Historia de mi corta vida
Sí, os voy a contar mi vida. Mi nacimiento fue muy accidentado y ocurrió una tarde de otoño fría y gris. Estaba flotando tranquilamente en el interior de mi esponjosa mamá, cuando me vi, repentinamente, cayendo a toda velocidad desde una altura muy considerable. Cerré los ojos, pensando -tonta de mí- que amortiguaría la caída. Ya me veía espachurrada en el suelo, cuando noté que chocaba contra una espesura de hebras enredadas que me salvó la vida. Me agarré como pude a una de ellas que desprendía un suave aroma y sonreí. Al momento, esa gran maraña empezó a bambolearse, como si un fuerte huracán intentase desenredarla, y pensé que era el momento de abandonar mi escondite y buscar un sitio más seguro. Bien agarrada para no caer, me asomé al abismo que se abría ante mí. Mis ojos se abrieron como platos: allí un poco más abajo, se extendía una gran planicie con algún pequeño surco que, calculé no tenía la hondura suficiente para poder sujetarme; un poco más abajo, un par de montículos con algunas hebras parecidas a las que me cobijaban, pero mucho más pequeñas, daban paso a dos grandes pozos, que desde allí, no lograba ver bien. Decidí aventurarme y de un salto me deslicé, como en un tobogán hasta llegar a uno de los pequeños montes poblados.
Desde allí me asomé al pozo. Tuve que tener mucho cuidado porque había un saliente móvil que, cuando menos lo esperaba intentaba atraparme. Por entre unas pequeñas cortinas que tenía esta especie de balconcillo, atisbé. Lo que me había parecido un pozo, era un precioso lago, de hermosos colores: su contorno era blanco, después una mezcla de marrón, verde y amarillo, coronado por un agujero negro y profundo. ¡Uf! no quise mirar mucho, temiendo ser atraida a sus profundidades.
Los dos lagos estaban separados por un monte alargado y resbaladizo que terminaba en un pequeño precipicio. Y allí me aventuré. Me dejé resbalar suavemente y cuando llegué al borde del avismo, respiré hondo y salté. Caí en otro pequeño monte, pero éste era suave y de un bonito color rosado. ¡Hummmmmmm! aqui me sentía bien, pero si no me agarraba fuerte, acabaría cayendo a saber dónde.
De pronto, el movimiento que me zarandeaba de acá para allá, cesó y la loma donde yo estaba sentada ¿se estiraba?. Entonces, otro, de forma muy parecida, se estaba acercando peligrosamente hacía mí, dispuesto a aplastarme.
Pero no lo hizo, me absorbió suavemente y me encontré entre aquellos dos montes tiernos y cálidamente húmedos que emitían dulces sonidos. Sí, un beso acabó con mi vida, mientras oía a mis hermanas estrellarse contra el suelo, formando grandes charcos que, a saber donde irían a parar.
Esta era yo. Era bonita ¿verdad?

Desde allí me asomé al pozo. Tuve que tener mucho cuidado porque había un saliente móvil que, cuando menos lo esperaba intentaba atraparme. Por entre unas pequeñas cortinas que tenía esta especie de balconcillo, atisbé. Lo que me había parecido un pozo, era un precioso lago, de hermosos colores: su contorno era blanco, después una mezcla de marrón, verde y amarillo, coronado por un agujero negro y profundo. ¡Uf! no quise mirar mucho, temiendo ser atraida a sus profundidades.
Los dos lagos estaban separados por un monte alargado y resbaladizo que terminaba en un pequeño precipicio. Y allí me aventuré. Me dejé resbalar suavemente y cuando llegué al borde del avismo, respiré hondo y salté. Caí en otro pequeño monte, pero éste era suave y de un bonito color rosado. ¡Hummmmmmm! aqui me sentía bien, pero si no me agarraba fuerte, acabaría cayendo a saber dónde.
De pronto, el movimiento que me zarandeaba de acá para allá, cesó y la loma donde yo estaba sentada ¿se estiraba?. Entonces, otro, de forma muy parecida, se estaba acercando peligrosamente hacía mí, dispuesto a aplastarme.
Pero no lo hizo, me absorbió suavemente y me encontré entre aquellos dos montes tiernos y cálidamente húmedos que emitían dulces sonidos. Sí, un beso acabó con mi vida, mientras oía a mis hermanas estrellarse contra el suelo, formando grandes charcos que, a saber donde irían a parar.
Esta era yo. Era bonita ¿verdad?

Comentario:
Vuestras palabras, queridos míos, son lo mejor de mi blog.
Capitán, me gustó refrescarte y demorarme por tu piel ¿No sentiste que caía perezosa y sin prisas?.
Wolffo, te dí un húmedo beso, antes de salir, pero estabas soñando y no quise despertarte. Dejé mi huella en la almohada, esperando mi regreso.
LLuvia de besos.
Capitán, me gustó refrescarte y demorarme por tu piel ¿No sentiste que caía perezosa y sin prisas?.
Wolffo, te dí un húmedo beso, antes de salir, pero estabas soñando y no quise despertarte. Dejé mi huella en la almohada, esperando mi regreso.
LLuvia de besos.
Comentario:
Detrás de tus palabras, vendrán tus besos. Detrás de ellos, noches interminables de intercambio de sudores. Más tarde, tal vez, noches de espera, de duermevela y de reacomodos en la cama procurando no despertar al otro. Te levantaste y no sé a dónde fuiste. Yo fui a beber agua. Y, sin saber cómo, te estaba bebiendo. No logro acordarme de qué es lo que dijiste antes de salir.
Te seguiré preguntando.
Te seguiré preguntando.
Comentario:
Cara desordenada: He estado ausente unos días, estuve en el desierto, con un chamán de la tribu de los navajos, inhalamos peyote y cantamos en una lengua antigua que arrastraba el polvo de muchas momias enterradas bajo la arena. Bailamos una danza en torno al fuego. Cuando todo acabó él me abrazó y me prometió que llovería. Pero hoy miré al cielo y sólo pude ver nubes grises desfilando presurosas. Hasta que entre en tu blog, bendita lluvia resbalando por el rostro, por mis manos, por la espalda. Un beso libertario
