Sobre el agua
Cuando las barcas avanzan, dejan atrás una estela con forma de abeto, abeto naïf, sobre el que cabrillean, si hace sol y está bajo, sus reflejos.
En ese marco, veía aquella tarde a Agniezska, Ania, ya era Ania.
Concentraba su mirada en mí cuando yo no la miraba, mientras me hacía el esforzado sobre los remos. Por mi parte, miraba sus improbables tacones, las medias de red y la muy corta minifalda subida hasta tan arriba... ¡Cómo somos los hombres!
La barca, aquella tarde, nos condujo a mi casa. El deseo que desplegamos no fue nada naïf. A Ania le chiflaba ser la que se duele y siempre pedía perdón. Supongo que bajo el abeto de la barca, como si fuera Navidad, había una soga, y un puño de cuero.
Ania se sonrió con coquetería cuando me crucé con su mirada intensa un momento.
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