cuatro.
El nuevo parque, a esas horas, parece vacío y envuelto en el silencio. Atraviesan la gran verja de hierro y se adentran por el camino, haciendo crujir la gravilla bajo el peso de sus botas. Avanzan sin prisa, guiados por la tenue luz de las farolas diseminadas en puntos estratégicos.
Sentados en un banco, una pareja de adolescentes se magrea. Aislados del mundo, centran toda su atención en las bocas, las manos, el deseo. Cuando quieren darse cuenta los tienen a dos pasos. Los cuatro amigos disimulan, hacen como que no los vieron y pasan por su lado, dos a un lado del banco, dos al otro. La pareja permanece inmóvil, el deseo ha dado paso, en no más de un segundo, a la inquietud y al miedo. Ya respiran aliviados cuando dos pares de brazos les sujetan. La chica intenta gritar pero la mano es más rápida que ella y la enmudece. Él forcejea, y un puño americano le rompe la nariz de un solo golpe.
El Pecas enciende un cigarrillo y les contempla. Esperaba encontrar algo más divertido que propinar unos golpes a esos desgraciados, pero tampoco está mal para hacer boca. Los muchachos esperan que haga algo con la chica, tendría que follársela pero no le apetece. Le obligará a hacerle una mamada, no puede echar a perder la fama que tanto le costó crearse. Se desabrocha la bragueta y le hace una seña al Poli para que la obligue a arrodillarse. Mira al chaval que llora sin ningún tipo de pudor y piensa que es a él a quien le gustaría dar por el culo. Le imagina comiéndole la verga mientras por la nariz la sangre le gotea. Ahora ya se le puso dura. Abre la boca, zorra – y se la mete de lleno en la garganta.
Cerrad la puta boca, hostias- susurra el Pecas al tiempo que su dedo índice les manda guardar silencio. Delante de ellos, sobre un banco, en un escondido rincón entre las grandes jaulas de los pájaros y la caseta del guarda, hay alguien durmiendo. Se acercan con pasos sigilosos y no tardan en reconocer al hombre que yace bajo la manta. Es un joven hippie que a veces hace de mimo a la entrada del parque, y otras vende pequeños colgantes que él mismo fabrica, de esos con el nombre de uno hecho de alambre.
A éste sí le tengo ganas, piensa el Pecas, pero ganas de las otras. Lo ha observado muchas veces, con aquella sonrisa angelical, los ojos grandes y azules, la melena oscura y lacia cayéndole por encima de los hombros, qué ganas de follárselo. Y el puto hippie parecía adivinarlo y le miraba fijamente mientras se mantenía inmóvil disfrazado de estatua.
Les ordena otra vez con gestos que guarden silencio y prepara el enorme bate de béisbol que esconde dentro de la cazadora. El primer golpe se lo dará en la cara para borrarle de una vez esa puta sonrisa, ya no será la misma con unos cuantos dientes rotos. A una señal del Pecas, sus compinches le propinan al hombre un empujón que le hace caer al suelo. Concentra toda su fuerza en la madera y golpea. La sangre le salpica. El hombre abre los ojos aterrado sin saber qué sucede cuando una lluvia de puñetazos y patadas le caen encima. Se dobla sobre sí mismo protegiendo el estómago y sus partes, y otro golpe de bate le sume en una oscuridad profunda. El gorro de colores se va tiñendo en rojo poco a poco.
Los cuatro en formación retoman el camino de regreso. El Pecas distingue entre las sombras un pequeño bulto en el suelo. Se agacha y lo recoge con cuidado: es un pájaro herido. Abre la cremallera de la cazadora y suavemente lo coloca en el bolsillo interior. A ver si aguanta hasta que llegue a casa, piensa. Intentará curarle el ala rota, aunque tenga que escuchar al viejo una vez más: “mariconadas”.
 
Comentario:
Esta vez, perfecto relato terrible. Si te sirve, he sentido miedo y asco al leerlo, que supongo era la intención. Impecable.

Pásate por mi blog que tienes una cosa para ti, por favor.

Beso
No