Aneris se despide
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Me he apoderado durante un rato del rincón de Des, para terminar de contar mi historia y despedirme antes de comenzar una nueva vida.
Desde aquel primer día en que el hombre vino a mi roca, yo volvía allí cada tarde. Cuando empezaba a ponerse el sol y él no aparecía, regresaba a casa. La tristeza se iba apoderando de mi espíritu, ya nada me hacía reír. Dalila venía a buscarme para llevarme a recorrer las aguas sobre su lomo, como hacía antes, y al verme tan acongojada se alejaba llorando.
Al fin, una tarde, volví a oír sus pasos. Lo reconocí antes de que su sombra se proyectase en mi roca, y me escondí temiendo que los fuertes latidos de mi corazón me delatasen. Estaba más delgado y unas oscuras ojeras rodeaban sus ojos. Se quedó largo rato mirando al horizonte y luego empezó a quitarse la ropa que dobló cuidadosamente y depositó en el suelo. Yo, esperaba expectante. Entonces de un salto se zambulló en el mar y empezó a nadar con rapidez. Yo me sumergí también y le seguí a corta distancia. Él nadaba y nadaba como si deseara agotarse ¿dónde iba? ¿qué esperaba encontrar? Poco a poco, sus brazadas fueron perdiendo fuerza y ya estábamos lejos de la costa. Supe lo que pretendía y cuando me di cuenta estaba hundiéndose, dejándose atrapar por las frías aguas. Yo estaba confundida sin saber como reaccionar. Él quería morir, pero yo no podía dejar que lo hiciera. Al mismo tiempo me preguntaba: ¿qué derecho tenía yo a truncar su deseo? ¿qué derecho tenía a inmiscuirme en su vida o en su muerte? No tenía ninguno, pero en el fondo de mi corazón sabía que no podía quedarme de brazos cruzados sin hacer nada. No lo pensé más, cogí su cuerpo desvanecido, subí con él a la superficie y lo llevé hasta la roca. Lo deposité en el suelo y oprimí su pecho hasta que reaccionó tosiendo y escupiendo agua salada. No me escondí, seguí a su lado hasta que abrió los ojos.
Su mirada reflejó la rabia que sentía al saberse vivo, pude sentir su furia y su odio. Luego, esa expresión cambió hacia la sorpresa, cuando se dio cuenta de la cola que adornaba mi cuerpo. Sus ojos se abrieron como platos. Más tarde me contó que pensó que había muerto realmente y estaba en el fondo del mar.
- No te asustes, no estás sufriendo alucinaciones, soy una sirena. Lo siento, no podía dejarte morir.
Él no podía articular palabra. No podía creer lo que estaba viendo.
- No conozco los motivos que te llevaron a desear la muerte, pero si es eso lo que quieres no lo hagas aquí, por favor. Vete y no vuelvas más, déjame la esperanza de pensar que quizá seas feliz.
Cerró los ojos mientras yo acariciaba su rostro y sus cabellos. Y así permanecimos durante horas. Se hizo tan tarde que mi madre asustada por mi tardanza mandó a buscarme a los caballitos de mar, que se quedaron sorprendidos al verme. Me prometieron que no se lo contarían a nadie. Me despedí de él que me hizo la promesa de regresar al día siguiente.
Desde entonces, ha vuelto cada día a mi roca. Me contó su vida y yo la mía. No tienen comparación, claro. La mía es aburrida, no es vida. Somos inmortales y la mayoría de nosotras no conoce muchos de los sentimientos de los humanos. Por eso yo me siento tan confundida, porque no logro identificar lo que me pasa, pero es tan hermoso. ¿Cómo os lo podía explicar?. Bueno, creo que no hace falta porque vosotros podéis vivir todo eso.
La otra tarde, yo estaba tumbada en la roca, mientras él sentado a mi lado, leía en voz alta un libro precioso. He aprendido a descifrar algunas palabras, pero me gusta tanto escuchar su voz melodiosa, suave y masculina a un tiempo. Él dice que la mía es hermosa, pero ¡qué va!, cuando lee, yo cierro los ojos y su voz me transporta a otro mundo, penetra por mis oídos y me inunda toda. De pronto, se hizo el silencio y cuando abrí los ojos, me encontré con su rostro muy cerca del mío, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. Se me hizo un nudo en el estómago, sus ojos me miraban de una forma diferente como si quisieran llegar al fondo de mi alma ¿tendré yo eso que vosotros llamáis alma?. Y entonces posó sus labios sobre los míos y los fue abriendo lentamente, mientras su lengua buscaba la mía. Nunca probé tanta dulzura. Un suave escalofrío me recorría y la sangre se revolucionó en mis venas haciéndome sentir su calor. Sus manos acariciaron mis pechos y yo creí morir. Aquello que sentía iba a matarme. Quería parar el tiempo, que sus besos fueran eternos. No podía separarme de él. Un deseo empezó a abrirse paso en mi mente. Me aparté de él y le dije que tenía que marcharme, que no volvería durante unos días. Le hice jurar que al atardecer del quinto día vendría a la roca a esperarme.
Volví a casa y llorando sin parar le conté a mi madre lo que me ocurría y le confesé mi deseo de convertirme en mujer. Ella me entendió, había amado a un humano excepcional, pero en el último momento sintió miedo y eligió seguir siendo una sirena. Nunca lo olvidó y a veces, en la soledad del fondo marino, se arrepentía de su cobardía. Me acompañó a ver a Poseidón y a la Diosa madre de las sirenas que era la única que ostentaba el poder para poder hacer realidad mi sueño. Me dijo que lo pensase bien, jamás podría volver a ser sirena, pasarían los años por mí, perdería mi juventud y mi belleza, enfermaría y moriría como todos los humanos. No me importa, le dije, cambiaría mi inmortalidad por sentir durante sólo unas horas lo que ellos sienten. Y me concedió la humanidad.
Ayer se cumplía el quinto día. Me despedí de los míos entre llantos. Cabalgué por última vez a Dalila que como despedida me brindó sus mejores cabriolas y yo le prometí que jamás la olvidaría. Me acerqué a la playa y me acosté en la roca. La Madre me había dicho que debía recitar una pequeña oración para que se llevase a cabo la transformación. Y así lo hice. Un fuerte dolor se extendió por todo mi cuerpo como si fuese a explotar de un momento a otro. Algo como un rayo me recorrió y me desvanecí. Cuando desperté me sentí cansada y dolorida. Y al mirarme descubrí dos hermosas piernas, que casi no sabía utilizar, y en su confluencia una preciosa mata de vello rojizo. Estaba muy asustada. ¿Y si él no cumplía su juramento? ¿Y si se había olvidado de mí?
Al atardecer, unos pasos, esta vez apresurados, me sobresaltaron. Era él. Se acercó a mí despacio y sus ojos empezaron de nuevo a derramar lágrimas. Pero no eran de dolor como las que lloraba antes, porque sus ojos brillaban al mirarme. Me cogió entre sus brazos y yo rodeé su cuello con los míos. Ahora sí que sentía en verdad su cercanía. Los latidos de su corazón junto al mío eran un canto aún más bello que el de las sirenas. Entre besos nos alejamos de la playa, para estrenar una nueva vida. Mortal, sí, por eso es vida.

Me he apoderado durante un rato del rincón de Des, para terminar de contar mi historia y despedirme antes de comenzar una nueva vida.
Desde aquel primer día en que el hombre vino a mi roca, yo volvía allí cada tarde. Cuando empezaba a ponerse el sol y él no aparecía, regresaba a casa. La tristeza se iba apoderando de mi espíritu, ya nada me hacía reír. Dalila venía a buscarme para llevarme a recorrer las aguas sobre su lomo, como hacía antes, y al verme tan acongojada se alejaba llorando.
Al fin, una tarde, volví a oír sus pasos. Lo reconocí antes de que su sombra se proyectase en mi roca, y me escondí temiendo que los fuertes latidos de mi corazón me delatasen. Estaba más delgado y unas oscuras ojeras rodeaban sus ojos. Se quedó largo rato mirando al horizonte y luego empezó a quitarse la ropa que dobló cuidadosamente y depositó en el suelo. Yo, esperaba expectante. Entonces de un salto se zambulló en el mar y empezó a nadar con rapidez. Yo me sumergí también y le seguí a corta distancia. Él nadaba y nadaba como si deseara agotarse ¿dónde iba? ¿qué esperaba encontrar? Poco a poco, sus brazadas fueron perdiendo fuerza y ya estábamos lejos de la costa. Supe lo que pretendía y cuando me di cuenta estaba hundiéndose, dejándose atrapar por las frías aguas. Yo estaba confundida sin saber como reaccionar. Él quería morir, pero yo no podía dejar que lo hiciera. Al mismo tiempo me preguntaba: ¿qué derecho tenía yo a truncar su deseo? ¿qué derecho tenía a inmiscuirme en su vida o en su muerte? No tenía ninguno, pero en el fondo de mi corazón sabía que no podía quedarme de brazos cruzados sin hacer nada. No lo pensé más, cogí su cuerpo desvanecido, subí con él a la superficie y lo llevé hasta la roca. Lo deposité en el suelo y oprimí su pecho hasta que reaccionó tosiendo y escupiendo agua salada. No me escondí, seguí a su lado hasta que abrió los ojos.
Su mirada reflejó la rabia que sentía al saberse vivo, pude sentir su furia y su odio. Luego, esa expresión cambió hacia la sorpresa, cuando se dio cuenta de la cola que adornaba mi cuerpo. Sus ojos se abrieron como platos. Más tarde me contó que pensó que había muerto realmente y estaba en el fondo del mar.
- No te asustes, no estás sufriendo alucinaciones, soy una sirena. Lo siento, no podía dejarte morir.
Él no podía articular palabra. No podía creer lo que estaba viendo.
- No conozco los motivos que te llevaron a desear la muerte, pero si es eso lo que quieres no lo hagas aquí, por favor. Vete y no vuelvas más, déjame la esperanza de pensar que quizá seas feliz.
Cerró los ojos mientras yo acariciaba su rostro y sus cabellos. Y así permanecimos durante horas. Se hizo tan tarde que mi madre asustada por mi tardanza mandó a buscarme a los caballitos de mar, que se quedaron sorprendidos al verme. Me prometieron que no se lo contarían a nadie. Me despedí de él que me hizo la promesa de regresar al día siguiente.
Desde entonces, ha vuelto cada día a mi roca. Me contó su vida y yo la mía. No tienen comparación, claro. La mía es aburrida, no es vida. Somos inmortales y la mayoría de nosotras no conoce muchos de los sentimientos de los humanos. Por eso yo me siento tan confundida, porque no logro identificar lo que me pasa, pero es tan hermoso. ¿Cómo os lo podía explicar?. Bueno, creo que no hace falta porque vosotros podéis vivir todo eso.
La otra tarde, yo estaba tumbada en la roca, mientras él sentado a mi lado, leía en voz alta un libro precioso. He aprendido a descifrar algunas palabras, pero me gusta tanto escuchar su voz melodiosa, suave y masculina a un tiempo. Él dice que la mía es hermosa, pero ¡qué va!, cuando lee, yo cierro los ojos y su voz me transporta a otro mundo, penetra por mis oídos y me inunda toda. De pronto, se hizo el silencio y cuando abrí los ojos, me encontré con su rostro muy cerca del mío, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. Se me hizo un nudo en el estómago, sus ojos me miraban de una forma diferente como si quisieran llegar al fondo de mi alma ¿tendré yo eso que vosotros llamáis alma?. Y entonces posó sus labios sobre los míos y los fue abriendo lentamente, mientras su lengua buscaba la mía. Nunca probé tanta dulzura. Un suave escalofrío me recorría y la sangre se revolucionó en mis venas haciéndome sentir su calor. Sus manos acariciaron mis pechos y yo creí morir. Aquello que sentía iba a matarme. Quería parar el tiempo, que sus besos fueran eternos. No podía separarme de él. Un deseo empezó a abrirse paso en mi mente. Me aparté de él y le dije que tenía que marcharme, que no volvería durante unos días. Le hice jurar que al atardecer del quinto día vendría a la roca a esperarme.
Volví a casa y llorando sin parar le conté a mi madre lo que me ocurría y le confesé mi deseo de convertirme en mujer. Ella me entendió, había amado a un humano excepcional, pero en el último momento sintió miedo y eligió seguir siendo una sirena. Nunca lo olvidó y a veces, en la soledad del fondo marino, se arrepentía de su cobardía. Me acompañó a ver a Poseidón y a la Diosa madre de las sirenas que era la única que ostentaba el poder para poder hacer realidad mi sueño. Me dijo que lo pensase bien, jamás podría volver a ser sirena, pasarían los años por mí, perdería mi juventud y mi belleza, enfermaría y moriría como todos los humanos. No me importa, le dije, cambiaría mi inmortalidad por sentir durante sólo unas horas lo que ellos sienten. Y me concedió la humanidad.
Ayer se cumplía el quinto día. Me despedí de los míos entre llantos. Cabalgué por última vez a Dalila que como despedida me brindó sus mejores cabriolas y yo le prometí que jamás la olvidaría. Me acerqué a la playa y me acosté en la roca. La Madre me había dicho que debía recitar una pequeña oración para que se llevase a cabo la transformación. Y así lo hice. Un fuerte dolor se extendió por todo mi cuerpo como si fuese a explotar de un momento a otro. Algo como un rayo me recorrió y me desvanecí. Cuando desperté me sentí cansada y dolorida. Y al mirarme descubrí dos hermosas piernas, que casi no sabía utilizar, y en su confluencia una preciosa mata de vello rojizo. Estaba muy asustada. ¿Y si él no cumplía su juramento? ¿Y si se había olvidado de mí?
Al atardecer, unos pasos, esta vez apresurados, me sobresaltaron. Era él. Se acercó a mí despacio y sus ojos empezaron de nuevo a derramar lágrimas. Pero no eran de dolor como las que lloraba antes, porque sus ojos brillaban al mirarme. Me cogió entre sus brazos y yo rodeé su cuello con los míos. Ahora sí que sentía en verdad su cercanía. Los latidos de su corazón junto al mío eran un canto aún más bello que el de las sirenas. Entre besos nos alejamos de la playa, para estrenar una nueva vida. Mortal, sí, por eso es vida.
Comentario:
Gracias guapos, dock y Lola, se había quedado la pobre Aneris un poco olvidada, así que decidí terminar su historia. Me alegra que os haya gustado.
Besitos marineros.
Besitos marineros.
Comentario:
Uooopss, Sirena Des, te quedó de dulce. Lo justo para endulzar un Lunes de pasión como el que llevamos más de uno.
Dos besos (uno para Aneris), Des.
Dos besos (uno para Aneris), Des.
Comentario:
Que principio mas bello. Despues de leer esto puedo decir que si, que las sirenas tienen alma.
Un beso
Un beso
