EL ESTRUENDO
En la casa nos aturdimos con toda clase de instrumentos que suenan y suenan. ¿Dónde está la vitalidad de ese puño brioso que exprimía la naranja sin escuchar el canto desafinado de la maquina? Todo es rumor. Cerramos los ojos y no vemos la hermosura de la naranja. Y eso nos pasa casi con todo, cerramos los ojos y nos quedamos con el ruido.
Ir de marcha de acá para allá. De un bar oscuro a otro bar más oscuro. Ir de marcha es tomar una copa, quizá una pastilla. Y entonces, con el cuerpo abrigado de sustancias tóxicas, soportar la desbarrada música moviendo ligeramente el cuerpo, en muy poco espacio, mezclada en un juego de sombras ¿erótico? Se acabó lo de las palabras. Se termino cualquier expresión que no sea la de perder la cabeza en el chirrido de las cigarras locas. ¿Nos da miedo hablar? ¿Nos da miedo que nos conozcan? ¿Cómo se puede llegar a la cama con un hombre nuevo sin haber hablado antes? Deprisa, deprisa, vamos rápido y entregados al silbido interior. “Da por hecho que eres el que más me gusta del infierno. Y tú el más guapo de la fiesta. Da por hecho que te he susurrado palabras tiernas. Y vamos, deprisa a quitar la colcha”.
“Disfrutad, que esto va rapidito, rapidito”. Sí , es cierto, esto de la vida va muy rapidito, pero ¿por qué lo sabemos? No sabemos pero estamos informados y gritamos desaforadamente. Entendemos, estamos dando a entender, que la libertad es poder decir muy alto lo que te da la gana. Y vociferamos sin pensar. Quizá para no escuchar. Porque escuchar se ha vuelto molesto. Es una sensación de robo el otro nos quita espacio y el tiempo.
La no quietud, el peor de los males de un ser con alma. ¿Qué estamos haciendo? ¿Por qué no queremos pararnos a pensarlo? Hemos matado el silencio. El lugar de la creación, el de la serenidad, el del pensamiento. Hacemos ruido para tapar la ausencia, la alegría, la soledad, la muerte, la belleza. Levantamos la voz y las cacerolas para no escuchar el fondo de los otros, de nosotros.
¿Para que escuchar si ya sabemos lo que vamos a escribir después? ¿Para qué escuchar si ya sabemos lo que pensamos? ¿Para qué escuchar si conocemos nuestro credo de carrerilla, si no queremos conocer la oración del otro, si somos un rebaño muy mansito? Porque no poder escuchar nos hace trastornados. Vivimos una sociedad llena de corazones sin compás. Nos han roto la partitura. Ya no nos guía una estrella, sino el aullido de las cosas creadas por el hombre. En el progreso ciego está el ruido sordo. Y ahí no hay ninguna posibilidad de comunicarse contigo, con el otro. De encontrarse EL AMOR.
Ir de marcha de acá para allá. De un bar oscuro a otro bar más oscuro. Ir de marcha es tomar una copa, quizá una pastilla. Y entonces, con el cuerpo abrigado de sustancias tóxicas, soportar la desbarrada música moviendo ligeramente el cuerpo, en muy poco espacio, mezclada en un juego de sombras ¿erótico? Se acabó lo de las palabras. Se termino cualquier expresión que no sea la de perder la cabeza en el chirrido de las cigarras locas. ¿Nos da miedo hablar? ¿Nos da miedo que nos conozcan? ¿Cómo se puede llegar a la cama con un hombre nuevo sin haber hablado antes? Deprisa, deprisa, vamos rápido y entregados al silbido interior. “Da por hecho que eres el que más me gusta del infierno. Y tú el más guapo de la fiesta. Da por hecho que te he susurrado palabras tiernas. Y vamos, deprisa a quitar la colcha”.
“Disfrutad, que esto va rapidito, rapidito”. Sí , es cierto, esto de la vida va muy rapidito, pero ¿por qué lo sabemos? No sabemos pero estamos informados y gritamos desaforadamente. Entendemos, estamos dando a entender, que la libertad es poder decir muy alto lo que te da la gana. Y vociferamos sin pensar. Quizá para no escuchar. Porque escuchar se ha vuelto molesto. Es una sensación de robo el otro nos quita espacio y el tiempo.
La no quietud, el peor de los males de un ser con alma. ¿Qué estamos haciendo? ¿Por qué no queremos pararnos a pensarlo? Hemos matado el silencio. El lugar de la creación, el de la serenidad, el del pensamiento. Hacemos ruido para tapar la ausencia, la alegría, la soledad, la muerte, la belleza. Levantamos la voz y las cacerolas para no escuchar el fondo de los otros, de nosotros.
¿Para que escuchar si ya sabemos lo que vamos a escribir después? ¿Para qué escuchar si ya sabemos lo que pensamos? ¿Para qué escuchar si conocemos nuestro credo de carrerilla, si no queremos conocer la oración del otro, si somos un rebaño muy mansito? Porque no poder escuchar nos hace trastornados. Vivimos una sociedad llena de corazones sin compás. Nos han roto la partitura. Ya no nos guía una estrella, sino el aullido de las cosas creadas por el hombre. En el progreso ciego está el ruido sordo. Y ahí no hay ninguna posibilidad de comunicarse contigo, con el otro. De encontrarse EL AMOR.





