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EL AMO DEL CALABOZO
COMO SER GAY Y NO MORIR EN EL INTENTO.
Acerca de
No necesariamente lo que para mí es beneficioso lo es también para otro. Puede suceder y es justo que así sea que alguien cree que el precio de cierto beneficio es demasiado costoso. Es licito que cada uno decida qué precio quiere pagar a cambio de lo que recibe, y es lógico que cada uno elija el momento para recibir lo que el mundo le ofrece, sea la verdad o cualquier otro "Beneficio". Mi persona es valiosa y sólo busco gente que pueda valorarla.
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LA MUERTE=AUSENCIA DE AMOR


La afirmación de la muerte de Dios resuena, cada vez con más fuerza, a lo largo de nuestra época. En primer lugar aparece en algunos autores como una simple pesadilla. Jesús muerto proclama a los muertos desde el techo del mundo, que en su viaje al más allá no ha encontrado nada: ningún cielo, ningún dios remunerador, sino sólo la nada infinita, el silencio de un vacío absoluto. Pero se trata simplemente de un sueño molesto, que alejamos suspirando al despertarnos, aunque la angustia sufrida sigue preocupándonos en el fondo del alma, sin deseos de retirarse. Cien años más tarde es Nietzsche quien, con seriedad mortal, anuncia con un estridente grito de espanto: “¡Dios ha muerto! ¡Sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos asesinado!”. Cincuenta años después se habla ya del asunto con una serenidad casi académica y se comienza a construir una “teología después de la muerte de Dios”, que progresa y anima al hombre a ocupar el puesto abandonado por Dios. El impresionante misterio del Sábado Santo, su abismo de silencio, ha adquirido, pues, en nuestra época un tremendo realismo.

Dios ha muerto y nosotros lo hemos asesinado. ¿Nos hemos dado realmente cuenta de que esta frase está tomada casi literalmente de la tradición cristiana, de que hemos rezado con frecuencia algo parecido en el Vía Crucis, sin penetrar en la terrible seriedad y en la trágica realidad de lo que decíamos? Lo hemos asesinado cuando lo encerrábamos en el edificio de ideologías y costumbres anticuadas, cuando lo desterrábamos a una piedad irreal y a frases de devocionarios, convirtiéndolo en una pieza de museo arqueológico; lo hemos asesinado con la duplicidad de nuestra vida, que lo oscurece a El mismo, porque ¿qué puede hacer más discutible en este mundo la idea de Dios que la fe y la caridad tan discutibles de sus creyentes?

Cuando un niño ha de ir en una noche oscura a través de un bosque, siente miedo, aunque le demuestren cien veces que no hay en él nada peligroso. No teme por nada determinado a lo que pueda referirse, sino que experimenta oscuramente el riesgo, la dificultad, el aspecto trágico de la existencia. Sólo una voz humana podría consolarle, sólo la mano de un hombre cariñoso podría alejar esa angustia que le asalta como una pesadilla. Existe una angustia –la angustia auténtica, que radica en lo más íntimo de nuestra soledad- que no puede ser superada por el entendimiento, sino exclusivamente por la presencia de un amante, porque dicha angustia no se refiere a nada concreto, sino que es la tragedia de nuestra soledad última. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el temor de sentirse abandonado? ¿Quién no ha experimentado en algún momento el milagro consolador que supone una palabra cariñosa en dicha circunstancia? Pero cuando nos sumergimos en una soledad en la que resulta imposible escuchar una palabra de cariño estamos en contacto con el infierno, creemos morirnos. Y sabemos que no pocos hombres de nuestro mundo, aparentemente tan optimistas, opinan que todo contacto humano se queda en lo superficial, que ningún hombre puede tener acceso a la intimidad del otro y que, en consecuencia, el substrato íntimo de nuestra existencia lo constituye la desesperación, el infierno.

Jean-Paul lo ha expresado literariamente en uno de sus dramas, proponiendo, simultáneamente, el núcleo de su teoría sobre el hombre. Y de hecho, una cosa es cierta: existe una noche en cuyo tenebroso abandono no resuena ninguna voz consoladora; hay una puerta que debemos cruzar completamente solos: la puerta de la muerte. Todo el miedo de este mundo es, en definitiva, el miedo a esta soledad. Por eso en el Antiguo Testamento una misma palabra designaba el reino de la muerte y el infierno: sheol. Porque la muerte es la soledad absoluta. Pero aquella soledad que no puede iluminar el amor, tan profunda que el amor no tiene acceso a ella, es el infierno.
¿Por qué tenemos tanto miedo a la soldad, a la muerte, a la ausencia del otro?
Nadie puede decir lo que significa en el fondo la frase: “Descendió a los infiernos”. Pero cuando nos llegue la hora de nuestra última soledad captaremos algo del gran resplandor de este oscuro misterio. Con la certeza esperanzadora de que en aquel instante de profundo abandono no estaremos solos, podemos imaginar ya algo de lo que esto significa. Y mientras protestamos contra las tinieblas de la muerte de Dios comenzamos a agradecer esa luz que, desde las tinieblas, viene hacia nosotros.

Todos nosotros somos como niños abandonados que lloran, resuena una palabra que nos llama, se nos tiende una mano que nos coge y guía. La soledad insuperable del hombre ha sido superada desde que Él se encuentra en ella. El infierno ha sido superado desde que el amor se introdujo en las regiones de la muerte, habitando en la tierra de nadie, de la soledad. En definitiva, el hombre no vive de pan, sino que en lo más profundo de sí mismo vive de la capacidad de amar y de ser amado. Desde que el amor está presente en el ámbito de la muerte, existe la vida en medio de la muerte. El sufrimiento mata, la falta de amor mata, pero en los más profundo de la soldad, de la ausencia, de la muerte, está el amor que transforma todo y lo hace vida.

Por eso cuando no nos aman creemos morirnos, pero sólo es un transito, la vida surge, porque el amor habita en cada uno de nosotros.


Un latido

Ben

FRASE DEL DÍA
"Sólo quien sabe cuidar lo ajeno puede poseer lo propio"GURDJIEFF

 
Comentario:
"Si no conoces todavía la vida, ¿cómo puede ser posible conocer la muerte?"
(confucio)
No